La brisa de Pancás: Capítulo 2

Publicado por Likhuh en el blog La forja de historias. Vistas: 93

Aquí os dejo el capítulo 2 de la brisa de Pancás. Aver si os gusta, en este tampoco se desvelan demasiadas incógnitas y salen algunas más. :D:D:D Espero que os guste y cortaros por lo mejor (que malo soy)


La brisa de Pancás: Capítulo 2
—¿Me estás diciendo que tu padre, Essit, el príncipe de los sacerdotes, es un poderoso hechicero? ¡Eso es ridículo!
La voz de Ama sonaba estridente y amarga, como el agudo sonido que se produce al agitar el tenedor con el plato. Aún no se había recuperado de lo que había pasado en los aposentos de Essit. Después de su marcha con las Neréidas lo habían buscado todo el día por el templo y las inmediaciones pero había sido inútil. Finalmente, a la puesta del sol, Ama había decidido reunir a los guías espirituales más importantes y a Nala y Sam para aclarar todo esto. En la reunión había sólo tres personas más a parte de ellos: Deb, el abad del templo de Tanlas y Fesi, el abad del templo de las profundidades.
—Sí, mi padre siempre tuvo una sensibilidad especial para la magia que nunca quiso desarrollar… De él creo haberla heredado —Nala parecía abatida, aún no podía creer que hubiese pasado algo así.
—¡No! Me niego a creer que el elegido de los dioses sea un mago —dijo Deb casi enfurecido.
La faz de Ama se contrajo en una mueca de ira. Estaba muy susceptible.
—Deb ¿Crees que te miento? ¡PUES NO! Yo con mis propios ojos he visto a Essit levantar barreras mágicas, hacer desaparecer una pared y usar un contrahechizo. Eso no es típico de ningún sacerdote ¿Y qué me dices de su condición? Cuando él llegó al poder todos sabíamos que era mentalista pero a nadie le preocupó. Pues quizás no lo sepáis pero los mentalistas son magos. Puedo asegurar que lo he visto hacer magia, pero…
—¡Entonces no puede ser el elegido de los dioses! —dijo interrumpiéndole.
—¡SILENCIO! —Gritó una voz autoritaria, que hizo palidecer de temor a ambos líderes espirituales, era la voz de Fesi, el príncipe de los sacerdotes en ausencia de Deb— Tres espíritus dejaron de lado a quien les había invocado para obedecerle a él ¿Creéis que Estela enviaría a alguien que no sabe quién es su enviado? ¡No! ¡Estoy harto de sacrilegios! Mago o no, Essit es el elegido, el enviado, la misión no la tengo clara y dudo que ni él la sepa, pero es así. Ocuparé su posición en su ausencia y luego, como heredero del poder de Estela será él quien lo retome. No quiero guerras, ni peleas, ni discusiones sin fundamento. Lo que ha pasado es la voluntad de una diosa.
Fesi era un neréido, tenía la piel de azul celeste y unas grandes orejas puntiagudas. Su pelo era de color verdáceo y sus ojos eran de un extraño color dorado. A pesar de su relativa avanzada edad —tenía 423 años; los neréidos solían vivir unos 750 años— tenía el aspecto de un hombre de unos 40 años, vestigio de la ascendencia élfica en los neréidos. Vestía una túnica blanca atada con una cuerda gruesa y marrón.
—¿Quieres decir que dejas el futuro de la religión en sus manos? —fue Sam quien habló.
Los líderes espirituales miraron hacia él. Nadie osaba cuestionar a Fesi, ni siquiera Essit, que acudía a él constantemente en busca de consejo.
—No va a ser el único mago que tenga el destino de la religión y el mundo en sus manos —dijo mirando a Nala.
—No lo entiendo —dijo Nala sin poder sostener la mirada del neréido.
—Pues harías bien en entenderlo Nala, pues tú debes buscar a tu padre.
Nala asintió, no se atrevía a decir que no.
—No le será difícil encontrarlo, irá dejando cuadros pintados por el camino —dijo irónicamente Ama.
—Los cuadros… —Fesi parecía pensativo— Sí… Es un buen comienzo… Debemos saber quién es la persona a la que dibuja.
—Yo creo que es un mago —dijo Ama.
Todos miraron a Nala.
—No he visto a ese chico en mi vida—respondió ésta.
—Yo sí.
Otra vez la voz de Sam fue una sorpresa para todos. Se volvieron inquisitivos hacia él esperando una explicación.
—En sueños… He tenido sueños en los que estaba en otro lugar, lejos del templo, en un lugar donde las viviendas eran gigantescas y el suelo era duro como la piedra y negro como el carbón. Un sitio donde la gente vestía de forma muy rara y donde algunos animales metálicos cantaban mientras caminaban por el duro suelo echando humo. He visto luces iluminarse en tres colores: rojo, verde y naranja; y he visto cajas que reproducían imágenes… Supongo que es debido a algún tipo raro de magia… Pero lo que si me desconcertó es que en el sueño cuando veía mi reflejo en un espejo o en cualquier sitio, yo era la persona que Essit dibuja.
—Eso es un tipo de magia que se llama psicorealidad. —dijo Nala.
—Cuéntanos más —exigió Fesi.
—Un mago puede introducir imágenes en la mente de alguien que está durmiendo. Aunque he leído que sólo se usaba para examinar a los estudiantes de magia. En las pruebas sueles tener imágenes inconexas o vagas ideas de qué hacer. Te las introducen por psicorealidad mientras duermes.
—O sea, que esa persona es un mago —dijo Ama.
—Pero no un mago común —la interrumpió Nala—. Esa magia solo puede hacerla funcionar un mago que tenga poder sobre la mente.
—¿Un mentalista? —Deb la observaba con desconfianza.
—Sí, un mentalista… Y un mentalista poderoso pues no sólo ha de introducirse en la mente de quien duerme sino modificar sus sueños y sabéis que los sueños son el reflejo de la mente: de lo que queremos, de lo que odiamos, de lo que tememos…
—Sólo había un mentalista en la torre y era Essit —dijo Ama abatida.
—Debemos encontrar a Essit rápidamente y conseguir que nos diga quién es ese chico. Nala, tú irás a buscar a tu padre junto con Sam.
—No me puedo creer que dejéis el futuro de la religión en manos de una hechicera —Sam estalló y Ama y Deb asintieron casi imperceptiblemente.
—Los magos no son seres impuros a pesar de lo que puedan decir gente más sabia que yo… Son simplemente arrogantes por creerse superiores, creen tener un poder superior. Así que ahora es el momento de demostrar sí merecen o no un trato especial… La verdad es, que desconfío más de ti que de ella, pero no tengo más remedio que enviarte a ti también pues si Essit ha sido quien modificó tus sueños es por alguna razón que se me escapa, por algo que te incumbe a ti…
Sam reflexionó acerca de esa nueva visión de los magos haciendo caso omiso de la parte que Fesi había dirigido a él; realmente él les odiaba por lo que sus superiores le habían dicho de ellos pero no les había visto nunca hacer nada malo. Es más, muchos de los magos ayudaban más a la gente que los sacerdotes y la mayoría de los magos sanadores daban su vida a ayudar. No, no podían ser seres demoníacos, sino, seres elegidos para algo, seres que cumplen una función… Sí, sabía que había arrogancia entre los magos, pero el poder corrompe y para comprobarlo había que remontarse sólo unas horas antes, cuando Essit, el príncipe de los sacerdotes, había huido del templo con tres espíritus neréidos. Los rasgos de Sam se ruborizaron por la vergüenza ya que mucho tiempo atrás había aprendido a escuchar a sus superiores y ahora actuaba como un novicio…
—Lo siento Nala, creo que he hablado por boca de otros y no por experiencia. Será un placer ayudarte a buscar al más importante guía espiritual de Pancás.

La noche había caído sobre Pancás y la suave brisa nocturna mecía suavemente las ramas de los árboles bañadas por la argéntea luz de la luna. En un bosque lejano a la torre de Darwin, era posible distinguir entre los troncos de los imponentes árboles una figura tumbada en el suelo. Era un adolescente de unos quince años, iba vestido con unos pantalones vaqueros y una camisa corta, se había tapado con una hoja gigantesca de unos los árboles que elevaban sus copas al cielo, como intentando acariciar las nubes. En el bosque reinaba la quietud y el silencio; y en contraste, el torpe aletear de tres aves de plumaje azul despertó a nuestro adolescente. El chico miró a su alrededor cómo intentando recordar dónde estaba pero no consiguió ubicarse.
—Es extraño estar en un mundo que no es el tuyo ¿verdad?
La voz le sobresaltó, no había hablado en su idioma pero lo había entendido perfectamente y la voz, extrañamente, le era conocida y desconocida a la vez.
—¿Quién está ahí? —dijo en inglés el chico.
—Nadie que vaya a hacerte daño… Es más, soy el único que ni siquiera puede hacerte daño —respondió el desconocido en la misma lengua.
—¿Dónde estoy? Y ¿Quién eres tú? —estaba nervioso y miraba hacia todos lados pero no conseguía ubicar al desconocido pues su voz sonaba detrás de todos los árboles.
—Estás en Pancás, has dejado atrás la tierra porque tienes algo que hacer aquí. La historia tiende a repetirse y como me pasó a mí en su día, te toca hoy a ti.
—¿Pancás? No he oído nunca hablar de un sitio así
—Y sin embargo entiendes la lengua de éste lugar ¿Por qué? —esta vez el desconocido habló en la lengua de Pancás.
—No lo sé. Dímelo tú.
Desde detrás de los árboles empezaron a salir personas iguales. Ancianos de barba y pelo blanco vestidos con una túnica blanca atada con una cuerda marrón y gruesa. Llevaban una capa gris.
—Necesitas respuestas y yo puedo dártelas —dijeron todos los ancianos a la vez.
—No sé si puedo fiarme de ti.
—He sido elegido para eso…
Hicieron un gesto y decenas de cuadros dibujados en carboncillo del chico en distintas posturas y en diferentes lugares aparecieron frente a él.
—¿Cómo es posible? —dijo el chico sin poder creérselo.
—Jim, es el deseo de los dioses y contra eso no se puede luchar —todos los ancianos desaparecieron menos uno, que le miraba sonriéndole.

La reunión de Nala y Sam con los líderes espirituales acababa de terminar cuando al salir de la sala de reuniones y al entrar a los aposentos de Essit para coger un cuadro y examinarlo, vieron sin poder creerlo como todos los cuadros desaparecían ante ellos.

—Vale, creo que merezco una explicación —dijo Jim asustado.
—Y la tendrás, pregunta y yo responderé.
Jim hizo un gesto, no sabía por dónde empezar. Al parecer estaba en otro mundo, lejos del suyo con alguien que creía conocer pero no sabía de qué, alguien que sabía su nombre y que era capaz de hacer portentos como multiplicarse y hacer desaparecer y aparecer objetos. Empezó por saber con quién estaba hablando.
—¿Quién eres? —dijo firmemente.
—Essit, príncipe de los sacerdotes, elegido de Quimero para guiarte en tu misión.
—¿Misión?
—Una misión que deberás llevar a cabo más adelante. Aún no tienes porque saber de qué se trata.
—Merezco saberlo.
—No.
Jim agitó la cabeza porque sabía que por mucho que lo intentase Essit no le diría nada que quería ocultarle, además se había dado cuenta de que las respuestas eran muy escuetas. Cambió de tema.
—¿Dónde estoy?
—En Pancás, un mundo muy diferente a la Tierra.
—¿Quieres decir que estoy en otro mundo?
—Sí.
—¿Cómo he llegado aquí?
—Eso es un misterio que sólo Quimero sabe.
Jim no conocía a Quimero así que decidió preguntar.
—¿Quién es Quimero?
—El Dios de la noche de Pancás. Aquí los dioses son reales y pueden demostrarlo.
A Jim no se le pasó por alto el tono de odio en que dijo la última frase.
—¿Por qué he sido yo el elegido por ese… Quimero?
—Porque tú has querido —además añadió con malicia—. ¿No lo recuerdas?
No. Jim no recordaba nada de su vida en la Tierra. Sólo recordaba que había vivido quince años allí con su familia, pero ni siquiera a ellos los recordaba. Lo que sí recordaba misteriosamente era cada palabra de la biblia.
—No, no lo recuerdo —intentó parecer frío e indiferente.
Jim le miró a los ojos y sintió un golpe. Como si algo se hubiese introducido en su mente a la fuerza dándole un empujón y controlando su ser.
—¿Qué pasa? —bramó asustado.
—Que tenía que asegurarme —respondió Essit.
—Si esperas que te ayude porque has venido aquí multiplicado y me has traído dibujos en los que aparezco yo la llevas clara… Porque no pienso ayudarte, creo que quieres utilizarme y no sé para qué. Adiós.

Jim se volvió pero frente a él volvía a estar Essit. Miró a su alrededor y comprobó que no se había movido.
—Te dejaré una cosa clara, niñato. No durarías diez minutos sólo en Pancás sin conocer un poco el mundo que te rodea. Y además hay gente que te busca, gente que quiere utilizarte y no puedo decirte para qué. ¿Quieres ir? ¡Ve! Pero cuando un licántropo te siga y tengas la certeza de que vas a morir acuérdate de mí. Yo habría podido salvarte.
—No me importa que me coma un hombre lobo. Mejor… así quizás vuelva a la tierra.
Jamás volverás a la tierra.
La última frase sonó en su cabeza. Essit ya no estaba allí. Quería correr pero no podía, estaba paralizado. Intentó gritar pidiendo ayuda y el hechizo paralizador ya no funcionaba, podía moverse. Pero ya no estaba en el bosque. Estaba en el templo de Darwin. Él no lo sabía.
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