Primer Capitulo Especial De La Amante

Publicado por Adara en el blog El blog de Adara. Vistas: 79

CAPITULO....

Kagome se puso el camisón con manos temblorosas. Había sospechado que la haría sentirse incómoda, y así
fue, pero de todos modos se negó a quitárselo. Era una prenda indecente, no por su transparencia, sino porque tenía dos tajos a los lados que llegaban hasta las caderas y dejaban al descubierto una superficie de sus piernas superior a la que nunca había enseñado a nadie. Estaba confeccionado en seda azul cielo, sin mangas, con un pronunciado escote en V y unas cintas a modo de tirantes que podían desatarse con facilidad.

Si no hubiera sido por la bata, jamás se habría atrevido a usarlo. Pero la bata le cubría las piernas y los brazos. Incluso con el cinturón atado enseñaba un poco el pecho, pero suponía que en aquellas circunstancias era lo más indicado.

Cuando Inuyasha llamó a la puerta estaba de pie junto al fuego, cepillándose el pelo. Quiso invitarlo a entrar, pero las palabras se negaron a salir de su garganta, aunque quedó claro que Inuyasha no las creía necesarias porque abrió la puerta y se detuvo en el umbral. Sus ojos la estudiaron con detenimiento, primero se dilataron un poco y luego oscurecieron...

—Tendremos que hacer algo con esos rubores, Kagome —dijo con tono divertido.

Ella bajó los ojos, y el calor en sus mejillas se le antojó más ardiente que el del fuego que flameaba su espalda.

—Lo sé.
—Estás... preciosa.

Lo dijo como si ésa no fuera la palabra que quería usar, como si estuviera embelesado. Unos segundos después estaba delante de ella; le quitó el cepillo de la mano, lo dejó a un lado, se llevó un mechón del largo cabello de Kagome a la mejilla y enseguida dejó que volviera a caer hasta su cintura.

—Absolutamente preciosa —repitió.

Kagome alzó la vista, y la admiración en los ojos ambar de Inuyasha la sofocó todavía más. Pero su proximidad le producía otras sensaciones: un hormigueo en el vientre, una tensión en los pechos. Hasta su olor punzante excitaba sus sentidos. Y se sorprendió mirándole la boca, deseando que la besara, recordando cuánto mejor se había sentido antes mientras la besaba, cuando la timidez se había desvanecido y sus pensamientos habían volado, regalándole unos minutos de paz.

El cinturón de la bata se desató... con la ayuda de Inuyasha. Kagome volvió a sonrojarse al sentir la fina seda cayendo a sus pies. Escuchó la respiración contenida de Inuyasha, sintió sus ojos recorriendo lentamente su cuerpo.

Su voz sonó ronca cuando dijo:

—Tendremos que comprarte más de éstos. —Señaló el camisón—. Muchos más.

¿Es necesario? Kagome pensó que lo había dicho en voz alta, pero las palabras se negaban a salir de su boca.

Estaba demasiado tensa, aguardando... aguardando.

Las manos de Inuasha le cubrieron las mejillas con ternura.

—¿Sabes cuánto he deseado que llegara este momento? —preguntó con ternura.

Kagome no supo qué responder. Pero tampoco necesitó hacerlo, porque él había empezado a besarla con pasión, a separarle los labios, a hundir la lengua en su boca, peleando con la suya, saboreándola. Se acercó más. Ahora los senos de Kagome rozaban el pecho de Inuyasha. La joven se sintió súbitamente débil y deseó apoyarse en él, hasta que al fin cedió a sus impulsos.

Inuyasha gimió al advertir que había vencido su resistencia y la levantó en brazos, la llevó hasta la cama y la tendió con suavidad. Luego retrocedió para contemplarla mientras se quitaba la chaqueta y el corbatín. Los ojos de Kagome se encontraron con los de él y ya no pudieron volver a apartarse. Sus labios abiertos temblaban, pero no podía desviar la vista, pues la mirada de Inuyasha, intensamente sensual, la tenía hechizada.

Kagome no había apagado las lámparas de la habitación y ahora deseaba haberlo hecho, pues se sentía avergonzada. También hubiera querido meterse bajo las mantas, pero no lo hizo. Recordó que Eri le había dicho que a los hombres les gustaba mirar a una mujer desnuda, y ya era como si lo estuviera, pues en aquella posición la seda suave se pegaba a su piel y dejaba entrever con claridad los contornos de su cuerpo. Pero era tan difícil permanecer allí tendida, esperando que él se reuniera con ella.

No podía imaginar cuan provocativa estaba, con el cabello negro extendido sobre la almohada y las rodillas apenas flexionadas, enseñando una pierna delgada entre la seda azul. Con los gruesos labios entreabiertos parecía implorar el regreso de la boca de Inuyasha. Y las pestañas negras, los turbulentos ojos grises cargados de temor... o quizá no. Pero por alguna razón esos ojos hicieron que Inuyasha se sintiera como un sangriento espartano a punto de violar a una doncella aldeana. Un sentimiento extraño, que no moderó en absoluto su ardiente deseo.

Desde el mismo momento en que había entrado en la habitación y la había visto con ese delicado atuendo,su cuerpo habia reaccionado.. Intentó pensar en otra cosa, pero no lo consiguió. La deseaba demasiado; ése era el problema. Y ni siquiera sabía por qué.

Se había acostado con mujeres más hermosas, pero Kagome tenía algo especial, quizá su fingida inocencia o
esos ridículos rubores que podía controlar a voluntad, o quizá fuera el hecho de que la había comprado... No
lo sabía, pero quería arrojarse encima de ella y saborearla lentamente al mismo tiempo, lo cual, naturalmente, era imposible.

Era una elección difícil, y no se hizo más sencilla cuando se reunió en la cama con ella y volvió a tocarla.
Kagome era suave como la seda, tersa en los sitios precisos. Ya estaba casi desnudo cuando le desató los tirantes y bajó el corpino de seda para descubrir sus senos, que se tensaron de inmediato bajo su ardiente mirada. Una vez más, sintió la imperiosa necesidad de hundirse en ella de inmediato, y no se le ocurrió nada que pudiera enfriar su ardor aparte de un baño frío, cosa que habría sido ridicula en esas circunstancias.

Debería haber bebido más vino con la cena. No. Ella debería haber bebido más, entonces no le habría importado que la penetrara de. inmediato. ¿Quizá le diera igual de todos modos? Demonios, a él sí le importaba. No era un adolescente sin experiencia, impulsivo, incapaz de controlarse. Se tomaría el tiempo necesario, aunque le costara la vida.

Comenzó a besarla otra vez, despacio, concentrándose en sus movimientos. Pero no pudo evitar que sus manos se pasearan por el cuerpo de la joven. Sus pechos grandes y firmes le ocupaban toda la mano. No pasó mucho tiempo hasta que su boca se dirigió allí y el gemido de placer de Kagome fue como música celestial a sus oídos.

Le acariciaba todo el cuerpo. Kagome tuvo que recordarse que tenía derecho a hacerlo. Y las sensaciones que desataba su boca... Temió que volviera a subirle la fiebre.

La mano de Inuyasha trató de separarle los muslos, pero ella los mantuvo apretados. Inuyasha rió y volvió a besarla con tanta pasión que ella relajó los muslos y él deslizó una mano entre ellos. Kagome arqueó la espalda.
Nunca había imaginado nada tan sobrecogedor ni tan excitante como lo que él hacía con sus dedos.

Los pensamientos dejaron paso a las sensaciones, tan placenteras que no notó el anhelo que crecía en su
interior hasta que se apoderó de ella. Dejó escapar un gemido desde lo más hondo de su garganta. Se arqueó
hacia él. Tiró de él. No entendía lo que le pasaba.

Y en ese momento Inuyasha perdió el control. Se movió entre las piernas de Kagome, las levantó, y un segundo después estaba dentro de ella. La penetración fue tan rápida que no tuvo tiempo de reparar en obstáculos. Aunque notó vagamente uno, pero no acabó de tomar conciencia de él, no cuando estaba rodeado de tanta estrechez, tan agradable calor, tan instintivo placer. Era una sensación tan maravillosa que estuvo a punto de acabar con la primera embestida, aunque lo hizo en la segunda.

Cuando su mente nublada por el placer cedió nuevamente el paso a una semblanza de lucidez, Inuyasha suspiró. Creía haber dejado atrás sus primeras experiencias patéticas y desesperadas de adolescente, en las que sólo le preocupaba su propio placer y no era dueño de sus acciones. Se regañó para sus adentros. Bonita demostración de autocontrol acababa de hacer.

Tan sumido estaba en sus propias sensaciones, que ni siquiera sabía si la querida joven había alcanzado su propio placer, pero no era prudente preguntar. Naturalmente, si no lo había hecho, estaba más que dispuesto a rectificar. La sola idea volvió a endurecer su miembro. Sorprendente. Claro que ella lo envolvía con una vaina increíblemente estrecha...

—¿Puedes apartarte, por favor?

Su peso. Vaya tonto, tendido allí saboreando su placer mientras aplastaba a la pobre chica. Se incorporó para disculparse, apartándose del pecho de la joven, aunque no del resto de su cuerpo. Pero se quedó sin habla cuando descubrió con horror sus lágrimas, su rostro compungido, y la certeza de que realmente había topado con un obstáculo que le había impedido penetrarla del todo. La barrera había cedido en un segundo, pero había estado allí.

—¡Por todos los santos, eras virgen! —exclamó Inuyasha.
—Si no me equivoco, lo anunciaron en la subasta —respondió ella sonrojándose.

Inuyasha la miró con incredulidad.

—Mi querida niña, nadie lo creyó. Al fin y al cabo, los proveedores de sexo son célebres por sus embustes.
Además, te vendieron en un prostíbulo. ¿Qué demonios iba hacer una virgen en un prostíbulo?

—Ponerse a la venta, como es obvio —dijo ella con aspereza—. Y lamento que Lonny no se ocupara de desvirgarme antes de la venta. No sabía que pudiera ser una molestia.

—No seas ridicula —gruñó él—. Es sólo una sorpresa... un pequeño detalle que habrá que solucionar.

¿Un pequeño detalle? Todos aquellos rubores habían sido auténticos, no fingidos. Las miradas inocentes eran perfectamente lógicas.

Una virgen, la primera de Inuyasha si no contaba aquella doncella de Haverston que había obsequiado con sus favores a todos los criados de la casa. No era de extrañar que Naraku la deseara tanto y que se enfureciera al no poder comprarla... Un poco más de sangre para añadir a sus enfermizos placeres.

Una virgen. El significado de esa circunstancia desató en él un sentimiento de posesividad que no había experimentado antes. Era su primer amante, el único hombre que la había tocado; más aún, su dueño. Kagome le pertenecía.

Le dedicó una sonrisa radiante.

_.Lo ves? Ya está solucionado. —Tenía una nueva erección y estaba ansioso por volver a poseerla, pero se apartó lentamente—. Lo he hecho muy mal para ser tu primera vez. Te deseaba tanto, que me comporté como un jovenzuelo sin experiencia, y sin duda eso te lo habrá puesto más difícil. Cuando te recuperes, me encargaré de darte el mismo placer que tú me has dado a mí. Pero ahora mismo nos encargaremos de tus heridas.

Sin darle tiempo a protestar, la levantó en brazos y la llevó al cuarto de baño. La dejó allí, envuelta en una toalla, mientras abría el grifo para llenar la bañera, añadiendo sales y perfumes al agua. Kagome evitaba mirarlo, pues Inuyasha había olvidado cubrirse y seguía completamente desnudo sin que eso pareciera turbarlo.

Cuando se inclinó para meterla en el agua, Kagome lo atajó con una mano.

—Ya puedo hacerlo sola.
_Tonterías. —Le quitó la toalla, volvió a levantarla en brazos y la sumergió con cuidado en el agua humeante—. Ya me he acostumbrado a bañarte, y te aseguro que es un hábito muy agradable.

Arrodillado a un lado de la bañera, la lavó por todas partes. La piel de Kagome permaneció rosada todo el tiempo, y no por el calor del agua. Luego volvió a levantarla en brazos, la secó y la llevó de vuelta a la cama, aunque esta vez la metió debajo de las mantas. Se acostó a su lado y la abrazó con fuerza.

Por fin Kagome podía relajarse, sabiendo que aquella noche ya no volvería a sentir dolor... ni placer. La desnudez de ambos ya no la turbaba, sencillamente aumentaba el calor que inducía el sueño.

Estaba casi dormida cuando oyó:

—Gracias, Kagome Higurashi , por obsequiarme tu virginidad.

Kagome no le recordó que no había tenido elección. Pero no había sido tan desagradable como podría haberlo sido con otro. Incluso había sentido placer... antes del dolor.

Así que con el mismo tono solemne, aunque en medio de un bostezo, respondió:

—De nada, Inuyasha Taisho.

No lo vio sonreír, aunque sintió que la estrechaba con más fuerza. Su mano ascendió hasta detenerse en el
pecho de Inuyasha, primero titubeante, luego más relajada. Ahora podía tocarlo cuando quisiera. Después de esa noche, tenía el mismo derecho de acariciarlo que él de acariciarla a ella y, sorprendentemente, se alegraba de que así fuera.

Quién lo iba a imaginar.
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