nueve veces veronica

Publicado por Slipknot390 en el blog KISS MY ASS. Vistas: 202

hola les voy a contar una historia que acabo de leer en una pagina de internet y me encanto!!!! aqui se las dejo se que esta muy larga pero esta chida se llama nueve veces veronica

Todo empezó en una oscura casa abandonada hace ya muchos años. Todos hemos pasado por esa edad en la que jugar con los fenómenos ocultos se convierte en un apasionante pasatiempo, algo para contar y presumir ante los demás de nuestro valor (o de nuestra estupidez). Y eso precisamente es lo que estaban haciendo allí Verónica y sus amigos aquella tarde de invierno.
Decidieron que aquél era un lugar perfecto para una de sus sesiones de espiritismo que, dicho sea de paso, siempre habían resultado decepcionantes; nunca habían conseguido la más mínima manifestación fantasmagórica: ni una presencia en la sombra, ni un susurro de los que hielan la sangre, ni tan siquiera un triste vaso moviéndose solo sobre un tablero de ouija. Pero al menos todos se divertían haciendo sonidos extraños y tratando de asustarse unos a otros.
Verónica era la que más disfrutaba con todo aquello y la que más bromas solía gastar. Era incapaz de tomarse nada en serio y no hacía sino reirse de lo fáciles de asustar que eran sus compañeros. No podía ni imaginar que algo iba a ser diferente en esa ocasión.

La sesión transcurría según lo previsto. Tras la tradicional formación del círculo, en medio de las no menos tradicionales bromas de rigor, se dispusieron a invocar a los espíritus. Verónica, utilizando un tono de voz cavernoso y tétrico como ya era habitual en ella, empezó a simular que era una presencia de ultratumba, poniendo muecas más cómicas que aterradoras y no pudiendo contener un ataque de risa.
Justo en ese momento, una silla algo desvencijada pero muy pesada que había al fondo de la habitación salió despedida en el aire con una enorme fuerza. Nadie tuvo tiempo suficiente para reaccionar; la silla golpeó mortalmente en la cabeza a Verónica, que cayó al suelo desplomada con un espantoso ruido seco, mezcla de madera hecha astillas y huesos fracturados, ante la mirada de horror de sus tres compañeros.
La noticia llenó páginas enteras en la prensa amarilla de la época. Pero al igual que ocurre con todo, el paso del tiempo desvirtúa las cosas. Y la historia de Verónica se convirtió en un cuento de miedo más. Otro de tantos, real pero ficticio; ficticio a pesar de ser real.
Se corrió el rumor de que Verónica no había podido encontrar descanso tras su muerte. El más allá tiene también sus leyes y sus reglas, y ella las había roto todas. Se empezó a decir que había sido condenada. Sentenciada a no conocer la paz ni un solo instante, convertida en guardiana de las puertas de lo oculto, con la misión de hacer pagar las consecuencias de sus actos a aquellos que, al igual que ella, se burlaban irresponsablemente del Otro Mundo.
En ocasiones la verdad resulta demasiado aterradora para creer en ella. Resulta más sencillo pensar que ninguna de las historias que conocemos tuvo lugar en realidad, que todo son invenciones, para así poder dormir tranquilos por las noches, engañados pero felices. Aunque el error de la autoconfianza pueda hacer que la historia se repita.

Ana era una chica sensata. Justo el tipo de persona que sabe exactamente lo que le conviene. Pero también las personas sensatas pueden cometer estupideces de vez en cuando. Conoció la historia de Verónica una mañana de invierno por medio de sus amigos del Instituto. Todos la retaron a hacer la prueba. A comprobar la veracidad de la leyenda que le acababan de contar. Era bastante sencillo: solamente tenía que llamar a Verónica nueve veces seguidas, recitando su nombre ante un espejo.
A Ana no le parecía una buena idea. Prefería dejar las cosas como estaban; no tenía ningún interés en comprobar nada. Era precavida por naturaleza. Sin embargo, no quería que sus amigos la tacharan de cobarde, ni tener que bajar la cabeza avergonzada cada vez que le echasen en cara su falta de valor. Así que hizo de tripas corazón y decidió enfrentarse a sus temores.
Se dirigió a los lavabos del Instituto junto con una compañera suya, que sería la encargada de comprobar si cumplía la prueba. Sin tenerlas todas consigo, y ante las risas de su amiga, lo hizo. Y entonces... nada. Exactamente nada, eso fue lo que pasó. No había sido tan difícil, despues de todo. El resto del grupo no le dio mayor importancia, y todos lo olvidaron enseguida. Todos menos Ana. Y aunque seguía sintiéndose mal por lo que acababa de hacer, para ella la auténtica pesadilla no había hecho sino comenzar.

Estaba tumbada en su cama aquella misma noche, cuando lo oyó por primera vez. Se encontraba en ese estado que precede al sueño, en el que es difícil discernir lo real de lo irreal, a punto de dormirse, cuando un sonido indescifrable, como un susurro gélido a su espalda la sobresaltó. Aterrada, se incorporó y buscó con desesperación el interruptor de la luz junto a la cabecera de su cama. Como era de esperar, cuando encendió la luz allí no había nadie más que ella.
Esa noche no volvió a pegar ojo. Por más que lo intentó no consiguió quitarse de la cabeza aquel sonido siseante que parecía haberla estado llamando en la oscuridad de su cuarto.
A la mañana siguiente se levantó aún temblando, agradecida de que la luz del día aliviase un poco sus miedos. Fue incapaz de contarselo a nadie, ni a su familia, ni a sus amigos; pensó que se reirían de ella y no quiso darles esa satisfacción. Durante las dos primeras horas de clase se encontraba tremendamente cansada por no haber podido conciliar el sueño la noche anterior y estuvo continuamente cabeceando, luchando por no quedarse dormida. Durante el cambio de clase de la tercera hora, aprovechó para ir al lavabo a refrescarse un poco y tratar de despejarse.
Cuando entró en el baño, una gruesa capa de vaho cubría las ventanas y los espejos. Ese día hacía bastante frío y la calefacción del Instituto estaba al máximo, así que supuso que se trataba de algo normal y no le concedió importancia. Se agachó ante el lavamanos, abrió el grifo y tomando una buena cantidad de agua entre las manos se la echó en la cara para ver si así se serenaba un poco. Se secó con una toalla de papel y limpió una pequeña zona del espejo para quitarle el vaho y poder mirarse en él. Estaba segura de tener un aspecto horrible después de una noche entera sin dormir.
Fue entonces cuando la vio. En el espejo, tras su reflejo, aparecía una figura de pelo largo con el rostro deformado y la cabeza encharcada en sangre. Duró solamente un instante. El mismo tiempo que tardó Ana en darse la vuelta horrorizada para comprobar que nadie había tras ella. Rió nerviosamente, casi histérica, maldiciéndose en voz baja por ser tan idiota. Seguramente su imaginación le había jugado una mala pasada.
Pero al darse la vuelta nuevamente y quedar otra vez ante el espejo, vio algo que le heló la sangre. Sobre el vaho que aún permanecía en el espejo, un dedo invisible escribía unas palabras. Unas palabras terribles que ya no dejaban lugar a dudas:NUNCA DEBISTE LLAMARME

Aquello fue más de lo que Ana estaba preparada para soportar. Su frágil mente se rompió en pedazos, víctima de un espanto imposible de describir.
Preocupados por su tardanza, fueron a buscarla unos minutos después. La encontraron encogida en el suelo junto al lavamanos, con la mirada perdida e incapaz de articular una sola palabra.
En la actualidad, continúa recluida en una institución psiquiátrica. Confinada en una pequeña habitación de paredes desnudas, sin ventanas ni cristales, sin espejos, sin objeto alguno capaz de reflejar la más mínima sombra en su brillante superficie. Solamente así pueden mantenerla tranquila. Casi nunca dice nada, y si lo hace es para jurar en sus ataques de demencia que Verónica la sigue atormentando.
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