Huantalandia, menos civilizada.

Publicado por Ukyo en el blog Delirios. Vistas: 103

Huanta (más conocido como Huantalandia entre mis primos) es un pueblo a hora y media de Ayacucho. Uno de los pueblos donde se sintió más el terrorismo.
Mis abuelos son de Huanta, aunque se conocieron en Ayacucho y bueno, con Velazco formaron parte del jodido huayco andino.
Ahora no es más que otro de esos pueblos con cabinas a cada cuadra a china la hora.
Esta es una copia de lo que yo supongo fue Huanta, y de cómo tal vez se sintieron mis tíos cuando regresaron.

Siéntate balo la nula sombra del manzano
en el fondo del jardín de la casa de la abuela
mientras ella cocina empeñósamente para ti.

Tómate un descanso, mira hacia arriba
el cielo azul, o tal vez celeste, o quizás blanco por las nubes.
Fíjate en esa ventana sin cortinas, siempre abierta
anunciando la entrada a una habitación vacía,
la tuya.

Siente el olor a lana guardada que despide la tía Lía
sobre el sillón más viejo y podrido, con forro de flores
tejiendo apresurada una chompa a tu hijo.

Recuerda cuando jugabas con tu hermano mayor,
con los perros del tío José por toda la chacra
y recuerda a tu madre, parada en el umbral de la puerta
con ese rostro de angustiada espera.

Vive otra vez esas incómodas ocaciones
en que encontrabas la foto en blanco y negro de tu padre
en la mesa, ahora apolillada, de la sala
salpicada por lágrimas de dolor.

Llora la despedida de tu hermano con ese olor a pólvora rodeándolo
llevando con orgullo en su bolsa de viaje esa bandera roja,
que te hizo huír de ese paraíso,
y agarrando con la mano izquierda la culata del viejo rifle de tu padre.

Sufre de nuevo la muerte, uno a uno, de los adultos del pueblo,
supuestos traidores, entre ellos tu madre.
Revive la furia comprimida hacia ambos bandos,
que aunque decían ser oposición, mataban a gente por igual.

Sorpréndete por el paisaje durante el viaje de tu pueblo a Lima
y deprímete ahora por el cambio radical que ha impuesto ese imperio
llamado tecnología.

Y tu abuela termina de cocinar, y tú te sientas a la mesa y comes.
Y la tía Lía termina de tejer y guardas la chompa en tu maletín de hombre ejecutivo.
Y te pones otra vez la corbata y alisas el terno gris que te marca como extraño en el pueblo.

Borras esos recuerdos revividos en el jardín
y te despides con la falsa promesa de volver,
no por negocios a la ciudad cercana, sino con tu esposa e hijo.

Matas en tu mente a esa gente, a ese pueblo,
que lo único de vivo que tiene para ti
son los nichos del cementerio que llevan tu apellido.
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