La Boda, cap 6 Hentai

Publicado por carmen_miko en el blog El blog de carmen_miko. Vistas: 594

Cuando llegó al sitio donde estaban sus hombres, se encontraba ya de mejor humor. Éstos habían montado una tienda de tamaño suficiente para tres personas corpulentas y la habían cubierto con gruesas pieles que les había regalado gente amiga, mientras él buscaba a Kagome. La tienda había sido estratégicamente situada en el extremo más alejado del campamento, con la entrada hacia el bosque, para que su esposa tuviera la intimidad necesaria cuando despertara.
En un rincón de la tienda estaban los efectos que Kagome había dejado en el arroyo. Inuyasha agregó los zapatos y los calcetines.

Kagome dormía tan profundamente que ni se movió mientras él la desnudaba. Demasiado tarde advirtió Inuyasha que debería haber dejado que lo hiciera ella misma. Apenas desató el lazo que sujetaba su corpiño, la tela cayó a los lados, descubriendo buena parte de sus grandes pechos. Le resultó imposible mostrarse indiferente ante ellos. En el momento mismo de despertar, aquella mañana, había vuelto a desearla; ahora, el deseo le invadió. Luchó consigo mismo un buen rato; sin embargo, en la mitad de la noche, mientras la tormenta retumbaba afuera, ella gimió en sueños, se volvió y se echó encima de él. Inuyasha supo entonces que la guerra no había terminado. Ella no podía ser prudente ni aun dormida.

Su mano fue hasta los muslos de ella, y cuando ya estaba separándolos con la idea de penetrarla sin más, se dio cuenta de que aquello no podía ser y se detuvo.
La sacudió para despertarla, tratando de quitársela de encima antes de lastimarla. Kagome se sentó a su lado, evidentemente desorientada y sorprendida por el ruido que hacía la lluvia sobre las pieles, y susurró su nombre.

—Todo va bien, Kagome. Vuelve a dormirte —le dijo, con cierto enfado.

Lo lamentó enseguida, porque, maldita sea, acababa de darse cuenta de que no tenía ninguna disciplina. Ella no ayudaba mucho, es cierto. Su camisa se había deslizado por uno de los hombros y, que Dios se apiadara de él, tuvo que apelar a toda su fuerza de voluntad para no arrancársela violentamente. Cada vez que un relámpago desgarraba el cielo, la luz que se filtraba por la abertura de la tienda marcaba el contorno de su bello cuerpo.

Medio sentada como estaba, ella volvió a dormirse. Si no la hubiera estado mirando, no habría creído posible que alguien pudiera dormirse con tanta rapidez.

—Échate —ordenó, dándole un suave empujón.

Tenía que haber especificado más, pensó al momento, cuando ella volvió a echarse encima de él, golpeando su pecho con tanta fuerza que pensó que se había desmayado.

—Apártate.

Su voz ronca la despertó.

—No —susurró.

—¿No?

—No, gracias —corrigió—. Tengo frío. ¿No deberías intentar hacer algo?

Dios mío, incluso medio dormida seguía diciéndole lo que debía hacer.

—¿Qué quieres que haga?

—Abrázame.

Inuyasha sintió su temblor e inmediatamente hizo lo que ella le pedía.

—¿Te he despertado, Inuyasha?

—No

—¿Tienes frío?

—No.

Ella comenzó a acariciarle el pecho, esperando que la suave caricia lo calmara. Tal vez así le dijera por qué estaba tan quisquilloso.

—¿Qué haces?

—Quiero tranquilizarte.

Debía de estar burlándose de él. ¿Tranquilizarlo? Poco a poco iba consiguiendo que él perdiera completamente la cabeza, y él estaba casi seguro de que ella lo hacía a propósito.

—Deja de provocarme.

—¿Qué pasa? Eres huraño como un oso.

El no intentó señalar lo ridículo de su comparación, y en cambio trató de hacerle comprender lo que le sucedía.

—Quiero volver a estar dentro de ti. ¿Entiendes ahora por qué demonios debes apartarte de encima mío?

Ella no se movió.

—¿Puedo opinar yo a ese respecto?

—Sí.

—¿Quieres decir que si te dijera que no, respetarías mis deseos?

¿No acababa él de decir que eso era lo que haría?

—Si me dices que no, no te tocaré.

Ella empezó a tamborilear los dedos sobre su pecho. De inmediato Inuyasha los cubrió con su mano, para obligarla a detenerse.

—Debes aprender a ser prudente, Kagome.

Ella no hizo caso a su recomendación.

—En Inglaterra, las esposas no pueden negarse al deseo de sus esposos. Me lo dijo mi madre.

—Algunos hombres piensan como yo.

Estaba sorprendida. Súbitamente, sintió que él le había otorgado el maravilloso don del dominio de su propio cuerpo, y enseguida quiso más.

—Con respecto a otras cuestiones, ¿puedo entonces yo... ?

—No.

—¿Por qué no?

—No puedes negarte a obedecer una orden dada por tu señor.

Eso era exactamente lo que ella había hecho en más de una ocasión, y no había sufrido ninguna consecuencia desagradable por negarse a obedecer las órdenes de su señor, pero fue lo suficientemente inteligente para no recordárselo. Sin embargo, no pudo evitar intentar corregir el defectuoso razonamiento de Inuyasha.

—No me he casado con un señor. Me he casado con un hombre.

—Es lo mismo.

No, no era lo mismo, en absoluto. Bueno, ya sabía qué se esperaba de ella cuando estaban con otra gente, pero cuando se encontraban a solas, él era simplemente su marido. No creyó que fuera una buena idea seguir cuestionando sus convicciones en aquel momento, y decidió esperar hasta que él se encontrara de mejor humor.

—Si te dijera que sí, que me gustaría que volvieras a tocarme, ¿todo terminaría de la misma manera? ¿Te apartarías de mí sin decir una palabra ?

—Por supuesto —replicó él.

—Entonces ni hablar.

Él quedó aturdido por su negativa, sin atinar a descubrir por qué razón su elogio le había sentado tan mal.
Ella se apartó de él, cerró los ojos y rezó una plegaria, rogando paciencia.

Inuyasha se puso encima de ella, cuidando de sostener su peso sobre sus brazos, luego la miró fijamente.

—Te dije que no estaba decepcionado.

—Sin embargo, estabas enfadado, ¿no es verdad?

Sí, se había enfadado, aunque no con ella. Su furia se había dirigido contra sí mismo y, bien pensado, era un enfado útil, ya que lo protegía contra su propia vulnerabilidad. Ella había osado tocar su corazón, y por Dios que aún no sabía cómo le había permitido que lo hiciera. Maldita sea, ella ni siquiera le gustaba.

Inuyasha no perdió el tiempo reconociendo su propia mentira; dejó escapar un gruñido de frustración. Entonces, decidió que, en vista de que ya no era posible deshacer lo que estaba hecho, en tanto fuera él quien estuviera al mando de la situación en el futuro, se daría por satisfecho.

—¿Piensas contestarme alguna vez ?

Inuyasha se recostó, comenzó a acariciarle el lóbulo de la oreja y se sintió arrogantemente complacido por la respuesta de Kagome a esa caricia.

—No recuerdo la pregunta —dijo.

Kagome no podía creer que él tratara sus preocupaciones con tanta ligereza. Repitió la pregunta, agregando un suave codazo para atraer su atención.

—No estaba enfadado contigo.

Estaba claro que ella no le creía. Sin duda su esposa necesitaba más elogios por su forma de actuar, supuso. No estaba seguro de lo que debía decir para hacerla feliz. Él había quedado satisfecho. y muy complacido, tuvo que admitir. Con toda seguridad, ella tenía que haberse dado cuenta de que él no se habría apartado nunca hasta que ambos alcanzaran satisfacción. No obstante, no estaba acostumbrado a explicar nada a nadie, y quizá fuera ésa la razón de que no supiera hacerlo, razonó. Sin embargo, era necesario que dijera algo en aquel momento, de manera que intentó resumir sus sensaciones en una sola palabra que la convenciera totalmente que había demostrado ser satisfactoria.

—Agotado.

—¿Cómo dices?

—Que quedé agotado.

Como estaban muy juntos, él había sido considerado y había hablado en voz baja. Su esposa no tuvo tanta consideración. Gritó su desagrado en la oreja de Inuyasha.

—¡Eres el hombre más testarudo, insensible y bárbaro...!

Él le tapó la boca con la mano antes de que pudiera terminar su diatriba. Kagome habría podido soltar cien epítetos más si él hubiera guardado silencio; pero de pronto Inuyasha interrumpió su concentración haciendo la más sorprendente de las preguntas y ella se vio obligada a pensar una respuesta que humillara su orgullo al menos durante un mes.

—¿Quieres que te haga el amor otra vez? —preguntó Inuyasha, quitándole la mano de la boca.

—Cuando el infierno se congele. —Kagome no gritaba ya, pero su tono era aún muy alto, de modo que podía llegar a los oídos de sus hombres.

—No vuelvas a gritarme. ¿Comprendido?

—Sí —respondió ella.

—Mi oído ya no volverá a ser el mismo.

—Lo siento. Lo que dijiste me sorprendió tanto que yo... ¿Agotado, Inuyasha? ¿Es así como pretendes darme confianza?

—Era un cumplido. Es evidente que he quedado satisfecho contigo, de otro modo no habría quedado agotado. Soy hombre de pocas palabras, Kagome.

—Ya me he dado cuenta.

Él se concentró en el gratificante placer de besarla.

—No suelo sentirme insegura —susurró ella—. Pero para mí era la primera vez.

—Ya lo he notado.

Él la besó a lo largo del cuello.

—¿Por qué haces eso?

—Me gusta tu sabor.

Kagome se movió, para permitirle acceder a su hombro.

—¿Qué sabor tengo?

—A miel.

Inuyasha pudo oír el suspiro de Brenna en la oscuridad. Habría sido fácil para él tomarla por sorpresa, pero jamás haría una cosa tan poco honorable. Kagome debía darle su permiso, y si no lo hacía pronto, tendría que apartarse de ella mientras aún pudiera controlarse un poco.

—¿Sabes en qué pienso?

—No, pero vas a decírmelo, ¿no?

—No quiero que tú… bueno, no importa. Quiero decir que… —No pudo continuar, porque Inuyasha había llegado hasta el valle entre sus pechos, distrayéndola por completo.

—Eres suave por todas partes. Haces que arda en deseos de poseerte.

Ella pensó que sus palabras eran maravillosamente románticas. Para ser un hombre de pocas palabras, se las arreglaba muy bien para expresar lo que ella ansiaba escuchar.

—¿Hay algo en mí que no te agrade? —preguntó.

—Bueno, sí —susurró él—. Hablas demasiado.

—Me haces perder la cabeza con tus floridas palabras, esposo mío. Hazme el amor, ahora.

—Te haré daño.

Sin embargo, no parecía estar demasiado preocupado por su malestar, ya que le había bajado la camisa hasta las caderas. Se detuvo un instante para besar sus rodillas antes de terminar de desnudarla.

Las manos de Inuyasha parecían estar en todas partes a la vez. Acariciaba sus piernas, sus muslos, sus caderas, sus pechos. Eran caricias enloquecedoras, que hicieron que anhelara más. Quiso acariciarlo con la misma consideración que él tenía con ella, y estaba a punto de pedirle que la soltara cuando se le quedó la mente en blanco al inclinarse él y besarle los senos. La lengua de Inuyasha se detuvo en un pezón, y Kagome sintió que podía morir con aquel exquisito tormento, y entonces él comenzó a succionar. Kagome apretó muy fuerte los ojos y de sus labios salió un sonido parecido a un gemido.

Su vientre era igualmente sensible a las caricias; Inuyasha no se detuvo con sus enloquecedores besos. Ella no imaginaba qué sucedería después, hasta que lo sintió en el pubis. Apretó los muslos intentando evitar que llegara más lejos. Él los separó a la fuerza e hizo lo que quería hacer, entonces ella se sintió transportada por el torbellino de éxtasis que provocaba esa lengua mientras la exploraba; ya no era capaz de mostrar sorpresa alguna.

Inuyasha le hizo el amor de maneras que nunca, nunca había imaginado. Kagome no podía parar de arquearse contra él. Levantó las rodillas y gritó al sentir la tensión que crecía en ella.

Inuyasha no pudo esperar más para penetrarla. Se arrodilló entre sus piernas, alzó sus caderas y entró en ella con una única y poderosa embestida. Tenía la intención de ser tierno con ella pero, maldita sea, el dominio de sí mismo lo había abandonado una vez más y ya no le fueposible recuperarlo. Deseaba que aquello durara toda la noche. Tampoco ella le permitió moderar su urgencia. Lo animó a continuar con dulces gritos y besos apasionados. Inuyasha ya no sabía si lo que provocaba en ella era dolor o placer. El orgasmo de Kagome desencadenó el suyo, y una vez que él hubo derramado su semen, las fuerzas lo abandonaron y se desplomó sobre ella.

Kagome se encontraba en las mismas condiciones. Su respiración era agitada, el corazón le retumbaba dentro del pecho y temblaba descontroladamente. Necesitó varios minutos para recuperar su respiración normal y volver a pensar, pero entonces casi deseó no haberlo conseguido. Pensar implicaba preocuparse, y, santo Dios, ¿cómo podría volver a mirarle a la cara después de haberle rogado que siguiera haciéndole el amor?

Había actuado como un animal en celo. De pronto ansió una palabra que la tranquilizara, antes de que su confusión se convirtiera en vergüenza. No pensaba rogarle ni exigirle que la convenciera de que lo que acababan de hacer estaba bien, tampoco quería que él supiera que se sentía confundida. Él podía decir algo para tranquilizarla, cosas que no creyera en realidad. No, debía tomarlo por sorpresa, decidió, sorprenderlo con la guardia baja.

—¿Inuyasha? —preguntó con voz temblorosa—. Entonces, ¿estás muerto?

Sintió que él sonreía con la boca pegada a su cuello.

—No.

—¿Crees que me has hecho daño?

Ella misma se sorprendió de haber hecho una pregunta tan estúpida. Lo que quería decirle, precisamente, era que no le había hecho ningún daño.

El pensó que ella aún no se había recuperado del reciente momento de amor. Su orgullo se sintió plenamente satisfecho, naturalmente; después de todo él era el responsable de su estado.

El calor del cuerpo de Inuyasha le estaba causando somnolencia. No quería quedarse dormida antes de calmar su desconcierto; sólo iba a cerrar brevemente los ojos para poder concentrarse.

—¿Sabes qué es lo que acaba de ocurrir? —preguntó él.

Ella sonrió, sabiendo que con toda seguridad él le iba a ofrecer la tranquilidad que necesitaba. Tenía que haber imaginado lo que le esperaba.

—El infierno acaba de congelarse.





espero q os guste^^xD
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  • Marioly
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