La Boda, cap 5 Hentai

Publicado por carmen_miko en el blog El blog de carmen_miko. Vistas: 482

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—Aquí está bien —aseguró ella.

El apartado sitio que ella había elegido era un Iugar llano y estrecho, entre dos pinos. Apenas habla lugar suficiente para darse la vuelta. A Kagome pareció gustarle, sin embargo, e Inuyasha permitió que ella se saliera con la suya aquella vez, que iba a ser la última, se dijo. De pie detrás de ella, se quitó las botas, mientras procuraba no perder el control.

Kagome desplegó la manta sobre la hierba y, a pesar de que él supuso que se demoraría eternamente en la tarea, le sorprendió realizándola con gran rapidez.
Cuando terminó, se quitó las zapatillas y se enderezó, mirándolo cara a cara. Se acercó un poco más, hasta que las puntas de sus pies rozaron los de él, conteniendo el aliento, a la espera de que la tocara.

Él no se movió. Entre ambos aumentaba la tensión, y la ansiedad de ella crecía mientras contemplaba los ojos oscuros e inescrutables de Inuyasha, buscando la primera señal de disgusto. Señor, no pudo quedarse en silencio mucho tiempo.

—Había pensado en dejarme las ropas puestas.

Él negó sacudiendo lentamente la cabeza.

—Pero después pensé que era mejor que me las quitara —se apresuró a decir en un susurro.

Pero él continuó esperando. Kagome se dijo que, ya que había tomado una decisión, le correspondía a ella mantener su palabra. Sus manos temblaban al quitarse el cinturón. El tartán de lana con el que él la había abrigado se deslizó de su cuerpo hasta caer al suelo.

Pensó en moverse hacia donde había estado antes de quitarse la túnica, allí donde las ramas de los árboles impedían que llegara la luz de la luna, y así ocultar su desnudez, pero luego decidió dejar de portarse como una cobarde.

¿Debía decir a Inuyasha que estaba desnuda debajo de su camisón? No, se dijo, ya lo descubriría él mismo, y muy pronto. Su corazón seguía latiendo locamente, pero la ansiedad había disminuido —porque él no la atacaba, pensó—; supo que Inuyasha no le haría daño adrede. No podía comprender por qué tenía esa sensación, pero así era, y sus manos dejaron de temblar un poco.

Sintió que lo que le sucedía estaba exclusivamente en sus manos, y eso modificó toda la situación.

Miró a Inuyasha seriamente, mientras reunía coraje y se quitaba lentamente el camisón. En ningún momento apartó su mirada de la de él, siempre buscando una señal de descontento a causa de la terrible imperfección de su cuerpo. Tenía plena conciencia de sus defectos. Sus pechos eran demasiado grandes, las caderas demasiado estrechas y las piernas demasiado largas en relación al resto de su cuerpo. Sabía que él lo notaría, y si le veía fruncir el entrecejo por el disgusto, cerraría los ojos y se moriría de vergüenza.

Inuyasha se quedó contemplándola largamente. Su mirada se detuvo en los labios entreabiertos de la joven, sus pechos plenos, la estrechez de su cintura, los rizos azabaches que cubrían su virginidad, sus largas piernas; mientras lo hacía, hasta se olvidó de respirar. Dios santo, no había esperado tal belleza. Estaba absolutamente encandilado, porque no imaginaba que fuera posible que existiera una mujer semejante, y de no haber sido un hombre práctico como era, habría pensado que ella no era una inglesa, sino una diosa enviada por la providencia como recompensa por la venganza que había procurado realizar en el sagrado nombre de su padre.

Ardía en deseos de tomarla en sus brazos y penetrarla profundamente. Sin embargo, no cedió a las demandas de su cuerpo; permaneció donde estaba, dejando que ella tomara la iniciativa. Por alguna razon que no comprendía, a ella se le había metido entre ceja y ceja ser la que tomara las decisiones esa noche.

Había llegado a esa sorprendente conclusión cuando había vacilado al responderle si debía quItarse la ropa o no, y ella había procedido de inmediato. Había sacudido la cabeza para indicarle que a él no le importaba qué decisión iba a tomar ella con respecto a sus ropas, pero antes de poder explicarle qué era exactamente lo que quería que hiciera, Kagome cambió de opinión.

Y así él consiguió exactamente lo que quería.

El rubor que cubría el rostro de Kagome reflejaba su incomodidad. Trataba de parecer desafiante y no asustada, pero estaba preocupada. El podía verlo en sus ojos, en su postura rígida y en sus manos, que se abrían y cerraban a los costados. Ah, sí, era absolutamente perfecta.

Ella debía creer que en aquel momento iba a agredirla, pero al ver que no se acercaba, comenzó a relajarse.
¿Por qué no se quitaba Inuyasha las ropas? El asunto le preocupó un buen rato antes de decidirse a ofrecerle su ayuda.

—Había pensado que tú también podrías quitarte la ropa, pero me pareció que tal vez querrías que te ayudara. En Inglaterra, las esposas ayudan a sus esposos a desnudarse.

Era obvio que se lo estaba inventando a medida que hablaba. Si ello contribuía a aliviar su temor, a él le parecía bien.

—¿Quieres que te quite la ropa, Inuyasha?

El pensó en responderle, pero inmediatamente supuso que lo que había funcionado bien una vez, volvería a hacerlo, de manera que se limitó a asentir con la cabeza.
Ella volvió a respirar profundamente, sin duda preparándose para lo que creía que iba a encontrar, antes de reunir el coraje suficiente para cogerlo del cinturón. Las puntas de sus pies, ligeras como alas de mariposa, rozaron las de él, y cuando el nudo estuvo desatado y su tartán comenzó a caer al suelo, dio un rápido paso hacia atrás.

El no llevaba ropa interior. Kagome lo advirtió de inmediato —que Dios la ayudara por haber sido tan tonta para mirar—, y concentró toda su atención en la barbilla de Inuyasha hasta volver a recuperar la calma. Sólo había echado un vistazo más abajo de la cintura antes de apartar la mirada. Sin embargo, aquello bastaba para que sintiera deseos de volver corriendo a Inglaterra.

—Inuyasha, ¿estás seguro de que esto funcionará?

La evidente confusión de su voz le hizo gracia. Dios, era muy inocente. Y joven.
El la atrajo suavemente hacia sí y la estrechó contra su cuerpo. Apoyó su cabeza sobre la de ella.

—Sí —prometió.

Quedó un poco sorprendido al ver que podía hablar. El contacto con los tiernos pechos de Kagome contra su torso ocupaba toda su atención, y por Dios que comenzaba a creer que la intolerable espera había valido la pena.
Ya no podía esperar más. Ni su cuerpo ni su mente permitirían que no satisficiera sus urgencias.

Inuyasha había esperado volver a sorprenderse, y así fue, ya que cuando la convenció de que dejara de ocultar el rostro hundiéndolo en su cuello, y de que levantara la cabeza hacia él, ella dejó que la besara. Por supuesto, no sabía hacerlo. Mantenía los labios fuertemente apretados contra los de él, pero al sentir la suave presión que ejercía , Inuyasha comenzó a relajarse. Entonces, él le dijo lo que quería que hiciera. Ella no discutió, sólo le dirigió una mirada que indicaba claramente que, en su opinión, él estaba loco de remate si pretencía que ella hiciera algo semejante, pero él volvió a repetir su petición y finalmente Kagome abrió la boca.

Entonces pudo besarla como él había soñado desde que la viera por primera vez. Movió la lengua dentro de la suave calidez de la boca de la joven, para acariciarla y explorar. Era mucho, mucho mejor de lo que había imaginado. Dios, cómo le gustó besarla de esa manera.

A ella también le gustó. Pasó sus brazos en torno al cuello de Inuyasha y comenzó a acariciarlo, primero tímidamente, luego cada vez con mayor audacia, hasta que pareció estar tan ansiosa como él por seguir experimentando ese erótico placer.
Finalmente, comenzó a gemir suavemente y a frotarse, impaciente, contra el cuerpo de él.

Para Inuyasha aquello fue la perdición. Quiso tomarla allí mismo, en ese instante, y tuvo que contenerse con todas sus fuerzas para poder controlar su respuesta. La asustaría mortalmente si la penetraba sin más, y le haría un daño innecesario, porque ella aún no estaba lista para recibirlo. Ya haría que lo estuviera, se prometió, aunque la agonía de demorar el momento acabara con él.

Comenzó a actuar con deliberada lentitud. Continuó con el tierno acoso a los sentidos de Kagome, decidido a hacer que le resultara imposible pensar en lo que iba a pasar a continuación. Sólo cuando cediera a las exigencias que comenzaban a surgir en su propio cuerpo estaría preparada para dar la bienvenida a su intrusión sin demasiados problemas. Trató de abrumarla, de inundar sus sentidos con sus caricias, hasta que propia desesperación por estar dentro de ella arrasó toda consideración. Su control se esfumó con cada beso compartido y cada gemido que ella emitía.

Había llegado a un estado de febril enajenación. No le dio tiempo a protestar, la mantuvo ocupada con sus besos mientras la alzaba en sus brazos y se encaminaba hacia la manta. Trató de ser dulce con ella, o al menos creyó serIo, e incluso recordó sostener su propio peso apoyándose sobre los brazos, para no aplastarla cuando la cubriera con su cuerpo. Cuando lo hizo, lo asaltó su perfume y ¡por Dios, qué bien olía y qué bien se sentía con ella en sus brazos! Hundió el rostro en el cuello de Kagome, inhalando su maravilloso aroma, y dejó escapar un ronco gemido de éxtasis.

Ella estaba conmocionada por lo que le estaba ocurriendo. Había supuesto que para entonces ya todo habría acabado, y que estaría terriblemente dolorida. No había esperado que le gustara, ni sentir aquellos anhelos tan intensos que recorrían todo su cuerpo. Y todavía deseaba tener más de él, ¿cómo era posible? No sabía si ella le estaba complaciendo —esperaba que sí—, y quería preguntarle qué deseaba que hiciera, para que él pudiera estremecerse con sus caricias como ella se estremecía con las de Inuyasha.

Cuando el cuerpo de Inuyasha se apoyó sobre el de ella, pensar se convirtió en algo demasiado complicado. Él susurraba palabras ardientes y sensuales a su oído, y eso sólo logró ahondar el profundo anhelo que la consumía.

Las manos de él parecían estar en todas partes a la vez. Kagome pensó que no debía permitir que tocara sus senos, a pesar de que se arqueó contra él, exigiendo más, y más, y más.

Tató de detenerlo cuando puso las manos entre sus muslos, pero él no aceptó ningún rechazo. Era demasiado tarde para eso. Inuyasha necesitaba saber si ella estaba dispuesta a acogerlo dentro de su cuerpo. Que Dios lo ayudara si no era así, y tan pronto sintió en su mano la húmeda abertura que tanto deseaba invadir, las urgencias de su propio cuerpo se hicieron cargo de la situación.

Procuró que la penetración fuera lo más rápida posible. Se movió entre los muslos de Kagome y empujó profundamente, con una poderosa embestida. Ella lanzó un grito de agonía, grito que resonó entre los pinos. Sólo cuando quedó completamente hundido dentro de su estrechez hizo un esfuerzo para detenerse y así darle tiempo a superar el dolor. No pudo evitar un gruñido de viril satisfacción, ¿o fue un grito? Estaba demasiado extasiado por ella, y no sabía exactamente lo que hacía. Sólo era capaz de sentir y, santo Dios, esto debía de ser el cielo, tan perfecta era cada una de las sensaciones. Y nuevas. Por primera vez desde que había comenzado a llevar mujeres a su cama estaba totalmente consumido por la pasión.

Inuyasha finalmente se dio cuenta de que ella estaba llorando. Instantáneamente se interrumpió, y trató de tranquilizarla.

—Se te va a pasar. Pronto pasará el dolor.

—¿Cómo lo sabes?

—Lo sé.

Parecía estar completamente seguro. Decidió creerle, reconociendo que en aquel instante el padecimiento ya no era tan intenso. Todavía no le gustaba demasiado, y esperaba que pronto terminara todo. Estaba a punto de pedirle que se diera prisa, por favor, pero entonces él volvió a besarla y de repente sólo le interesó besarlo y no hablar.

El siguió acariciándola y besándola hasta que sintió que ella aflojaba la presión con la que se aferraba a él.

Inuyasha comenzó a moverse, al principio lentamente, deseando ser capaz de detenerse si ella así lo requería, aunque eso lo matara. Sin embargo, en lugar de luchar con él o realizar súplicas imposibles, Kagome le rodeó el cuello con sus brazos.

Sin embargo, él quería algo más que su mera aceptación; había podido comprobar su pasión antes de penetrarla y anhelaba volver a sentirla. Entre beso y beso le susurró sensuales promesas y elogios, la mayoría de los cuales carecían completamente de sentido, pero ella pareció no darse cuenta, ni importarle. La paciencia de Inuyasha fue gloriosamente recompensada cuando ella comenzó a moverse con él.

Inuyasha se irguió a medias, apoyándose en los brazos, y la miró a los ojos. Vio lágrimas en ellos, aunque también pasión, ¿o se equivocaba? Dios, esperaba que no. No quería hacerle más daño, prometiéndose una vez más terminar lo antes posible con una única embestida para dejar en ella su simiente si el dolor persistía, aunque se preguntaba cómo podría reunir la disciplina necesaria para dejarla en ese momento.

—¿Quieres que pare? —preguntó ronco por la excitación.

Parecía enfadado. Kagome lo miró a la cara y vio que tenía las mandíbulas apretadas. Gotas de sudor cubrían su frente. ¿Habría hecho algo mal? Apenas podía pensar en ese instante; el dolor dentro de ella era intenso, aunque sorprendentemente agradable. Se movió debajo de él, levantó un poco las rodillas para permitirle entrar más en ella, y sintió una especie de estallido que estaba mucho más allá de ser simplemente agradable. No pudo evitar moverse una vez más.

Él dejó escapar un sordo gemido.

—¿Te has enfadado? —susurró Kagome.

Él negó con la cabeza antes de repetirle la pregunta.

—¿Quieres que pare?

—No —respondió ella.

Él comenzó a retirarse con lentitud, sonriendo para sus adentros al notar que ella, instintivamente, apretaba las piernas en torno a él para mantenerlo en su interior, y luego empujó nuevamente hacia delante, sin dejar de mirarla atentamente en busca de la primera señal de dolor.

Kagome cerró los ojos, lanzó un dulce gemido, y le ordenó volver a hacer lo mismo una vez más.

Era todo el estímulo que necesitaba. Siguió moviéndose, cada vez con más ímpetu, adorando la forma en que ella se abrazaba a él y los sonidos de gozo que salían de su garganta.

Todavía creía controlar la situación. Sabía exactamente qué le ocurriría a ella: pronto le concedería todo, cuerpo, mente y corazón. El orgasmo la arrebataría y, cuando esto sucediera, él derramaría su simiente.

Estaría plenamente cumplido, por supuesto. Y satisfecho. Como siempre lo había estado.

Continuó con su ritmo hasta que ella comenzó a retorcerse entre sus brazos, arqueando enérgicamente las caderas para obligarlo a apresurarse, y entonces él se volvió más y más apremiante.

Kagome le transmitió su enorme gozo clavándole las uñas en la espalda, y gritando de placer.

—¡Oh, Dios!

—No, muchacha. Inuyasha.

Ella no entendió lo que él decía porque las ardientes sensaciones que la inundaban eran demasiado maravillosas; quiso decírselo, pero en lugar de ello gritó, pidiendo más y más.

Su deseo aumentó el de él. De pronto, ella se convirtió en agresora, acariciándolo y recorriendo su cuerpo como nadie lo había hecho nunca.

Lo atrajo hacia ella, en un prolongado y húmedo beso, abriendo la boca con avidez para apresar la de él, salvajemente, obligándolo, con su respuesta sin inhibiciones, a dárselo todo, y él se sintió impotente para detener lo que le estaba ocurriendo. La pasión de Kagome inflamó la suya y provocó su entrega absoluta, incluso de aquella parte de sí que nunca había dado.

Las palabras estuvieron de más. Embistió con fuerza dentro del cuerpo de ella, una y otra vez, con movimientos ya descontrolados, porque estaba desbordado por ella y, con un último esfuerzo, derramó su simiente dentro del cuerpo de la mujer, gritando su nombre sin cesar, rindiéndose ante su amor. En ese preciso momento, cuando los corazones de ambos parecían latir al unísono y sus almas parecían gemelas, ella encontró su propia satisfacción.

Se aferró a su marido como si la vida le fuera en ello, aterrada por lo que le ocurría, y entonces le oyó decir su nombre, sintió su repentina rigidez, y dejó de luchar contra su propia rendición. La atravesaron sucesivas oleadas de espasmos, mientras Inuyasha seguía allí, abrazándola con fuerza, diciéndole que todo estaba bien y repitiendo su nombre.

Su orgasmo pareció durar una eternidad, aunque en realidad terminó demasiado pronto. Sollozando quedamente, apoyada en el hombro de él, por lo maravillosa que había sido la experiencia, se sintió exhausta y muy orgullosa de sí misma.
Fueron necesarios varios minutos y un prolongado suspiro para que dejara de temblar. Inuyasha, advirtió, estaba respirando profunda y estremecidamente. La experiencia había sido mucho más exigente para él que para ella, pensó antes de darse cuenta de que ella también jadeaba.

Él la sujetó entre sus brazos hasta que comenzó a relajarse y dejó caer ambas piernas a los costados. Luego, intentó apartarse de ella poniéndose de lado. Ella no le permitió separarse. Inuyasha quería desprenderse de sus brazos, levantarse; necesitaba estar solo un momento para descubrir qué acababa de ocurrirle, pero entonces notó las lágrimas de ella sobre la piel, y decidió aguardar un poco.

Le había hecho daño. Ella era virgen, y resultaba inevitable que tuviera dificultades para recibirlo por primera vez, pero después de pasar lo peor, ¿había continuado lastimándola? Demonios, había sido impetuoso. Tenía que haber mantenido el control, y de no haberse mostrado ella tan cálida y dispuesta, lo habría conseguido. ¿Qué era lo que esperaba Kagome? Se había entregado a él en cuerpo y alma.

Había estado perfecta. De pronto, Inuyasha se dio cuenta de lo que estaba haciendo y tuvo que sacudir la cabeza para apartar esos pensamientos. ¿Qué le estaba pasando? Trataba de echarle a ella la culpa por haber olvidado su disciplina, y al mismo tiempo reclamaba que le fuera devuelto su corazón, cuando había entregado ambas cosas gozosamente.

Realmente, necesitaba tiempo para recuperarse. Sin embargo, ella no parecía dispuesta a dejarlo ir, de manera que decidió esperar hasta el día siguiente para intentar comprenderlo todo. Quizá para entonces habría recobrado un poco su control. También ella había conseguido eso. No cabía sorprenderse de que se sintiera tan vulnerable y, aunque la sensación no era desagradable, no sabía cómo calificarla. Sus fuerzas le habían abandonado, y de pronto se sintió demasiado extenuado para pensar en nada importante. Aspiró el maravilloso aroma femenino, descubrió que se había mezclado con el suyo, y notó que, si no se esforzaba por dormirse enseguida, volvería a animarse y la lastimaría una vez más.

Ella no quería dormir aún. Deseaba escuchar algún tierno comentario de él, para saber si le había complacido. Necesitaba su confirmación, y sólo cuando oyó que su respiración se volvía profunda y regular se dio cuenta de que no la tendría.
No quiso darse por vencida. El orgullo que había sentido apenas unos minutos antes se estaba esfumando con rapidez, pero ella, maldita sea, deseaba seguir disfrutando de la maravillosa sensación de lo que había ocurrido, no quería sufrir.

¿No comprendía él que necesitaba la aprobación y el aliento que le dieran la confirmación que reclamaba?
No, desde luego, no lo sabía. Aquel oso sin sentimientos ni siquiera sabía qué era eso del consuelo y el apoyo.

Decidió darle una última oportunidad para redimirse, y lo llamó, dándole un golpecito en el hombro. Ya había decidido que, tan pronto como él abriera los ojos, le preguntaría directamente si había quedado tan complacido con ella como ella con él. Él le respondería que sí, naturalmente, y quedaría contenta.

Inuyasha no abrió los ojos pero se movió. Se volvió del otro lado, dándole la espalda.

Kagome vio entonces las heridas que le había causado, y creyó que su corazón dejaba de latir en ese mismo instante. Los anchos hombros y la espalda de Inuyasha estaban atravesados por brillantes marcas rojas. No había llegado a hacerle sangre con sus uñas, pero las marcas eran tan profundas que pasaría un tiempo antes de que desaparecieran.

¿Cómo podía haber hecho una cosa así? Se había portado como un animal salvaje, y no como una dama de buena cuna. No le sorprendía que Inuyasha prefiriera ignorarla. Seguramente había quedado decepcionado. La verdad es que no lo culpaba.

No sabía cómo podría volver a mirarlo a la cara. Por supuesto, tendría que hacerlo, si no se moría de vergüenza antes de que llegara la mañana.





bueno aqui esta para los q no la tienen^^
  • Marioly
  • lady night
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