Confesión

Publicado por Rwida Raud en el blog Intradiégesis. Vistas: 51

A mi musa querida:

Si vieras mis ojos enrojecidos en este instante, de seguro me preguntarás quién ha muerto. Te conozco tan bien… nunca entendí el porqué de esta pregunta cada vez que veías a alguien llorar. Supongo que de alguna forma vinculabas el dolor con la muerte, no sé. Pero de ser así, te doy la razón, pues en realidad hay una persona casi muerta, y soy yo. Amiga mía, me encuentro sin alma y me temo que esta será una última confesión.

Debo empezar desde el principio para explicarme, así que te pido que seas paciente por unos instantes, como siempre lo fuiste. Cuando nos conocimos por primera vez, eras un poco tímida y yo un introvertido (y lo sigo siendo en cierta forma). Nos encontramos en la vieja biblioteca, o mejor dicho, yo a ti. Te encantaba tu independencia, aunque creo que en verdad eras obstinada. Me buscaste conversación, y claro que no podía hacerme ver como un antisocial.

Te fijaste en un trozo de papel que cargaba encima, y en base a lo escrito, tuvimos una larga conversación. Vi en ese momento que éramos muy iguales, pues pasaste por los mismos problemas que yo, y nos hicimos amigos.

Lo confieso, al principio me asustabas por lo que tú llamabas “consejos”. Muchas veces era lo que no quería oír, o me parecía muy descabellado o difícil. Tú misma lo dijiste, no es fácil romper nuestra propia coraza. En los dos años que pasaron, te encargaste de ser mi amiga, y algunas veces, de psiquiatra.

Te llegué a querer mucho, ya que eras con lo único que contaba. Pero no todo sabe a miel. Inexplicablemente, te daban arranques de furia repentinos, y mi perfeccionismo extremo no te ayudaba a mejorarlo. Gracias a Dios, salimos vivos de eso.

Entonces llegó ese día. No sé cómo pasó, y prefiero nunca saber la razón para tal bajeza y desvergüenza. Se burlaron y te humillaron a tus espaldas. Todos queríamos ajustar cuentas por nuestros propios medios pero nos lo impidieron.

Estuviste a punto de enterarte, pero por ese día no llegaste a saberlo. Yo mismo interferí para que no lo supieras, te humillarían y te sentirías peor que un sapo de letrina. Ni sobre mi cadáver lo iba a permitir, eres demasiado dulce, e inocente y pura como para entenderlo. De hecho, eso es lo que me gustaba de ti.

De lo que nunca sabré si te llegaste a enterar, fue que alguna vez te llegué a amar, y lo sigo haciendo, a pesar de todos los altos y bajos que pasamos, te sigo amando.

Te extraño tanto, musa mía. Las llamadas fueron pocas, por no decir nulas. No te culpo, pues somos demasiado tímidos para estas cosas. Después de todo, no pudimos romper por completo nuestras corazas. Aún así te añoro, y necesito con toda urgencia verte antes de morir de esta locura que ha provocado tu ausencia. Amiga, amada mía, te pido que me tomes.

Sí, tómame. Soy eternamente tuyo, así como tú eres sagradamente mía, no necesariamente en cuerpo –esa vasija roja- sino en alma y espíritu. Esta es mi confesión. Te amo, te quiero… aunque creo que siempre lo has sabido.
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