La brisa de Pancás: Capítulo 3

Publicado por Likhuh en el blog La forja de historias. Vistas: 101

Os dejo con el tercer capítulo de mi fic de fantasía. En este capítulo ya se aclaran muchas de las cosas. Practicamente todas y empieza la tensión. Porque cuando terminéis os váis a dar cuenta que lo que Essit pretende está a apunto de pasar.

La brisa de Pancás: Capítulo 3
—Id a preparar vuestras cosas, mañana por la mañana saldréis en busca de Essit y sería bueno que descansarais. Preparadlo todo y bajad a cenar.
Sam y Nala asintieron. Fesi había tomado el mando de la torre y estaba decidiendo que haría cada uno de ellos.
Sam se despidió de todos y se fue rápidamente hacia su habitación. Nala esperó un poco más porque quería preguntarle algo a Fesi.
—¿Puedo preguntarle una cosa?
—Sí, claro.
Se apartaron un poco de Ama y Deb.
—¿Usted sabía que mi padre era un mago?
—Tu padre no era un mago. Era un mentalista que había decidido no estudiar el arte arcano para ayudar a la gente a seguir a los dioses.
—Pero los mentalistas son magos. A mí me acogieron en Matso Molín por mi don del mentalismo.
—Bueno, sabía que los mentalistas eran magos y sabía que él era mentalista. Entonces… Podría decirse que sí sabía que era mago.
—¿Y entonces por qué lo dejó tomar el cargo de príncipe de los sacerdotes?
—No dependía de mí. Era la voluntad de Quimero, y cuando los dioses hablan nosotros debemos escuchar.
Nala asintió, no se sentía con fuerzas de seguir hablando. Se despidió y se dirigió a su habitación, pero cuando había andado ya unos tres metros tuvo que volverse nerviosa. Miró a Fesi y éste asintió.
—Hay un mago en el templo —dijo muy serio Fesi a Ama y a Deb.
Todos se volvieron a Nala.
—¡Ella no! ¡Otro mago! —gritó impaciente.
—¡Essit! ¿Ha vuelto Essit? —Ama bullía de ira.
—¡No! No es Essit, es… más joven, pero mucho más poderoso.
Nala también lo sentía, un poder inmenso y diferente. No tenía nada que ver con lo que había visto hasta ahora aunque tenía una esencia parecida a la de su padre. No obstante, era diferente, más viva, era como la esencia de…
—Eso… Eso… ¡Eso no es un mago! —dijo aterrada y muy pálida.
—¿Qué es Nala? ¿Qué es? —preguntó Ama con los ojos muy abiertos.
—Es… No, no puedo serlo —escuchó un golpe— Sí, lo es ¡Es un dios!
Todos se quedaron petrificados.

Jim miró a su alrededor. Estaba en una estancia cuadrada, frente a él había unas escaleras místicamente iluminadas por la luz. Seguramente habría un campanario arriba. Las paredes eran marrones, llenas de grabados e imágenes de unicornios en diferentes posturas. No había otra salida que las escaleras. Subió.

—Viene hacia aquí —Nala parecía trastornada; señaló las escaleras que había al final del largo pasillo.
Todos se quedaron esperando.

Jim subió lentamente los escalones, iba pensando en todo lo que le había pasado últimamente y se preguntaba dónde estaba ahora mismo. Al llegar arriba lo único que vio fue a cinco personas atemorizadas, mirándolo como si fuera un demonio.
—Hola —dijo solamente.
Todos se quedaron helados, incapaces de decir una palabra, como si estuvieran presos de un hechizo de inmovilidad. El chico que les había saludado, el que subía las escaleras del templo y cuya presencia era la de un dios, era el adolescente que Essit había estado pintando todas estas semanas.
—Que no se entere de que lo hemos visto antes —susurró Fesi.
Nala levantó las manos y susurró unas palabras. Una barrera de luz verde se encendió ante ellos y se volvió a apagar con una lentitud mortecina. Jim se acercaba poco a poco, intuía que éstas personas debían poseer también poderes especiales como Essit, sobre todo porque había visto erguirse un muro de luz verde y luego desvanecerse. Cuando estaba muy cerca de ellos notó que una mole invisible le impedía pasar.
Fesi escupió unas palabras y se trasformo en un lobo humanoide gigantesco y delgado, con unas fauces enormes y unos dientes afilados, tan blancos y brillantes como la luz de la luna.
—Necesito ayuda…—dijo el desconocido, desesperado—. No entiendo qué me pasa y no sé dónde estoy.
—Atrás —gruñó Fesi—. Si te acercas te freímos y me sirves de cena.
Jim retrocedió unos pasos.
—No voy a haceros daño, sólo necesito ayuda.
—¡ATRÁS HE DICHO!
Jim retrocedió unos cuantos pasos más, aterrado. Creía estar frente a un hombre lobo.
—¿Dónde estoy?
Los cinco se miraron extrañados. No parecía peligroso y además estaba muy confuso.
—Estás en el templo de Darwin. Un templo dedicado al culto a los dioses. Es el templo más importante de Pancás, pues es el único dedicado al culto a todos los dioses y no a uno en concreto. ¿Quién eres tú? —gruñó más que dijo el lobo Fesi.
—Me llamo Jim. Y soy de… —intentó acercarse para tenderle la mano pero Nala apretó los puños y se levantó un muro de fuego entre ellos; Jim retrocedió asustado.
—¿De dónde?
—De la Tierra.
—Mi padre me habló de la tierra —dijo Nala—. Es otro mundo… Un mundo de fantasía donde la inteligencia de los humanos ha logrado subsistir sin magia. Apoyado por la religión.
—Cómo debería ser en Pancás. Era el proyecto de tu padre. Un mundo antropocéntrico donde lo más importante sea el ser humano. Sin magia, sin problemas —dijo Ama.
—Bonita utopía —reconoció Deb que estaba alejándose de Fesi, que parecía crecer por momentos.
—No existen otros mundos —gruñó Fesi—. Lo dicen las escrituras.
—Sí existen —dijo Jim.
Nala suavizó la pared de fuego de forma que eran capaces de ver a Jim a través de las llamas y Fesi se controló para no comérselo, nadie le llevaba la contraria y Jim tenía la osadía de hacerlo.
—¿Cómo has llegado hasta aquí? —preguntó Nala.
—No lo sé. Me desperté en un bosque gigantesco donde las hojas de los árboles eran mucho más grandes que yo. Donde la luna se reflejaba incluso de día y donde la quietud es sólo interrumpida por el ulular de los búhos. Un hombre me encontró. Tenía poderes como vosotros y me dijo que Quimero me había traído aquí para cumplir una misión. No quise hablar con él, intenté huir y de repente aparecí aquí.
—¿Cómo era ese hombre? —preguntó Fesi muy serio, ya tenía el aspecto de una neréido normal.
—Era alto… Y canoso, tenía barba… Vestía… ¡Vestía como tú! Pero con una capa gris… —dijo señalando a Fesi.
—¿Tenía los ojos grises? —preguntó Nala.
—Sí… De un color extraño, como el de su capa, demasiado oscuro para ser gris y demasiado claro para ser negro… era más bien un plateado oscuro…
Todos palidecieron
—¿Te dijo su nombre?
—Sí, se llamaba Essit y dijo que era el “príncipe de los sacerdotes y enviado de Quimero”
Nala derribó la barrera mágica y la barrera de fuego.
—Acércate —dijo—. Mírame a los ojos.
—No, no… ese hombre… Essit. Ya entró en mi mente y fue doloroso.
—Yo no te haré daño, he estudiado técnicas para hacerlo bien…
Jim le miró a los ojos. Y durante unos minutos sus miradas se encontraron, los brillantes ojos verdes de Nala y los cansados ojos marrones de Jim.
—Dice la verdad —dijo Nala sin vacilar.
—¿Pero qué dios es? —le preguntó Deb en voz baja.
—No lo sé. Creo que ni él lo sabe
—También me enseñó muchos cuadros en los que aparecía yo… Es extraño ¿No? —empezó a buscar—. ¿No he traído ninguno? —Se miró a la mano y vio que de repente había allí uno de esos dibujos—. Mirad, eran así.
Los demás estaban asombrados. Hacía magia sin darse cuenta siquiera.
—Aparta eso de mí. Llevamos semanas viéndolos…
—¿Quién los dibujó?
—Essit
A Jim pareció no gustarle la respuesta. Durante un segundo su expresión afable se crispó en una mueca de terror pero sólo fue un segundo. Miraba un cuadro colgado. En el cuadro aparecían tres unicornios plateados, delante de ellos había uno más grande y rosado y encima cabalgaba una mujer vestida de novia, con un ramo de flores. No tenía rostro.
—He visto antes este cuadro. En un sueño… Recuerdo a esa mujer, se llama Estela. —dijo lentamente y en voz baja, acariciando la faz sin rostro de la diosa.
—¡NOS ESTÁS ENGAÑANDO! —Fesi no podía contenerse. Su forma era otra vez la del lobo humanoide y se acercaba a Fesi con un brillo febril en los ojos—. Un ser de otro mundo que misteriosamente conoce a los dioses de Pancás ¿Crees que somos idiotas?
—¡Fesi! —gritó Nala—. ¡Ha vuelto!
El hombre lobo se volvió y la miró. No tardó en sentir esa sensación tan peculiar. Calma y poder. Corrió por el pasillo hacia la habitación de Sam.

Sam estaba en su habitación preparándose una segunda túnica para cuando el frío atacase a los huesos cuando sintió una presencia a sus espaldas.
—Curiosa la casualidad —dijo tranquilamente Essit, que estaba sentado en la cama mirándole—. Hay una persona con la que debes encontrarte y mientras todos están con ellos tú no le has visto.
Sam iba a hablar pero el anciano príncipe de los sacerdotes le calló con un gesto. No había terminado.
—¿No te has preguntado, Sam, quién era el sujeto a quién dibujaba? —preguntó inocentemente.
—Sí, muchas veces, he llegado a la conclusión de que es un mago que te hechizó.
Deb soltó una carcajada estridente, como si estuviera demasiado seguro de sí mismo.
—No hay un mago en Pancás capaz de hechizarme a mí —dijo sonriente—. No soy el príncipe de los sacerdotes por que hayan querido un par de personas. No, lo soy por mediación de los dioses. Estoy protegido por ellos.
—¿Entonces quién diablos es ese muchacho?
—Lo sabrás, joven amigo, lo sabrás.

Fesi llegó corriendo hacia la habitación. Como temía, sus sentidos caninos, más desarrollados que los sentidos humanos, percibían el olor del príncipe de los sacerdotes muy cerca. Y como temía, era en la habitación de Sam donde lo percibía. Vio luz tras la puerta de la habitación e intentó correr más para alcanzarla, pero de pronto tuvo la impresión de que por mucho que corría, la puerta parecía estar más y más lejos. No se lo pensó dos veces. Entonó un cántico en el lenguaje de la magia con un fuerte acento élfico y se transformó en un gólem. Los gólems eran gigantescas criaturas de roca que, aunque andaban de forma muy lenta, eran inmunes a la magia. Aunque lentamente, ya percibía que se iba acercando.

Se oían estruendosos golpes en el pasillo, como si hubiese gigantes en la torre. Sam fue a asomarse pero una mole mágica le impedía atravesar el especio que la puerta abierta había dejado.
—Essit, todo esto es muy raro, no entiendo nada y no sé si te has vuelto loco o eres el único cuerdo… ¡Explícame qué pasa!
—Bien, creo que no pierdes nada por saberlo. Yo no nací en esta tierra. No, yo nací muy lejos de Pancás, en un sitio muy diferente a todo lo que conoces. Nací en la tierra.
Sam iba a interrumpirle pero no podía hablar. Estaba hechizado.
—Yo era un chico normal que tenía una aspiración: el poder.
>>Quería ser poderoso, más de lo que podían serlo los humanos, quería llegar a lo más alto. Quería ser un dios. No sé si lo sabrás, pero en la tierra hay dos dioses frente a los cuatro de aquí. Está el dios del bien y el dios del mal. No hay ningún dios del equilibrio porque el bien y el mal están tan concentrados en su cruzada igualada en poder que no han necesitado una balanza de igualdad. No, su guerra es el equilibrio. Pero ninguno de los dos tiene interés en que la igualdad de poder sea eterna, y por eso buscan tretas para ser los vencedores.
>>Yo pacté con el dios del mal, Satanás. Y me dijo, que lo mejor que podía hacer es venir aquí, llegar al poder y una vez ungido dios, ayudarle en la Tierra. No tengo ningún interés de ayudarle, pero sí que tengo interés en ser un dios de Pancás, el dios del desequilibrio más concretamente. El que consiga erguir la oscuridad y las tinieblas frente a la luz. Un mundo de noche es mucho más bonito que un mundo de día.
—O sea ¿Quieres ser “el malo” de Pancás?
Essit sonrió. Nunca lo había visto así.
—Sam, el mundo no se divide en buenos y malos. Hay más, hay simplemente gente que lucha por el poder, sin importar las tareas que eso conlleve.
—¿Y qué tiene que ver eso con el chico de tus dibujos? Y sobre todo ¿Qué tengo que ver yo con ese chico?
—¿No lo has entendido? Bueno, te lo explicaré. Como te he dicho muchas veces hay cuatros dioses en Pancás. Uno de ellos es Quimero, el dios de la noche. También está Estela, la diosa del día. Día y noche se concatenan haciendo un equilibrio y la sucesión de los días y las noches. Como ya sabes, esto pasa gracias a los otros dos dioses. Los dioses del equilibrio, los dioses sin nombre. Son dioses dormidos de increíble poder que sólo despertarán si alguno de los dos bandos anteriores (noche o día) adquiere un poder mayor —Essit calló y cuando vio que Sam no lo comprendía añadió maliciosamente—,…o sí ambos dioses dormidos se encuentran.
Sam lo entendió y las palabras cayeron sobre su cabeza como ladrillos de pesado acero. <<…o si ambos dioses se dormidos se encuentran>>. ¡Él era uno de esos dioses! Y el chico de los dibujos de Essit debía ser el otro. Si se encontrasen, los dioses despertarían en ellos.
—¿Sabes qué pasaría si ambos dioses se encontraran y despertaran?
Jim palideció y al verlo Essit sonrío macabramente.
—Que… ambos tomarían parte en uno de los bandos de la guerra entre Quimero y Estela, y por tanto los dioses de la noche y el día ya no tendrían que guardar el equilibrio.
—Sí, Sam. El equilibrio se rompería porque ya no existiría equilibrio.

Nala se encontró con el gólem Fesi y éste le habló con una voz cavernosa y grave.
—Tráete al dios, al que acaba de llegar. No sabemos si Essit viene por las buenas o por las malas y seguro que se asusta al ver que tenemos un dios de nuestro lado.
  • Aiduchi
  • Likhuh
Necesitas tener sesión iniciada para dejar un comentario