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Long-fic Corre

Tema en 'Escritos originales' iniciado por Rainy, 6 Septiembre 2016.

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  1.  
    Rainy

    Rainy Creador del tema Cemzoonita

    Tauro
    Corre: Tu Aventura, Mi Aventura.
    (Ella y Yo)

    Registrada en SafeCreative: Código: 1604237296022

    Sinopsis: Una jornada de trabajo en la morgue termina y Marco está por irse, pero en eso llega la chica que a partir de ese instante lo afecta para siempre, porque ella, aun en su muerte, es capaz de hacer que sienta lo que nunca sintió por ninguna otra. Una curiosa atracción que lo hace querer saber quién es ella, por qué murió de una manera tan violenta y quién la asesinó, convirtiéndose la aventura de esa joven en la suya. Porque con la llegada de ella, tendrá qué correr para salvar su vida.

    Pero lo más sobresaliente de la aventura es que la atracción que ha sentido por la víctima se convierte en amor. ¿Podrá ser correspondido?



    Capítulo 1


    El castaño se estiró levantando los brazos por encima de la cabeza y bostezó de manera que sus ojos café claro se iluminaron por las lágrimas.

    —¿Sólo a mí se me ha hecho interminable esta jornada? —inquirió cuando dejó de estirarse—. Ya quiero irme. Nos espera una gran juego de ajedrez. Hoy es la noche en que finalmente le ganaré a Emmanuel —Se volvió a uno de sus compañeros para preguntarle—. ¿Aceptarás acompañarnos hoy a jugar un buen partido, Marco? Esta vez será en mi casa.

    —Lo siento, Pablo —respondió Marco, deslizando la camilla en el interior de la estantería de acero inoxidable, guardando así, por decirlo de alguna manera, el cadáver que yacía ahí—. Tengo examen mañana en la facultad. Aún debo estudiar, hacer algunas tareas y otras cosas.

    —No le insistas, Pablo —pidió Tobías, cerrando con fuerza el cajón del mueble metálico que se utilizaba para guardar frascos, guantes, tapabocas, sobre-túnicas, bolsas y otros materiales que podían ser necesarios para efectuar su trabajo—. Deseamos que nuestro futuro médico obtenga notas altas.

    Marco se limitó a sonreír. Era un joven de cabello y ojos negros. De carácter agradable y eso era bueno, pues su agradabilidad iba a ayudarle mucho en el futuro puesto que la carrera de medicina que había escogido para estudiar, lo obligaría a establecer un vínculo de confianza y seguridad con sus futuros pacientes.

    Aunque por ahora, los únicos pacientes que atendía eran todos esos cadáveres que no dejaban de llegar. Había jornadas como la de esa tarde, en las que todos los que trabajaban en la morgue no tenían tiempo de nada y Marco hizo lo mismo que Pablo,es decir, se estiró para relajar los cansados músculos de los hombros. Tenía dos años trabajando en la morgue y aún le sorprendía la cantidad de personas que perdían la vida por varias causas. Suicidios, homicidios, accidentes y de origen natural, como enfermedad o vejez.

    La vida dentro de la morgue no era fácil. Para empezar, estar rodeado de cadáveres no era de ninguna manera lindo, aunque con el tiempo se hacía el hábito y hasta daba la impresión de que para los que trabajaban en la morgue, fuera “normal”, no obstante, la muerte era la muerte y siempre estaba rodeada de dolor y tristeza. Y el decorado de la la gran estancia donde laboraban era también deprimente; constante de estanterías de acero inoxidable que permitían varios cuerpos de distintos tamaños, así como la movilización de los mismos mediante camillas en su interior.

    —Es una tristeza que casi nunca nos acompañes, Marco. Las partidas se ponen muy interesantes.

    Insistió Pablo mientras manipulaba el cuerpo sin vida de una joven que, sobre una de las mesas de acero que servían de apoyo para los cuerpos, yacía pálida y fría. La frialdad de la muerte era terrible, pero todos ellos la ignoraban. La muchacha había muerto por causa natural, por ello podía maniobrar con ella para acondicionarla y así facilitar su reconocimiento a la familia, de esa manera la manipulación evitaba la aparición de fluidos de putrefacción por los orificios naturales.

    —Espero que cuando concluya el periodo de exámenes puedas acompañarnos —terminó diciendo Pablo.

    —Haré lo posible —respondió Marco, mirando hacia un lugar de la morgue.

    El local tenía dos accesos diferentes, uno para el público, y el otro para el personal, siendo éste último más amplio, porque permitía la entrada y salida de las camillas. Marco miró el acceso del personal; a un hombre que llegaba con un cuerpo nuevo. El recién llegado se cubría con un tapaboca, gorro, guantes, botas de caucho y sobre-túnica.

    —¡Ahí viene otro!

    Exclamó Tobías y sus labios, que tenían la forma desigual, desplegaron una sonrisa, lo que hizo que su mirada color chocolate se iluminara dándole a su largo rostro una expresión divertida, lo que pareció estar fuera de lugar dado al lugar en el que estaban. Y de manera automática, se acomodó el largo delantal impermeable.

    Ellos también usaban lo mismo que el hombre que empujaba la camilla con ruedas, además de ropa protectora, ya que durante la preparación del cadáver para su conservación, o luego durante la disección, se producían aerosoles y gotitas de tamaño pequeño que podían ser los transportadores de varios agentes infecciosos.

    —Apuesto que ahora se trata de un ancianito. ¿Apuestas Pablo? —Continuó Tobías mirando a su compañero y era gracias al buen humor de él que su trabajo no caía del todo en lo lóbrego.

    —No —Pablo acompañó la negación con un enérgico movimiento de cabeza—. Tú siempre me ganas. ¡Caramba! Entre tú y Emmanuel me van a dejar pobre.

    —No, qué va. El mejor es Emmanuel, a él sí no hay quién le gane. ¿Qué dices, Marco? ¿Tú si apuestas?

    —Creo que no. Pablo tiene razón. Entre nosotros, tú siempre ganas.

    Aunque a Marco le entró curiosidad por ver si en esta ocasión, Tobías tenía razón.

    La camilla rodó con facilidad sobre el suelo. El material de las paredes y pisos estaba revestido por azulejos o cerámicas, lo que permitía el lavado frecuente con hipoclorito de sodio y agua con mangueras para desinfectar, por ello, había también un buen sistema de desagüe en toda la zona, con un sistema anti-retorno. El techo del local estaba pintado con un tipo de pintura que permitía el lavado con los desinfectantes y todo el conjunto era impermeable al agua y desinfectantes, puesto que sólo así se podía hacer la limpieza, una que se hacía de continuo.

    El hombre de la camilla se detuvo ante una de las mesas para dejar ahí su entrega. Marco, Tobías y Pablo se acercaron al cadáver y fue Pablo el que lo ayudó a pasarlo ala helada superficie, pero era posible que el difunto estuviera mucho más frío. La muerte era frialdad absoluta.

    —Pues aquí les dejo la visita —les dijo el hombre mirando como Tobías abría la bolsa que contenía el cuerpo de la nueva “visita”.

    —¡No cabe duda! —exclamó con una pequeña sonrisa, irguiéndose orgulloso en su metro setenta y cuatro centímetros— ¡Yo siempre gano!

    Marco y Pablo se miraron un momento, luego clavaron la mirada en el cuerpo inerte del ancianito. Pudieron verlo bien gracias a que la iluminación eléctrica era la adecuada, así como la ventilación; contando con un sistema de tipo extracción que permitía la circulación del aire, lo que desfavorecía la transmisión de enfermedades.

    Marco verificó por medio de la documentación que venía con el difunto que los requisitos legales se habían llevado a cabo al pie de la letra —datos de identificación del cadáver, resumen de la historia clínica como tratamientos, diagnóstico clínico, de qué murió o muerte desconocida, certificado de defunción, firma de la familia y el certificado de autorización, en este caso, para una autopsia.

    —Hay que prepararlo para la autopsia —les informó cuando terminó de comprobar los documentos.

    —Pues que lo disfruten —dijo el que les llevó al difunto—. Yo ya me voy. Éste es el último de mi turno.

    Y antes de irse, el hombre se quitó el tapabocas, gorro, guantes y sobre-túnica descartándolas en la papelera de la morgue. En ella se arrojaban los desechos, como los ya mencionados, tanto de los que movilizaban los cadáveres como de los familiares que iban a reconocer el cuerpo. A continuación, se lavó bien las manos y despidiéndose de los compañeros, salió con prontitud de la sala sin deseos de ver cómo los jóvenes comenzaban la preparación del cadáver para la autopsia. Primero lo etiquetaron, luego lo fotografiaron, después tomaron muestras y por último lavaron el cuerpo,todo con la debida protección y cuidado y mientras Marco y Pablo lo hacían, Tobías anotaba datos del difunto en el libro de registro de la morgue y también información en el libro de entradas de autopsias.

    Para cuando terminaron con la preparación, otros dos cuerpos habían llegado traídos por el nuevo turno desde el hospital que estaba anexo a la morgue. Afortunadamente esos dos ingresos fueron derecho a los refrigeradores de cadáveres, los que tenían la capacidad de albergar dos cuerpos por cada uno, así que solamente los etiquetaron y registraron en el libro.

    —Bueno —dijo Pablo quitándose el equipo de protección y arrojándolos en la papelera—, creo que eso es todo por hoy. Es hora de irnos.

    —Sí que estás ansioso, Pablo —Tobías miró algo burlón a su compañero mientras se quitaba también el equipo—. Lástima que volverás a perder. ¿Quieres apostar a que perderá, Marco?

    Marco sonrió y miró a Tobías negando con la cabeza, luego se sentó en una de las dos sillas que eran parte del mobiliario de la morgue. Esos asientos estaban allí con la finalidad de brindar a los familiares algo de comodidad cuando iban a reconocer o despedirse de su fallecido ser querido. Eran de plástico, pues dicho material, u otro resistente, podía lavarse con los desinfectantes, pero la verdad, las sillas eran poco utilizadas por los dolientes; más bien las utilizaban los del personal. Marco se quitó el gorro y los guantes mientras sus compañeros iban a lavarse bien las manos y salieron ellos de la estancia a la vez que llegaban otros dos que eran del turno nocturno, saludándose al paso.

    —¿Qué hay, Marco? —lo saludó después Sebastián— ¿Mucho trabajo?

    Marco se levantó de la silla y quitándose el delantal impermeable, respondió.

    —Más que otras veces —enrolló todo y lo arrojó a la papelera—. Vaticino que la noche estará repleta de trabajo, para empezar, les tocará asistir una autopsia. Ya hicimos la preparación y el patólogo no debe tardar.

    —Mejor así —dijo Jorge al momento de colocarse delante del mueble metálico con cajones el que permitía guardar cosas. De allí sacó un nuevo equipo de protección y le pasó otro a Sebastián. Ambos se lo pusieron mientras Jorge seguía hablando—: Cuando no hay mucho trabajo, las noches se me hacen eternas. Esto no quiere decir que deseo o que me da gusto que la gente muera, saben que detesto a la muerte.

    —Tranquilo, Jorge —dijo Marco al momento de ir a lavarse las manos—, entendemos bien lo que quieres decir.

    —¡Vaya! —Exclamó de pronto Sebastián atrayendo la atención de Marco y Jorge—. Creo que nunca, desde que tengo trabajando aquí, había visto tantos fetos. ¡Sí que fue un día fuera de lo normal!

    Marco y Jorge se acercaron a donde Sebastián que, parado enfrente de un anaquel también metálico, angosto y largo, observaba los frascos de diferentes tamaños que eran utilizados en casos de abortos espontáneos para guardar los restos que después, eran examinados en anatomía patológica.

    —Sí —afirmó Marco dirigiendo sus pasos a otro sector del depósito de cadáveres en donde se guardaban los productos de limpieza—. Por eso digo que será una noche difícil.

    De ahí tomó su mochila, sacó una chaqueta y se la puso, colgándose después la bolsa en el hombro.

    Se despidió así de sus compañeros y se encaminó hacia el acceso del personal para salir de ahí, pero se detuvo de pronto cuando otro hombre llegó con un nuevo ingreso y al pasar la camilla por su lado, algo llamó su atención.
     
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  2.  
    Rainy

    Rainy Creador del tema Cemzoonita

    Tauro
    Capítulo 2



    Era usual que sucediera eso, que llegara alguien con otro cadáver cuando ya estaban abandonando el lugar de trabajo, así que no se entretenían más puesto que ya habían terminado su turno,sin embargo, en esta ocasión fue diferente y Marco se quedó inmóvil, sin poder despegar la vista de aquella joven.

    No supo exactamente qué fue lo que le llamó la atención del cuerpo, quizás fue que el cierre de la bolsa especial que se usaba para los cadáveres, estaba abierto dejando ver la cabellera, la frente y los ojos abiertos, vacíos de expresión.

    O tal vez fueron sus ojos que parecían dos ópalos sin brillo, y cuyo color era el marrón rodeando la iris un tono verde oscuro. O quizás fue la cabellera, de un intenso matiz negro;el extraño y hermoso color del azabache. O es posible que le llamara la atención la fina mano que estaba abierta palma abajo sobre el pecho, cerca del cuello y cuyos dedos lucían un par de costosos anillos. Incluso pudo ver como brotaron rayos de las bellas piedras de joyería cuando la luz eléctrica dio en ellos. A lo mejor fue la sangre que manchaba esos dedos o posiblemente fue descubrir que era una chica muy joven; calculados, unos veinte años cuando mucho. Al parecer, había perdido la vida de manera muy trágica.

    Pero lo que fuera, no supo con certeza qué atrapó su interés, y tampoco entendió qué lo motivó a seguir al camillero y mirar como Sebastián le ayudaba a colocarla sobre una mesa y mientras el hombre que la llevó hacía su rutina de limpieza, Jorge examinó el cierre de la bolsa dándose cuenta que al subirlo, se había atorado justamente sobre el pecho, ahí donde reposaba la mano, por lo que no llegó a los topes superiores. Manipuló el deslizador haciéndolo bajar hasta las piernas y cuando el joven abrió hacia los lados los bordes, pudieron ver mejor a la muchacha.

    ¿Quién es?”, se preguntó el futuro doctor apreciando la distinción de la chica, quien a pesar de yacer sin vida, podía desprender todavía un gran porte de elegancia.

    El caso de muerte por causa violenta, se requería una intervención legal especial, así que Jorge y Sebastián no pudieron realizar maniobras de manipulación ni de limpieza porque eso podía borrar signos de violencia u otras pruebas que eran de gran valor médico legal, por lo que los tres solo se limitaron a mirarla.

    —La llenaron de balazos —señaló Sebastián, un hombre de veinticuatro años, rostro redondo que tenía una nariz regular y labios inclinados hacia abajo, los que parecieron caer más al apuntar el vientre casi deshecho de la joven— ¿Quién será?

    —Quien haya sido, era muy bonita —murmuró Jorge con cierta tristeza, la que se mostró en su expresión de rasgos muy marcados, poco comunes, pues tenía un rostro en forma de diamante y su cabello, pese a no ser él albino, carecía de melanina, por lo que era muy blanco—. Retiro lo dicho. No quiero tener tanto trabajo. ¡Miren cómo ha comenzado mi noche!

    —Y vean que bonito color de ojos —Sebastián colocó la mano enguantada sobre los orbes de la joven y ejerciendo presión los cerró, sin comprender por qué alguien no se los había cerrado antes—. No podemos hacer mucho por ella, salvo etiquetarla, tomarle fotos y esperar a los peritos.

    Sebastián y Jorge pusieron manos a la tarea.Con la chica venía una bolsa de papel y un pequeño frasco de plástico que sin duda irían al laboratorio. Adentro del frasco estaban unos casquillos de bala recogidos seguramente en el lugar del crimen, así que ellos lo colocaron en un sobre rotulado y lo dejaron junto a la bolsa de papel estéril. No necesitaron ver lo que había adentro. Sabían que en esas bolsas se guardaban prendas de la víctima mojadas en sangre, las que no debían ponerse en bolsas de nylon pues se degradaba el ADN. Si las prendas no se ponían a secar en una superficie limpia, lejos del calor y luz solar, se podían guardar en esas bolsas de papel, de esa manera se contaminaban lo menos posible.

    Al cerrarse la bolsa de cadáveres, esta vez hasta el tope superior ocultando por completo a la chica, Marco pareció salir del trance en el que había caído. Parpadeó repetidas veces dándose cuenta que aún continuaba en la morgue.

    —¿Qué pasa, Marco? ¿Vas a trabajar doble turno? —le preguntó Jorge, algo sorprendido porque sabía que el futuro médico odiaba los dobles turnos.

    —Sabes que no —contestó Marco—. Ahora sí me voy. Nos vemos mañana.

    Salió del depósito y se estremeció un poco al sentir el frío de una joven noche de principios de otoño. La temperatura había descendido a causa de los intensos nublados que arrojaban sus chubascos, aunque de todos modos a él le parecía que no había frialdad más terrible que la de la morgue. Su auto estaba en el estacionamiento y a él se dirigió. Todavía le quedaba trabajo por hacer. Tenía que estudiar un poco más antes del examen del día siguiente y las tareas de un par de clases que tendría después de la prueba. Aunque de pronto se le antojó ir a relajarse a un bar. Necesitaba un buen trago de whisky, no obstante, no podía desvelarse mucho y menos embriagarse. Su mente debía estar lo más lúcida posible.

    Pero sí haría algo que le encantaba hacer, así que se desvió de la ruta de su departamento, el que habitaba solo, pues se había independizado de sus padres cuando ingresó a la facultad de medicina y su residencia en realidad no estaba muy lejos del hospital en cuya morgue trabajaba un día sí y otro no.Guió al lado contrario para tomar las avenidas que estaban más vacías y donde sabía que no había patrullas de la policía vigilando, ni cámaras.

    En esas calles manejó a alta velocidad. Le encantaba, era su pasión porque se sentía vivo. Podía sentir correr la adrenalina por sus venas, emocionándolo y dándole una clase de felicidad que hasta ese momento no había sentido con otras cosas y eso que esas otras actividades también le gustaban, pero jamás como correr, ser uno con su auto. Era una lástima que su pequeño Ford Fiesta solo alcanzara la velocidad de 178 k/h. Pero lo tenía porque era económico. El costo de su carrera como médico era muy alto y no podía gastar mucho en otras cosas, como combustible, por ejemplo.

    Frunció el ceño al aumentar el kilometraje, porque de pronto la joven ingresada en la morgue le vino a la mente y sin saber por qué, se sintió triste de súbito. Él se había acostumbrado a ver gente joven morir de manera trágica, pero esa chica le había provocado una sensación extraña. No pudo evitar imaginársela con vida. ¿Cómo había sido ella? ¿Alegre? ¿Risueña? ¿Mal humorada? ¿Tranquila? ¿Tímida? ¿Extrovertida o introvertida? ¿Había sido feliz? La muerte era muy cruel cuando se apropiaba de vidas que se podía decir, apenas comenzaban. ¿Cuántos años por vivir le había robado la muerte a esa chica?

    Movió la cabeza para quitarla de su mente, sintiéndose fastidiado por sus pensamientos, porque era la primera vez que pensaba así de la muerte de alguien. Además, ¿qué caso tenía pensar en ella? Pero es que había muerto de una manera horrible. ¿Quién le había disparado? ¿Por qué? Suspiró sintiendo desesperación consigo mismo. ¿Qué le importaba quién le había disparado? Los detectives se encargarían de descubrir a su asesino o asesinos, así que ¡por Dios! No era la única que había llegado por muerte trágica a la morgue. Muchísimas más le había tocado atender, así que se obligó a dejar de pensar en esa muchacha.

    Finalmente decidió dirigirse a su departamento y para ello regresó por la ruta del hospital, pues era la más corta y le encantaba esa zona, porque no solo su lugar de trabajo le quedaba cerca, sino también la facultad donde estudiaba.

    Lo único malo de la avenida del hospital es que era de velocidad baja y casi siempre las ambulancias impedían el avance, pero era aun mejor que la vía larga, y aunque a esa hora de la noche el tráfico ya era escaso, al pasar por el lugar donde trabajaba, lo hizo en el kilometraje exigido, por eso fue que de repente y en contra de su voluntad,su atención fue atrapada por segunda vez esa noche. Con gran sorpresa vio en la banqueta iluminada por el alumbrado público, una figura que se dirigía a un callejón que estaba a un lado del área del depósito de cadáveres. De hecho, era como un patio largo que compartían el hospital y la morgue.Y la figura era poseedora de una inconfundible y larga cabellera, una que azuleó bajo el farol cuando pasó debajo de él.

    ¡Era ella! ¡Estaba seguro que era ella! ¡La chica de la morgue!
     
    Última edición: 13 Septiembre 2016
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  3.  
    Rainy

    Rainy Creador del tema Cemzoonita

    Tauro
    Capítulo 3


    Sin pensarlo siquiera detuvo el auto en la orilla de la banqueta en el lado contrario del hospital y apagando el motor, bajó dejando las llaves pegadas en el encendido. Cruzó la calle a paso veloz para dirigirse al callejón en donde se detuvo a la entrada.

    La entrebarrera estaba oscura al fondo, así que sólo logró ver la parte de enfrente que era lo que iluminaba el alumbrado de la calle. Dio unos pasos para introducirse, deteniéndose en el límite de la parte iluminada, sintiéndose todavía la humedad de la pasada lluvia matutina.

    —¿Hola? —inquirió inseguro—. ¿Estás ahí?

    Pudo escuchar unas pisadas ligeras que se apresuraron al fondo. Marco dio unos cuantos pasos más adelante y las sombras lo cubrieron.

    —No tengas miedo —pidió con voz suave—. ¿Estás bien?

    ¡Diantres!”, pensó el joven tratando de ver en la oscuridad, porque de verdad que esa parte estaba negra y por un momento pensó que era debido a lo que representaba dicho lugar. Muerte, por la vecindad con la morgue que albergaba tantos muertos y con el edificio donde moría mucha gente. Casi pudo sentir el ambiente del cementerio.“¿Qué hago aquí?”

    Los pasos frente a él parecieron tropezar con algo, porque se escuchó un fuerte ruido y Marco trató de recordar qué había en las sombras. Lo único que se le vino a la mente fue un par de contenedores de basura que el hospital utilizaba y los que se encontraban en el extremo opuesto de la entrada.

    Siendo esa zona parte del hospital, había una puerta lateral en el muro que los conectaba y que permitía al personal de limpieza salir para depositar en esos contenedores los desechos que generaba el edificio de salud, e igualmente sucedía con los desechos de la morgue, la que también tenía acceso al patio. Así que supuso que la joven había tropezado con alguno de esos depósitos, aunque no estaba seguro y maldijo por no poder ver bien y maldijo también a algunos de los compañeros del hospital por arruinar la lámpara que supuestamente debía estar en función en ese callejón.

    Y es que algunas parejitas enamoradas aprovechaban el lugar en sombras para mostrarse lo mucho que se querían.

    Otro ruido llamó su atención. La tapa de uno de los contenedores abriéndose.

    —No! —pidió a media voz—. No te atrevas a refugiarte en esos contenedores. Puedes contaminarte.

    Dijo eso a sabiendas de que ni el hospital ni la morgue descartaban productos de mucho riesgo para la salud en esos depósitos. Los desechos de alto riesgo eran devorados por el fuego en un horno de la misma propiedad.

    El sonido de la tapa al caer lo hizo dar un salto, luego, antes de que sus ojos terminaran de acostumbrarse a la oscuridad, sintió como era empujado con fuerza y, en una fracción de segundo, mientras caía hacia atrás al suelo, sintió pasar a su lado a la chica que, sin saber por qué, deseaba tan desesperadamente ver. Quizás fuera la duda que se había clavado en él. ¿Era la chica de la morgue? Y la pregunta le sonó estúpida. Sabía que era una locura especular sobre eso porque su razonamiento le decía que no podía ser la misma persona. Aquella joven estaba muerta y los muertos no resucitan. Sin embargo, eran demasiado parecidas, como dos gotas de agua.

    —¡Espera! —gritó levantándose para ir detrás de ella, sin importarle el dolor que la caída le causó, principalmente en las posaderas.

    Ella salió del callejón y corrió por la banqueta con él detrás. Marco miró como ondeaba su negro cabello con la brisa provocada por la misma velocidad de la carrera. No le quedó ya la menor duda sobre el parecido. Ese cabello moviéndose a capricho del viento era el mismo.

    Le dio alcance antes de que diera vuelta en la esquina, pero para poder detenerla se lanzó contra ella y ambos cayeron al suelo. Marco abrazado a sus piernas; ambos boca abajo. Ella trató de patalear para propinarle unas patadas, pero él era más fuerte, no sólo por el hecho de ser hombre, sino por su excelente condición física, sin embargo, la joven luchó como fiera para escapar de sus manos.

    —¡Tranquila! ¡Calma! —gritó Marco apretando las piernas con más fuerza para que no se le soltara—. ¡No te haré daño! ¡Lo prometo!

    Los sollozos de la chica llegaron hasta él y fue algo que lo alarmó bastante. Era un llanto que le comunicó miedo y angustia, así que se preguntó de qué estaba huyendo. ¿Por qué tenía tanto miedo?

    —Te soltaré si me prometes no escapar.

    La miró asentir y la soltó, luego se levantó para ayudarle a ponerse de pie.

    Y aunque ella quedó erguida, pero con el rostro inclinado, lució más pequeña que él. En su metro con setenta y siete centímetros, Marco le sacaba unos quince centímetros. Él deseó ver sus ojos, pero la chica siguió sin verlo. Entonces la mirada del joven bajó hasta su vientre. Una gran mancha de sangre se había secado en su blusa y la imagen de ella desgarrada del abdomen por los balazos lo estremeció, luego vio que sus brazos y manos también estaban manchados por la sangre seca.

    —¿Estás herida? —le preguntó en voz baja.

    La muchacha movió la cabeza de un lado para otro, a continuación le cumplió su deseo al levantar el rostro y mirarlo con sus orbes parecidos a ópalos; brillantes por las lágrimas, reflejando en ellos un absoluto temor, desconfianza y dolor que lo alcanzó. Con tales emociones su mirada manifestó la vida que había en ese magnífico cuerpo, así que él retrocedió un paso impactado, porque era muy bonita. El poste que se erguía sobre ellos con su potente lámpara la iluminó muy bien, así que él pudo apreciarla con una nitidez hechizante.

    La chica de la morgue estaba frente a él... aunque de nuevo, el pensamiento fue absurdo. Porque claro que no era la misma persona.

    —¿Cómo te llamas?

    Ella dudó un poco antes de responder, pero finalmente dio su nombre en voz baja y temblorosa.

    —Brenda Aragón

    —Si esa sangre no es tuya ¿de quien es?

    Ella desvió su mirada mientras las lágrimas abundaban más. El temblor en su voz se incremento, lo que le hizo casi imposible hablar.

    —De… mi hermana.

    Se llevó las manos a la boca para sofocar los sollozos que estaban a punto de ser muy ruidosos. Miró a Marco y el dolor de sus ojos partió el corazón noble de él.

    Por ello no pudo contenerse y abriendo los brazos, la abrigó con ellos sintiéndola temblar. Brenda apoyó su cabeza en el pecho de Marco y permitió que la apretara con ternura. Él no pensó que era la primera vez que se dejaba dominar por el dolor de alguien. En el estudio de su carrera de medicina, había aprendido que si bien, debía mostrar empatía por los que sufrían, también debía dominar sus emociones. Un médico demasiado sentimental no era muy apto, por ello debía ejercer autodominio. No obstante, esta chica estaba resultando ser muy especial para él… y no sabía por qué. Apenas la había conocido. ¿No era eso ridículo? Y más lo era que sin conocerla, había lamentado mucho su muerte... o la de su hermana. De locos, pero así era.

    —Mi hermana está en esa morgue. La mataron —le informó cuando se tranquilizó un poco.

    —Lo sé. Trabajo ahí —murmuró Marco—. Si tú sabes algo, debes ir con la policía. Vamos, yo te llevo.

    La joven se separó de él y lo miró asustada al momento de decir.

    —¡No! ¡No puedo ir con la policía!

    —¿Por qué no? Es lo que tienes qué hacer.

    Brenda retrocedió unos pasos dispuesta a salir corriendo para volver a huir mientras su miedo se transformaba en pánico. Miró para todos lados haciendo que Marco también mirara en torno. La calle a esa hora era transitada más que nada por las ambulancias que entraban y salían del hospital.

    —Debo irme. Yo sólo quería despedirme de mi hermana.

    Volvió a retroceder un par de pasos sin dejar de mirarlo y Marco se vio traspasado por el suplicio de ella. ¿Qué podía hacer él para ayudarla?

    Se miraron ambos por breves momentos que parecieron ser muy largos, entonces el joven se apresuró a su lado y la detuvo del brazo cuando ella se dio la vuelta para huir de nuevo.


    .................

    Gracias por leer.
     
    Última edición: 20 Septiembre 2016
  4.  
    Rainy

    Rainy Creador del tema Cemzoonita

    Tauro
    Capítulo 4


    —¡Aguarda! —le pidió con voz gruesa— ¿Por qué no puedes ir con las autoridades? Ellos pueden protegerte si tu vida corre peligro.

    —¡No pueden! Ellos tienen aliados en la policía. ¡Me matarán también!

    —¿Ellos? ¿Quiénes son ellos? ¿Por qué mataron a tu hermana? ¿Por qué quieren matarte a ti?

    Brenda contuvo las lágrimas. Rescató su brazo de la mano y habló con amargura.

    —¡No interfieras! ¡Si lo haces, también tú puedes morir! Mira, gracias por la ayuda. Si quieres seguir conservando la vida, olvida que me conociste y nunca menciones este encuentro, es por tu bien.

    No bien había terminado de hablar, cuando ya estaba corriendo alejándose de Marco, quien la miró impotente sin saber si debía seguirla o dejarla ir. Si debía informar a la policía o dejar el asunto así. Si debía escuchar la voz de ella que lo invitaba a olvidarla o indagar sobre su vida y el misterio que la envolvía y así involucrarse y… arriesgarse con ella.

    ¿Arriesgarse por una extraña? El solo pensamiento le provocó el mismo sentimiento que sentía cuando corría por esas pistas de carreras callejeras. ¿Amaba el peligro? ¡Sí! ¿Le gustaban los retos? ¡Sí! ¿Era Brenda Aragón un peligro? ¡Sí!

    Mas optó por ir al auto y mientras manejaba a su departamento hizo un descubrimiento insólito. Brenda no sólo podía ser un peligro para su propia vida. Lo que le dio miedo fue llegar a la conclusión de que aquella chica podía llegar a ser un peligro para su corazón. Por eso había sido muy sentimental con ella.

    Estaba demente.

    Llegó al departamento pensando aún en el asunto; en que todo era una locura, porque no creía en el amor a primera vista, aunque sí en el gusto a primera vista y no podía negarlo, Brenda tenía un algo que lo había impactado... ese algo que tenía también su hermana muerta. ¡Ah! Estaba delirando por el cansancio, seguro eso era.

    Él tenía muchas amigas, incluso había tenido algunas novias, no obstante su corazón había permanecido intacto y en realidad, así quería mantenerlo. Ahora estaba muy ocupado con sus estudios y su trabajo, además de su hobby favorito: la alta velocidad, así que lo apropiado era no involucrarse con esa chica. Era lo mejor, sí señor.

    Ya en el interior del departamento, dejó la mochila sobre una mesita de centro en la sala y se dirigió a una vitrina para abrir una de las dos puertas que tenía. Sacó una botella de whisky y un pequeño vaso de vidrio. Se sirvió una buena cantidad y regresó la botella a su lugar. Con el vaso en la mano, entró al cuarto que era la cocina y buscó en el refrigerador algo para comer. Dando un trago al whisky, cerró con fuerza la puerta. En el frigorífico no había ni una migaja de comida. No había tenido tiempo de ir a las compras. Se dio cuenta entonces que estaba gastando energía eléctrica a lo inútil. ¿Para qué tenía el refrigerador conectado si lo tenía vacío? De cualquier modo, no lo desconectó. Le dio el último trago al vaso y miró una de las tres alacenas que fijas en la pared, se suspendían sobre la estufa y una pequeña barra. Abrió una de ellas y sacó una caja de galletas saladas. Miró las tres latas de alimentos: una de atún, otra de granos de maíz y la última era una mezcla de vegetales y no se le antojó nada, así que con la caja de galletas salió de la cocina, fue a la parte donde estaba su pequeño estudio que era también biblioteca y se sentó ante la PC para encenderla y entrar a sus programas de estudio y aprovechar también para revisar correos y responder algunos, además de que se leyó un capítulo más de una historia que estaba siguiendo en Wattpad, dándose cuenta que se le habían acumulado varios capítulos. Al parecer, la escritora había decidido hacer un maratón. ¡Rayos! Y él sin tiempo para leer otra cosa que no fuera todo lo relacionado con trabajos de la facultad y la guía de estudio para el examen... aunque más que guía, parecía todo el estudio del año anterior.

    A veces aprovechaba en la morgue para hacer las actividades extracurriculares en el mundo virtual, —pero esa tarde… y sin duda la noche habían sido muy inusuales—, incluso en ocasiones cenaba en el trabajo, aunque era una regla no comer ni fumar dentro de la morgue, pero si no lo hacía así, se quedaba sin cenar.

    Así que comiendo galletas hizo el resto de sus labores. Al terminar notó que todavía podía dormir unas horas antes de que amaneciera, pero claro, antes de irse a la cama, se dio una rápida ducha, sin embargo, cuando creyó que finalmente descansaría, el timbre de la puerta sonó con insistencia. Lanzando un improperio, colocó la almohada sobre su cabeza. Decidió ignorar el llamado del timbre, no obstante, el que timbraba no se conformó con pulsar con irritación el botón, sino que comenzó a golpear la puerta y una voz que lo sacó de quicio se escuchó.

    —¡Marco! ¡Abre la puerta!

    Marco encendió la lámpara del buró y se levantó; vestido sólo con la ropa interior, o sea, casi desnudo, porque así le gustaba dormir y fue a abrir, tomando de paso la toalla que utilizara después de la ducha y la que había puesto a secar en el respaldo de una silla. Colocándosela alrededor de la cintura, encendió la luz de las lámparas del techo y recibió a los fastidiosos.

    —Perdón por venir así —dijo Tobías entrando al departamento. Llevaba casi a rastras a Pablo, quien estaba completamente ebrio y balbuceaba un sinfín de incoherencias—. Ayúdame con él, no pesa precisamente como una pluma, ¿sabes?

    Marco le ayudó tomándolo de un brazo para pasarlo por sus hombros. Con voz indignada, preguntó mientras llevaban a Pablo al sofá.

    —¿Qué pasó? ¿Por qué están aquí?

    —¿Qué pasó? —Tobías dejó caer a Pablo en el sofá incluso más indignado que Marco— ¡Que el muy imbécil perdió esta noche en el ajedrez hasta los muebles del departamento! Ahora Emmanuel es el dueño y ya se los está llevando, porque ya lo conoces; en cuanto se apropia de tus cosas, las requiere de inmediato.

    —¿Qué? —Marco no podía creerlo.

    —Sí. Nos hemos quedado sin nada. Apostó todo.

    —¿Las camas?

    —Todo de todo. Así que nos quedaremos contigo.

    —¿Qué? —la incredulidad de Marco creció—. Pero…

    —Sin peros —lo interrumpió Tobías—. Sólo serán unos días. Mientras recuperamos nuestros muebles o juntamos dinero para comprar otros… ya sabes que de dinero, no andamos muy bien. Pablo pierde todo y yo tan estúpido que siempre le presto.

    —Pídanle ayuda a Lucía. Estoy seguro que ella puede convencer a Emmanuel para que les devuelva todo.

    —No creo. Emmanuel amará con locura a Lucía, pero tratándose de valores materiales, es un avaro ¿Tú no tienes dinero que nos prestes?

    —Sabes que con lo que gano, apenas cubro los gastos de la facultad y este departamento.

    —Está bien. Por lo pronto, nos quedamos contigo.

    Marco suspiró con resignación. Sin muchas ganas, informó.

    —Bien, allí está el cuarto de huéspedes, tendrás que compartir la cama con Pablo, sólo hay una.

    —¡Por supuesto que no! Él que duerma aquí en el sofá —dicho lo cual, se metió al cuarto y se encerró sin más.

    —¡Demonios! —susurró Marco mirando a Pablo.

    El castaño roncaba ya y un poco de baba escurría por un lado de la boca de labios gruesos, mojando el sofá, pues había quedado de lado, y su rostro, el que tenía la forma cuadrada, así como una nariz clásica, lució pacífico. Marco puso la mano derecha en su nuca y suspiró profundamente observando a su amigo mientras crecía en su interior la sensación de que le habían robado su preciada intimidad, luego, sin poder hacer nada por evitar esa situación, fue a su habitación, tomó la almohada extra que tenía y regresó al lado de Pablo para colocarla debajo de la cabeza; quitándole después los zapatos cuyos pies sobresalieron del sofá a causa de su altura: un metro con ochenta centímetros.

    Miró por última vez al castaño para ver si estaba cómodo y se dispuso a irse a descansar. Cuando estaba a punto de apagar la luz, el timbre volvió a sonar, pero esta vez con más insistencia. Marco frunció el ceño mirando el reloj de pared. ¡Cuatro minutos después de las tres de la madrugada, por Dios! ¿A quién demonios se le ocurría visitarlo a esa hora? A sus amigos. ¿A quién más? Y la prueba era ese par de locos que ya dormían como angelitos y a él, ¡qué lo parta un rayo! No podía ignorar el timbre porque éste sonaba de manera irritante y además, temía que los vecinos comenzaran a quejarse por las visitas a deshoras y el ruido que perturbaba la paz nocturna. No quería que el encargado del edificio lo persiguiera todo el mes con exigencias continuas por romper las reglas.

    Sujetándose la toalla con fuerza, porque ahora sí estaba casi furioso, acudió a abrir.

    —¿Ahora qué demon…?

    Se interrumpió y abriendo los ojos a todo lo que podían ser abiertos, la miró.

    Brenda, sin dejarlo salir de su sorpresa, entró cerrando la puerta. Marco y ella quedaron muy cerca. La joven puso sus manos —todavía con residuos de sangre saca— sobre el pecho desnudo y levantando el rostro para mirarlo, con los ojos llenos de un profundo miedo, susurró.

    —No hagas ruido.
     
    Última edición: 29 Septiembre 2016

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