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Literatura Obsesión esquizofrénica..

Tema en 'Biblioteca CemZoo' iniciado por Kazuhiko, 7 Noviembre 2014.

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    Kazuhiko

    Kazuhiko Creador del tema Cemzoonita

    Cáncer
    Obsesion Esquizofrenica ...

    "No hallo fuera de mí en que me afirme
    nada de humano y me resulto hueco;
    si esta cárcel por otra al fin no trueco
    en mi vacío acabaré de hundirme."
    No pude dormir en toda la noche. Ellas estaban ahí, diciéndome lo que tenía que hacer, necesitaban alimentarse, ellas eran una especie de “mascota”. Estuve toda la noche con el cúter en la mano, saboreando el dolor punzante que me dejaba cada vez que me cortaba la piel de los brazos. La sangre brotaba con fiereza, como si no entrara en mi cuerpo y quisiera desprenderse de él para alimentarlas. Saboreaba el sabor dulce metálico, ellas me lo agradecían, era su único alimento. No tenían un cuerpo propio, debían estar en mi cabeza, acompañándome siempre, las únicas que lo hacían desde que… ocurrió aquello.
    Ahora me encontraba en el baño, mirándome en el espejo vestida solamente con la ropa interior, acababa de salir de bañarme. Tenía el cabello semi húmedo y los cortes ya se habían cerrado, al menos por el momento. Mi sirvienta me llamó con su peculiar voz chillona para que termine de prepararme, pronto debería irme a mi primer día en la Instituto en esta ciudad, nos habíamos mudado hacía sólo dos semanas por el trabajo de mi padre, habíamos regresado en realidad, ya que aquí es donde había estado en mi infancia. A los siete años viajé a Italia, viví allí hasta hace quince días. No me afectó mucho el cambio. No tenía amigos allí, ni tampoco los tendría aquí. Mis únicas compañeras en el mundo eran mis voces, y siempre estaban conmigo, fuera a donde fuera, si es que las alimentaba.
    Me vestí lo más rápido que pude, la falda roja me llegaba por arriba de las rodillas, me miré con horror. Odiaba usar ese tipo de prendas tan cortas y mostrar mis blancas piernas y escuálidas, prefería usar jeans, ya que con ellos, por más que el viento se enfurezca, jamás se levantaría y mostraría mis cicatrices de heridas profundas en las partes más altas de mis muslos. Los zapatos negros estaban a la medida y encajaban perfectamente en mis pies, al igual que la blusa en mi cuerpo, era suave y la tela me rozó las heridas recientes, aun bordeadas con sangre seca que no terminé a ingerir.
    – ¿Podrías apurarte más? Si llega tu padre del trabajo y ve que no te fuiste, me lo echará en cara a mí. –La voz irritable de Gwen era mucho más odiosa por la mañana. Se habían casado con mi padre hacía sólo medio año, y ella ya había gastado más de la mitad del dinero que yo utilicé en toda mi vida.
    –Ya casi termino –contesté, con los ojos en blanco, aunque ella no pudiera verme.
    Me até rápidamente el pelo con una coleta muy mal armada, mientras me trataba de colocar el buzo negro –de casi tres talles más grande que yo– con el logo de la preparatoria. Antes de salir del baño, me di una rápida mirada al espejo en busca de rastros de sangre. Cerca de mi labio inferior, una gota seca de sangre se encontraba reposando, pasé la lengua por ahí, disfrutando el sabor lentamente.
    Ahora te gusta.
    Era una de mis voces, tratando de hacerse escuchar por sobre las demás mientras saboreaban conmigo. Le guiñé el ojo en el espejo, y me fui del baño.
    Mi odiosa madrastra me estaba esperando en la puerta hablando por su BlackBerry, vestida con una súper minifalda rosa, que dejaba todo a la vista, y una musculosa a juego. Su cabello rubio, y sus extensiones, estaban recogidas con un moño blanco, dejando al descubierto su rostro angelical –aunque es una bruja–, totalmente maquillado.
    Al verme bajar las escaleras, me observó de pies a cabeza y puso una seria cara de terror.
    – ¿Pero qué traes puesto? –dijo señalándome con uno de sus esqueléticos dedos.
    –El uniforme.
    –Voy a hacer que te lo arreglen, es totalmente anti moda y sin estilo. Lo haré a tu medida.
    –No quiero que lo arreglen, está perfecto así –contesté seriamente mientras tomaba mi mochila negra del sillón del living.
    La sala de estar era enorme, jamás me había gustado. Estaba pintada de blanco, junto a un enorme ventanal que surcaba casi todo el departamento, que daba de vista al Río Hudson. El enorme sofá que estaba en el medio de allí, era blanco y estaba cubierto de almohadones color rojo sangre, frente a un plasma gigante que se encontraba en la pared.
    Me fui sin prestar atención a lo que mi madrastra me gritaba acerca de una falda y un estilo de no sé qué. Cerré la puerta con un fuerte golpe, y bajé las escaleras del edificio, veinte pisos hacia abajo hasta llegar al estacionamiento. Ella llegó mucho antes que yo aunque la haya dejado atrás en un principio, había usado ascensor, y ya se encontraba con rostro fastidiado, al lado de su Lamborghini murciélago color rosa: regalo de cumpleaños de mí querido padre hacia ella. Me senté en el lugar del acompañante, luego de que ella haya sacado su alarma, con la mochila en la falda y ella se sentó para conducir, aunque lo hacía muy mal.
    –Espero que te lleves bien con tus nuevos compañeritos de curso –dijo, mientras saludaba con una mano al guardia de seguridad, que era igual a ella, es decir, con veinte años y totalmente un modelo de pasarela irritablemente perfecto.
    –Ya no están las cámaras como para que sigas fingiendo –contesté, mirando por la ventanilla.
    –Bien, ahora sí que podemos ser nosotras. Espero que no te hayas creído eso de que te iba a arreglar el uniforme, aunque, si tanto odias que lo haga y me la haces difícil hoy en la cena, prometo que lo haré.
    – ¿Qué cena?
    –Hoy tu papi invitó a un compañero de trabajo.
    –Trata de no engañar demasiado a mi padre, tal vez se dé cuenta y te deje –dije irónicamente.
    –No mi cielo, sólo quiero que hoy la pases genial con tus compañeros de curso. Hasta puede que le gustes a alguien. Oh cierto, me lo olvidaba, tú eres totalmente insoportable y siempre te dejan de lado, ¿no Ari? –dijo con voz nasal, haciendo que me enfurezca y quisiera golpearle en su fino rostro con cirugías.
    Odiaba ese apodo: “Ari”. Y más si salía de su boca llena de colágeno.
    ¡No Ariana! No lo hagas, debes controlarte.
    Le hice caso a mis voces, y no contesté. Apenas el auto se detuvo, salí disparada hacia fuera, con la mochila en la mano. Entré al Instituto con la cabeza gacha, mientras trataba de acordarme cuál era mi curso.
    Caminé por los pasillos arrebatados de alumnos promiscuos sin vida real hasta llegar al fondo, donde un cartel sobresalía para darle la bienvenida a los alumnos con una tipografía delicada que decía “administración”. Pensé que allí me ayudarían con las materias y todo lo nuevo que conlleva entrar a un colegio.
    Al entrar, una mujer de unos setecientos años, dientes sumamente podridos, olor a leche agria y una obesidad enorme que parecía no pasar por las puertas, me recibió con una voz nasal.
    –Debería estar en clases.
    –Oh sí, claro. Pero no sé dónde es.
    –Sí, me di cuenta. –Los ojos de la mujer estaban mirando particularmente todo mi cuerpo.
    –Necesito el horario con las materias correspondientes y las extra-programáticas. Además que quiero saber la lista de mis profesores, las materias que dan y las aulas en donde tendré que ir –dije con diplomacia extraña para ambas.
    Bien, Ariana. Hazles entender que eres igual a ellos. Confúndelos.
    La gran mujer me miró con extrañeza. Rápidamente pasó por detrás de un escritorio, me pidió mis datos mínimos que incluían mi nombre y edad. Luego, imprimió unos papeles y me los tendió por encima del escritorio que nos separaba. Le agradecí y corrí hacia un salón que decía mi supuesta nueva división y año en la hoja que había impreso la mujer. Cuando llegué, el timbre sonó y me senté al fondo de éste rápidamente, al lado de una ventana, que daba hacia el patio. El cielo estaba demasiado blanco, debido a una neblina que hacía que la claridad del día me hiriera los ojos.
    Pensaba que tal vez podría volar y escaparme de allí con mis únicas amigas.
    No puedes hacer eso Ariana, necesitas a tu padre.
    Ellas estaban siendo graciosas.
    ¿Para qué lo necesitaría? Jamás se preocupó por mí.
    Todos los alumnos comenzaron a entrar de apoco al aula y a acomodarse junto a su grupo de amigos, es decir, lejos de mí.
    Él es perfecto para nuestro plan, sólo piensa.
    Las voces parecieron escuchar mis pensamientos anteriores. Y era cierto, era perfecto para el plan. Era perfecto para que lo torture y lo asesine… para poder alimentarlas con su sangre.

    "Estamos vacíos porque otros amores nos esperan,
    odiemos y amemos a través del tiempo imperturbable,
    ante nosotros yace, interminable, lo eterno,
    nuestras almas son amor y un adiós perpetuo."

    Me puse los auriculares sin importar que estábamos en medio de las clases. Cada vez me encontraba más sola, y ellas no cooperaban. Todas gritaban, aturdiendo mis sentidos, querían hacerse escuchar, pero no era el lugar ni mucho menos el momento.
    Comenzaron las presentaciones de los profesores: uno más estúpido que el otro. Eran casi todos hombres, que miraban por debajo de la falda de una compañera alta, rubia y esquelética que caminaba moviendo la minifalda, porque en eso se había convertido la falda escolar. Me hacía acordar a mi madrastra, tan solo pensar en ella y mis voces comenzaban a mostrarme las imágenes variadas de las muertes que pensaba a diario para su destino. Imaginaba una Gwen con la yugular cortada de lado a lado, mientras sus extensiones rubias, manchadas de sangre, se hundían en el mar lentamente, junto a su inmóvil cuerpo.
    Creo que estamos en Psicología la última hora de clases, la verdad mucho no me interesa. Aún tenía los auriculares puestos con la música al máximo, casi ni sentía mi respiración ni los latidos de mi corazón.
    Sentía al profesor hablar, mientras me dedicaba a ver la claridad del día.
    Alguien a mi espalda me tocó el hombro, salté del asiento. Odiaba que me tocaran. Al darme vuelta, unos ojos verdes me miraron suavemente. Me saqué un auricular con total cara de desprecio, quería que me dejara sola.
    –El profesor nos puso juntos en un grupo de dos –dijo mientras se sentaba en el pupitre de al lado, y yo me quedaba totalmente con los ojos abiertos.
    Debería protestar, ¿Por qué me ponen contra mi voluntad con alguien a quien no conozco y, seguramente dentro de muy poco, quiera descuartizar?
    – ¿Por qué tengo que estar contigo? –pregunté, sacándome el otro auricular, quedando totalmente expuesta a la realidad.
    –Porque el profesor quiere. Aparte ninguno de los dos tenemos compañeros.
    – ¿Por qué me mira así esa? –dije señalándola con un movimiento de mentón.
    Él se dio la vuelta y ella cambió totalmente la expresión de su rostro, por una más serena, con una sonrisa provocativa, mientras se comenzó a levantar con la mano la minifalda lentamente.
    Buda, voy a vomitar.
    –Está loca. Es Jennifer.
    –Me di cuenta, pero por qué me mira así no me respondiste aun.
    –Porque quería estar conmigo, pero preferí quedarme solo y que el destino me dijera a donde ir –contestó, mirándome a los ojos. Se llevó una mano a la cabeza y se sacudió el cabello rubio.
    Está nervioso. Le gustas.
    No pueden callarse? Ya suficiente tengo que soportarlas todo el día como para que me molesten en el colegio.
    Aprovéchate de él. Bésalo. Muérdelo. Sangre. Hambre.
    ¡Cállense!
    – ¿Estás bien? –preguntó mirándome a los ojos.
    –Sí, sólo un poco cansada. ¿Qué tenemos que hacer?
    –Yo te muestro unas fotos y tú me dices qué ves, y luego al revés. Son manchas. Es como un test psicológico aunque la verdad no entiendo muy bien cuáles serían los resultados –dijo, sacando unas imágenes de manchas que parecían hechos en Paint, del tamaño de una hoja de carpeta.
    ¡No! Debes contestar lo que nosotras te digamos, si fallas, estaremos al descubierto y nos separarán por siempre.
    –Bueno, comencemos. Cuanto antes terminemos mejor –dije, prestándole atención a todas mis voces en conjunto.
    Estuvimos toda la hora mostrando, viendo y analizando todas las imágenes, en algunos momentos yo veía objetos en las manchas que ellas me dijeron que no diga en voz alta. Contestaba todo lo que me decían, parecía un perro amaestrado. Por ellas, yo haría cualquier cosa.
    Tocó el timbre, y aun no habíamos terminado. Me paré rápidamente, quería ya irme de esa odiosa clase. Estaba por pasar la puerta, cuando oigo mi nombre a gritos de alguien llamándome.
    – ¿Cómo sabes mi nombre? –pregunté mientras me daba la vuelta, y veía que era el chico rubio popular del que ya tuve que soportar una hora.
    –Lo dijo el profesor.
    – ¿Qué quieres? –dije con los ojos en blanco. Ya quería irme de allí.
    –Me llamo Jamie, por si las dudas. Pásame tu e-mail, tendré que pasarte las fotos para que podamos terminar esto antes de la clase del jueves –contestó, mientras tomaba una lapicera y anotaba mi correo electrónico en el dorso de su mano.
    –Bien ya está. ¿Tienes algo que hacer hoy? –iba a contestarle que sí, cuando Jennifer lo abrazó por detrás, tapándole los ojos como un juego infantil. Aproveché eso para poder irme de una vez por todas.
    – ¡Espera! –Escuché que me gritaba.
    Apuré el paso. Parecía que corría por los pasillos en vez de caminar. Lo único que quería era encerrarme en mi cuarto a escuchar música mientras las alimentaba cuidadosamente.
    Llegué a la salida, el auto de mi madrastra estaba esperándome, sobre él, ella estaba apoyada hablando muy entretenidamente con el profesor de gimnasia nuevo, al cual había visto dos horas antes, cuando tuvimos que practicar los deportes a los que éramos buenos. Obviamente que yo no soy buena en ninguno más que en el Rugby o el Fútbol Americano, mientras mis compañeras elegían algún deporte más… “delicado”. El profesor, un chico de no más de veintiún años, totalmente musculoso y con el cabello negro, estaba observando detenidamente por el escote de Gwen. Al llegar allí, me miraron con mala cara y ambos se separaron, no sin antes saludarse con un beso en la mejilla.
    – ¿No podías demorarte más? Estábamos muy entretenidos antes de que llegaras –dijo metiéndose en el auto, al igual que yo.
    –Sí, claro. Dentro de poco podrían usar el auto de motel.
    – ¿Por qué saliste corriendo? Sé que no es muy agradable ir al colegio, pero al menos tendrás compañeros buenos con los cuales interactuar –contestó sin importar lo que yo dije, mientras me guiñaba el ojo.
    –Escapaba de alguien, como si te interesara.
    –Me parece que te encontró –dijo mirando hacia atrás mío, a la ventana.
    Me di la vuelta, y era cierto, dos ojos verdes enormes me miraban como pidiéndome perdón. Bajé la ventanilla, mientras me recostaba en el asiento y miraba hacia delante.
    – ¿Qué quieres?
    –No me contestaste. –Su voz estaba entrecortada y estaba jadeando, como si hubiera corrido.
    –Sí, estoy muy ocupada, nada que te interese. –Estaba por cerrar la ventanilla, cuando Gwen se tiró encima de mí para saludarlo.
    –Hola, soy la hermana. Me llamo Gwen, parece que no nos presentaron –dijo con un tono de voz seductor.
    Claro, mi hermana.
    No te enojes. Acepta la invitación. Es la única manera que tienes de huir de la cena.
    Ellas tenían razón, tenía que huir de alguna forma de esa cena familiar poco realista, y esa era la excusa perfecta. Pero el salir con aquel rubio, seguramente teñido, no me resultaba muy agradable.
    –Quédate tranquilo, en realidad sólo tenía que ir a una horrible y odiosa cena, estará donde gustes a la hora que quieras. A menos que quieras que vaya yo –dijo mordiéndose el labio y pasándose la lengua por el labial rojo de forma provocativa, mientras yo la miraba con los ojos como platos y la insultaba en silencio.
    –Perfecto, te pasaré a buscar a tu casa a las siete, ¿te parece? –dijo finalmente, haciéndole caso omiso a la lanzada de mi “hermanita”. Ella asintió por mí, y le pasó la dirección mientras yo trataba de suicidarme lentamente en mi imaginación.
    Nos saludamos, y ella arrancó el auto.
    – ¿Por qué hiciste eso? ¿Acaso eres retrasada? –le grité ni bien supe que estaba lejos y nadie me escucharía.
     

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