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Long-fic Corre

Tema en 'Escritos originales' iniciado por Rainy, 6 Septiembre 2016.

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    Rainy

    Rainy Creador del tema Cemzoonita

    Tauro
    Puntos en trofeos:
    14
    Género:
    Mujer
    Corre: Tu Aventura, Mi Aventura.
    (Ella y Yo)

    Registrada en SafeCreative: Código: 1604237296022

    Sinopsis: Una jornada de trabajo en la morgue termina y Marco está por irse, pero en eso llega la chica que a partir de ese instante lo afecta para siempre, porque ella, aun en su muerte, es capaz de hacer que sienta lo que nunca sintió por ninguna otra. Una curiosa atracción que lo hace querer saber quién es ella, por qué murió de una manera tan violenta y quién la asesinó, convirtiéndose la aventura de esa joven en la suya. Porque con la llegada de ella, tendrá qué correr para salvar su vida.

    Pero lo más sobresaliente de la aventura es que la atracción que ha sentido por la víctima se convierte en amor. ¿Podrá ser correspondido?



    Capítulo 1


    El castaño se estiró levantando los brazos por encima de la cabeza y bostezó de manera que sus ojos café claro se iluminaron por las lágrimas.

    —¿Sólo a mí se me ha hecho interminable esta jornada? —inquirió cuando dejó de estirarse—. Ya quiero irme. Nos espera una gran juego de ajedrez. Hoy es la noche en que finalmente le ganaré a Emmanuel —Se volvió a uno de sus compañeros para preguntarle—. ¿Aceptarás acompañarnos hoy a jugar un buen partido, Marco? Esta vez será en mi casa.

    —Lo siento, Pablo —respondió Marco, deslizando la camilla en el interior de la estantería de acero inoxidable, guardando así, por decirlo de alguna manera, el cadáver que yacía ahí—. Tengo examen mañana en la facultad. Aún debo estudiar, hacer algunas tareas y otras cosas.

    —No le insistas, Pablo —pidió Tobías, cerrando con fuerza el cajón del mueble metálico que se utilizaba para guardar frascos, guantes, tapabocas, sobre-túnicas, bolsas y otros materiales que podían ser necesarios para efectuar su trabajo—. Deseamos que nuestro futuro médico obtenga notas altas.

    Marco se limitó a sonreír. Era un joven de cabello y ojos negros. De carácter agradable y eso era bueno, pues su agradabilidad iba a ayudarle mucho en el futuro puesto que la carrera de medicina que había escogido para estudiar, lo obligaría a establecer un vínculo de confianza y seguridad con sus futuros pacientes.

    Aunque por ahora, los únicos pacientes que atendía eran todos esos cadáveres que no dejaban de llegar. Había jornadas como la de esa tarde, en las que todos los que trabajaban en la morgue no tenían tiempo de nada y Marco hizo lo mismo que Pablo,es decir, se estiró para relajar los cansados músculos de los hombros. Tenía dos años trabajando en la morgue y aún le sorprendía la cantidad de personas que perdían la vida por varias causas. Suicidios, homicidios, accidentes y de origen natural, como enfermedad o vejez.

    La vida dentro de la morgue no era fácil. Para empezar, estar rodeado de cadáveres no era de ninguna manera lindo, aunque con el tiempo se hacía el hábito y hasta daba la impresión de que para los que trabajaban en la morgue, fuera “normal”, no obstante, la muerte era la muerte y siempre estaba rodeada de dolor y tristeza. Y el decorado de la la gran estancia donde laboraban era también deprimente; constante de estanterías de acero inoxidable que permitían varios cuerpos de distintos tamaños, así como la movilización de los mismos mediante camillas en su interior.

    —Es una tristeza que casi nunca nos acompañes, Marco. Las partidas se ponen muy interesantes.

    Insistió Pablo mientras manipulaba el cuerpo sin vida de una joven que, sobre una de las mesas de acero que servían de apoyo para los cuerpos, yacía pálida y fría. La frialdad de la muerte era terrible, pero todos ellos la ignoraban. La muchacha había muerto por causa natural, por ello podía maniobrar con ella para acondicionarla y así facilitar su reconocimiento a la familia, de esa manera la manipulación evitaba la aparición de fluidos de putrefacción por los orificios naturales.

    —Espero que cuando concluya el periodo de exámenes puedas acompañarnos —terminó diciendo Pablo.

    —Haré lo posible —respondió Marco, mirando hacia un lugar de la morgue.

    El local tenía dos accesos diferentes, uno para el público, y el otro para el personal, siendo éste último más amplio, porque permitía la entrada y salida de las camillas. Marco miró el acceso del personal; a un hombre que llegaba con un cuerpo nuevo. El recién llegado se cubría con un tapaboca, gorro, guantes, botas de caucho y sobre-túnica.

    —¡Ahí viene otro!

    Exclamó Tobías y sus labios, que tenían la forma desigual, desplegaron una sonrisa, lo que hizo que su mirada color chocolate se iluminara dándole a su largo rostro una expresión divertida, lo que pareció estar fuera de lugar dado al lugar en el que estaban. Y de manera automática, se acomodó el largo delantal impermeable.

    Ellos también usaban lo mismo que el hombre que empujaba la camilla con ruedas, además de ropa protectora, ya que durante la preparación del cadáver para su conservación, o luego durante la disección, se producían aerosoles y gotitas de tamaño pequeño que podían ser los transportadores de varios agentes infecciosos.

    —Apuesto que ahora se trata de un ancianito. ¿Apuestas Pablo? —Continuó Tobías mirando a su compañero y era gracias al buen humor de él que su trabajo no caía del todo en lo lóbrego.

    —No —Pablo acompañó la negación con un enérgico movimiento de cabeza—. Tú siempre me ganas. ¡Caramba! Entre tú y Emmanuel me van a dejar pobre.

    —No, qué va. El mejor es Emmanuel, a él sí no hay quién le gane. ¿Qué dices, Marco? ¿Tú si apuestas?

    —Creo que no. Pablo tiene razón. Entre nosotros, tú siempre ganas.

    Aunque a Marco le entró curiosidad por ver si en esta ocasión, Tobías tenía razón.

    La camilla rodó con facilidad sobre el suelo. El material de las paredes y pisos estaba revestido por azulejos o cerámicas, lo que permitía el lavado frecuente con hipoclorito de sodio y agua con mangueras para desinfectar, por ello, había también un buen sistema de desagüe en toda la zona, con un sistema anti-retorno. El techo del local estaba pintado con un tipo de pintura que permitía el lavado con los desinfectantes y todo el conjunto era impermeable al agua y desinfectantes, puesto que sólo así se podía hacer la limpieza, una que se hacía de continuo.

    El hombre de la camilla se detuvo ante una de las mesas para dejar ahí su entrega. Marco, Tobías y Pablo se acercaron al cadáver y fue Pablo el que lo ayudó a pasarlo ala helada superficie, pero era posible que el difunto estuviera mucho más frío. La muerte era frialdad absoluta.

    —Pues aquí les dejo la visita —les dijo el hombre mirando como Tobías abría la bolsa que contenía el cuerpo de la nueva “visita”.

    —¡No cabe duda! —exclamó con una pequeña sonrisa, irguiéndose orgulloso en su metro setenta y cuatro centímetros— ¡Yo siempre gano!

    Marco y Pablo se miraron un momento, luego clavaron la mirada en el cuerpo inerte del ancianito. Pudieron verlo bien gracias a que la iluminación eléctrica era la adecuada, así como la ventilación; contando con un sistema de tipo extracción que permitía la circulación del aire, lo que desfavorecía la transmisión de enfermedades.

    Marco verificó por medio de la documentación que venía con el difunto que los requisitos legales se habían llevado a cabo al pie de la letra —datos de identificación del cadáver, resumen de la historia clínica como tratamientos, diagnóstico clínico, de qué murió o muerte desconocida, certificado de defunción, firma de la familia y el certificado de autorización, en este caso, para una autopsia.

    —Hay que prepararlo para la autopsia —les informó cuando terminó de comprobar los documentos.

    —Pues que lo disfruten —dijo el que les llevó al difunto—. Yo ya me voy. Éste es el último de mi turno.

    Y antes de irse, el hombre se quitó el tapabocas, gorro, guantes y sobre-túnica descartándolas en la papelera de la morgue. En ella se arrojaban los desechos, como los ya mencionados, tanto de los que movilizaban los cadáveres como de los familiares que iban a reconocer el cuerpo. A continuación, se lavó bien las manos y despidiéndose de los compañeros, salió con prontitud de la sala sin deseos de ver cómo los jóvenes comenzaban la preparación del cadáver para la autopsia. Primero lo etiquetaron, luego lo fotografiaron, después tomaron muestras y por último lavaron el cuerpo,todo con la debida protección y cuidado y mientras Marco y Pablo lo hacían, Tobías anotaba datos del difunto en el libro de registro de la morgue y también información en el libro de entradas de autopsias.

    Para cuando terminaron con la preparación, otros dos cuerpos habían llegado traídos por el nuevo turno desde el hospital que estaba anexo a la morgue. Afortunadamente esos dos ingresos fueron derecho a los refrigeradores de cadáveres, los que tenían la capacidad de albergar dos cuerpos por cada uno, así que solamente los etiquetaron y registraron en el libro.

    —Bueno —dijo Pablo quitándose el equipo de protección y arrojándolos en la papelera—, creo que eso es todo por hoy. Es hora de irnos.

    —Sí que estás ansioso, Pablo —Tobías miró algo burlón a su compañero mientras se quitaba también el equipo—. Lástima que volverás a perder. ¿Quieres apostar a que perderá, Marco?

    Marco sonrió y miró a Tobías negando con la cabeza, luego se sentó en una de las dos sillas que eran parte del mobiliario de la morgue. Esos asientos estaban allí con la finalidad de brindar a los familiares algo de comodidad cuando iban a reconocer o despedirse de su fallecido ser querido. Eran de plástico, pues dicho material, u otro resistente, podía lavarse con los desinfectantes, pero la verdad, las sillas eran poco utilizadas por los dolientes; más bien las utilizaban los del personal. Marco se quitó el gorro y los guantes mientras sus compañeros iban a lavarse bien las manos y salieron ellos de la estancia a la vez que llegaban otros dos que eran del turno nocturno, saludándose al paso.

    —¿Qué hay, Marco? —lo saludó después Sebastián— ¿Mucho trabajo?

    Marco se levantó de la silla y quitándose el delantal impermeable, respondió.

    —Más que otras veces —enrolló todo y lo arrojó a la papelera—. Vaticino que la noche estará repleta de trabajo, para empezar, les tocará asistir una autopsia. Ya hicimos la preparación y el patólogo no debe tardar.

    —Mejor así —dijo Jorge al momento de colocarse delante del mueble metálico con cajones el que permitía guardar cosas. De allí sacó un nuevo equipo de protección y le pasó otro a Sebastián. Ambos se lo pusieron mientras Jorge seguía hablando—: Cuando no hay mucho trabajo, las noches se me hacen eternas. Esto no quiere decir que deseo o que me da gusto que la gente muera, saben que detesto a la muerte.

    —Tranquilo, Jorge —dijo Marco al momento de ir a lavarse las manos—, entendemos bien lo que quieres decir.

    —¡Vaya! —Exclamó de pronto Sebastián atrayendo la atención de Marco y Jorge—. Creo que nunca, desde que tengo trabajando aquí, había visto tantos fetos. ¡Sí que fue un día fuera de lo normal!

    Marco y Jorge se acercaron a donde Sebastián que, parado enfrente de un anaquel también metálico, angosto y largo, observaba los frascos de diferentes tamaños que eran utilizados en casos de abortos espontáneos para guardar los restos que después, eran examinados en anatomía patológica.

    —Sí —afirmó Marco dirigiendo sus pasos a otro sector del depósito de cadáveres en donde se guardaban los productos de limpieza—. Por eso digo que será una noche difícil.

    De ahí tomó su mochila, sacó una chaqueta y se la puso, colgándose después la bolsa en el hombro.

    Se despidió así de sus compañeros y se encaminó hacia el acceso del personal para salir de ahí, pero se detuvo de pronto cuando otro hombre llegó con un nuevo ingreso y al pasar la camilla por su lado, algo llamó su atención.
     
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    Rainy

    Rainy Creador del tema Cemzoonita

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    Capítulo 2



    Era usual que sucediera eso, que llegara alguien con otro cadáver cuando ya estaban abandonando el lugar de trabajo, así que no se entretenían más puesto que ya habían terminado su turno,sin embargo, en esta ocasión fue diferente y Marco se quedó inmóvil, sin poder despegar la vista de aquella joven.

    No supo exactamente qué fue lo que le llamó la atención del cuerpo, quizás fue que el cierre de la bolsa especial que se usaba para los cadáveres, estaba abierto dejando ver la cabellera, la frente y los ojos abiertos, vacíos de expresión.

    O tal vez fueron sus ojos que parecían dos ópalos sin brillo, y cuyo color era el marrón rodeando la iris un tono verde oscuro. O quizás fue la cabellera, de un intenso matiz negro;el extraño y hermoso color del azabache. O es posible que le llamara la atención la fina mano que estaba abierta palma abajo sobre el pecho, cerca del cuello y cuyos dedos lucían un par de costosos anillos. Incluso pudo ver como brotaron rayos de las bellas piedras de joyería cuando la luz eléctrica dio en ellos. A lo mejor fue la sangre que manchaba esos dedos o posiblemente fue descubrir que era una chica muy joven; calculados, unos veinte años cuando mucho. Al parecer, había perdido la vida de manera muy trágica.

    Pero lo que fuera, no supo con certeza qué atrapó su interés, y tampoco entendió qué lo motivó a seguir al camillero y mirar como Sebastián le ayudaba a colocarla sobre una mesa y mientras el hombre que la llevó hacía su rutina de limpieza, Jorge examinó el cierre de la bolsa dándose cuenta que al subirlo, se había atorado justamente sobre el pecho, ahí donde reposaba la mano, por lo que no llegó a los topes superiores. Manipuló el deslizador haciéndolo bajar hasta las piernas y cuando el joven abrió hacia los lados los bordes, pudieron ver mejor a la muchacha.

    ¿Quién es?”, se preguntó el futuro doctor apreciando la distinción de la chica, quien a pesar de yacer sin vida, podía desprender todavía un gran porte de elegancia.

    El caso de muerte por causa violenta, se requería una intervención legal especial, así que Jorge y Sebastián no pudieron realizar maniobras de manipulación ni de limpieza porque eso podía borrar signos de violencia u otras pruebas que eran de gran valor médico legal, por lo que los tres solo se limitaron a mirarla.

    —La llenaron de balazos —señaló Sebastián, un hombre de veinticuatro años, rostro redondo que tenía una nariz regular y labios inclinados hacia abajo, los que parecieron caer más al apuntar el vientre casi deshecho de la joven— ¿Quién será?

    —Quien haya sido, era muy bonita —murmuró Jorge con cierta tristeza, la que se mostró en su expresión de rasgos muy marcados, poco comunes, pues tenía un rostro en forma de diamante y su cabello, pese a no ser él albino, carecía de melanina, por lo que era muy blanco—. Retiro lo dicho. No quiero tener tanto trabajo. ¡Miren cómo ha comenzado mi noche!

    —Y vean que bonito color de ojos —Sebastián colocó la mano enguantada sobre los orbes de la joven y ejerciendo presión los cerró, sin comprender por qué alguien no se los había cerrado antes—. No podemos hacer mucho por ella, salvo etiquetarla, tomarle fotos y esperar a los peritos.

    Sebastián y Jorge pusieron manos a la tarea.Con la chica venía una bolsa de papel y un pequeño frasco de plástico que sin duda irían al laboratorio. Adentro del frasco estaban unos casquillos de bala recogidos seguramente en el lugar del crimen, así que ellos lo colocaron en un sobre rotulado y lo dejaron junto a la bolsa de papel estéril. No necesitaron ver lo que había adentro. Sabían que en esas bolsas se guardaban prendas de la víctima mojadas en sangre, las que no debían ponerse en bolsas de nylon pues se degradaba el ADN. Si las prendas no se ponían a secar en una superficie limpia, lejos del calor y luz solar, se podían guardar en esas bolsas de papel, de esa manera se contaminaban lo menos posible.

    Al cerrarse la bolsa de cadáveres, esta vez hasta el tope superior ocultando por completo a la chica, Marco pareció salir del trance en el que había caído. Parpadeó repetidas veces dándose cuenta que aún continuaba en la morgue.

    —¿Qué pasa, Marco? ¿Vas a trabajar doble turno? —le preguntó Jorge, algo sorprendido porque sabía que el futuro médico odiaba los dobles turnos.

    —Sabes que no —contestó Marco—. Ahora sí me voy. Nos vemos mañana.

    Salió del depósito y se estremeció un poco al sentir el frío de una joven noche de principios de otoño. La temperatura había descendido a causa de los intensos nublados que arrojaban sus chubascos, aunque de todos modos a él le parecía que no había frialdad más terrible que la de la morgue. Su auto estaba en el estacionamiento y a él se dirigió. Todavía le quedaba trabajo por hacer. Tenía que estudiar un poco más antes del examen del día siguiente y las tareas de un par de clases que tendría después de la prueba. Aunque de pronto se le antojó ir a relajarse a un bar. Necesitaba un buen trago de whisky, no obstante, no podía desvelarse mucho y menos embriagarse. Su mente debía estar lo más lúcida posible.

    Pero sí haría algo que le encantaba hacer, así que se desvió de la ruta de su departamento, el que habitaba solo, pues se había independizado de sus padres cuando ingresó a la facultad de medicina y su residencia en realidad no estaba muy lejos del hospital en cuya morgue trabajaba un día sí y otro no.Guió al lado contrario para tomar las avenidas que estaban más vacías y donde sabía que no había patrullas de la policía vigilando, ni cámaras.

    En esas calles manejó a alta velocidad. Le encantaba, era su pasión porque se sentía vivo. Podía sentir correr la adrenalina por sus venas, emocionándolo y dándole una clase de felicidad que hasta ese momento no había sentido con otras cosas y eso que esas otras actividades también le gustaban, pero jamás como correr, ser uno con su auto. Era una lástima que su pequeño Ford Fiesta solo alcanzara la velocidad de 178 k/h. Pero lo tenía porque era económico. El costo de su carrera como médico era muy alto y no podía gastar mucho en otras cosas, como combustible, por ejemplo.

    Frunció el ceño al aumentar el kilometraje, porque de pronto la joven ingresada en la morgue le vino a la mente y sin saber por qué, se sintió triste de súbito. Él se había acostumbrado a ver gente joven morir de manera trágica, pero esa chica le había provocado una sensación extraña. No pudo evitar imaginársela con vida. ¿Cómo había sido ella? ¿Alegre? ¿Risueña? ¿Mal humorada? ¿Tranquila? ¿Tímida? ¿Extrovertida o introvertida? ¿Había sido feliz? La muerte era muy cruel cuando se apropiaba de vidas que se podía decir, apenas comenzaban. ¿Cuántos años por vivir le había robado la muerte a esa chica?

    Movió la cabeza para quitarla de su mente, sintiéndose fastidiado por sus pensamientos, porque era la primera vez que pensaba así de la muerte de alguien. Además, ¿qué caso tenía pensar en ella? Pero es que había muerto de una manera horrible. ¿Quién le había disparado? ¿Por qué? Suspiró sintiendo desesperación consigo mismo. ¿Qué le importaba quién le había disparado? Los detectives se encargarían de descubrir a su asesino o asesinos, así que ¡por Dios! No era la única que había llegado por muerte trágica a la morgue. Muchísimas más le había tocado atender, así que se obligó a dejar de pensar en esa muchacha.

    Finalmente decidió dirigirse a su departamento y para ello regresó por la ruta del hospital, pues era la más corta y le encantaba esa zona, porque no solo su lugar de trabajo le quedaba cerca, sino también la facultad donde estudiaba.

    Lo único malo de la avenida del hospital es que era de velocidad baja y casi siempre las ambulancias impedían el avance, pero era aun mejor que la vía larga, y aunque a esa hora de la noche el tráfico ya era escaso, al pasar por el lugar donde trabajaba, lo hizo en el kilometraje exigido, por eso fue que de repente y en contra de su voluntad,su atención fue atrapada por segunda vez esa noche. Con gran sorpresa vio en la banqueta iluminada por el alumbrado público, una figura que se dirigía a un callejón que estaba a un lado del área del depósito de cadáveres. De hecho, era como un patio largo que compartían el hospital y la morgue.Y la figura era poseedora de una inconfundible y larga cabellera, una que azuleó bajo el farol cuando pasó debajo de él.

    ¡Era ella! ¡Estaba seguro que era ella! ¡La chica de la morgue!
     
    Última edición: 13 Septiembre 2016
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    Rainy

    Rainy Creador del tema Cemzoonita

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    Mujer
    Capítulo 3


    Sin pensarlo siquiera detuvo el auto en la orilla de la banqueta en el lado contrario del hospital y apagando el motor, bajó dejando las llaves pegadas en el encendido. Cruzó la calle a paso veloz para dirigirse al callejón en donde se detuvo a la entrada.

    La entrebarrera estaba oscura al fondo, así que sólo logró ver la parte de enfrente que era lo que iluminaba el alumbrado de la calle. Dio unos pasos para introducirse, deteniéndose en el límite de la parte iluminada, sintiéndose todavía la humedad de la pasada lluvia matutina.

    —¿Hola? —inquirió inseguro—. ¿Estás ahí?

    Pudo escuchar unas pisadas ligeras que se apresuraron al fondo. Marco dio unos cuantos pasos más adelante y las sombras lo cubrieron.

    —No tengas miedo —pidió con voz suave—. ¿Estás bien?

    ¡Diantres!”, pensó el joven tratando de ver en la oscuridad, porque de verdad que esa parte estaba negra y por un momento pensó que era debido a lo que representaba dicho lugar. Muerte, por la vecindad con la morgue que albergaba tantos muertos y con el edificio donde moría mucha gente. Casi pudo sentir el ambiente del cementerio.“¿Qué hago aquí?”

    Los pasos frente a él parecieron tropezar con algo, porque se escuchó un fuerte ruido y Marco trató de recordar qué había en las sombras. Lo único que se le vino a la mente fue un par de contenedores de basura que el hospital utilizaba y los que se encontraban en el extremo opuesto de la entrada.

    Siendo esa zona parte del hospital, había una puerta lateral en el muro que los conectaba y que permitía al personal de limpieza salir para depositar en esos contenedores los desechos que generaba el edificio de salud, e igualmente sucedía con los desechos de la morgue, la que también tenía acceso al patio. Así que supuso que la joven había tropezado con alguno de esos depósitos, aunque no estaba seguro y maldijo por no poder ver bien y maldijo también a algunos de los compañeros del hospital por arruinar la lámpara que supuestamente debía estar en función en ese callejón.

    Y es que algunas parejitas enamoradas aprovechaban el lugar en sombras para mostrarse lo mucho que se querían.

    Otro ruido llamó su atención. La tapa de uno de los contenedores abriéndose.

    —No! —pidió a media voz—. No te atrevas a refugiarte en esos contenedores. Puedes contaminarte.

    Dijo eso a sabiendas de que ni el hospital ni la morgue descartaban productos de mucho riesgo para la salud en esos depósitos. Los desechos de alto riesgo eran devorados por el fuego en un horno de la misma propiedad.

    El sonido de la tapa al caer lo hizo dar un salto, luego, antes de que sus ojos terminaran de acostumbrarse a la oscuridad, sintió como era empujado con fuerza y, en una fracción de segundo, mientras caía hacia atrás al suelo, sintió pasar a su lado a la chica que, sin saber por qué, deseaba tan desesperadamente ver. Quizás fuera la duda que se había clavado en él. ¿Era la chica de la morgue? Y la pregunta le sonó estúpida. Sabía que era una locura especular sobre eso porque su razonamiento le decía que no podía ser la misma persona. Aquella joven estaba muerta y los muertos no resucitan. Sin embargo, eran demasiado parecidas, como dos gotas de agua.

    —¡Espera! —gritó levantándose para ir detrás de ella, sin importarle el dolor que la caída le causó, principalmente en las posaderas.

    Ella salió del callejón y corrió por la banqueta con él detrás. Marco miró como ondeaba su negro cabello con la brisa provocada por la misma velocidad de la carrera. No le quedó ya la menor duda sobre el parecido. Ese cabello moviéndose a capricho del viento era el mismo.

    Le dio alcance antes de que diera vuelta en la esquina, pero para poder detenerla se lanzó contra ella y ambos cayeron al suelo. Marco abrazado a sus piernas; ambos boca abajo. Ella trató de patalear para propinarle unas patadas, pero él era más fuerte, no sólo por el hecho de ser hombre, sino por su excelente condición física, sin embargo, la joven luchó como fiera para escapar de sus manos.

    —¡Tranquila! ¡Calma! —gritó Marco apretando las piernas con más fuerza para que no se le soltara—. ¡No te haré daño! ¡Lo prometo!

    Los sollozos de la chica llegaron hasta él y fue algo que lo alarmó bastante. Era un llanto que le comunicó miedo y angustia, así que se preguntó de qué estaba huyendo. ¿Por qué tenía tanto miedo?

    —Te soltaré si me prometes no escapar.

    La miró asentir y la soltó, luego se levantó para ayudarle a ponerse de pie.

    Y aunque ella quedó erguida, pero con el rostro inclinado, lució más pequeña que él. En su metro con setenta y siete centímetros, Marco le sacaba unos quince centímetros. Él deseó ver sus ojos, pero la chica siguió sin verlo. Entonces la mirada del joven bajó hasta su vientre. Una gran mancha de sangre se había secado en su blusa y la imagen de ella desgarrada del abdomen por los balazos lo estremeció, luego vio que sus brazos y manos también estaban manchados por la sangre seca.

    —¿Estás herida? —le preguntó en voz baja.

    La muchacha movió la cabeza de un lado para otro, a continuación le cumplió su deseo al levantar el rostro y mirarlo con sus orbes parecidos a ópalos; brillantes por las lágrimas, reflejando en ellos un absoluto temor, desconfianza y dolor que lo alcanzó. Con tales emociones su mirada manifestó la vida que había en ese magnífico cuerpo, así que él retrocedió un paso impactado, porque era muy bonita. El poste que se erguía sobre ellos con su potente lámpara la iluminó muy bien, así que él pudo apreciarla con una nitidez hechizante.

    La chica de la morgue estaba frente a él... aunque de nuevo, el pensamiento fue absurdo. Porque claro que no era la misma persona.

    —¿Cómo te llamas?

    Ella dudó un poco antes de responder, pero finalmente dio su nombre en voz baja y temblorosa.

    —Brenda Aragón

    —Si esa sangre no es tuya ¿de quien es?

    Ella desvió su mirada mientras las lágrimas abundaban más. El temblor en su voz se incremento, lo que le hizo casi imposible hablar.

    —De… mi hermana.

    Se llevó las manos a la boca para sofocar los sollozos que estaban a punto de ser muy ruidosos. Miró a Marco y el dolor de sus ojos partió el corazón noble de él.

    Por ello no pudo contenerse y abriendo los brazos, la abrigó con ellos sintiéndola temblar. Brenda apoyó su cabeza en el pecho de Marco y permitió que la apretara con ternura. Él no pensó que era la primera vez que se dejaba dominar por el dolor de alguien. En el estudio de su carrera de medicina, había aprendido que si bien, debía mostrar empatía por los que sufrían, también debía dominar sus emociones. Un médico demasiado sentimental no era muy apto, por ello debía ejercer autodominio. No obstante, esta chica estaba resultando ser muy especial para él… y no sabía por qué. Apenas la había conocido. ¿No era eso ridículo? Y más lo era que sin conocerla, había lamentado mucho su muerte... o la de su hermana. De locos, pero así era.

    —Mi hermana está en esa morgue. La mataron —le informó cuando se tranquilizó un poco.

    —Lo sé. Trabajo ahí —murmuró Marco—. Si tú sabes algo, debes ir con la policía. Vamos, yo te llevo.

    La joven se separó de él y lo miró asustada al momento de decir.

    —¡No! ¡No puedo ir con la policía!

    —¿Por qué no? Es lo que tienes qué hacer.

    Brenda retrocedió unos pasos dispuesta a salir corriendo para volver a huir mientras su miedo se transformaba en pánico. Miró para todos lados haciendo que Marco también mirara en torno. La calle a esa hora era transitada más que nada por las ambulancias que entraban y salían del hospital.

    —Debo irme. Yo sólo quería despedirme de mi hermana.

    Volvió a retroceder un par de pasos sin dejar de mirarlo y Marco se vio traspasado por el suplicio de ella. ¿Qué podía hacer él para ayudarla?

    Se miraron ambos por breves momentos que parecieron ser muy largos, entonces el joven se apresuró a su lado y la detuvo del brazo cuando ella se dio la vuelta para huir de nuevo.


    .................

    Gracias por leer.
     
    Última edición: 20 Septiembre 2016
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    Rainy

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    Capítulo 4


    —¡Aguarda! —le pidió con voz gruesa— ¿Por qué no puedes ir con las autoridades? Ellos pueden protegerte si tu vida corre peligro.

    —¡No pueden! Ellos tienen aliados en la policía. ¡Me matarán también!

    —¿Ellos? ¿Quiénes son ellos? ¿Por qué mataron a tu hermana? ¿Por qué quieren matarte a ti?

    Brenda contuvo las lágrimas. Rescató su brazo de la mano y habló con amargura.

    —¡No interfieras! ¡Si lo haces, también tú puedes morir! Mira, gracias por la ayuda. Si quieres seguir conservando la vida, olvida que me conociste y nunca menciones este encuentro, es por tu bien.

    No bien había terminado de hablar, cuando ya estaba corriendo alejándose de Marco, quien la miró impotente sin saber si debía seguirla o dejarla ir. Si debía informar a la policía o dejar el asunto así. Si debía escuchar la voz de ella que lo invitaba a olvidarla o indagar sobre su vida y el misterio que la envolvía y así involucrarse y… arriesgarse con ella.

    ¿Arriesgarse por una extraña? El solo pensamiento le provocó el mismo sentimiento que sentía cuando corría por esas pistas de carreras callejeras. ¿Amaba el peligro? ¡Sí! ¿Le gustaban los retos? ¡Sí! ¿Era Brenda Aragón un peligro? ¡Sí!

    Mas optó por ir al auto y mientras manejaba a su departamento hizo un descubrimiento insólito. Brenda no sólo podía ser un peligro para su propia vida. Lo que le dio miedo fue llegar a la conclusión de que aquella chica podía llegar a ser un peligro para su corazón. Por eso había sido muy sentimental con ella.

    Estaba demente.

    Llegó al departamento pensando aún en el asunto; en que todo era una locura, porque no creía en el amor a primera vista, aunque sí en el gusto a primera vista y no podía negarlo, Brenda tenía un algo que lo había impactado... ese algo que tenía también su hermana muerta. ¡Ah! Estaba delirando por el cansancio, seguro eso era.

    Él tenía muchas amigas, incluso había tenido algunas novias, no obstante su corazón había permanecido intacto y en realidad, así quería mantenerlo. Ahora estaba muy ocupado con sus estudios y su trabajo, además de su hobby favorito: la alta velocidad, así que lo apropiado era no involucrarse con esa chica. Era lo mejor, sí señor.

    Ya en el interior del departamento, dejó la mochila sobre una mesita de centro en la sala y se dirigió a una vitrina para abrir una de las dos puertas que tenía. Sacó una botella de whisky y un pequeño vaso de vidrio. Se sirvió una buena cantidad y regresó la botella a su lugar. Con el vaso en la mano, entró al cuarto que era la cocina y buscó en el refrigerador algo para comer. Dando un trago al whisky, cerró con fuerza la puerta. En el frigorífico no había ni una migaja de comida. No había tenido tiempo de ir a las compras. Se dio cuenta entonces que estaba gastando energía eléctrica a lo inútil. ¿Para qué tenía el refrigerador conectado si lo tenía vacío? De cualquier modo, no lo desconectó. Le dio el último trago al vaso y miró una de las tres alacenas que fijas en la pared, se suspendían sobre la estufa y una pequeña barra. Abrió una de ellas y sacó una caja de galletas saladas. Miró las tres latas de alimentos: una de atún, otra de granos de maíz y la última era una mezcla de vegetales y no se le antojó nada, así que con la caja de galletas salió de la cocina, fue a la parte donde estaba su pequeño estudio que era también biblioteca y se sentó ante la PC para encenderla y entrar a sus programas de estudio y aprovechar también para revisar correos y responder algunos, además de que se leyó un capítulo más de una historia que estaba siguiendo en Wattpad, dándose cuenta que se le habían acumulado varios capítulos. Al parecer, la escritora había decidido hacer un maratón. ¡Rayos! Y él sin tiempo para leer otra cosa que no fuera todo lo relacionado con trabajos de la facultad y la guía de estudio para el examen... aunque más que guía, parecía todo el estudio del año anterior.

    A veces aprovechaba en la morgue para hacer las actividades extracurriculares en el mundo virtual, —pero esa tarde… y sin duda la noche habían sido muy inusuales—, incluso en ocasiones cenaba en el trabajo, aunque era una regla no comer ni fumar dentro de la morgue, pero si no lo hacía así, se quedaba sin cenar.

    Así que comiendo galletas hizo el resto de sus labores. Al terminar notó que todavía podía dormir unas horas antes de que amaneciera, pero claro, antes de irse a la cama, se dio una rápida ducha, sin embargo, cuando creyó que finalmente descansaría, el timbre de la puerta sonó con insistencia. Lanzando un improperio, colocó la almohada sobre su cabeza. Decidió ignorar el llamado del timbre, no obstante, el que timbraba no se conformó con pulsar con irritación el botón, sino que comenzó a golpear la puerta y una voz que lo sacó de quicio se escuchó.

    —¡Marco! ¡Abre la puerta!

    Marco encendió la lámpara del buró y se levantó; vestido sólo con la ropa interior, o sea, casi desnudo, porque así le gustaba dormir y fue a abrir, tomando de paso la toalla que utilizara después de la ducha y la que había puesto a secar en el respaldo de una silla. Colocándosela alrededor de la cintura, encendió la luz de las lámparas del techo y recibió a los fastidiosos.

    —Perdón por venir así —dijo Tobías entrando al departamento. Llevaba casi a rastras a Pablo, quien estaba completamente ebrio y balbuceaba un sinfín de incoherencias—. Ayúdame con él, no pesa precisamente como una pluma, ¿sabes?

    Marco le ayudó tomándolo de un brazo para pasarlo por sus hombros. Con voz indignada, preguntó mientras llevaban a Pablo al sofá.

    —¿Qué pasó? ¿Por qué están aquí?

    —¿Qué pasó? —Tobías dejó caer a Pablo en el sofá incluso más indignado que Marco— ¡Que el muy imbécil perdió esta noche en el ajedrez hasta los muebles del departamento! Ahora Emmanuel es el dueño y ya se los está llevando, porque ya lo conoces; en cuanto se apropia de tus cosas, las requiere de inmediato.

    —¿Qué? —Marco no podía creerlo.

    —Sí. Nos hemos quedado sin nada. Apostó todo.

    —¿Las camas?

    —Todo de todo. Así que nos quedaremos contigo.

    —¿Qué? —la incredulidad de Marco creció—. Pero…

    —Sin peros —lo interrumpió Tobías—. Sólo serán unos días. Mientras recuperamos nuestros muebles o juntamos dinero para comprar otros… ya sabes que de dinero, no andamos muy bien. Pablo pierde todo y yo tan estúpido que siempre le presto.

    —Pídanle ayuda a Lucía. Estoy seguro que ella puede convencer a Emmanuel para que les devuelva todo.

    —No creo. Emmanuel amará con locura a Lucía, pero tratándose de valores materiales, es un avaro ¿Tú no tienes dinero que nos prestes?

    —Sabes que con lo que gano, apenas cubro los gastos de la facultad y este departamento.

    —Está bien. Por lo pronto, nos quedamos contigo.

    Marco suspiró con resignación. Sin muchas ganas, informó.

    —Bien, allí está el cuarto de huéspedes, tendrás que compartir la cama con Pablo, sólo hay una.

    —¡Por supuesto que no! Él que duerma aquí en el sofá —dicho lo cual, se metió al cuarto y se encerró sin más.

    —¡Demonios! —susurró Marco mirando a Pablo.

    El castaño roncaba ya y un poco de baba escurría por un lado de la boca de labios gruesos, mojando el sofá, pues había quedado de lado, y su rostro, el que tenía la forma cuadrada, así como una nariz clásica, lució pacífico. Marco puso la mano derecha en su nuca y suspiró profundamente observando a su amigo mientras crecía en su interior la sensación de que le habían robado su preciada intimidad, luego, sin poder hacer nada por evitar esa situación, fue a su habitación, tomó la almohada extra que tenía y regresó al lado de Pablo para colocarla debajo de la cabeza; quitándole después los zapatos cuyos pies sobresalieron del sofá a causa de su altura: un metro con ochenta centímetros.

    Miró por última vez al castaño para ver si estaba cómodo y se dispuso a irse a descansar. Cuando estaba a punto de apagar la luz, el timbre volvió a sonar, pero esta vez con más insistencia. Marco frunció el ceño mirando el reloj de pared. ¡Cuatro minutos después de las tres de la madrugada, por Dios! ¿A quién demonios se le ocurría visitarlo a esa hora? A sus amigos. ¿A quién más? Y la prueba era ese par de locos que ya dormían como angelitos y a él, ¡qué lo parta un rayo! No podía ignorar el timbre porque éste sonaba de manera irritante y además, temía que los vecinos comenzaran a quejarse por las visitas a deshoras y el ruido que perturbaba la paz nocturna. No quería que el encargado del edificio lo persiguiera todo el mes con exigencias continuas por romper las reglas.

    Sujetándose la toalla con fuerza, porque ahora sí estaba casi furioso, acudió a abrir.

    —¿Ahora qué demon…?

    Se interrumpió y abriendo los ojos a todo lo que podían ser abiertos, la miró.

    Brenda, sin dejarlo salir de su sorpresa, entró cerrando la puerta. Marco y ella quedaron muy cerca. La joven puso sus manos —todavía con residuos de sangre saca— sobre el pecho desnudo y levantando el rostro para mirarlo, con los ojos llenos de un profundo miedo, susurró.

    —No hagas ruido.
     
    Última edición: 29 Septiembre 2016
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    Rainy

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    Capítulo 5



    No fue necesario que Brenda se lo pidiera porque él fue incapaz de decir algo. La sensación que sus manos le hicieron sentir lo aturdieron dejándolo no sólo mudo, sino inmóvil, por ello cuando Brenda se acercó más, apretándose contra él, no pudo retroceder. Su congelamiento aumentó cuando ella se levantó de puntas y acercando su rostro al suyo, le susurró en el oído.

    —Por favor, necesito tu ayuda.

    Marco tragó saliva. El suave murmullo de su voz despertó sus sentidos y el primero en entrar en acción fue su olfato. El aroma del cabello de ella llenó sus fosas nasales, un delicado olor que lo sensibilizó.


    ¿Y quién podía culparlo? Desde el mismo instante en que la conoció sintió debilidad por ella. La vida jugaba con su persona burlándose de él, restregándole todas las veces que él mismo se había mofado de sus amigos por creerse enamorados al instante de una chica. Era algo que no comprendía, porque nunca le había sucedido algo parecido... hasta esa noche.


    Era todo tan ilógico. Un sueño y estaba seguro de que en cualquier momento despertaría.


    Pero lo que estaba sintiendo por esa mujer en ese instante era muy real. Estaban tan cerca uno del otro, que pudo escuchar el corazón de ambos latiendo al unísono y tuvo que apretar con urgencia la toalla que sostenía alrededor de la cintura para doblegar una terrible apetencia que lo sedujo a mover los brazos para tomarla en ellos y apretarla, fundirla contra él, no obstante logró mantenerlos abajo. Pero el impulso se hizo más difícil de controlar cuando ella volvió a susurrar en su oído.



    —Están buscándome.

    Y cuando pensó que ya no podía más, el sentido del oído entró entonces en acción, alertándolo de diferente manera. La comprensión de las palabras de ella cuando le pidió ayuda se hizo clara en su mente al escuchar unas voces afuera; en el pasillo y supo de debía protegerla.

    —Te digo que ella entró a este edificio. Estoy casi seguro de que la vi —oyeron una voz masculina del otro lado de la puerta.

    Marco y Brenda permanecieron inmóviles, compartiendo casi el mismo espacio, tensos y mudos. Moderando incluso su respiración por temor a ser escuchados a través de la madera de la puerta, en donde la espalda de ella se apoyaba, porque si el peligro de la presencia de los que la buscaban ya era mucho, este se acrecentó cuando se detuvieron justamente frente a la entrada del departamento de Marco.


    Eran un hombre y una mujer.

    —¿Sabes si tiene a algún amigo o conocido aquí, Felipe? —preguntó la mujer.

    —No lo creo. Concluyo que entró a este edificio porque los muchachos no la han visto pasar. Ellos iban a esperarla más adelante. Los edificios de al lado no tienen acceso libre como este, además, te digo que me pareció verla ¿A dónde más pudo ir?... Aguarda, es Edwin.

    El sonido característico de un radio intercomunicador pidiendo comunicación se escuchó.

    —Felipe, ¿la encontraron? El jefe está bastante molesto.


    Pudo oírse la voz un poco distorsionada por la estática a través de la pequeña bocina del aparato de comunicación y la que estaba en el modo de alta voz.

    —No, Edwin, no la hemos encontrado —respondió Felipe con voz irritada— ¡De seguro a ustedes se les ha de haber pasado! ¡La dejaron huir otra vez!

    —¡Baja la voz! —Pidió la mujer con calma, lanzándole a su compañero una mirada de advertencia en medio de las sombras que la luz artificial del pasillo no lograba disipar del todo— ¿Quieres despertar a todos los del edificio?

    —No se nos pasó. Hemos aguardado aquí por ella y no se ha aparecido—explicó Edwin.

    —¡No estaríamos en esta situación si ustedes hubieran hecho bien su trabajo! —refunfuñó Felipe airado— ¡Debieron darse cuenta que Brenda nos seguía cuando matamos a Brandi!

    —¡Cállate! —exigió la mujer perdiendo la calma y miró a su alrededor alarmada— ¿Quieres que todos se den cuenta que somos unos asesinos? ¡Vámonos de aquí antes de que a algún inquilino se le ocurra llamar a la policía por escucharnos!

    —Pero tenemos qué regresar, Verónica y vigilar. Nadie me saca la idea de que Brenda entró a este edificio.

    —¡No menciones mi nombre! —explotó Verónica dándole un golpe en el brazo a Felipe con el puño cerrado— ¡Maldición! ¿Qué te pasa? ¿Por qué mejor no vas a un canal de noticias y anuncias allí quiénes somos en realidad? ¡Estúpido! ¡Las paredes oyen!

    —Vuelves a ponerme una mano encima y te juro...

    —¡No jures en vano! —Lo interrumpió Verónica y le dio otro golpe, más fuerte incluso que el anterior—. ¿Qué vas a hacerme?


    Y comenzó a caminar alejándose de Felipe, quien la miró con odio mientras la seguía, acariciando la culata del arma de fuego que llevaba en una funda al costado izquierdo, sujeta de unos tirantes de piel que pasaban por sus hombros debajo de la chaqueta que llevaba abierta y remataban en un cinturón también de piel. Dejó de acariciar el arma para levantar la mano derecha. A continuación levantó el dedo pulgar, dobló los dedos meñique, anular y medio, estiró el índice y apuntando con éste a Verónica, simuló dispararle, matándola mentalmente. Fue una fantasía demasiado agradable.

    Poco a poco los asesinos comenzaron a retirarse del lugar con pasos tenues y fue cuando ya no se escucharon, que Marco y Brenda suspiraron de alivio. Él se retiró de ella inmediatamente.

    —Gracias —murmuró Brenda con voz temblorosa.

    Marco la miró. Notó su rostro ruborizado, lo que la hizo verse más bonita y de pronto sintió que él mismo estaba ruborizado. ¡Y cómo no! Este segundo encuentro había sido… también impresionante, como el primero. Apretó más la toalla en la cintura dándose cuenta que no podía apretarla más. Lo ceñido le estaba estrangulando el estómago, así que mejor optó por soltarla un poco.

    Visiblemente atraída, Brenda dirigió su mirada a las manos de él, que parecían muy ocupadas en sostener esa toalla y trató de no preguntarse si debajo de ella había otra prenda. De pronto, ambos sintieron timidez, como que no podían o no encontraban qué decir.

    —¿Quieres quedarte?


    Habló rápido Marco, después de un incómodo silencio, pero resultó que ella preguntó al mismo tiempo:

    —¿Puedo quedarme aquí?

    Sus voces mezcladas hicieron que ambos sonrieran. Brenda parpadeó al ver la sonrisa de él. Examinó su rostro. Era por completo el polo opuesto de Ismael, su novio. Mientras Ismael era rubio cenizo, su salvador era castaño oscuro, más bien de cabello negro, dependiendo de la perspectiva de quien lo mirara y unos mechones caían sobre su frente amplia. Ismael tenía los ojos azules y este chico los tenía… negros. Tal vez el juego de luces le cambiaran el tono a un café oscuro, quizás a la luz del sol, pero ahora se le veían negros, de tamaño mediano. Ismael era blanco, pero éste que estaba ante ella tenía un tono de piel moreno claro, una mezcla que le quedaba muy bien.

    Además, su sonrisa era sincera y amplia. Su boca era de labios gruesos, otra diferencia que tenía con Ismael que más bien era de labios delgados y luego pensó que debía dejar de comparar a su novio con este hombre. Sin embargo siguió notando los rasgos de él, que su nariz era recta y tenía un tamaño regular. Más alto que ella y delgado, pero sabía que era fuerte porque cuando la abrazó en la calle, pudo sentir su fuerza. Otra cosa que indicaba que era fuerte, era el hecho de trabajar en la morgue, en donde tenía que cargar cuerpos. Llevarlos quizás de un lado a otro, bajarlos, subirlos de mesas y camillas… ¡Qué sabía ella! Lo único que sabía en ese momento era que así como su mirada lo estaba examinando, él lo hacía con su persona y pudo notar en sus orbes que a él le gustaba lo que veía, a pesar de sentirse poco atractiva.

    Llevaba muchas horas huyendo de los asesinos de su hermana gemela. Se sentía cansada y el dolor de haber perdido a Brandi era muy agudo. Se sentía sudorosa y sucia, además, tenía el rostro irritado de tanto secarse las lágrimas que había derramado y por si eso fuera poco, los ojos le dolían. No necesitó verlos para saber que estaban muy enrojecidos. Su apariencia denotaba el más puro de los agotamientos.

    —Ven —le dijo Marco con suavidad, tomándola de la mano para guiarla a la sala y de allí a su habitación, pues se había dado cuenta de lo mucho que ella necesitaba un buen descanso.


    Brenda dudó en la puerta y él no pudo evitar sentirse divertido por el repentino pudor de ella. Parecía que no habían compartido un beso tan apasionado que si no hubieran sido interrumpidos, ¡quién sabe hasta donde hubieran llegado! Pero manteniendo su semblante inalterable, para no revelar lo que pensaba, la empujó al interior informándole su propósito.


    —No te preocupes, yo dormiré en la sala, en el sillón. De todos modos, ya casi es hora de levantarme —Sonrió irónico cuando dijo eso—. Tú descansa aquí. Sólo permíteme tomar unas cosas que necesito.

    Marco se hizo de una muda de ropa completa, luego señaló el cajón de una cómoda.

    —Allí hay algunos pijamas que puedes utilizar, si no te molesta usar algo mío —Caminó a la puerta y señaló el pasillo—. Por aquí, al fondo a la derecha; la primera puerta, está el baño para que te des una ducha, si quieres. Esa puerta de allí es la de otra habitación. No entres. Mi amigo Tobías se pone furioso cuando alguien lo despierta. De seguro notaste a mi amigo Pablo en el sofá. No te preocupes por él. Está ebrio y dormirá hasta tarde. Yo tengo que presentar examen a primera hora, así que saldré algunas horas, pero volveré. ¿Me prometes esperarme? ¿No te irás?

    Su voz terminó con una nota de angustia. Su deseo de protegerla creció tanto que ansió saber todo lo que a ella concernía, pero se dijo que debía tener paciencia. Brenda no quería hablar de lo que había ocurrido. Había tantas preguntas en el aire. ¿Cómo lo encontró? ¿Cómo supo exactamente a qué departamento llegar? Pero el par de preguntas que más lo intrigaban eran: ¿Por qué esos asesinos habían matado a su hermana y ahora querían hacer lo mismo con ella? ¿Y por qué sus emociones se habían alterado tanto? La miró y ella movió la cabeza de manera afirmativa y luego negativa respondiendo así a las dos preguntas que le había hecho. O sea que no se iba a ir y lo esperaría.

    —Bien —murmuró Marco—. Descansa, Brenda. Dejaré la luz de este pasillo encendida, por si decides ir a darte la ducha.

    Con eso, comenzó a retirarse, pero la voz de ella lo detuvo.

    —Marco, gracias por todo.

    Él se volvió y la miró asombrado. Brenda asomaba la cabeza por el hueco y su rostro aunque serio, mostró agradecimiento, pero enseguida cerró la puerta y quedó de ese modo oculta de la vista de él.


    "¿Cómo supo ella mi nombre?"

    La pregunta quedó en el aire.

    ....................

    Muchas gracias a los que han leído este tema.
    Saludos.
     
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    Rainy

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    Capítulo 6





    Sin respuesta por la interrogante, se sintió más que perplejo porque a esa se le añadieron otra.


    Y por más que lo pensó, no recordó haberle dicho como se llamaba, entonces, ¿por qué lo sabía? Aún si lo hubiese leído en su buzón, ¿como supo que era él; que era el mismo que la había descubierto esa noche merodeando en el callejón del hospital? Soltó un suspiro de impotencia y decidió no intrigarse con cuestiones que no tenían respuesta por el momento, así que optó por vestirse puesto que ya no iba a dormir. En un par de horas tenía qué irse a la Facultad, de modo que, como estaba bastante inquieto, decidió salir del departamento con su acostumbrada mochila al hombro.

    Llegó al estacionamiento del edificio, subió a su pequeño Fiesta y encendió el motor esperando antes de ponerlo en marcha a que este subiera la temperatura, perdido mientras tanto en sus pensamientos, así que no vio a los dos misteriosos hombres que vigilaban el gran local en diferentes puntos. Lo que sí notó al rodar de reversa para dejar su lugar, fue el auto de Pablo que estaba justo a su lado. Frunció el ceño al pensar que era una suerte que no lo apostara también en el partido de ajedrez con Emmanuel, porque era seguro que lo hubiera perdido. Decidió no pensar en los invasores de su departamento mientras salía del estacionamiento, en especial en ella porque en verdad quería deshacerse de esa curiosa sensación que se había adueñado de él desde que conociera a la chica que en ese instante dormía en su cama.

    En las calles, todavía vacías del intenso tráfico que no tardaría en circular, Marco corrió a gran velocidad. La sensación de bienestar pronto comenzó a disipar la tormentosa inquietud. Rodó el Fiesta por algunos minutos tomando caminos conocidos que lo condujeron a un lugar que le gustaba mucho. Era la cumbre de una colina a la que se podía llegar mediante un angosto sendero que no estaba pavimentado. Allí, Marco bajó del carro, se acercó al mirador que tenía y observó la gran ciudad que con sus luces, se extendía espléndida en una hermosa vista. Pronto las luces artificiales serían reemplazadas por la majestuosa presencia del astro rey, siendo el amanecer un espectáculo digno de contemplar, pero desafortunadamente él tenía que regresar a la ciudad e ir a la Facultad para el examen, así que suspirando nostálgico por perderse de dicha experiencia, volvió a la ciudad.

    Más tarde presentó su examen con notable éxito y a parte recibió dos clases. El grado de medicina, tan solo para ejercer como médico general, tenía dos ciclos de tres años cada uno. Marco ya había estudiado los tres primeros años, dedicados al estudio del cuerpo humano en estado de salud, así como las ciencias básicas, Física, Psicología, Genética, Historia de la Medicina, Estadística, Bioquímica, y otras. Así que ahora se encontraba al inicio del cuarto año, dedicado a los estudios de laboratorio y la Patología General, médica y quirúrgica. Aún le quedaba mucho camino que recorrer en esa laboriosa carrera que había escogido, pues todavía debía estudiar en general todas y cada una de las especialidades médicas, incluyendo muchas asignaturas prácticas en los Hospitales Clínicos asociados a su Facultad, lo que haría en ese segundo ciclo.

    Por supuesto, después de eso venía la especialización de las ramas, divisiones, o disciplinas de la medicina cuyos estudios profundizaban el conocimiento del cuerpo humano de una manera más particular. Así, la osteología estudia específicamente la parte de la anatomía que trata de los huesos, la miología realiza el estudio específico de los músculos, la neuroanatomía realiza el estudio del sistema nervioso en forma extensiva y muchas otras ramas. Por el momento, Marco no estaba seguro de cuál sería su especialización. Tenía un par de prospectos en mente, pero tal vez con el transcurso de los estudios, ya cuando estudiara en general todas las especialidades, se decidiera por la Neuroanatomía, lo que le llevaría como mínimo otros seis años, además de seguir estudiando año con año para las actualizaciones.

    Pero no debía inquietarse por la intensidad del estudio que lo esperaba en el futuro, porque en ese mismo instante tenía algo demasiado insólito de qué preocuparse, de forma que al terminar con sus clases, sintió la urgencia de volver a su departamento, por lo tanto salió de la Facultad sin detenerse a platicar en esa ocasión con los compañeros y maestros, pues siendo una persona de carácter sociable, los demás siempre sentían confianza de acercarse a él para conversar. Donde sí se detuvo fue en un pequeño restaurante en el que pidió comida para llevar y después, bien provisionado con el alimento comprado, regresó a su edificio.


    Al llegar y bajar del coche, notó al par de desconocidos que merodeaban por el lugar, pero trató de no ponerles demasiada atención porque tuvo la seguridad de que no eran nuevos inquilinos ya que hasta donde sabía, no se habían desocupado departamentos en los últimos días, además el recuerdo de las voces que él y Brenda habían escuchado la noche pasada y lo que habían dicho, lo hizo ser más que precavido, así que muy discretamente abordó el elevador y subió a su piso.



    Y lo primero que le llamó la atención al entrar, fue el grito de Tobías que le informó alarmado:

    —¡Hay una mujer en tu cama! ¡Me asomé a tu habitación y ahí está ella dormida!

    Lo segundo que le llamó la atención, fue el aroma que saturó su nariz a causa de una gran vomitada que en la sala, aromatizaba de manera desagradable el ambiente y eso que su olfato estaba acostumbrado al olor de los cadáveres en descomposición.

    —¡Pablo! —gritó Marco tapándose la nariz—. ¿Por qué no fuiste al baño a vomitar?

    Pablo estaba sentado en el sofá con el torso inclinado: los codos apoyados en las piernas y las manos en la cabeza.

    —¡Por favor! —pidió con voz ronca—. ¡No griten! ¿Quieren que explote mi cabeza?

    La resaca para el joven y apuesto castaño de ojos marrones era terrible y las náuseas estaban peor que cuando vomitó.

    —¡Marco! —volvió a gritar Tobías, ignorando el pedido de Pablo con marcada intención—. ¿Por qué hay una mujer en tu cama?

    —Tobías, maldición —masculló Pablo, mirando con ojos sumamente irritados a su compañero—. ¡Cierra la boca!

    —Pablo, levántate de ese sofá y limpia tu porquería —ordenó Marco mientras se dirigía a la cocina para dejar la bolsa que contenía la comida.

    —Estoy enfermo —anunció Pablo antes de que Marco entrara a la cocina—. Tobías va a limpiar mi porquería.

    —¿Estás loco? —gritó Tobías cerca de la oreja del castaño y con esto, hizo que Pablo se apretara la cabeza a la vez que unas lagrimitas brotaban de sus irritados ojos—. ¡Yo no voy a limpiar tu asquerosidad!

    —No me importa quién limpie eso —habló el anfitrión entrando a la cocina y desde allí, elevó la voz para hacerse oír—. ¡Sólo háganlo ya!

    —¿Qué nos trajiste de comer? —preguntó Tobías asomándose por la puerta y con esto, quedó establecido quién iba a limpiar la vomitada—. ¿Y por qué hay una mujer en tu cama? ¿Ya la tenías ahí anoche que llegamos? ¡Ah, picarón! ¡Por eso no quisiste acompañarnos al juego! Ya la vi, es muy bonita y…

    —Tobías… ¡Cállate! ¡No te diré nada! —Marco sacó los paquetes de la bolsa y le pasó uno a Tobías, quien fue a sentarse ante la barra sobre un banco alto.

    —Vamos, vamos —habló Tobías mirándolo con una mirada pervertida—. No tienes que sentir vergüenza porque esta sea tu primera vez.

    Marco le lanzó una mirada de advertencia.

    —¡Qué! —Tobías a su vez, lo miró con fingida inocencia—. ¡Siempre hay una primera vez!

    La mirada de Marco irradió irritación.

    —¿Y quién te ha dicho que esta es la primera vez? —preguntó con frialdad y sin deseos de aclarar que no había hecho el amor con Brenda, como insinuaba Tobías.

    Tobías bajó su mirada al paquete y respondió.

    —Bueno, Pablo y yo hemos notado que cuando hablamos de eso y lo bien que nos lo pasamos con esta o aquella chica, tú siempre optas por retirarte y llegamos a la conclusión de que todavía eres…

    La risa de Marco lo interrumpió. Levantó la mirada y notó la diversión del amigo.

    —Deja de decir tonterías, Tobías y mejor come antes de que se enfríe.

    Y tampoco le aclaró que se retiraba de esas conversaciones porque él si era un caballero. Esas chicas de las que ellos hablaban merecían respeto y hablar de ellas a sus espaldas no era respetuoso y mucho menos lo era catalogarlas como ardientes, frígidas, lascivas, adictas, salvajes y quién sabe que adjetivos más.

    —¡Qué asco! —vociferó en ese momento Pablo, quien arrodillado en el suelo, ya lo limpiaba—. ¡Esto es asqueroso! ¡Voy a vomitarme otra vez! ¡Ni en mi trabajo he encontrado olor tan espantoso!



    Sí lo había encontrado y lo que sucedía era que su estómago estaba terriblemente revuelto. No acostumbraba beber como la noche anterior, además, mirando el reloj de pared, notó que era todavía temprano: las 11:05 de la mañana. ¿No podía seguir durmiendo un poco más sin que se le molestara? Levantó la mirada al techo y exclamó con angustia.


    —¡Oh, Dios! ¡Apiádate de mí!

    Sus dramáticos lamentos llegaron hasta Brenda, quien abrió los ojos y miró a su alrededor llena de confusión.

    ¿Dónde estaba?


    *****

    Gracias por leer.
     
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    Capítulo 7


    Treinta horas antes.

    —¡Brenda, despierta!

    Los enérgicos zarandeos de Brandi la despertaron. Miró a su hermana gemela con la sorpresa reflejada en sus somnolientos ojos.

    —¿Qué pasa, Brandi? —inquirió al momento de mirar por la ventana de su cuarto. A pesar de las cortinas, se dio cuenta que todavía estaba oscuro—. ¿Qué hora es? ¿Por qué me despiertas?

    —Papá está enfermo.

    —¿Cómo dices? —Se levantó con prontitud al escuchar la noticia. Tomó la bata que tenía sobre la cama y se la puso sobre el camisón de dormir para seguir a su hermana que ya había salido del cuarto—. ¿Qué tiene? ¿Ya llamaste al doctor?

    —Miranda lo hizo y no tarda, pero lo que más inquieta a papá, es que hoy tiene que ir a a la ciudad para entrevistarse con Manzanero y así poder concretar el negocio que han estado tratando mediante video llamadas, mas concordaron verse en persona hoy, así que papá está muy preocupado. No quiere perder la sociedad con esa empresa, lo que puede suceder si no se presenta. Ismael no ha regresado del extranjero y ya sabes que debió regresar ayer, pero no lo hizo, así que papá no sabe a quién poner en su lugar para que lo supla.

    —A Ismael no le ha resultado fácil atender los negocios que papá tiene en el extranjero —defendió Brenda a su novio ausente—. Disolver esa huelga en la planta le ha tomado más tiempo del previsto. ¿Qué me dices de Alonso? ¿No puede él hacerse cargo?

    —Papá pensó en él, pero a la hora que nuestro padre tiene la cita con el empresario, Alonso tiene una con los representantes de Riquelmes&Com. y él no puede faltar a esa reunión, así que sólo quedamos tú y yo, sin embargo, papá no confía mucho en nosotras, pero deberá hacerlo si quiere conseguir la asociación, mas ahora lo que a mí me inquieta, es que él empeore con tanta preocupación.

    Así conversando entre ellas sobre el preocupante asunto, el médico llegó y examinó a Rodolfo Aragón diagnosticándole una grave y aguda infección pulmonar que podía convertirse en pulmonía, así que estaba con alta fiebre sin poder levantarse de la cama, por lo que el médico recomendó reposo, un fuerte antibiótico, y un analgésico para la fiebre y el dolor, además de compresas frías para bajar más rápido la temperatura, prohibiéndole exponerse al exterior, pues también le recetó una terapia con el vaporizador, así que ignoró olímpicamente todos los reclamos y berrinches del acaudalado empresario por no poder acudir a la importante cita.

    —Hijas —las llamó cuando el médico se marchó. Las tres muchachas se sentaron en la cama a su lado y él continuó—. Necesito que ustedes dos vayan a la ciudad y se presenten a mi cita.

    —¿Y es necesario que vayamos las dos, papá? —preguntó Brenda incapaz de disimular el bostezo que alargo sus facciones.

    —Por supuesto, Brenda, me sentiré más tranquilo así ya que espero que entre las dos logren mantener el interés del señor Manzanero. En mi portafolio está la documentación que necesitarán, pero espero que Alonso, quien está al tanto del negocio, las ilustre un poco en cuanto lleguen allá. He intentado comunicarme con él para avisarle, pero no me responde. Si se van ahora le ganarán al tráfico y podrán estar en casa antes del mediodía, así tendrán el suficiente tiempo antes de la cita para que Alonso les de algunos consejos y recuerden que por nada del mundo deben permitir que el señor Manzanero se desligue de las pláticas de negociaciones que hemos tenido, así que no acepten ninguna negativa de él si pone algún pretexto porque no fui yo. Seguro que encontrarán a Alonso en el despacho de nuestra mansión, pues ya saben que él se posesiona de la casa cuando no estamos viviendo en la ciudad, de cualquier modo seguiré intentando comunicarme con él para que sepa que ustedes van en mi lugar. No comprendo por qué no me responde.

    —Y lo que no entiendo yo —se quejó Brandi con un ligero mohín—, es por qué estás empeñado en vivir la mayor parte del año aquí en esta Villa tan apartada. Sabes que a nosotras nos gusta más vivir en la metrópolis.

    —Brandi, por favor, no empieces —pidió Brenda al tiempo de tomar la mano de su padre y besar el dorso con cariño—. No te preocupes por nada, papá. Nosotras nos encargamos.

    Su padre las miró con franca desconfianza. Nunca había confiado en sus hijas para hacer negocios. Por eso se valía de Ismael Allende ahí en en la Villa y de Alonso Ugando en la ciudad. Ambos manejaban sus negocios como a él le gustaba. Estaba su sobrino Mario, pero él se mantenía muy ocupado cuidando de su patrimonio como para molestarlo. Claro que el propio Ismael tenía también que cuidar del patrimonio de sus padres, pero como futuro esposo de su hija, se estaba preparando para atender parte de los negocios que un día serían heredados a su futura esposa.

    De manera que, ante la evidente impaciencia de su padre, las gemelas estuvieron listas para dejar la Villa y mientras se despedían de su padre, él no dejó de renegar por la tardanza de su partida y las chicas, haciendo oídos sordos, se despidieron después de la hermana menor.

    —Miranda, cuida bien a nuestro padre —pidió Brandi—. No sabemos cuántos días estemos ausentes, quizás un par, pero cualquier cosa que suceda con papá, no dudes en llamarnos, ¿de acuerdo?

    —Descuiden, lo cuidaré bien —prometió la chica.

    Después de eso, Miranda dio un fuerte abrazo a sus hermanas. Sus labios libres de color artificial, esbozaron una pequeña sonrisa mientras su mirada les transmitía confianza. Siendo la más joven de las tres, era también diferente, pues en ella podía apreciarse una melena corta en un castaño muy claro, ojos color aceituna y rasgos suaves a causa de su nariz pequeña, así como la boca, resaltando los orbes que eran grandes. Las miró con cariño musitando con toda la calma del mundo:

    —Váyanse tranquilas y atiendan bien ese asunto que tiene a papá tan inquieto.

    Ellas asintieron y finalmente dejaron la Villa a bordo del auto que Brandi había recibido como regalo en el último cumpleaños, bajo una ligera llovizna.

    Lluvia que por momentos arreciaba a medida que avanzaban por la autopista, pero a pesar de eso y de que el tráfico al entrar en la cuidad era pesado y lento, se cumplió lo predicho por Rodolfo, así que iban a dar las once de la mañana cuando la mayor de las gemelas detuvo el auto enfrente de la mansión que tenían en la gran urbe y que la mayor parte del año era disfrutada no por la familia Aragón, sino por Alonso y sus empleados, además de que allí también vivían los del personal doméstico.

    —¡Vamos, Brenda! —dijo Brandi con voz apremiante, bastante cansada de la lluvia que volvía a ser ligera—. No perdamos tiempo y baja a abrir ese portón, pues por lo visto no están los guardias en su puesto. Busquemos a Alonso y pongámoslo al tanto de esto. ¿Será acaso que papá no pudo comunicarse con él?

    Ante la pregunta, Brenda se encogió de hombros y luego bajó protegiéndose del goteo con el paraguas de Brandi que nunca faltaba en el auto. Se dirigió a la enorme puerta que daba acceso al interior del jardín que rodeaba la mansión, el que a su vez estaba cercado de un alto muro. Enfrente había un largo barandal forjado con barrotes de hierro y los que tenían bonitos detalles y por entre los barrotes podía apreciarse una linda vista de la mansión y su florido edén. En medio del barandal estaba una amplia puerta de doble hoja del mismo material y esa fue la que Brenda abrió, pues siendo muy antigua, no contaba con la moderna tecnología eléctrica. Era por eso que siempre había ahí un par de guardias que eran los encargados no solo de vigilar que nadie extraño invadiera la propiedad Aragón, sino también de abrir el portal para que los autos entraran rodando por el amplio sendero hecho a base de piedras de diferente tamaño y que los llevaba justo a la puerta principal de la mansión. Al abrir Brenda, detestó el hecho de que su padre no escuchara a Brandi cuando le propuso que modernizara la entrada, pero Rodolfo Aragónse había negado. Estaba acostumbrado así y su deseo siempre era ley.

    —Qué raro. No se ve a nadie por aquí. ¿Dónde están los guardias de seguridad que papá siempre tiene en esa puerta? —habló la conductora con el ceño bien fruncido, notándose el enfado en su rostro.

    A medida que Brandi conducía por el sendero, ya con Branda de nuevo a bordo, miró para todos lados buscando a alguien. Al no ver a nadie ni cuando se detuvo frente a la puerta principal y las dos se bajaron del auto, continuó en tono lleno de sorpresa:

    — Siempre acuden a recibirnos. ¿Dónde están todos? Del personal doméstico ni sus luces y tampoco veo a Tomás. Él empieza a trabajar muy temprano en el jardín. ¿Y Tornado? Ese perrito siempre anda correteando por todos lados.

    Brenda miró abarcando casi toda la fachada de la bella mansión, en donde decenas de ventanas parecían observarlas como si fueran ojos, pero cuando no vio actividad alguna, se dirigió al maletero para ayudar a Brandi a bajar el equipaje consistente en dos enormes maletas, protegiéndose lo mejor que podían de la insistente precipitación bajo el paragua. En ese instante Brandi se arrepintió de haber llenado su maleta como si fueran a ausentarse de la Villa por un mes y no solo unos cuantos días: dos o tres a lo mucho.

    —¿Qué tal si tú llevas mi maleta y yo la tuya? —dijo mirando a Brenda con una mueca de hastío mientras se colgaba el bolso en el hombro para después sujetar la manija retráctil de la maleta de su hermana con la mano derecha y con la izquierda el paraguas, dejando así a la otra chica bajo la llovizna.

    Brenda negó con la cabeza y miró con las cejas levantadas a Brandi que ya caminaba a la puerta deslizando las ruedas del equipaje detrás de ella, de modo que no tuvo más remedio que seguirla y después ambas ascendieron.

    —Sí que es extraño este abandono —musitó Brenda cuando quedaron bajo la protección del pequeño porche, inspeccionando de nuevo a su alrededor.

    —La verdad no estoy segura si se trata de abandono —dijo con seriedad Brandi sacudiendo el agua de la sombrilla para posteriormente cerrarla—, si te fijas, la mansión luce limpia y ordenada. El jardín también está bien cuidado y sigue teniendo el sello de Tomás, sin embargo, el hecho de que no haya nadie a la vista sí es muy sospechoso. ¿Será más bien que es su día de descanso?

    —¿De todos? —Brenda lo dudó y ambas quedaron inmóviles ante la puerta que estaba cerrada.

    —Pues hay mucha soledad, pero lo que más me sorprende es lo de los guardias. Papá tiene qué saber esto. Él confiando en que su bienes están en buenas manos y mira con lo que nos venimos a encontrar. Creo que Alonso se está tomando libertades que no le corresponden —opinó Brandi al utilizar su propia llave para abrir y poder entrar a la casa.

    Ya en el interior, ambas dejaron su equipaje en el amplio recibidor, así como los bolsos y paraguas.

    —Pues sí que está extraño esto —dijo Brenda, quien intranquila dio unos pasos hacia una dirección—. ¿Por qué no vas al despacho a ver si Alonso está ahí? Él sabrá qué está sucediendo. Yo voy a buscarlo a la Biblioteca donde suele encerrarse a veces.

    Brandi asintió y se separaron en el pasillo.

    .................

    Gracias por leer.

     
    Última edición: 29 Octubre 2017
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    Rainy

    Rainy Creador del tema Cemzoonita

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    Capítulo 8


    Caminó Brandi por el pasillo que la llevaría al despacho. Por alguna razón desconocida, lo hizo con sigilo sin saber que lo mismo hacía Brenda, ambas tratando de hacer el menor ruido con sus zapatillas de tacón medio, los que podían golpear sonoramente en el brillante piso, así que anduvieron de puntas. El ambiente en la casa era extraño, quizás por el hecho de no haber ninguna clase de actividad. No importaba en qué época vinieran a la ciudad —casi siempre sin previo aviso—, siempre había alguien allí para recibirlos. Era natural pues que ante la ausencia de la servidumbre, e incluso del perro que casi siempre era el primero en recibirlas, se sintieran desconfiadas, sentimiento que las puso en tensión porque desde que tenían uso de razón, jamás había ocurrido eso.

    Pero entonces al acercarse Brandi al despacho, unas voces provenientes de ahí la relajaron y a punto de caminar con normalidad para anunciarse, unas palabras la detuvieron congelándola, pues eran del volumen adecuado para que llegaran hasta ellla con claridad.

    —Alonso, no voy a participar en esto y le diré a Rodolfo Aragón cómo estás llevando sus negocios.

    Brandi reconoció la voz del contador de su padre.

    —Vamos, no exageres —habló Alonso y su tono se escuchó exageradamente cordial—. Si lo ves bien, esos negocios ya no son de Rodolfo. Yo fui quien los encontró, los trató y los cerró. El viejo ya hizo una gran fortuna con mi talento, así que lo único que estoy haciendo es recompensarme por largos años de servicio.

    Brandi salió de su inmovilidad y pegándose a la pared con sumo sigilo, se acercó a la puerta que estaba abierta, llevándose una mano a la boca para no lanzar algún gemido de sorpresa que pudiera descubrirla. Se quedó ahí sin saber qué hacer mientras seguía desarrollándose la conversación de los conocidos.

    —Alonso, no lo hagas —pidió Pedro más nervioso aún.

    —¿Y por qué no? Como dije, solamente estoy cobrándome lo que ese vejete me debe, ¿qué tiene de malo?

    —¡Claro que es malo! —exclamó el contador en tono agudo— ¡Estás haciendo negocios sucios con el dinero de Rodolfo Aragón! Y de acuerdo a la contabilidad de este último mes, has perdido una suma millonaria de su cuenta, mientras los negocios de éxito pasan a ser tuyos. ¡Dejarás al hombre en la ruina muy pronto!

    —Pedro, Pedro, Pedro —pronunció Alonso cambiando la cordialidad de su voz a una de franca amenaza, lo que hizo estremecer a Brandi— ¿Qué sugieres que haga entonces, eh? ¿Qué me descubra delante de Rodolfo y deje que él tome medidas legales contra mí y perder todo lo que he ganado con su propia fortuna?

    En el pasillo, Brandi saltó de susto cuando la voz suave de Brenda se escuchó a su lado.

    —Alonso no...

    —¡Calla! —susurró Brandi poniendo su mano izquierda sobre la boca de su hermana—. ¡Alonso le está robando a papá! Ve al auto y espérame allí.

    —¿Qué?

    —¡Que vayas al auto!

    —No sabes cuánto siento que hayas descubierto esto, Pedro —dijo mientras tanto Alonso—. Pero yo sabía que te darías cuenta tarde o temprano, después de todo tú estás a cargo de las finanzas, sin embargo, creí que estarías a mi favor como todos ellos, ¿verdad muchachos?

    Un coro afirmativo se escuchó.

    —¡Ve al auto ahora, Brenda! —exigió Brandi—. ¡Ya!

    —¿Qué piensas hacer? —preguntó Brenda angustiada—. ¡Vámonos las dos de aquí! Ni tú ni yo podemos hacer nada por ahora. Mejor que no sepa que estuvimos aquí.

    —Sólo quiero ver quiénes son los que apoyan a Alonso para denunciarlos.

    Y sin medir las consecuencias, Brandi se asomó por la puerta y espió el interior del despacho. Todos estaban allí, excepto las mujeres del servicio doméstico. Reconoció a los dos guardias de seguridad, Eric y Edwin; hombres robustos, rostros duros y miradas rapaces. Preparados para enfrentar cualquier emergencia o peligro en caso de ser asaltada la mansión, no por nada su padre los había contratado. Estaban también los dos colaboradores de Alonso que más bien parecían sus guardaespaldas, porque siempre andaban con él. Uno era Felipe, un hombre bastante alto y delgado. A las gemelas les gustaba compararlo con Largo, el mayordomo de la familia Adams, porque se le parecía bastante, pálido y de apariencia torpe, pero de lo último no tenía nada, sino que era muy ágil, serio y tenía poco sentido del humor. La otra era Verónica, una antipática rubia de rostro muy bello y grandes ojos azules que estaba muy allegada a Alonso y a causa de esto, provocaba rencillas entre Alonso y su esposa Karina, quien también estaba presente y echado a los pies de Karina estaba Tornado, un grandioso doberman que fue el único que supo que las gemelas estaban ahí, pues se levantó para ir a la puerta. Brandi, temiendo que las delatara, se retiró un poco y cuando Tornado salió, le susurró a Brenda:

    —Haz algo para que no ladre.

    Tornado las miró encantado, moviéndose alegre porque las conocía de toda su vida, pero Brenda, llevándose el dedo índice a los labios, le pidió silencio, luego con la mano le ordenó que se sentara y el doberman, que estaba muy bien adiestrado, se sentó obediente mientras que Brandi volvía a mirar al interior del despacho, notando que había alguien más ahí: Tomás, el traidor jardinero, un sujeto de madiana edad. Su calvicie había agrandado su frente y su rostro regordete lucía pequeños ojos, nariz grande y boca mediana, además de que su piel era muy morena por estar expuesto la mayor parte al sol. Y en medio de todos se encontraban Alonso, el jefe de todos ellos después del señor Aragón y cuya presencia era imponente a pesar de su altura promedio. El hombre gustaba vestir siempre de traje, las mejores marcas. Su cabello dorado como el sol se mantenía oculto la mayor parte del tiempo por un elegante sombrero fedora, luciendo perfecto con su rostro ovalado, del que destacaban grandes ojos grises, los que a su vez mostraban su inteligencia, su perspicacia y también su desalmada alma. Así que Pedro ante él, tembló al ver la dureza de esos orbes e intentó buscar simpatía en ellos, pero la frialdad misma lo envolvió. El pobre hombre sudó espantado mientras apretaba un grueso libro contra su pecho. El libro de contabilidad.

    —¿Qué piensas hacer conmigo? —preguntó con voz temblorosa el contador—. No pienso apoyarte en esto, pero prometo guardar silencio. Renunciaré y me iré muy lejos, lo prometo.

    —¡Oh, Pedro! —exclamó Alonso acercándose al contador, volviendo a su tono cordial— ¡Por supuesto que te irás muy lejos! Por eso, déjame despedirme de ti —Lo abrazó con un brazo y extendiendo el derecho hacia atrás, pidió algo y Felipe le puso su arma de fuego en la mano—. No te preocupes, yo mismo te mandaré al lugar correcto.

    El silenciador del arma apagó el sonido del disparo, pero la bala fue recibida por el vientre de Pedro, a quemarropa por debajo del borde del grueso libro. Pedro retrocedió con los ojos muy abiertos soltando el pesado volumen y el sonoro ruido que hizo este al caer, sobresaltó a Brandi, quien retrocedió aterrada por el asesinato y tomando a Brenda por la mano la arrastró apresurada por el pasillo mientras exclamaba pálida.

    —¡Lo ha matado! ¡Alonso mató a Pedro!

    Y no dejaba de repetirlo mientras corrían por sus vidas, acompañadas por Tornado. Sin embargo, en su huida hubo un delator y no fue precisamente el doberman, sino sus sonoros taconeos sobre el suelo que llegaron al despacho.

    —¿Qué es ese ruido? —preguntó Alonso y de manera fugaz miró a cada uno de los presentes—. ¿Y dónde está Tornado? ¿No estaba aquí?

    —Alguien corre por el pasillo —informó Karina tranquila a la vez que buscaba con la vista al perro—. Para ser exacta, son dos personas... dos mujeres. Y creo que también Tornado.

    Los demás se precipitaron a la puerta, excepto Karina y Verónica. La última exclamó cuando miraron como los hombres se estorbaron en la puerta porque todos quisieron salir al mismo tiempo.

    —¡Hombres! ¡Qué idiotas pueden ser a veces!

    —Pero no podemos vivir sin ellos, ¿verdad, querida? —La voz de Karina sonó llena de desdén y su mirada mostró tal sentimiento al mirar a la rubia—. En especial sin Alonso.

    Verónica enfrentó la mirada de Karina, una morena de piel nacarada. Su cabello peinado en un moño alto le daba una apariencia de sofisticación que por un momento la más joven envidió a pesar de seguir la moda Lady, una tendencia ultrafemenina que destacaba lo más lindo de su figura, pero desechó el tono de celos al responder.

    —Alonso es un gran hombre, Karina. Sabes que mi aprecio por él es como el de una hermana.

    Karina soltó una risilla amarga, pero ya no dijo nada. Se limitó a salir del despacho para seguir a los hombres que se apresuraban por el pasillo. Verónica detrás de ella le hizo un gesto de menosprecio.

    Mientras tanto, Brenda y Brandi abordaron el auto y la última pudo darle vida al motor gracias a que no había retirado las llaves del encendido. Esa costumbre suya de dejar las llaves pegadas fue una bendición en ese instante para ellas, pero habían dejado sus pertenencias en el vestíbulo de la mansión, y precisamente Alonso y sus hombres las miraban.

    Y para cuando Edwin y Tomás salieron de la casa, Tornado estaba sentado muy campante sobre un escalón, mirando el punto por donde las gemelas habían abandonado la propiedad Aragón y las que ahora circulaban por la calle a alta velocidad, bastante impresionadas por lo acontecido y dudosas de lo que harían porque desconocieron a ese Alonso. El hombre había dejado de ser un apoyo fiel para su padre sin que le importara el afecto que este siempre le había mostrado.

    Alonso se había convertido en un traidor, ladrón y asesino, así que, ¿temían por sus vidas?

    Sí.

    Y mientras los ojos de Brandi derramaban lágrimas de angustia por lo que había visto, el cielo dejaba de llorar permitiendo que las nubes se disiparan para dejar pasar los rayos del sol, como si la expansión quisiera quitar de las chicas el frío que de repente las había envuelto. Una terrible frialdad producida por un agudo pavor.

     
    Última edición: 5 Noviembre 2017
  9.  
    Rainy

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    Capítulo 9


    El miedo de las hermanas Aragón no era infundado, pues en la mansión, Alonso, profundamente airado y sin dejar de mirar las maletas y los bolsos que habían dejado sobre el equipaje, las maldijo en voz alta.

    —¡Las gemelas Aragón, malditas entrometidas!¡Qué mal momento para venir de visita! Esperaba a Rodolfo más tarde porque tiene un negocio. Algo debió sucederle como para que enviara a sus inútiles hijas.

    Vio a Tornado con ira. El doberman y los hombres habían entrado y el animal se movía alrededor del equipaje de las gemelas, oliéndolo, pero detuvo su actividad cuando sintió la vista de su amo sobre él e inclinando un poco la cabeza hacia el lado derecho, captó la reprimenda.

    —¿Y tú, por qué las dejaste ir? De mínimo me hubieras advertido de su presencia. ¡Estúpido perro malo!

    —Es un traidor que las quiere mucho. Era de esperarse que les permitiera huir —dijo Karina, luego inquirió preocupada—: ¿Y por qué están ellas aquí en primer lugar? Seguro que, como dices, algo debió ocurrirle a Rodolfo. ¿No has recibido mensajes o alguna llamada de él?

    Alonso sacó su celular dándose cuenta que lo tenía inactivo. Frunció el ceño y miró a su esposa con disgusto al no recordar en qué momento lo había apagado.

    —¿Tú me lo apagaste? —le cuestionó a Karina.

    Ella enfrentó la dura mirada y no fue necesario que respondiera. Ella lo había hecho porque odiaba lo mucho que Angélica lo llamaba cuando esta no estaba a su lado y más detestaba que ni siquiera le mostrara un poco de respeto, pues no disimulaba lo mucho que a él le gustaban esas llamadas. Con rostro serio, lo vio encender el aparato y luego escuchar todos los mensajes de voz de Rodolfo comunicándole su enfermedad y el porqué de la visita de las gemelas. Volvió a maldecir, pero esta vez a su esposa.

    —¿Ves lo que has ocasionado por tus malditos celos? Si me hubiese enterado a tiempo que ellas venían, no habrían descubierto esto.

    —Tú también tienes la culpa —lo acusó Karina sin sentirse responsable y mucho menos culpable—. Varias veces se escuchó el teléfono alámbrico por toda la casa y nadie lo respondió, ¿y por qué nadie lo atendió? ¡Porque te atreviste a despedir a toda la servidumbre y tú estabas muy ocupado tonteando con... ésa!

    Fulminó a Angélica con los desdeñosos dardos de su visión. La joven bajó su rostro y no apartó la vista del suelo. ¡Cómo odiaba a la bruja celosa!

    —Jefe —intervino Felipe en la discusión de los esposos, tocando el tema que era mucho más importante—, si las gemelas fueron testigos del asesinato, acudirán con la policía. Mejor las buscamos antes de que...

    —Felipe —lo interrumpió Alonso, molesto—, sé lo que harán porque las conozco muy bien. Ahora, acompañen a Tomás y caben un hoyo en el jardín y entierren a Pedro, pero háganlo en un lugar que no llame la atención.

    Luego miró directamente a Tomás cuando le ordenó:

    —En cuanto terminen, te vas a la Villa. Me mantendrás informado de todo lo que ocurra allá con el resto de la familia Aragón. Actúen todos con discreción. ¡Qué lio! Tendré que llamar a alguien para que nos ayude. ¡Maldita sea, con lo que detesto pedir favores!

    Los hombres lo escucharon en silencio puesto que sabían que a Alonso no se le podía contradecir o interrumpir y que la única que se atrevía a hacerlo era Karina, pero ella era su esposa, así que se limitaron a permanecer impávidos ante la rabieta de su jefe, quien recorriéndolos con dura mirada, gritó enfurecido:

    —¿Y qué esperan que no se largan a hacer lo que les dije?

    Con eso sus hombres se apresuraron a la puerta para salir de la mansión, luego él se dirigió al despacho, pero a medio pasillo se detuvo y sin volverse a ver a las mujeres, ordenó:

    —Ven conmigo, Angélica.

    Angélica esbozó una sonrisa al notar de qué forma Karina apretaba los puños esperando una palabra de despecho por parte de la esposa, pero ella se mantuvo digna dándose la media vuelta para alejarse de ellos yendo por otro pasillo, acompañada de Tornado.

    "Eso es, idiota", susurró la joven para sí observando la espalda de su rival. "Confórmate con el amor de ese estúpido perro".

    —¿Vas a venir o qué? —inquirió la acerada voz de su jefe.

    Ella casi corrió por el pasillo y al ponerse al lado de Alonso, lo miró de reojo sin poder ocultar la adoración que sentía por el hombre. Admiraba la determinación de Alonso para salirse siempre con la suya y sabía que en el asunto de las gemelas, él tendría la victoria porque Alonso no permitiría que nada detuviera sus planes, además su jefe contaba con una buena ventaja: él conocía muy bien a las gemelas, tanto así que estaba segura que él ya había previsto lo que harían ellas, de modo que, como también quería saberlo, le preguntó al entrar al despacho mientras miraba sin ninguna clase de sentimiento el cadaver de Pedro.

    —¿Qué crees que harán esas chicas?

    Alonso se sentó detrás del escritorio, se recargó en el respaldo y respondió con expresión ceñuda:

    —No es difícil adivinar lo que harán, Angélica, cualquiera puede hacerlo.

    —¿Irán con la policía?

    —Lo harán, pero no de inmediato.

    —¿Entonces?

    —Entonces sólo hay que esperar un rato y, ¿qué te pasa? No estás aquí para que me estés fastidiando con preguntas, así que mejor pon atención a lo que diré.

    La joven se ruborizó un poco, guardó sus interrogantes y se concretó a escuchar con atención a su jefe.


    ****


    Las gemelas, después de su huida de la mansión y de andar en una tensa confusión por la autopista, finalmente decidieron parar cuando se dieron cuenta que los asesinos no las seguían y planearon lo que harían. Brenda sugirió que volvieran a la Villa para informar a su padre del trágico evento, pero Brandi optó por ir con la policía y no preocupar por el momento a su padre porque su salud no era buena, así que Brenda no tuvo más opción que apoyarla.

    Fue así que enseguida se dedicaron a buscar el edificio federal... o donde sea que estuviera la comisaría de policía y para ayudarse, le preguntaron a varias personas por la ubicación, extrañando en demasía los abandonados bolsos que contenían sus carteras y sus celulares. Habría sido más fácil buscar en Google Maps.

    —Brandi, allí está el edificio que buscamos —dijo Brenda más tarde, mirando el escudo federal en una de las oficinas mientras su hermana pasaba por enfrente, en medio de dos largas filas de autos estacionados al margen de las banquetas.

    Brandi entró al estacionamiento del edificio y buscó un lugar para dejar el vehículo, pero en esa ocasión sí quitó las llaves del encedido para poder cerrar las puertas con seguro. Aunque su costumbre era dejarlas pegadas, sólo lo hacía en los lugares que ella conocía bien, de modo que al bajar las guardó en uno de los bolsillos de su pantalón y pocos minutos después ya estaban en la jefatura pidiendo ser atendidas.

    —Por favor —les dijo un oficial que, detrás de un mostrador, trataba de poner orden a una gran pila de informes; atendía al mismo tiempo los teléfonos y respondía a las preguntas que uno de sus compañeros le hacía—, tomen asiento, se les atenderá en un momento.

    —Pero oficial, esto es urgente.

    El hombre levantó la cabeza y miró con irritación a Brandi. Con voz dura les pidió.

    —Demen sus nombres —ellas lo hicieron y él los anotó, después les señaló una fila de sillas añadiendo—: Tomen asiento, se les atenderá en un momento.

    Las chicas se alejaron un poco del cubículo del oficial al ser olímpicamente ignoradas y Brenda miró los asientos. En uno había un sujeto esposado a un largo tubo de metal y en horizontal que estaba frente a él, sostenido en los extremos con tubos del mismo material empotrados en el suelo, por lo que no había manera de que el sujeto se escapara. Cuando el hombre se encontró con su mirada, sonrió lascivo y levantando los labios, le mandó besos. Rápidamente, Brenda desvió la vista a dos lugares después de él, en donde una joven mujer sostenía una gasa empapada de sangres sobre su nariz y boca y miraba de un lado a otro con ojos llenos de lágrimas, uno de los que lucía un gran moretón y tres asientos después de ella, esposado también, estaba el responsable de sus heridas, un hombre robusto que no dejaba de lanzarle amenazas.

    —Si crees que esta vez te golpeé mucho, espera a que salga de aquí —le decía el sujeto con ira.

    Brenda optó por retirarse de las sillas, llevando a Brandi del brazo. De ninguna manera iría a sentarse en medio de tales personas que despertaron encontrados sentimientos en ella: compasión por la mujer y disgusto y desconfianza por los hombres, así que para no verlos, dirigió su mirada enfrente, a un enorme y trasparente cristal que los separaba de los cubículos que fungían como oficinas para los oficiales. Todos ellos estaban ocupados, contestando llamadas, atendiendo a alguna persona o escribiendo en sus computadoras. En un extremo del cristal estaba la entrada que también era la salida de esa sala en la que se encontraban ellas y por donde circulaba una gran cantidad de personas. Policías que salían para cumplir con su comisión u oficiales que llegaban de cumplir con ella; en su mayoría con algún detenido. Estaban además otras dos hileras de asientos, ocupados por personas que esperaban ser atendidas.

    Sin saber qué hacer, ambas miraron al agente que las había mandado sentar. Estaba hablando por teléfono y asentía de vez en cuando sin decir nada, pero no dejaba de mirarlas, entonces cuando colgó, se levantó y las llamó a señas con una mano. Ellas se acercaron al mostrador sintiéndose aliviadas cuando él les indicó que lo siguieran, lo que hicieron adentrándose al interior del edificio, deteniéndose frente a una puerta que daba acceso a una pequeña sala. Ahí las hizo sentar en cómodos sillones, les ofreció una bebida que ellas declinaron y luego les dijo que el oficial encargado de atenderlas no tardaría, así que después de eso las dejó y las chicas no tuvieron más opción que esperar.

    Y para las gemelas el tiempo de espera fue eterno, pues los minutos pasaron hasta convertirse en una hora y luego media más.

    —¿Qué pasa con ese oficial que no viene? —inquirió Brandi sin dejar de caminar de un lado a otro—. Como que esto ya me parece muy sospechoso, ¿no crees?

    Brenda, quien la mayor parte del tiempo había permanecido sentada, miró preocupada a su inquieta hermana, mas al abrir la boca para decir algo, la puerta se abrió y apareció un hombre de unos treinta años, alto, de cabello gris y gafas que les sonrió de manera abierta.

    —¿Señoritas Aragón? ¡Lo siento mucho! —dijo en tono amable saludándolas con un entusiasta pero respetuoso apretón de mano—. Soy el agente Antonio Arrutia y mi intención no era que esperaran tanto, pero surgió una emergencia. Espero que nos disculpen por esta descortesía. ¿Puedo ofrecerles algo? Un refresco, agua... lo que sea.

    Esa vez las chicas aceptaron un vaso con agua y después de beberla, Antonio las invitó a salir de la sala para conducirlas a otra, una amueblada solamente con tres sillas y una pequeña mesa, ante la que se sentaron los tres. Así, quedando Antonio frente a ellas, tomó la declaración de Brandi anotando en un pequeño cuaderno algunas cosas, iniciando la confesión de la chica desde que salieran de la Villa hasta ese momento, luego, al terminar Brandi con su informe, él preguntó.

    —¿Y dices que ella no vio el asesinato?

    —No. Brenda no vio nada.

    —Bien. Necesito consultar algo —les dijo levantándose—. Esperen aquí, vuelvo enseguida.

    Arrutia salió y ellas quedaron solas, mirándose sin decir nada, pero compartiendo la esperanza que sus miradas se transmitían de que todo iba a salir bien. Después de varios minutos en esa soledad, Antonio volvió y la ilusión de las chicas se hizo añicos cuando les anunció algo que las sorprendió sobremanera.

    —Hay un problema. Como Brenda no fue testigo del crimen, no puedo ponerla bajo protección, por ello tendrá que permanecer fuera de esto.

    —¿Es una broma, verdad? —preguntó confundida Brandi—. Ella no vio nada, pero yo ya se lo conté. ¿No es lo mismo?

    —Lo lamento. Creo que lo mejor para tu hermana es que regrese a la Villa, pero vengan, no se preocupen que todo saldrá bien.

    Las tomó por el brazo con suavidad para sacarlas del cubículo y haciéndolas caminar por los pasillos, aseguró con firmeza:

    —Ese hombre no se burlará de la ley.

    —Oiga —preguntó Brandi mirando a su alrededor—. ¿A dónde nos lleva?

    A eso, Brenda también notó la soledad de los pasillos por los que andaban y en esa zona tampoco había cámaras de seguridad.

    —Oh, ya les dije que no deben preocuparse, que todo está bien. Estamos saliendo del edificio en el mayor de los secretos para la protección de usted, señorita Brandi. ¿Se le ha ocurrido que el asesino puede estar merodeando por aquí?

    A las dos les pareció razonable lo que les dijo el agente, así que sin decir nada más, salieron por una salida en la parte de atrás del edificio, a una solitaria calle de un solo sentido y ahí Arrutia soltó a Brenda diciéndole:

    —Vuelva con su padre enfermo.

    Boquiabierta, Brenda miró como el hombre obligaba a Brandi a subir en la parte de atrás de un auto aparcado frente a la puerta.

    —¡Oiga! —gritó Brenda saliendo de su estupor—. ¿A dónde lleva a mi hermana?

    No obtuvo más respuesta que el rugiente motor del vehículo que se puso en marcha, así que miró impotente como Brandi, retenida a fuerzas en ese coche del que de pronto subió del suelo una especie de rejilla en medio de los asientos de adelante y el de atrás para separarla totalmente del agente, maniobraba para abrir las puertas sin ningún éxito, luego la prisionera se volvió hacia el cristal trasero para atestiguar con desesperación de qué manera corría Brenda por la banqueta detrás del coche gritándole a Arrutia que se detuviera, siguiéndolos hasta la esquina en donde la patrulla se incorporó a la avenida.

    Brenda no quiso darse por vencida, de modo que continuó corriendo detrás de su hermana al darse cuenta que el tráfico era lento, así que todavía podía verlos. No estaba segura si lo que hacía era correcto, que lo mejor quizás sería volver a la jefatura y pedir ayuda, ¿pero que podía decirles? ¿Que un compañero de ellos había secuestrado a su hermana? Porque eso era precisamente lo que a ella le parecía. Un secuestro. Podía sentir la angustia de Brandi, una como la que no había sentido antes. Entre ellas había una conexión especial y de vez en cuando podían sentir como ningún otro hermano sus vibras y en ese intante la de Brandi no era buena. En su loca carrera se lamentó incluso por no tener las llaves del auto de Brandi y cuando pensó que no podía correr más al detenerse muy cansada, pasó un taxi y no dudó en detenerlo.

    —Por favor, ¿puede seguir aquel coche? —le pidió al taxista en cuanto subió.

    —¿Ese que va detrás del trailer?

    —Ese mismo.

    Brenda aspiró profundo para serenarse un poco, mas no bajó la guardia de modo que su vista permaneció adelante, sobre el auto de Arrutia porque de ninguna manera iba a abandonar a su hermana. De reojo miró al taxista por quien sintió un enorme agradecimiento al ver que hacía todo lo posible por no perder el objetivo, cuyo seguimiento fue por varios minutos.

    "Voy por ti, hermana, no temas".
     
    Última edición: 13 Noviembre 2017
  10.  
    Rainy

    Rainy Creador del tema Cemzoonita

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    Género:
    Mujer
    Capítulo 10


    Presente.

    ¿Dónde estaba?

    La confusión de la joven aumentó al no reconocer nada de lo que veía. Se sentó en el borde de la cama y bajó los pies descalzos al mismo tiempo que se miraba la prenda que la cubría y que le quedaba grande. Era la camisa de Marco y verla fue lo que le recordó todo lo que había sucedido el día anterior, redoblándose con la remembranza el espantoso dolor así como el miedo sobrecogedor que la hizo huir como presa asustada de un depredador.

    Levantó los pies y los regresó a la cama en donde se recostó sobre su costado derecho haciéndose ovillo, deseosa de retroceder en el tiempo un día, sólo un día y no pasar por la experiencia que había vivido. Lágrimas silenciosas brotaron de sus tristes ojos en una terrible impotencia porque no había retroceso en el tiempo, así que pensó de pronto que en vez de estar llorando, debía planear lo que haría, pero tenía miedo. Temía por su vida, por la de su hermana Miranda, por la de su padre y la de Ismael, además de que ahora dicho temor era también por la vida de Marco y de cualquiera que se inmiscuyera en su asunto.

    La angustia oprimió su pecho al visualizar en su mente a los asesinos, esas personas en las que había confiado por años. ¿Cómo su vida había dado tan gigantezco cambio? ¿Por qué tuvieron ella y su hermana que llegar a la mansión Aragón en un momento tan inoportuno?

    —¡Oh, Dios! —gimió suprimiendo el deseo de llorar a gritos.

    Igual intentó poner la mente en blanco, pero no pudo y lo único que la salvó de sus tormentosos pensamientos, fueron los toques en la puerta que la sobresaltaron a pesar de que habían sonado con suavidad.

    —Brenda, ¿te has despertado? —escuchó a Marco. Se sentó de nuevo y con las sábanas secó las lágrimas—. Brenda, traje comida, ¿quieres comer algo?

    Ella sintió náuseas. El apetito la había abandonado por completo y estuvo a punto de negarse, sin embargo Marco se había portado muy bien y no debía ser descortés, además de que llevaba muchas horas sin probar alimentos. Se levantó y caminó descalza a la puerta para abrirla.

    —¡Brenda! —exclamó Marco al verla.

    Para él fue incómodo notar las huellas del llanto en el enrojecido rostro, pero casi de inmediato una profunda ternura iluminó sus ojos, lo que hizo que ella desviara los suyos, bastante avergonzada por la expresiva mirada. El bochorno creció cuando sintió algo que no había sentido por nadie más, sino solo por Ismael, una emoción que le consedió un intenso calor cuando la mortificación la cubrió porque se suponía que ella estaba muy enamorada de su adorado novio. Las lágrimas de la fémina volvieron y fue entonces cuando Marco se movió incómodo al volver el sentimiento inicial, pues bien sabido era que los hombres no soportaban ver llorar a una mujer y él no era la excepción, así que quiso darle la espalda para retirarse de ella, pero dio un paso adelante diciendo contra su voluntad:

    —Cuéntame qué te sucede.

    Un deseo sorprendente de borrar su llanto se levantó de pronto, así que se sintió afligido por su sufrimiento, más triste por no saber cómo ayudarla.

    —Yo... —Brenda, cuyos brazos caían a sus costados, sólo pudo apretar con fuerza los puños y decir con apagada voz—: comeré algo.

    Fue muy sutil su rechazo, pero Marco lo entendió. Ella seguía renuente a decirle y eso hizo que su interés por ella creciera, pero no insistió, sino que también en tono apagado, anunció:

    —Sígueme, por acá está la cocina.

    Él se movió y ella lo siguió pasando por la sala en donde Pablo seguía tendido en el sofá, de manera que la joven notó que su semblante estaba más pálido que un cadáver, así que dedujo que se trataba de un enfermo que dormía, pero fue una impresión errada porque en cuanto ambos pasaron, Pablo se sentó y ladeando la cabeza miró las piernas desnudas de Brenda así como su trasero, devorándola con mirada brillante. La camisa de Marco le quedaba grande de forma que la cubría hasta la media pierna como un holgado minivestido, pero al sentir la mirada lasciva del castaño en su espalda, se arrepintió de no haberse vestido con su ropa antes de salir del cuarto. Se ruborizó de manera feroz y sus pies perdieron el paso y trompezó con Marco, quien con la mandíbula apretada al notar el asedio de los ojos de su amigo, se colocó detrás de ella para obstruir la visión de Pablo.

    Tobías, que parado en la puerta de la cocina había presenciado el descaro de Pablo, sonrió, luego se dio la vuelta para ir a la barra y tomar uno de los paquetes con comida para salir de inmediato mientras Marco y Brenda se sentaban ante la mesa. Entre tanto Pablo ya se había vuelto a recostar y con los ojos cerrados, mantenía los brazos cruzados sobre su pecho.

    —Pablo —lo llamó Tobías acercándose al sofá.

    —¿Qué quieres, Tobías? —inquirió sin abrir los ojos—. Me sigue doliendo la cabeza. Sigo muy enfermo, así que... ¡déjame en paz!

    Tobias se detuvo ante Pablo, se sentó al lado de él y con sumo cuidado abrió el paquete.

    —Veo que ya te sientes mejor —replicó Tobías acercando el paquete abierto a la nariz del castaño, disfrutanto del gesto de asco que hizo su amigo al momento de abrir los orbes—. ¿No quieres comer algo?

    —¡Aleja esa comida de mi rostro! —vociferó Pablo tapándose la nariz y la boca con las manos al sentir el revoloteo en su estómago, provocado por los olores del alimento—. ¡Juro que te mataré, Tobías!

    Su voz ahogada por las manos sonó menos amenazadora. Tobías se levantó para permitirle a Pablo ponerse de pie, quien corrió al baño sintiendo la gran necesidad de volver a vomitar y lo hizo. Los sonidos de las arcadas llegaron hasta el bromista camarada, quien esbozando una malvada sonrisa, se dejó caer en el sofá y acercándose el paquete a la nariz, olió la apetitosa comida: una revoltura de huevo con patatas. Y aunque olía y sabía bien, su imagen más bien era asquerosa.

    —Mmmm, qué rica.

    —¡Me la pagarás, Tobías! —gritó Pablo desde el baño—. ¡Voy a vengarme de ti!

    Las amenazas de Pablo fueron opacadas cuando la sonrisa de Tobías se convirtió en sonoras carcajadas, llegando el escándalo que hacían a la cocina.

    —No te preocupes —dijo Marco cuando notó el asombro de ella por la actitud de sus amigos—, esos dos se quieren mucho. ¿No se nota?

    —Sí, claro —respondió dudosa al aceptar la gaseosa que le tendió él.

    Después la joven comió... o picó la comida que Marco le había servido sintiéndose muy nerviosa, pues él no dejaba de mirarla, así que intentó ignorar la aguda atención del hombre, pero como no pudo hacerlo, enfrentó su mirada y dijo molesta:

    —Es grosero mirar de esa manera a las personas.

    —¿Vas a contarme todo? —inquirió él pasando por alto su opinión.

    Brenda dejó de jugar con la comida, pero siguió sosteniendo la mirada.

    —Yo... prefiero que no te involucres.

    Los ojos de Marco se opacaron y su voz sonó un tanto fría cuando aseveró tajante:

    —Me parece que ya estoy involucrado. Ahora, termínate todo. Me parece que no has comido mucho en las últimas horas, ¿verdad?

    Brenda volvió su atención a los alimentos. Él tenía razón, así que debía terminarse todo, mas puso una condición.

    —Me lo tragaré todo si dejas de mirarme así.

    —¿Así? ¿Cómo?

    —Sólo deja de hacerlo, por favor.

    —Está bien —se giró sobre el asiento para quedar de perfil a ella, de modo que Brenda pudo comer en paz.

    Sin embargo esa paz fue breve porque en cuanto puso el tenedor sobre el plato, él se volvió para inquirir insistente:

    —¿Y bien? ¿Confiarás en mí?

    —Lo siento, Marco —respondió agria—, pero entre menos conozcas de lo sucedido, mejor para ti y tus amigos será.

    —Brenda.

    —¡No! —gimió atormentada, luego se levantó y dirigiéndose a la puerta, añadió—. Tengo que alejarme de ti.

    —¡Espera! —gritó él dejando también la silla para apresurarse y detenerla por el brazo—. ¿No entiendes que no puedo dejarte ir sabiendo que... posiblemente no estés bien?

    Con los ojos iluminados de nuevo por las lágrimas, Brenda levantó el rostro y lo miró. Él tomó sus manos apretándolas contra su pecho, ansioso por transmitirle seguridad.

    —Marco.

    —Déjame cuidarte —susurró mirándola con súplica—. Déjate cuidar.

    Antes de que él dijera más, ella rescató sus manos y retrocedió, porque la súplica en los ojos de él decían mucho más, pero no quiso interpretar qué cosas eran. Su mirada asustada lo recorrió con ansiedad porque de repente los sentimientos de ambos estaban por perder el juicio.

    —¡No puedes! —dijo con amargura—. Ni tú debes cuidarme ni yo dejar que lo hagas. Marco, tengo novio y si salgo de esta me casaré con él. Estamos comprometidos, así que olvídame. Yo no sé qué sucede con nosotros, porque hay una extraña atracción física entre los dos, ¿verdad? Pero no nos ceguemos, hombre. Este sentimiento tal vez se deba a las circunstancias en las que nos conocimos. Es todo tan ilógico.

    Claro que ella tenía razón y a Marco no le cabía duda. ¿Acaso no había despreciado las historias cuyos protagonistas se sentían atraídos inmediatamente después de conocerse cayendo así ante cupido? ¿Cuántas veces había criticado a algunas de las escritoras en Wattpad y algún otro foro por utilizar ese método? Si ellas lo vieran en ese instante, ¿qué le dirían?

    "¿A dónde se ha ido mi sentido común?", se preguntó, pero no fue esa pregunta lo que lo inquietó, sino la respuesta.

    A donde quiera que su sentido común se hubiese ido, no lo quería de regreso.
     
    Última edición: 20 Noviembre 2017
  11.  
    Rainy

    Rainy Creador del tema Cemzoonita

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    Género:
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    Capítulo 11


    Pero para Marco, ese sentido común que no quería de regreso fue lo que lo hizo prestar atención a dos palabras de entre todas las que ella había pronunciado y esas eran novio y comprometidos; un par de palabras que fueron como una bofetada para él. Prácticamente acababa de conocerla, pero su corazón no quería entender razones y aunque se sintió ridículo por sentirse así, no le importó.

    —¡Marco, ven a ver esto! —gritó Tobías desde la sala, mas por un momento su voz le pasó desapercibida por estar sumido en sus pensamientos.

    —¡Marco! ¡Ven a ver a esos sujetos! —exigió su amigo y finalmente poniéndole atención, salió de la cocina.

    —¿Qué sucede? —preguntó Marco pasando al lado del sofá sin ver a Pablo, quien se había recostado de nuevo y mantenía los ojos cerrados.

    —Sucede que aquí nuestro pervertido amigo —dijo Pablo sin abrir los orbes—, está espiando a las vecinas que toman sol en la azotea del edificio de enfrente. Lo corrompido me lo pegó él.

    —¡No es cierto! —gritó Tobías, sonrojándose—. Yo solamente me asomé por la ventana para investigar por qué se escucha tanto... escándalo.

    E inmediatamente después de decirlo, Tobías se volvió para clavar su mirada llena de sospecha en Pablo y después pasó a preguntarle en tono acusador.

    —Además, ¿cómo sabías que esas chicas estaban en la azotea? ¡Tú las has espiado por la ventana del baño!

    Al ser descubierto, fue el turno de Pablo sonrojarse, pero se excusó con tranquilidad.

    —Pues al igual que tú, sólo quise investigar a que se debe tanto alboroto.

    Desde afuera llegaban las risas y gritos de júbilo, así que Marco se acercó a Tobías y miró el edificio de enfrente por la abertura de la persiana que su amigo había separado. Era muy cómodo que su departamento diera vista a la calle, pues otros daban al amplio y abierto estacionamiento y era muy aburrida. Sonrió un poco al ver a las cinco adolescentes vestidas con pequeños short y cortos tops que jugaban en la azotea que quedaba exactamente a la misma altura que su departamento, el que estaba situado en el cuarto piso. Ellas estaban atacándose con potentes pistolas de agua, corriendo y riendo divertidas ajenas a los espectadores, ya que de seguro sus amigos no eran los únicos.

    —Ya veo —dijo Marco—, las chicas lo hacen haya sol o esté nublado.

    A Marco no le llamaba la atención el espectáculo que sus vecinas hacían, además se había acostumbrado a su alegre algarabía que ya ni la notaba pues ellas seguido subían a la azotea a matarse con los proyectiles líquidos.

    —No, no ves —objetó Tobías levantando un poco más la persiana para mostrarle un punto abajo, en la calle—. No me refiero a ellas sino a esos. ¿Los miras? Esos tipos me parecen sospechosos porque no dejan de observar este edificio. Es como si lo vigilaran. Y aunque no vivo aquí, he venido lo suficiente como para saber que ellos no son inquilinos o vecinos.

    Brenda, quien se había detenido en su recorrido a la habitación de Marco en cuanto escuchó que Tobías mencionaba "sujetos", se apresuró a la ventana y colocándose detrás de su anfitrión, intentó ver a la calle, pero los hombres eran más altos y fornidos, así que le obstruyeron la vista.

    —Cuando llegué de la univerdad, vi a esos mismos tipos en el estacionamiento —murmuró Marco reconociendo a las hombres.

    —A ver, necesito verlos —dijo Brenda con una súbita sensación de inseguridad que oprimió su pecho.

    —Claro —Marco se movió un poco para que ella pudiera mirar.

    —¡Dios mío! —exclamó ella al verlos, alejándose de la ventana mientras una súbita palidez le robaba su color—. ¡Son ellos! ¡Saben que estoy aquí!

    —¿Ellos? —Tobías soltó la persiana y miró a Brenda con bastante curiosidad—. ¿Y quiénes son ellos?

    En el sofá, Pablo se levantó bastante curioso por la conversación de los compañeros, de modo que se acercó también a la ventana y echó una rápida vista a los hombres que de vez en cuando levantaban los ojos para observar las ventanas del edificio.

    —Primeramente —dijo Pablo volviéndose a Brenda y señalarla con el dedo índice—, ¿quién eres tú?

    Ella pasó la mirada por los tres sintiéndose muy mal. Ya no podía safarlos del peligro. ¿Qué podía hacer?

    —Dilo ya, por favor —pidió Marco en tono duro—. Esos sujetos están ahí por ti, ¿verdad? ¿Son los mismos de esta madrugrada?

    La joven suspiró profundo, luego con voz temblorosa, les informó:

    —Soy Brenda Aragón y esos de afuera son Eric y Edwin. Esos y otros mataron a Brandi, mi hermana y ahora quieren matarme a mí.

    —¿Qué? —soltaron Pablo y Tobías a la vez, luego el primero inquirió mientras volvía a levantar la persiana para centrar su atención en los dos sujetos.

    —¿Cómo que asesinaron a tu hermana y quieren matarte a ti?

    Un golpe en la mano de Pablo lo hizo soltar la persiana a la vez que, en voz baja, como si los asesinos estuvieran a un metro de distancia y pudieran escucharlo, Tobías le ordenó:

    —¡Deja de mirar que nos van a descubrir! —su tono demostró que se había preocupado mucho, ya que por lo general hablaba a gritos. Observó a Marco con enfado—. ¿Cómo es que te involucraste en esto?

    —¡Cómo es que nos involucró en esto! —corrigió Pablo cruzándose de brazos y compartiendo la mirada de Tobías.

    —Vamos, ¿de qué hablan? —Marco se movió de la ventana alejándose unos pasos de los molestos amigos, a los que miró con ansiedad—. Lo que debemos hacer es sacarla de aquí, pero no veo cómo si esos hombres están ahí. ¿Y si alguien más andan cerca? Anoche escuché la voz de una mujer.

    —¡Maldición! —refunfuñó Pablo llevándose una mano a la nuca—. ¿En qué lío nos has metido, Marco?

    —¿No has pensado en ir con la policía? —preguntó Tobías, comenzando a caminar de un lado para otro sin ver a la chica—. Si esos tipos descubren que mi amigo te oculta, no quiero saber lo que nos harán. Sugiero que hay que hablarle a la policía.

    —¡No! —se negó Brenda nerviosa cuando miró a Tobías tomar el teléfono—. ¡Con la policía no!

    —¿Por qué? —interrogaron los tres y la miraron irritados.

    Ella en cambio los vio con tristeza, después, sintiendo que las piernas le temblaban y un ligero ardor de estómago comenzaba a atacarla por el nerviosismo, fue a sentarse a uno de los sillones. Ellos hicieron lo mismo sin dejar de observarla atentos y esperando que dijera algo, pero ella se tomó su tiempo. Carraspeó varias veces, pero las palabras no salieron, así que cuando sintió la impaciencia de los hombres, se aclaró una vez más la garganta y finalmente brotó su voz, pero en un tono tan bajo que los tres tuvieron que inclinarse hacia ella para poder escucharla.

    —Yo no quería involucrar a ninguno de ustedes — comenzó sin mirar a ninguno, manteniendo la vista fija en un punto indefinido—, pero Marco tiene razón, ya están involucrados, así que miren, la policía no es de fiar porque ellos tienen infiltrados ahí. Por favor, ¿alguien quiere traerme un vaso con agua?

    —¿Policías corruptos? ¿Cómo lo sabes?

    Brenda volvió su vista a Pablo pero no respondió, sino que esperó a que Tobías, que había ido a la cocina, volviera con el agua. Con mano temblorosa recibió el vaso y bebió con ansiedad para deshacer el nudo de su garganta, entonces, mirándolos uno a uno con ojos llenos de dolor, desesperación, ira e impotencia, añadió con voz ronca.

    —Porque uno de ellos se llevó a mi hermana. —Se cubrió el rostro con las manos para ocultar su llanto.

    Muy incómodos, los hombres cruzaron miradas sin saber cómo consolarla. Lo único que pudieron hacer fue esperar a que ella se animara a hablar de nuevo, desesperándose cuando los minutos siguieron transcurriendo y no fue sino hasta que el reloj de pared dio doce tonos diferentes para anunciar las doce del día, que ella levantó el rostro y controlando tanto la voz como las lágrimas, comenzó a contarles de qué manera ella y su hermana se habían involucrado en tal peligro.

    Un peligro que seguía latente, acechando para exterminarla.
     
    Última edición: 29 Noviembre 2017
  12.  
    Rainy

    Rainy Creador del tema Cemzoonita

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    Capítulo 12


    Veintiún horas antes

    —Deténgase aquí —pidió Brenda al taxista cuando Arrutia se estacionó a las afueras de la ciudad.

    El oficial se había detenido enfrente de lo que parecía ser un fallido intento de construcción de algún edificio que lucía abandonado, de modo que el taxi paró en una calle que se encontraba sumida en la soledad y alejada de Arrutia, así que la chica se sintió segura cuando sin pagarle al taxista, bajó del coche y luego, asomándose por la ventanilla del conductor, le suplicó a este:

    —Por favor, no se vaya, espéreme. Sólo voy por mi hermana y si me espera, le pagaré muy bien, pero sólo hasta que regrese.

    El taxista la miró con desconfianza sin dejar de notar la espantosa soledad que era abrumadora.

    —No puedo esperarla, señorita —se negó con seriedad—. Tengo un horario qué cumplir y debo devolver el taxi a la central ahora, así que por favor, págueme ya.

    Brenda lo miró suplicante, pero él no accedió, así que ella, en vista de que no traía dinero, se echó a la fuga ante la sorprendida mirada del hombre, quien ni siquiera alcanzó a gritarle algo en haras de su enfado, sino que se limitó a ver como su mala cliente se perdía entre las ruinas de algunas viviendas. Todo el panorama era indicio de que el barrio era uno fantasma, pues hacía mucho que había sido abandonado y el hombre del taxi pudo haberla seguido, pero resultó ser un tipo precavido, tanto que no quiso averiguar qué se traía la chica y tampoco le importó abandonarla en tal lugar. En sus muchos años de taxista había visto que cosas desagradables le habían sucedido a algunos de sus compañeros de trabajo por no tener cuidado y a él ese lugar lo escalofriaba, así que refunfuñando por la estafa, dio vuelta al auto y optó por retirarse sin dejar de maldecir a la joven que lo había engañado.

    Mientras tanto desde su escondite, Brenda lo miró alejarse y después de que el auto hubiese desaparecido de la vista, salió de su escondrijo para acercarse a donde Arrutia se había estacionado, notando a medida que cortaba la distancia entre ellos que tanto él como Brandi continuaban adentro del vehículo, por consiguiente ella se acercó con cautela lo más que pudo encontrando resguardo en los despojos oxidados de un choche.

    Observó un minuto el objetivo sin saber qué hacer. Lo mejor era ir y exigirle al oficial que le devolviera a su hermana, pero cuando estuvo a punto de dejar la seguridad de su escondite, la puerta de Arrutia se abrió y lo miró bajar, escalofríandose de temor cuando vio que el sujeto tenía un arma en las manos y con la que comenzó a jugar, dándole vueltas con pericia, insertándola y sacándola con buena velocidad en la funda que colgaba de su costado izquierdo, quedando a la vista pues Arrutia había echado atrás ese lado de la chaqueta.

    Brenda tragó con dificultad y sus entrañas se hicieron nudo cuando oyó los gritos que Brandi le dirigió al policía, aunque no comprendió el significado. Posiblemente su hermana le estuviera pidiendo su libertad, porque logró visializar por el cristal de atrás que ella intentaba abrir las puertas, golpeando las ventanillas con las manos ante su imposiblidad de abrirlas. El auto del oficial era una cárcel sobre ruedas.

    —¡Cállate! —gritó Arrutia y a él sí lo pudo escuchar.

    El corazón de Brenda dio un vuelco cuando miró de qué forma el hombre amenazaba a su hermana con su arma a través del cristal de la ventanilla y después se quedó lívida cuando vio aparecer por otra de las calles, un conocido auto que fue acercándose hasta el policía deteniéndose a su lado.

    El sabor del miedo invadió la boca de Brenda, pero haciendo acopio de valor, corrió sin ser vista hasta una pila de desechos de la misma construcción y tirándose de vientre al suelo, espió a los recién llegados. Felipe, Verónica, Edwin y Eric, pero los que bajaron del auto para recibir a Brandi fueron Eric y Felipe, ambos riendo divertidos por la brutalidad de Antonio cuando obligó a la secuestrada a salir del auto. Una vez afuera, la joven intentó zafarse de la opresión del oficial, pero él la sujetó con saña dándole un fuerte puñetazo en el rostro, arrojándola después hacia los hombres.

    —Ahí la tienen, yo he cumplido —dijo Arrutia.

    Eric detuvo a Brandi de espalda a él para que no huyera pasando por el pecho su brazo izquierdo mientras que con la mano derecha tapaba la nariz y boca para acallar sus gritos de auxilio.

    Desde su lugar, Brenda se sintió desfallecer de angustia cuando miró al oficial abordar su vehículo e irse del lugar, dejando a su hermana en poder de los hombres de Alonso. De pronto su ser quedó sujeto al pánico cuando miró a Felipe sacar de entre sus ropas un arma de fuego, entonces Eric soltó a Brandi separándola de él con una violencia tal que Brandi dio de bruces en el suelo y cuando la joven se volvió a los hombres, vio con terror que ambos le apuntaban con las armas, pues Eric había sacado también la suya.

    Brandi se arrastró de posaderas intentando alejarse de los hombres mientras que Brenda se exigía moverse para correr a ayudar a su hermana, pero el miedo la había inmovilizado y no pudo hacer lo que su mente le gritaba, sino que se limitó a ver como su hermana se ponía de pie y continuó retrocediendo, con los brazos extendidos hacia los asesinos aunándose a sus sollozos de terror, a sus abundantes lágrimas, una temblorosa súplica que no conmovió a ninguno de los hombres ni tampoco a Edwin ni a Verónica que aguardaban la conclusión del asunto adentro del vehículo, ocupando el asiento de atrás. Brandi pidió clemencia, sin embargo Felipe y Eric vaciaron la mitad de sus armas contra su vientre de manera sádica y la fuerza de los impactos la arrojaron atrás, haciéndola caer de nuevo, pera esa vez de espalda.

    Llevándose una mano a la boca para no gritar de impotencia y dolor, Brenda se mantuvo en el suelo, bajando su rostro para pegarlo a los escombros. Era una pesadilla y quería despertar. No era cierto que habían acribillado a su querida hermana. El nudo en su garganta fue muy doloroso por aguantar el torrente salado. Se pellizcó para salir del mal sueño, pero la aparición de unos repentinos personajes la plantaron en la dura realidad, así que el rugido potente del motor de un auto que se acercaba por el lado contrario a donde ella estaba, atrajo su atención y en su interior observó a dos hombres jóvenes. Ninguno de los que ahí estaban sabían que los recién llegados solían ir de tarde en tarde a ese lugar para drogarse, siendo de profesión traficantes de drogas, mas ellos sí supieron que su llegada había sido en un muy mal momento, pues sus rostros quedaron congelados al ver a los asesinos y a la víctima.

    —¡Ya se echaron a alguien! —gritó el del volante deteniendo el auto cerca de los asesinos, pero sin apagar el motor—. ¿Llamamos a la policía?

    El copiloto se negó mirando la guantera, pensando en el par de sobres repletos de cocaína que traían. No quería involucrarse en el asunto y mucho menos con la policía, así que el compañero dio la vuelta y huyeron de ahí, sin embargo para los asesinos que se sintieron descubiertos, ya estaban involucrados, así que Felipe y Eric subieron al auto de prisa.

    —¡Espera! ¡Déjame aquí!—gritó Verónica tratando de abrir la puerta, pero ya Felipe había arrancado sin obedecerla.

    Verónica refunfuñó, pero todos la ignoraron poniendo más atención a la persecución que empredieron tras los testigos, incorporándose a una de las autopistas de la ciudad, esquivando el tráfico sin aminorar la velocidad; de modo que provocaron que algunos carros se hicieran a un lado como podían para dejarlos pasar y no ser impactados. En tal peligro, los traficantes de drogas decidieron por fin llamar a la policía con el celular del copiloto, así que fue este el que dio la información del asesinato, el lugar y la persecución a causa de haberlo descubierto y mientras una de las operadoras que atendía el número de emergencias hablaba con ellos, Felipe logró acercarse a los fugitivos. Entonces Eric, asomándose por la ventanilla, apuntó su arma a una de las llantas del auto y disparó al rebasarlo, surtiendo efecto positivo las clases de tiro que durante muchos meses había tomado.

    Ante el estallamiento del nuemático, lo peor que hizo el conductor fue frenar, porque perdió todavía más el control del vehículo, así que no pudo evitar invadir carril e impactarse contra un camión que transportaba naranjas y que iba delante suyo. El choque desequilibró también a los que conducían atrás y a un lado de los fugitivos, por lo que la persecusión se convirtió en una pesadilla mortal y los causantes de ella se detuvieron metros más adelante del accidente, completamente a salvo.

    —Felipe —habló Verónica visiblemente nerviosa—, regresemos para desaparecer el cuerpo de Brandi. Te dije que me dejaras con ella. ¿Te imaginas si alguien la encuentra? No podemos dejar pruebas.

    —¿Y qué podías hacer quedándote? ¿Desaparecer el cuerpo por artes mágicas o qué? —replicó Felipe.

    —¡Qué estúpido eres! —lo insultó Verónica con acidez.

    Felipe prefirió ignorarla y miró por el espejo retrovisor la larga hilera de coches que se había formado de ese lado de la autopista a causa del choque, pero ellos no quedaron atorados, puesto que al rebasar a los testigos de su asesinato, habían pasado ese punto, así que puso la marcha de nuevo y siguió adelante buscando un retorno.

    Paralelo a esos acontecimientos, con un terrible dolor en el corazón, Brenda centró su atención en el cuerpo ensangrentado de Brandi. Se levantó temblando por la terrible impresión. Sin dejar de llorar, pero ahora fuertemente y sin control, caminó tambaleante al inerte cuerpo que, deshecho por el vientre, parecía mirar con esos ojos tan parecidos a los suyos, algún punto en el ciel; una mirada desprovista ya del brillo de la vida y sin embargo reacia a ocultarse debajo de los párpados, llena aún de lágrimas suplicantes que los asesinos no quisieron ver.

    Brenda se dejó caer de rodillas para abrazarla. El deseo de devolverle la vida fue tan intenso que la sacudió con fuerza al momento de gritarle.

    —¡Brandi! ¡No te vayas! ¡Regresa!

    El torrente de lágrimas era tal, que sintió dolor también en sus ojos. Ahí estuvo en un abrazo afanoso por devolver el calor corporal que poco a poco abandonó a la difunta, sin atreverse a cerrar los orbes de su hermana porque pensó que si se los cerraba, entonces no volvería a abrirlos más. No quería dejarla ir y hubiera permanecido abrazada al cuerpo el resto de la tarde y noche... todo el tiempo del mundo, pero el sonido de una patrulla se escuchó a lo lejos el sonido le hizo comprender que no podía confiar en la policía. Se levantó, se quitó la chaqueta que llevaba abierta sobre la blusa que hacía juego con un pantalón confeccionado en la misma tela que la blusa y con ella, cubrió el pecho y rostro de Brandi.

    Se retiró del lugar justo en el momento en que el auto de Felipe hizo su aparición de nuevo, aun antes que la patrulla, así que se quedó cerca de allí, no deseosa de marcharse hasta estar segura qué sucedía con el cuerpo de Brandi, porque no quería abandonarla, además quería ver lo que los asesinos harían.

    —¿Qué significa esto? —preguntó Edwin después de que todos hubieran descendido del auto para ver a la víctima—. ¿Quién la cubrió?

    Verónica se acuclilló para examinar la chaqueta sin destapar el cuerpo.

    —¡Es de Brenda! Le he visto antes esta chaqueta. ¡Qué estúpido eres, Felipe! ¡Te lo dije! ¡Alguien debió quedarse aquí!

    Los tres hombres miraron alrededor buscando a la gemela con ansiedad. Si la chaqueta pertenecía a Brenda, entonces era posible que hubiera presenciado todo y pensarlo hizo que se imaginaran lo furioso que Alonso se pondría cuando lo supiera. El sonido más nítido de la sirena de la patrulla les anunció que ya estaba muy cerca y eso los puso más que nerviosos.

    —¡Maldición! ¡Esos tipos sí le hablaron a la policía! —soltó Felipe con ira—. ¡Ojalá que estén bien muertos! Démonos prisa y metamos a la chica en el maletero.

    —¡No! Ya no podemos hacer nada, no hay tiempo —observó Verónica sintiendo malestar porque sabía que Alonso se iba a sentir muy decepcionado de ella—. Vámonos. No creo que esos policías sean como el que nos entregó a Brandi.

    Sin poder hacer nada más que huir, se treparon al auto y se alejaron al tiempo justo en el que el primer coche patrulla apareció en escena, pero a una orden de Verónica, Felipe aparcó en un lugar estratégico para espiar los acontecimientos a partir de la llegada de los agentes.

    —Si Brenda presenció todo esto, irá a donde lleven a su hermana. Ahí la atraparemos —razonó Felipe, por eso debían saber a qué hospital la llevarían por medio de la ambulancia que llegara a recoger a la difunta—. Nunca han vivido una sin la otra y Brenda la buscará.

    Por lo tanto, en cuanto tuvieron la ambulancia a la vista, notaron de qué hospital era y acontinuación se marcharon de ahí.
     
    Última edición: 6 Diciembre 2017 a las 4:26 PM

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