La Afrenta de Sir Duckwhite de Cuemanco

Publicado por CENTSOARER en el blog Un blog que se actualiza con cierta regularidad. Vistas: 136

El destino del póster del 6o Festival Nacional de Títeres "Mireya Cueto" que en ese momento traía cargando en sus manos Carlos, para regalármelo, estaba cantado: llegaría a mi casa, lo desenrollaría y buscaría un buen lugar para colocarlo y que luciera en todo su esplendor (de poster, qué mas podría dar), probablemente estaría a un lado del poster del mismo festival, año anterior. Todo esto sin salirme del contexto estereotípico de la funcionalidad de las cosas; empero el día se nubló.

Entre chinampas con desventura pluvial y fatídica jornada peatonal, su servidor se dispuso a tomar fotografías de la vegetación de las tierras húmedas de Cuemanco. Se acabaron las baterías de la cámara y a cada momento me sonaba el celular con alguien tratando de localizarme, quizá me sentía más importante en ese momento de lo que creí ser en todo el fin de semana.

Cuando llegamos a una de las lagunas más grandes del humedal quisimos echar a andar otra vez la cámara y tomarle una foto a un pato con pico azul que nadaba por ahí, el pato no opuso resistencia y es que tenía su territorio asegurado con el agua entre él y nosotros. La cámara funcionó, pero los fotógrafos no. Más adelante, en el mismo lago, nos sentimos realmente afectados por la territorialidad que estaba en juego, había un par de parejas fajando de lo lindo tirados a la orilla del lago, con vistas perdidas se cuidaban de que no nos acercáramos demasiado. Pagamos tres pesos, así que teníamos derecho de pasar por donde nos viniera en gana y así fue, reunimos valor e invadimos su espacio público-íntimo. Después de tal demostración de gallardía, nada podía detenernos.

No fue valentía, queridos lectores, lo que nos llevó a posar los dos pies para encuclillarnos cerca de unos tules de agua, pero aún fuera del lago, en tierra. Fue tierno, ¡oh, sí! Un pollo de pato dando sus primeras pataleadas en el agua, no podíamos dejarlo pasar, batallando mucho pero yendo de aquí allá feliz, con sus plumas inmaduras fáciles de mojarse demasiado como para hundirse en el agua. Nos alcanzó el tiempo para tomarle un par de fotos muy buenas. Sin embargo.

(Suena la campana de boxeo, el noble baja el pañuelo, el clarín toca, el cuerno de guerra llama, el imbécil digitalizado de Street Fighter grita "FIGHT!")

Se aparece un pato blanco enojado y de un buen ver atlético a unos cuántos metros y mis fieles compañeros dejan de ser fieles en la desventura: salen corriendo, uno a la derecha y otro a la izquierda. Me quedo varado entre las incertidumbres del instinto y de la razón, la adrenalina sube y se dispara en el torrente sanguíneo haciéndome reaccionar instintivamente mientras el cerebro hace lo suyo. El pato blanco rebozante de energía está en desventaja, eso lo sé yo y lo he demostrado antes, pensaba, además, puedo hacerle frente con este póster. Le muestro mi rudimentaria arma mientras él no duda, sin duda es una criatura valiente, por cierto que en circunstancias de aliados sería un valioso respaldo, pero no, pensaba, nada de eso es cierto en este momento, en este momento sólo puedo enfrentarlo. Ya con decisión o con la emoción que el combate genera en los valientes la batalla, como sea, corrió hacia mí con su aguzado pico en busca de alguna de mis piernas: todo buen guerrero sabe que para luchar hay que mantenerse en pie, y que por lo tanto ese es un buen lugar para atacar y que siempre está al descubierto; no obstante, reaccioné a tiempo bajando mi hueca arma y haciéndola chocar con su pico, en el instante que le tomó darse cuenta de que su ataque había fracasado y la contraofensiva que su servidor había echado a andar, el pato no pudo hacer más que recibir el golpe que lo llevaría a la lona, justo en lo que nosotros llamaríamos la nuca. Imaginen ustedes el estruendo del golpe, hagan la prueba y enrollen un póster, luego golpeen con él la cabeza de alguno de sus subordinados, se produce un ruido hueco, vibrátil y resonante. Levanté mi póster y pensé que todo había terminado en una simple y magistral demostración de defensa y contrataque, pero la rabiosa y firme ave se levantó, aunque desorientada para tratar de embestir de nuevo. Esta vez yo no la esperaba, estaba mofándome junto con mis amigos ya repuestos, del ridiculo intento de ese ser inferior tratando de enfrentarme, tiró el picotazo pero su desorientación lo hizo fallar y me puso en guardia. Esta vez sólo desvié su largo cuello hasta que lo llevé guiado estrepitosamente al suelo... una, dos, tres veces le repetí la dosis hasta que comprobó que no tenía caso su lucha. Como todo valiente guerrero se retiró; no hay deshonra en una rendición con honor, pensé, mientras el pato huía del lugar con su simpática manera de caminar.

Según yo, traté al pato como se lo merecía, pero sin abusar de su integridad física. Estoy seguro que sigue volando por los cielos, nadando, o caminando simpáticamente; quizá esté mejor atemorizando a los peatones que buscan liberar un poco sus pulmones del cuasi insoportable aire (?) de la ciudad. Quizá tenga que volver a enfrentarlo pues en su memoria y orgullo de pato no hay lugar para dudar atacar a un poderoso señor, son tan irrespetuosos. Quizá crucemos mi póster y su pico una vez más, sintiéndose él el Señor de esos lares, pavonéandose y posando. Yo no pegaré mi poster en ningún lugar. No, Señor.
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