Plenty

Publicado por kvothe en el blog Trebinas. Vistas: 611

"Míster Blank se pregunta si no ha llegado por fin el momento de investigar personalmente el asunto. Por mucho miedo que llegue a tener, ¿no sería mejor enterarse de la verdad de una vez para siempre en lugar de vivir en un estado de perpetua incertidumbre? Puede que sí, dice para sus adentros. Pero también puede que no. Antes de que decida si tiene valor para desplazarse finalmente hasta la puerta, se presenta de improviso otro problema, más urgente; lo que con mayor precisión podría calificarse de necesidad imperiosa. Míster Blank vuelve a sentir una creciente opresión en su organismo. A diferencia del episodio anterior, que se localizaba en la zona general del estómago, éste aparece en un punto situado varios centímetros más abajo, en la región más meridional de su vientre. Por su larga experiencia en tales asuntos, el anciano comprende que tiene que mear. Considera la posibilida de desplazarse en el sillón hasta el cuarto de baño, pero sabiendo que no cabe por la puerta, y consciente además de que no podrá realizar esa operación sentado, de que inevitablemente llegará el momento en que tenga que levantarse (aunque sólo sea para volver a sentarse en la taza del retrete en caso de que lo asalte otro súbito desfallecimiento), decide recorrer el trayecto a pie. Con lo cual se levanta de la silla, contento de observar que no pierde el equilibrio al incorporarse, que no hay señales del vértigo que antes lo asediaba. Lo que ha olvidado, sin embargo, es que ya no calza las zapatillas blancas de deporte, por no hablar de las anteriores chancletas negras, y que ya no lleva nada en los pies salvo los calcetines blancos de nailon. Debido a que los calcetines están hechos de un tejido muy fino, y a que la superficie del entarimado es bastante escurridiza, al dar el primer paso descubre que puede avanzar sin esfuerzo alguno; no como cuando iba arrastrando las chancletas con aquel áspero sonido, sino como si estuviera patinando sobre hielo.

Otro nuevo placer se le ha revelado, y al cabo de dos otres deslizamientos experimentales entre la mesa y la cama, concluye que no es menos divertido que mecerse y dar vueltas en el sillón; incluso más aún. La presión le aumenta en la vejiga, pero Míster Blank retrasa su expedición al cuarto de baño para prolongar durante unos instantes sus evoluciones por el hielo imaginario, y mientras patina por el cuarto, levantando primero un pie del suelo, luego el otro, o desplazándose, si no, con ambos pies a la vez sobre el parqué, vuelve de nuevo al pasado remoto, a una época no tan lejana como la de Whitey, el caballito de madera, ni como la de aquellas mañanas en que su madre lo sentaba sobre sus piernas para vestirlo, pero nada próxima de todos modos: Míster Blank justo antes de la adolescencia, a los diez años más o menos, quizás once, pero sin llegar de ningún modo a los doce. Es un frío sábado por la tarde de enero o febrero. Se ha helado el estanque de la pequeña ciudad donde ha crecido, y ahí tenemos al joven Míster Blank, a quien entonces llamaban Master Blank, patinando de la mano con su primer amor, una chica pelirroja de ojos verdes, con una larga melena alborotada por el viento, las mejillas encarnadas de frío, su nombre ya olvidado, aunque empezaba con la letra S, dice Míster Blank para sí, de eso está seguro, Susie, cree, o Samantha, Sally o Serena, pero no, no se llamaba así, y en realidad no importa, porque habida cuenta de que era la primera vez que cogía a una chica de la mano, lo que recuerda más vívidamente ahora es la sensación de haber entrado en un mundo nuevo, en un universo donde el hecho de tener cogida de la mano a una chica constituía un regalo más deseable que cualquier otro, y tal era su fervor por aquella joven criatura cuyo nombre empezaba por la letra S que cuando dejaron de patinar y se sentaron en un tronco de árbol a la orilla del estanque, Master Blank fue lo bastante atrevido para inclinarse hacia ella y darle un beso en los labios. por motivos que lo dejaron tan perplejo como dolido en aquellos momentos, la señorira S. soltó una carcajada, apartó la cara y lo reprendió con una frase que no se le ha olvidado nunca, ni siquiera ahora, en sus lamentables circunstancias, cuando la cabeza no le marcha muy bien y tantas otras cosas que se le han borrado de la memoria: No seas bobo. Y es que el objeto de sus afectos, con apenas diez u once años, no entendía nada de esas cosas, aún no había crecido lo suficiente para apreciar las insinuaciones amorosas de alguien del sexo opuesto. De manera que, en vez de corresponder al beso de Master Blank, se echó a reír.

Tardó días en encajar el desaire, con tanto dolor en el alma que una mañana, al observar su abatido aspecto, su madre le preguntó qué le pasaba. Míster Blank aún era muy joven para tener reparos en confiarse a su madre, de modo que le contó todo. A lo que ella respondió: No te preocupes por esa renacuaja, hay otras muchas entre las que elegir. Era la primera vez que oía una expresión así, y le pareció curioso que comparasen a las chicas con renacuajos, cosa a la que, a su juicio, no se parecían en modo alguno, al menos por lo que él sabía. A pesar de todo, entendió la metáfora, pero aún comprendiendo lo que su madre quería decirle, no estaba de acuerdo con ella, porque la pasión es ciega y siempre lo será, y en lo que se refería a Míster Blank, en el mundo de las renacuajas sólo había una que contara, y en caso de que no pudiera quedarse con ésa, las demás no le interasaban para nada. Con el tiempo cambió de opinión, claro está, y a medida que pasaban los años fue viendo lo acertado de la observación de su madre. Ahora, mientras continúa deslizándose por la habitación con sus calcetines blancos de nailon, se pregunta cuántas renacuajas habrá habido desde entonces. No está seguro, porque la memoria le falla más que otra cosa, pero sabe que hay docenas, hasta centenares, quizás: más renacuajas en su pasado de las que puede recordar, contando e incluyendo a Anna, la chica perdida hace tantísimos años, redescubierta aquel mismo día en la inacabable orilla del amor.

Esos pensamientos revolotean por la cabeza de Míster Blank en cuestión de segundos, quizás doce, tal vez veinte, y durante ese intervalo, mientras el pasado va aflorando en su interior, no deja de patinar por el cuarto, procurando mantener la atención para no perder el equilibrio. Por breves que puedan ser esos segundos, sin embargo, llega un momento en que los días pretéritos se apoderan del presente, y en vez de recordar e impulsarse de manera simultánea, olvida que se está moviendo y se centra exclusivamente en sus cavilaciones, con lo que no tarda mucho, menos de un segundo, dos segundos todo lo más, en perder la estabilidad y caer al suelo.

Por suerte, no aterriza con la cabeza, pero aparte de eso la caída puede considerarse como una buena costalada. Sale despedido hacia atrás mientras agita en el aire los pies descalzos, desesperado por encontrar un agarre en el resbaladizo entarimado, echando luego las manos hacia atrás con la vana esperanza de amortiguar el impacto, pero de todas maneras se da un tremendo porrazo en la rabadilla, lo que le envía una oleada de volcánico fuego por las piernas y el torso, y como ha absorbido parte del golpe con las manos, siente que también le arde las muñecas y los codos. Míster Blank se retuerce en el suelo, demasiado aturdido incluso para sentir lástima de sí mismo, y mientras lucha por asimilar el dolor que lo atenaza, olvida contraer los músculos de alrededor del pene, cosa que ha estado haciendo durante los últimos minutos mientras patinaba por la superficie de su pasado. porque tiene la vejiga hasta los topes, y a menos que ahga un verdadero esfuerzo para que no reviente, por así decir, no tardará mucho en originar un incidente molesto y vergonzoso. Pero el caso es que no aguanta más. El dolor se ha apoderado de su mente y no puede pensar en nada, de manera que en cuanto empieza a relajar los mencionados músculos, siente que la uretra cede ante lo inevitable y un momento después se mea en los pantalones. Igual que un niño pequeño, dice para sí mientras la cálida orina fluye libremente de la vejiga y le chorrea por la pierna. Y añade: Una criaturita lloriqueando y vomitando en los brazos de la niñera. Luego, una vez que ha cesado el diluvio, grita a pleno pulmón: ¡Idiota! ¡Viejo chocho! ¡Pero qué coño te pasa!"

Paul Auster: Viajes por el Scriptorium
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