El hombre que murio tres veces

Publicado por Kir en el blog Kir, Le cardinal. Vistas: 51

...y en algún remotor lugar del tiempo apareció esta historia saltando de era en era y de oreja en oreja llegó hasta la mía y ahora saltará a la tuya para que tú la escuches...

En una lejana aldea perdida entre montañas vivía un joven llamado Akbar. Y este joven llamado Akbar se encontro una tarde con el viejo derviche. Y este viejo era muy feo, muy flaco y muy torcido, tal como un garabato... Además, apestaba. Sus ojos, por así decirlo, echaban llamas (y lo que en realidad quiero decirles es que eran los ojos rojos de un místico furibundo).

- Has de saber, muchacho -le dijo al joven llamado Akbar-, que, para poder entrar al Paraíso deberás convertirte en esclavo del Supremo Antepasado y, para convertirte en esclavo del Supremo Antepasado, tendrás que ser el esclavo de todas sus criaturas.

Porque el derchive había podido leer en la mente del joven llamado Akbar y, por lo tanto sabía que lo que éste más amaba era al Supremo Antepasado.

Esto que oyó el joven y salió disparado a cumplir lo que el derchive le dijera. Y héte aquí que abandonó su casa, sus bienes y cuanto poseía para convertirse en esclavo de sus vecinos.

Así, de la mañana a la noche iba y venía sin descanso por el pueblo, acarreando el agua del pozo para las mujeres, limpiando y fregando sus casas, despiojando a sus críos y comiendo de las sobras que sus improvisados amos tenían a bien dejarle. Durmiendo en el corral con las bestias. Vistiendo andrajos que recogía de los desperdicios y riendo alborozado al pensar: "...estoy en camino al Paraíso!".

Más, como siempre han sido, son y serán las gentes de este mundo, todos se sintieron dichosos de tener un esclavo que hiciera por ellos lo que a ellos no les gustaba hacer y que, además, no les costaba un céntimo. Así abusaron de tal manera del joven llamado Akbar, que un día cuando despuntaba el alba lo encontraron muerto, ¡de hambre, de frío y de fatiga!

El alma del muerto llegó radiante al Paraíso. Tal vez allí le esperaba un recibimiento triunfal pero, ¡no! ¡no fue así en absoluto! Los seres del Paraíso lo miraron disgustados dando vuelta sus hermosos rostros y tapándose las narices.

Cuando llegó ante el trono del Supremo Antepasado se postró a sus plantas diciendo:

- ¡Oh, mi Señor! Aquí está tu esclavo Akbar.

El Altísimo se cubrió el rostro y, muy fastidiado le dijo:

-¡Yo no tengo esclavos!... Vete de aquí.

Y el alma del joven llamado Akbar se encontró de nuevo metida en su cuerpo. Y su cuerpo estaba lleno de moscas porque los vecinos discutían qué hacer con el cadáver. Entonces éste se incorporó, porque ya no era un cadáver, y los aldeanos se echaron a templar muy asustados y gritaban:

-¡El muerto ha resucitado y se vengará de nosotros por lo que le hicimos!

De pronto, entre todos, comenzaron a pelearse para lavar su cuerpo lleno de mataduras y flaco como el eructo de un mono. Todos querían vestir con buenas ropas su desnudez. Y todos querían atiborrar su barriga con ricos guisados, que mucho lo necesitaba. Y le pedían perdón y no lo dejaron hasta que el resucutado, sonriendo, les aseguró que no se vengaría. En cambio regresó a su casa, tomó de nuevo posesión de sus bienes y comenzó a meditar en lo que le había ocurrido allá en el Paraíso.

Y meditando así, o sea, dándole vueltas al asunto, se encontró con un segundo derviche. Pero este derviche era todo un señor derviche, un sabio derviche muy bien comido, muy bien vestido, muy bien ilustrado. Al oír la historia del joven llamado Akbar, le habló con voz engolada:

- Entendiste mal lo que te dijo mi colega, muchacho. Para entrar al Paraíso es preciso servir a toda criatura del Supremo Antepasado, quien ha creado el mundo y todo lo que nos rodea. Pero no convertirte en esclavo de sus creaturas.

Entonces el joven llamado Akbar decidió casarse para servir así a una linda joven que estaba enamorada de él. Y para servirla mejor, le dio varios hijos. Y todo hubiera marchado bien sin su afán de llegar al Paraíso. El tenía que ser el servidor de toda creatura y su vida transcurría yendo de nuevo de una parte a otra buscando cómo servir sin ser un esclavo.

Apenas clareaba el día salía de su casa en busca de quien servir y entraba en la de sus vecinos para decirle:

- La paz sea con ustedes. Yo soy su servidor. ¿En qué puedo serviros?

- Los vecinos, recordando que era un resucitado, aceptaban a regrañadientes su deseo de servirlos. Pero como tampoco quería provocar sus iras, le confiaban menesteres insignificantes. Pero recordando que toda criatura era, cómo él, criatura del Supremo Antepasado, cuando encontraba por las callejuelas de la aldea a algún jumento demasiado cargado -cosa muy frecuente hasta hoy en día-, se acercaba y le decía:

- Hermano burro, permite que te ayude -y, pese al reprimido enojo del burrero, desbarataba la carga que el burro llevaba, la separaba en dos porciones equitativas, volvía a colocar una sobre el burro y la otra la cargaba él, mientras el aldeano se daba a todos los diablos.

De esta manera, el joven llamado Akbar llegó a convertirse en la pesadilla del pueblo y los aldeanos murmuraban a solas en sus casas:

-¡Ah! Si no fuera porque es un resucitado, con qué gusto lo deslomaba. Con su famosa ayuda nos obliga a hacer dos y hasta tres veces un mismo trabajo. En cambio deja su casa abandonada, a su mujer abandonada, a sus hijos abandonados y sus criados hacen lo que quieren.

(Y entre nosotros te digo, en esto, tenían toda la razón.)

Era tal su afán de servir que aprendió a tocar la guzla y donde había un festejo se presentaba tocando su guzla y cantando antiguas canciones. Pero el joven llamado Akbar no había recibido del Supremo Antepasado el don de la música: sus dedos se trababan en las cuerdas de su instrumento, el cual, en lugar de melodías, soltaba gañidos de gato en celo y, como su oído tampoco acertaba con las notas de las canciones, la fiesta se disolvía entre discretos bufidos de cólera. (Muy, muy discretos, porque el joven llamado Akbar era un resucitado, ...!Y era una peste!)

En su afán por servir se hizo también predicador y predicaba cuando, según él, le venía la inspiración divina. Ya fuera en medio de la noche cuando todos dormían. Ya fuera en pleno día cuando todos trabajaban. Y, para colmo de desdichas, si bien carecía de oído para cantar, tenía un vozarrón que atronaba, que perturbaba el sueño, si era de noche, o los menesteres de cada cual, si de día. Y resultaba así que ahora eran los aldeanos los esclavos sujetos a lo que el resucitado creía ser el camino al Paraíso. (Y esto te enseñará a ti que, por angas o por mangas, siempre el mal que uno hace a otros vuelve a la larga a uno mismo.)

Así las cosas, el joven llamado Akbar, por ayudar a enjambrar a sus hermanas las abejas, recibió tales aguijonazos de los enfurecidos insectos que allí mismo murió y regresó al Paraíso y se prosternó ante el Supremo Antepasado diciendo:

- Aquí está tu siervo, mi Señor.

Y como la vez anterior, el Ser Supremo se cubrió el rostro y lo mandó a paseo diciendo:

- Yo no tengo siervos. Vete de aquí.

De nuevo el alma volvió al cuerpo que por fortuna aún no sepultaban. Al ver que volvía a resucitar los vecinos sintieron que el techo les caía encima. ¿Qué cosas se le ocurrirían ahora para llegar al Paraíso?

Pero el Todo Clemente y el Todo Compasivo Supremo Antepasado le infundió un sueño. Y en el sueño soñó que para llegar al Paraíso se debe amar todo lo que El nos ha dado y ser felices con lo que nos ha dado. Así, el joven llamado Akbar se convirtió en un hombre rico que, siendo rico podía ayudar a quienes no eran ricos, y se preocupó de su casa, de su mujer y de sus hijos, y llegó a la vejez "con la serenidad del sol en el ocaso", amado y respetado por todos. Y cuando por fin regresó al Paraíso y estuvo ante el Supremo Antepasado, se prosternó ante El:

- Padre, aquí está tu hijo.

Y el Supremo Señor, el Santo de los Santos le tendió los brazos diciendo:

- Por fin comprendiste, Akbar, que Yo soy el Padre, que no tiene esclavos ni siervos, sino hijos.

Y tal como llego a mi oreja, narrala tú a otra persona.
  • D'artagnan
  • Gary
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