Continuación No. 2

Publicado por Cyshara en el blog CyShArA´s bLoG. Vistas: 81

-Y él te obligó-

-Sí- las lágrimas rodaron por su cara, la vergüenza la abrumaba. Jamás podría mirarlo de nuevo, ahora que estaba al tanto de su absoluta degradación.

Las manos de Inuyasha le acariciaron el rostro y ella percibió su tranquilidad después de su ira, de modo que cuando le habló con suavidad, se quedó perpleja y abrió los ojos.

-Sí- dijo él con calma –Mírame Kagome. Reconoce dónde te encuentras, ¿estás enfadada ahora? ¿te parece vergonzoso estar desnuda entre mis brazos?-

-No- sacudió la cabeza –Pero no puedo…-

-Te prometí hace largo tiempo que jamás te pediría algo que no pudieras darme. No he cambiado de opinión, así que tranquilízate. Déjame abrazarte. Te necesito. ¿Alguna vez de lastimé?-

Kagome negó con la cabeza, sus miradas coincidieron y el temor comenzó a abandonarla poco a poco; su cuerpo rígido comenzó a calentarse al rozar la piel de él.

-Oh, Kagome- esbozó una sonrisa -¿Cómo puedes creer que eres frígida? ¿Qué quieres darme a entender? Hace unos minutos mi único deseo era poseerte, y tú estabas dispuesta a permitirlo. Sí, puedes enrojecerte- le lanzó la pulla -¿Te molestó? ¿Acaso no puedes tolerar oír mis cosas? ¿Y si te dijera que durante semanas, desde París, he deseado que estuvieras en mi habitación?- con los dedos le hizo un trazo alrededor del pezón –Anhelaba hacerte tantas cosas. Esto, y esto- inclinó la cabeza y con suavidad tomó entre sus labios el centro del seno, tirando del pezón hasta que Kagome, agitada y desesperada, arqueó el cuerpo hacia él.

-Kagome- se acercó más a ella, aprobando la forma en que su esposa levantaba las caderas –No hay mujeres frígidas, sino pésimos amantes. Confía en mí, querida- le susurró contra su boca –Te aseguro que nada va a lastimarte-

Le enjugó las lágrimas con sus besos.

-¿No sabes que eres explosiva para mí? Cabello negro, ojos castaños, la mezcla del temor y el desafío. Deseo devorarte una y otra vez, sin descanso para respirar, y cada vez será mejor que la anterior- lanzó una risa sensual, su respiración excitaba la piel de la hermosa mujer –No eres fría, Kagome. Me consumes por completo. Sólo tengo que mirarte para desear estar junto a ti-

El fuego se encendió dentro de ella, las palabras seductoras de Inuyasha y los besos que colocaba sobre su piel ardiente ocasionaron de nuevo el sonido extraño de su garganta. Era verdad. No tenía que disimular, no con Inuyasha.
Lo abrazó al tiempo que murmuraba su nombre; un fuego interno la invadía de deseo. Deslizó las manos sobre los hombros masculinos, deleitándose al sentir su piel e incitándolo a que se acercara.

-No, hasta que estés dispuesta- él inclinó la cabeza para besarle todo el cuerpo.

La sujetó con fuerza mientras ella se movía deliberadamente contra él. El cuerpo femenino luchaba con furia por acercarse más a su esposo.
Cuando Inuyasha al fin la hizo suya, el dolor desapareció por un segundo, y después Kagome comenzó a moverse con él; su respiración era acelerada y lo estrechó con fuerza; su cuerpo se movía al mismo ritmo, musitaba el nombre de Inuyasha con frenesí.

-Mi amor…- la voz de Inuyasha estaba ronca por la pasión y los dos se apartaron del mundo juntos, mientras Kagome giraba entre colores y luz que era la realización; su cuerpo flotaba con Inuyasha en algún lugar, sus propios gritos de deleite se mezclaron en el revoloteo de millares de alas.
Le tomó largo rato regresar, toda vez que existía una nueva realidad. El gozo de la liberación, la fuerza de los brazos varoniles, el toque de los labios de él vagando por sus mejillas enrojecidas.

-¿Cómo te sientes?- se tendió sobre ella, le levantó el mentón, y Kagome abrió sus asombrados ojos.

-Estoy a punto de desmayarme- lo miró con asombro y el rió con suavidad; su respiración no se había normalizado.

-Yo también. Aunque lo intentara no podría moverme. Tengo la horrible sospecha de que jamás podré moverme-

Volvió a besarla en la boca cuando ella lo miró, con sus mejillas arreboladas y sus ojos un poco ansiosos.

-No me preguntes como te portaste, mujer. Me has dejado fuera de combate- le tomó la cabeza entre las manos, sacudiéndola con suavidad –Y no vuelvas a pedirme que te deje sola. No puedo. Por demasiado tiempo fuiste la fruta prohibida. A partir de esta noche, estamos casados-

-Nunca antes… quiero decir…-

-Lo sé- se acostó junto a ella, acomodándola en la cuerva de su brazo. Por unos minutos permanecieron juntos en silencio y Kagome comprendió que él esperaba a que se tranquilizara, permitiéndole revivir los momentos felices. Estaba viva por primera vez desde la muerte de sus padres.

De pronto ansiaba contarle a Inuyasha cómo se sentía, confesarle su amor, aunque lo único que sintiera por ella fuera deseo. Se volvió hacia él al tiempo que levantaba la mano para tocarlo, mas él se la sujeto con fuerza.

-Cuéntame sobre Aikawa- en su voz había desaparecido la pasión.

-Lo sabes- en ese momento hubiera deseado apartarse de él, pero Inuyasha no se lo permitió.

-Me has informado algunas cosas, otras yo las he intuido, pero hay algo más. Te tiranizó, te obligó a ayudarle de una forma que era un anatema para alguien tan tímida y sensible como tú. Te pegaba en la cama y fuera de ella. Y sin embargo con lo abandonaste. En parte comprendo por qué no querías que alguien se enterara, y que necesitaras ayuda cuando te quedaste sola a cargo de Sango y tu eras casi una niña. Y también comprendo que tuvieras demasiado miedo para escapar. ¿Qué ocurrió para que por fin lo abandonaras? ¿De dónde surgió tu valor?-

-Eso ocurrió hace mucho tiempo- susurró Kagome; toda su felicidad desapareció.

-Mientras no me lo digas, no lo superarás- se inclinó hacia ella, mirándola fijamente a la cara –Esta noche casi te liberamos. Demos juntos el último paso-

¿Lo había hecho sólo por liberarla? Kagome cerró los ojos, demasiado avergonzada para mirarlo mientras le hablaba.

-No soporté lo que me dijo- su voz era inexpresiva –Fue la noche… la noche de la herida del brazo. Me insultó como acostumbraba hacerlo. Hasta ese momento yo había aceptado sus insultos sin replicar- lanzó una risa extraña
-Me miró con desprecio como si yo hubiera sido una nulidad y me dijo… me dijo que Sango ya era una mujer. Agregó que se estaba convirtiendo en una chica muy interesante y que la siguiente noche le haría el amor-

-¿Qué hiciste?- preguntó Inuyasha, pálido por la furia.

-Luché contra él. Lo rasguñe, le di mordiscos y grité. Tiré de su cabello hasta lastimarlo. Entonces fue cuándo, furioso, me golpeó. Ya no pude hacer nada, estaba atrapada. El estaba acostado sobre mí con las manos alrededor de mi cuello, sacudiéndome y gritando. Sango creyó que iba a matarme-

-¿Sango?-

-Al escuchar mis gritos entró a la habitación. Aunque ella era consiente de lo que estaba ocurriendo, siempre se lo negué. Además, nunca había gritado antes. Desconozco cuanto tiempo había estado parada ahí, pero sin duda oyó las últimas palabras de Aikawa y pude ver el terror en sus ojos. Había cerca un enorme florero y, antes de que él supiera que mi hermana estaba ahí, lo golpeó con él sin parar. Tuve que apartarla. Por un minuto, creí que lo había matado-

Inuyasha le acarició con suavidad la cara en un intento de tranquilizarla.

-¿Y después?-

-El estaba bien. La gente como Bancotsu siempre está bien. Estaba demasiado aturdido para desquitarse, y nosotros salimos de la habitación y empezamos a hacer planes. Una vez que amaneció, nos fuimos. Después de eso ya no volví a verlo sin que estuviera presente mi abogado, a quien jamás le conté la verdad. Accedí a un arreglo amigable por que no deseaba mezclar a Sango. Si no hubiera estado de acuerdo, no estaría molestándome ahora-

-No regresará- la tranquilizó Inuyasha –Te lo aseguro- la estrechó entre sus brazos –Se que fuiste muy valiente al informarme todo eso, pero ya terminó. Ahora que estás mejor, los secretos entre nosotros se acabaron. No habrá más preocupaciones ni angustias-

Ninguna, con excepción de Kikyo; ninguna; excepto que no la amaba como ella a él, pero de alguna manera estaba contenta.

-De ahora en adelante puedes olvidarlo. Un hombre así es odioso y cree que su maldad le da cierta posición social. Los individuos como Aikawa son inválidos emocionales, incapaces de cuidar a los demás. Incluso no les gustan las mujeres. Olvídalo, Kagome, su recuerdo seguirá lastimándote. Tus heridas cicatrizarán- la acercó a él y la acomodó entre sus brazos –Duérmete. ¿Sabes que son las tres de la mañana?-

-¿Vas a quedarte aquí?- le preguntó con serenidad, aunque sentía un deseo estremecedor de que así fuera.

-¿Soy bien recibido?-

-Sí-

La abrazó con más fuerza y en unos momentos se quedó dormido. La había llamado “mi amor” muchas veces, había sido apasionado y comprensivo. Si todo continuara así, Kagome se consideraría la más afortunada de las mujeres. Lo amaba con toda su alma, la cara serena de Inuyasha mientras dormía era lo más maravilloso en que podía pensar.



A la mañana siguiente, Inuyasha se marchó antes que Kagome despertara. Ella permaneció en a cama por largo tiempo, recordando, con el pulso acelerado, los acontecimientos de la noche anterior. Sobre la almohada estaba la huella de la cabeza de Inuyasha, para convencerla de que no había sido algún sueño erótico, y mientras se bañaba y vestía comprendió que no deseaba salir de ese dormitorio, de ese lugar donde la felicidad le había vuelto a sonreír. El nombre de su esposo repicaba en su cabeza como una campana, y era imposible dejar de sonreír.

Durante la noche había nevado copiosamente y, al bajar a desayunar, encontró a Sango en el comedor y Kurumi estaba en la ventana, mirando con asombro la nieve.

-Podemos jugar otra vez con el trineo- sugirió Kagome con alegría, sintiéndose como si fuera una chica de dieciséis años.

-Lamento contradecirte. Son órdenes del señor de la casa. Aunque sí podemos salir con el trineo, no estamos autorizadas a subir la pendiente si él no se encuentra aquí. Me recordó tu tobillo lastimado- Sango miró a Kagome de reojo -¿Qué se siente que la envuelvan a una en algodones?- le sonrió a Kagome mientras ésta se enrojecía -¡Creo que te tengo en una situación desventajosa!-

-¡Construyamos un muñeco de nieve!- dijo Kagome con jadeante entusiasmo, volviéndose a Kurumi para escapar de la expresión maliciosa de su hermana.

-Tengo unos viejos botones grandes que podrían convertirse en ojos- intervino Kaede cuando se acercaba con el desayuno de Kagome, y le sonrió con entusiasmo –Esta es una casa muy alegre, señora Taisho. Mis habitaciones son cómodas y cálidas. Es muy agradable tener mis propios muebles cerca de mí después de haber vivido largo tiempo en los dormitorios de otras personas. Supongo que ese anexo de la casa estaba destinado a ser el apartamento de la abuelita-

-Tal vez, Kaede- Kagome le sonrió –Me agrada que se encuentre contenta y que le guste su apartamento. No tenemos abuelita-

-Bueno, así está Izayoi- reflexionó Sango con ironía cuando Kaede se alejó –En cuanto a abuelitas se refiere, ojala que ya se encuentre en Nueva York-

-Siento pena por ella- comentó Kagome en voz baja. También sentía pena por sí misma al pensar en Kikyo, pero de inmediato hizo un esfuerzo por reanimarse
-Vamos a hacer el muñeco de nieve-

Construirlo les llevó toda la mañana, y al regresar a almorzar las tres tenían las mejillas sonrosadas y un muñeco de nieve gigante estaba parado delante de la casa; tenía botones azules como ojos, un carbón como nariz, una boina y una bufanda viejas de Sango lo calentaban. Kurumi estaba feliz; en esa casa se sentí tranquila y despreocupada.

Se sentaron junto a la chimenea y Kagome consultaba con frecuencia su reloj; se ruborizó al darse cuenta de que contaba las horas para que Inuyasha regresara a su hogar. Unos días antes había estado tan asustada, y ahora deseaba estar en sus brazos con un anhelo que la hacía temblar.

El ruido de un coche justo antes de la hora del té la obligó a correr hacia la ventana. Eran las tres y media de la tarde, y sintió un vuelco en el corazón al ver que un coche deportivo se detenía enfrente de la casa. Izayoi bajó, envuelta en pieles, tan elegante y atractiva como de costumbre, más fue la conductora quien captó la mirada de angustia de Kagome. Kikyo Fujisawa estaba ahí sin invitación y con aire de suficiencia.
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