El atardecer

Publicado por veta en el blog // vetaventuras. Vistas: 103

Me envuelve la oscuridad. Una tenue claridad me advierte de la cálida luz rojiza que descubre lentamente las sábanas. El suave resplandor acaricia mi mejilla y ciega mis ojos, gira mi cuello interfiriendo en mi voluntad. Y a mi lado está ella. Aun en la pálida oscuridad sus párpados descansan cerrados. Sus labios permanecen inmóviles, finos y suaves como la piel que da un débil color a su bello rostro.

Con sigilo me alejo de la hermosa imagen, observando cómo se mantiene intacta la serenidad y armonía que emana. Mi vista es retenida con adicción, atraída por un deseo incontrolable de ver florecer su mirada al despertar del sol. Al fin, mi consciencia consigue cerrar la puerta, frustrando así todo anhelo en un suspiro.

Camino recto, sin saber con certeza qué hacer. De todos los entretenimientos a mi alcance, pensar es el más placentero. Pero las paredes ahogan mis recuerdos y el aire enrarecido, concentrado durante horas, este aire que ha visitado mi interior repetidas veces, me impide generar pensamientos nuevos.

Y el estanque del jardín detiene mis pasos y divagaciones. De mi silencio interior despierto al estrepitoso ruido del agua, alterando mi corazón por cada discordancia en la monotonía del rumor. Distintas formas y colores se deslizan suavemente bajo mis ojos, como lo hacen en el lago, con los árboles alzándose en la orilla y espolvoreando con hojas la superficie.

El viento corre entre mis dedos cuando extiendo la mano, también con mi pelo juega, desde mi frente surca mi cabeza. El joven aire renueva mi pecho, libera mi mente de la prisión de la rutina. Sentado en el banco, con la mirada sobre los peces del lago, el viento arranca todos los recuerdos, todos los pensamientos, que los muros de la casa mantenían retenidos.

Todos llevan su aroma. Por mi boca pasan los momentos y los saboreo, lo que empezó siendo dulce tornase amargo con el paso del tiempo. Me impregnan el paladar y los ingiero con fuerza, sintiendo como lentamente recorre mi cuello hasta desaparecer en el pecho.

Tan sólo un año hacía que la dulce felicidad llenaba con más intensidad nuestras vidas, una noche cualquiera. Yo me sumergí en sus brazos junto el vaivén de sus caricias, ella se dejaba llevar por mis besos.

Fue algo súbito cuando tomé consciencia de que iba a ser padre, pero eso tan sólo avivó mi deseo de serlo. A medida que los meses pasaban, una incontrolable impaciencia se apoderó de mi, el tener a la criatura que crecía en su interior en mis brazos se había convertido en el mayor de los placeres. Ella, en cambio, se volvía nerviosa e insegura, tal vez debido a mi actitud, no lo sé.

Y cuando el esperado día llegó nada abracé entre mis brazos. Ella o el niño, dijeron al salir. En silencio yo repetía el niño, y aun hoy... Es cierto que la quería, ella había ocupado mi vida desde que la conocí. Pero esa criatura era mi única y constante obsesión, día y noche, siempre soñaba con el momento que ellos me habían robado.

Me incorporo con la dificultad de un anciano, sintiendo cómo se había evaporado mi energía bajo el efecto de los recuerdos. Lentamente camino entre los árboles, envuelto en una fragancia de tierra húmeda y hojas secas. Mis pasos resuenan en el silencio, haciendo estallar la alfombra roja que cubre el suelo. Mi presencia desentona en la virgen armonía del bosque, mas no la única, por sorpresa. A lo lejos, empiezo a distinguir la silueta de un columpio colgado de un viejo árbol.

El tiempo había decorado la madera con musgo y la gruesa cuerda con tonos verdes y negros. Al balancearme gemía, como el aire que pasaba veloz atravesando mi cara y después la nuca, la cara y la nuca... cada vez con más fuerza.

Anoche, la misma fuerza tenía el viento delante de la casa, soplando sobre mi espalda hasta que de un golpe cerré la puerta. En el interior se oían los cristales crujir y unos ocasionales ruidos que aumentaban a medida que me acercaba a la habitación.

Ella se desabrochaba el vestido y yo le ayudé con los últimos botones, dejando caer la prenda sobre el suelo y destapando su bello cuerpo desnudo, esbelto y sencillamente perfecto. Se giró hacia mis ojos, mostrándome la otra cara de la belleza, y ésta no fue agradable. Cortando el vientre aparecía la cicatriz, esa horrenda cicatriz que yo temía ver más que nada en el mundo. Lo único que me había quedado de mi hijo era esa cicatriz sobre su cuerpo, y todo el odio y el miedo que sentí al perderlo volvían a apoderarse de mi cada vez que la veía.

Rechacé su presencia, la alejé de mi con gritos y golpes, empujé su cabeza contra el armario... apenas era conciente de lo que hacía, apenas lo recuerdo. Salí de la casa ardiendo de ira y caminé mucho tiempo dejando que el frío de la noche apaciguara las llamas. Cuando volví, ella yacía dormida sobre las sábanas, con la luz encendida había esperado mi regreso hasta dejarse ganar por el cansancio. Cubrí su cuerpo y con un beso me dormí a su lado.

Dejo atrás el columpio y las hojas secas, los árboles, el banco del lago y el camino que me lleva a la casa. Tan sólo el silencio suena en las paredes, ningún aliento de vida parece mover el aire viciado del interior. La angustia de la soledad mantiene mi corazón nervioso mientras me acerco a la puerta de la habitación, temiendo no hallarla. ¡Qué irónico es el terror que siento por encontrarla!

Allí sigue, estirada, el mismo cuadro que había pintado en mi mente con los colores vivos del amanecer se había oscurecido con colores grises y muertos. Toco su espalda y su piel helada provoca un escalofrío atravesando todo mi cuerpo. Mas nada me hace temblar más que voltear su cabeza y ver la cara morada de golpes y un río seco de sangre cruzando la mejilla.

Los últimos rayos del sol iluminan su cuerpo y mis manos de rojo, teñidos por la sangre que pinta ahora el cuadro. Pinceladas que mezclan los colores, que tapan recuerdos con una capa de pintura bajo el manto oscuro de la noche.

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Bueno, este cuento lo he presentado para el Concurso Literario.
Como no tengo muchas esperanzas de que allá lo leais, lo pongo aquí :)
  • Gary
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  • Rubén1926
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  • Anónima.
  • veta
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