Cuentos

Publicado por fan crystal en el blog La vida...es pasajera...a traves de nuestros ojos. Vistas: 93

Hace poco, en un rato de ocio, me encontre con una pagina, que se llamaba, la lectura.com, en esa pagina, vienen muchas poesias, cuentos, etc..
quise poner, aqui..unos cuentos, que me gustaron, para compatirlo con ustedes.

El Sol Naciente / Martín Olivera



Entreverado en rayos luminosos, componía Joaquín un verso nuevo.

En el verso contaba de luciérnagas, de campos incendiados y cielos rojos. Nadie leía los versos de Joaquín, salvo su almita, sus amigos invisibles y sus zapatos rotos, que gemían con el dolor del frío y las baldosas flojas.

El aroma de la tierra todavía húmeda, le daba a la escena un tinte campestre en lo suburbano. Joaquín, como yo, nada sabía de estilos literarios, ni siquiera hacia donde iban sus versos. Los dejaba fluir, vibraban en sus manitos hasta que los ponía sobre el papel, con letra infantil pero segura, temblorosa por la inexperiencia, pero de intención bien definida.

Joaquín sentía que alguien le soplaba la letra, y que las palabras se acomodaban solas en el papel mientras las dibujaba.



Se van yendo las nubes,

amanece temprano.

El Sol, que asoma siempre,

hoy no es el que fue anoche.

Ahora quema las manos,

ahora brilla en los ojos,

llamaradas de furia

cubren campos y bosques.



Los ojos de Joaquín se llenaron de lágrimas, mientras las imágenes aparecían en su cabecita inocente. Sabe Dios por qué este niño abandonado a su suerte comenzó a ver cosas, y a escribir. Empezó como un juego, que le gustaba y entusiasmaba cada vez más. Tan contento estaba con sus "creaciones", como el las llamaba, que de tanto en tanto le daba algunos de esos papelitos arrugados y garabateados a Lucio, un muchacho que pasaba todos los días y le dejaba algo de comer.



El nuevo Sol Naciente

desparrama pasiones,

vibra en alta frecuencia,

cambia el aire y la gente.

Unos sufren sin sueños

otros sueñan y crecen.

¡Alcen los corazones

al nuevo Sol Naciente!



-A Lucio le va a encantar!- exclamó Joaquín, embelesado sobre los últimos trazos irregulares sobre la caja de pizza.



Nuevo Sol, Nueva Vida

para toda la Tierra.

Luciérnagas del alma:

vuelen, giren y crezcan.

Habrá pan para todos,

paz, trabajo y abrazos.

Tras los fuegos, el humo.

Tras el humo, silencio.



Joaquín pareció contrariado con las últimas palabras. Frunció el ceño y se puso a releer lo escrito, con espíritu crítico. No, ese no podía ser el final del verso.

Lucio llegó ese día más temprano, pero Joaquín resolvió esconder el manuscrito. Pensó que todavía no estaba listo.

-¿Qué tenés ahí?- preguntó el muchacho- otro cuentito?. El que me diste ayer les encantó a todos. Lo puse en Internet y te mandaron todos estos mails- dijo Lucio entregándole a Joaquín unos papeles impresos con mensajes de felicitación, aliento y deseos de buenaventuranza.

Gracias a Dios, Joaquín sabía escribir.



Tras el silencio, calma.
Tras la calma, sosiego.
Y después de los fuegos,
el Amor de los Cielos
acompaña a los hombres,
bueno..., sólo a los buenos.
2003 es el año:
muy feliz Año Nuevo.





Aqui otro cuento....

MANOS FINÍSIMAS O QUESO / María de Miguel y Gallo





Mi padre era muy bajito, y a pesar de ello ejercía de
contralto. Solía ensayar de forma esporádica, en clave
de fa, pero siempre los días de la semana que
contenían una ge, es decir, los domingos. Tenía por
costumbre cantar las partituras una única vez, para
después deshacerse de ellas de forma inmisericorde. Su
fama había sobrepasado todo tipo de fronteras; mi
hermana y yo conocíamos sus largas ausencias debidas a
los recitales que ofrecía por Asia y América, incluso
por Oceanía. Eso sí, la excitación que nos producía su
regreso, cuando se abría ese baúl del que salía un
revoltijo de acordes, fotografías y cuentos de países
posibles, no tenía precio. El baúl de papá siempre
olía a queso.



Mi madre era altísima, y a pesar de ello tocaba el
contrabajo. Tenía unas manos excepcionalmente finas,
como de filamentos de cristal de Bohemia; trabajaba en
la sección de cuerda de la Orquesta Sinfónica
Nacional. Su búsqueda de matices la llevaba una y otra
vez sobre cada partitura; acostumbraba a ensayar, en
clave de sol, los días de la semana que contenían una
ese en su nombre, o lo que es lo mismo, tan solo
descansaba en domingo. Sobra decir que era metódica y
ordenada. Y odiaba el queso a muerte.



En cambio papá adoraba, además del caos, el queso y
todos sus derivados. Arrastraba tal afición de su
niñez, cuando, buscando un remedio para la afonía,
había encontrado en la tienda de ultramarinos un
sirope destinado a dar empaque a la voz. El efecto fue
tan milagroso como inesperado, de tal suerte que ese
mismo día abandonó el coro infantil; su sino musical
fue meteórico a partir de aquel momento. Cuando años
más tarde supo que aquella pócima contenía, entre
otros ingredientes, una mezcla de queso manchego con
melón, decidió dedicar su vida a degustar todos los
quesos improbables del mundo (lo del melón no lo tuvo
en cuenta porque le resultaba indigesto).



Mis padres eran radicalmente opuestos. Mi hermana y yo
sosteníamos la hipótesis de que por eso se querían de
forma tan desmesurada. Porque no tenían ni un sólo
gusto común. Ni uno solo.



La mañana de otoño que había marcado sus vidas habría
sido una mañana como cualquier otra, de no haber
extraviado mamá -por entonces soltera- uno de sus
guantes de raso rosa bajo el escaparate de una tienda
de juguetes. El suceso le pasó inadvertido hasta que
llegó a casa y descubrió la pérdida de paridad. Aun
lamentándolo, y sin saber muy bien por qué, se sintió
dichosa. Esa noche, cuando comenzaba a recorrer el
pespunte entre vigilia y sueño, pudo visualizar a un
desconocido agachándose frente a un comercio de
juguetes para recoger un guante. El caballero lo olió,
lo dobló con cuidado y lo introdujo en el bolsillo
superior de su americana de rayas diplomáticas.



Unos meses más tarde ambos coincidirían de forma
caprichosa en la representación de «Guerra y Paz»; mi
padre sobre las tablas, mi madre entre candilejas.
Cuando al telón le quedaban cinco centímetros para
cerrarse del todo, y envuelto por el clamor del
teatro, vio mi padre las manos más delicadas que nadie
hubo retratado jamás; una de ellas cubierta por un
guante de raso rosa.



La tarde de julio en que se casaron mamá lucía
radiante en tafetán negro, con aquellas manos
larguísimas sobresaliendo de un vestido de manga
japonesa. El ascenso a la escalinata nupcial se
acompañó de aguanieve en las cuatro direcciones
cardinales. Papá acudió a la cita como un perfecto
dandi, con el aplomo que da la felicidad, enfundado en
un traje de hilo blanco confeccionado a medida por su
sastre de siempre. Dos monaguillos tañeron las
campanas con una sincronía que a nadie le pareció
humana; mi hermana y yo los observábamos con emoción.
Aguardábamos en la cola de espera de los niños que van
a ser.



Ese mismo verano mis padres se establecieron en una
coqueta villa del centro de la ciudad. La decoraron a
su manera, con un toque algo extravagante; mamá fue
bordando durante ocho domingos un cojín de terciopelo
lila que olía a espliego; en él descansaría su
contrabajo. Tampoco a papá le faltó entretenimiento:
colocó una caja de música bajo el cabezal de cada
cama, troqueló cenefas a partir de partituras
operísticas, adornó estanterías con jarrones, claro
está, inmunes a las vibraciones de su campanilla. Cada
vez que cantaba, el jardín se llenaba de petirrojos
que, a modo de coro, salpicaban el almendro como
guirnaldas de Navidad.



A la semana de casarse mamá quedó embarazada de mí. Al
tiempo que hilaba su ilusión tuvo numerosos antojos
que fueron satisfechos de buen grado por mi padre:
pastel de mandioca, berros con arándanos, agua azul de
la Antártida. Nunca queso. Papá aprovechaba sus viajes
para aprovisionarse de materias exóticas que
congelaba, a indicación de mamá, debidamente
empaquetadas con su fecha de caducidad
correspondiente. Pero, a pesar de seguir dibujando
melodías cada día a excepción del domingo, mamá solo
estuvo encinta ocho meses, incapaz de resistir por más
tiempo la creciente separación física de su
contrabajo. Eso sí, sus manos se afilaron más si cabe
y le permitieron un virtuosismo casi mágico durante el
resto de su carrera. Yo, que detesto el queso, salí a
mamá; me llamaron Ismael.



La madrugada de domingo en que nací -corría febrero
tardío- papá dio por primera vez cuerda a la caja de
música que dormía bajo mi cuna. Todavía sigue sonando.
Finalizado su ensayo semanal, enrolló varias
partituras y las prendió en la chimenea, donde
ardieron como manojos de calas mientras cantaba un
aria de Verdi. Por su parte mamá, reclinada en la
mecedora, bordó durante ocho domingos mi inicial sobre
un cojín de terciopelo con relleno de orégano que se
convertiría en mi almohada favorita.



En el segundo embarazo de mamá se acentuaron todos sus
rasgos e inclinaciones. Siguió con sus antojos, que
papá cumplió solícito gracias a sus expediciones en
torno al planeta: trufas blancas, dátiles confitados y
naranjas de la China. Queso jamás. En esta ocasión la
gravidez apenas duró cinco meses y medio; se vio
obligada a achicar su sortija de aguamarinas por miedo
a perderla, como ya sucediera con su querido guante de
raso. Mi hermana salió a papá; la bautizamos Carola.



El amanecer en que nació Carola mis padres lo
agradecieron al cielo, tan quebradiza la conocieron.
Papá dio cuerda a su cajita de música y cubrió las
paredes de su cuarto con nanas de países inexistentes.
Durante dos domingos consecutivos mamá bordó su
inicial sobre un cojín de terciopelo malva que olía a
hierba fugaz; al terminarlo el carrete rodó en
remolino hacia los petirrojos del jardín, que salieron
volando en dirección norte dejando como recuerdo una
pluma o dos.



Conforme transcurrieron aquellos años, inusitadamente
felices, Carola fue alimentando su fragilidad con
quesitos en porciones que papá le troceaba y veía
deshacerse entre sus dedos como si de mantequilla se
tratase. La casa se llenó de nanas y caricias con
aroma a roquefort. Hasta que una noche de octubre y
por sorpresa la caja dejó de sonar sin ton ni son.



Silbaba viento del norte. La tarde del funeral sólo
papá pudo mantenerse en pie, aunque sin voz, sin
música. Mamá y yo ocultábamos nuestra mirada con manos
que parecían rotas de tan finas. Con un leve
movimiento de su meñique surgieron unas notas, cayeron
rodando por la ladera del valle, siguieron el curso
del arroyo y regaron cuarenta siemprevivas.
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