Budismo Zen

Publicado por Rwida Raud en el blog Intradiégesis. Vistas: 51

Un maestro tenía una manera muy particular de recalcar lo
que había dicho. Al acabar de hablar, levantaba la mano,
señalaba con el dedo índice y decía: "¡Ajajá!"

El gesto era característico suyo, ningún otro monje lo hacía.
Sin embargo, uno de sus discípulos, habiéndolo visto hacerlo
tantas veces, empezó a imitarle. Por supuesto, nunca lo
hacía en presencia del maestro, pero sí, a veces, delante
de los otros estudiantes. Cuando en una discusión creía
tener la razón, levantaba la mano, señalaba con el índice
y decía: "¡Ajajá!"

Un día, el maestro le preguntó algo delante de toda la clase.
El alumno quedó tan satisfecho de su respuesta que, al
acabar, con gran descaro, levantó el índice y dijo: "¡Ajajá!"
La clase entera se quedó impresionada ante su atrevimiento
y se preguntó cuál iba a ser la respuesta del maestro. Éste
se limitó a hacerle repetir la respuesta, y el alumno lo hizo
complacido y añadió el "¡Ajajá!". El maestro esta vez, le
asió la muñeca, le colocó la mano encima la mesa y con una
cuchilla que sacó detrás suyo le succionó el dedo. El discípulo
se fue corriendo, gritando de dolor y chorreando sangre. Antes
de llegar a la puerta, el maestro le volvió a llamar.

-Una cosa más- le dijo.
-¿Qué?- gritó el alumno.

El profesor sonrió, levantó la mano y apuntándole con el dedo
índice le dijo:

-¡Ajajá!
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