Animales bonitos

Publicado por CENTSOARER en el blog Un blog que se actualiza con cierta regularidad. Vistas: 168

Estoy escribiendo mi blog desde el laboratorio J del edificio A de la Unidad Iztapalapa de la Universidad Autónoma Metropolitana de México. La semana pasada tuve una salida al campo, parte de mi servicio social, en la que aprendí a colocar redes de niebla las cuáles sirven para trampear aves y murciélagos, eso entre muchas otras cosas.

Superé varias situaciones bastante especiales y les comento que detesto el baño en el campo: defecar al aire libre es la actividad en la que nos volvemos más vulnerables, hablando prácticamente bajo cualquier perspectiva. Sobra decir que sentirme vulnerable me parece especialmente odioso y podría discutir por horas que en especial no me gusta sentirme vulnerable comparado con cualquier otra gente (eso puede darles una perspectiva de cómo me sentí la única vez que fui a desalojar los excrementos).

La noche anterior a defecar en campo ya sentía necesidades... especiales... con mi... meta... con... el proceso... digestivo; no importando lo anterior, me dormí plácidamente. Soñé que estaba en una camioneta estacionado con mis primos en ella mientras veíamos a la rubia extranjera más preciosa que jamás se nos había atravesado en el camino ni en ficción ni en realidad. La veíamos con detenimiento pues su encanto era para cualquier persona, como mágico. Ella estaba esperando su platillo en un restorán junto con un hombre más bien senil, vestían ropas de turistas acalorados, él traía un sombrero y su camisa de algodón estaba casi desabotonada, ella traía una blusa blanca amarrada con un nudo un poco más arriba del ombligo, un traje de baño liso de un colo firme que no puedo precisar, de dos piezas; vestía también con un short bastante corto de mezclilla y unas sandalias. El abanico del restorán me llamó la atención de manera exagerada: se trataba de uno de esos abanicos de techo metálicos pintado de blanco, de los que suelen usarse en hospitales u oficinas, de esos que irremediablemente remiten a un ambiente bochornoso. El abanico daba vueltas demasiado lentamente como para realmente ventilar el restorán de manera eficiente y estaba sucio de mugre, cochambre y telarañas. (Yo supongo que me fijé mucho en ese abanico blanco y sucio solamente porque contrastaba absolutamente con la frescura, evidente dinamismo y belleza de la extranjera.) Se apareció en el espacio un tercer personaje, la mesera, que llegó a servir el platillo de la rubia, muy bajo en calorías para nuestro gusto, evidentementemente por los comentarios hilarantes y guarros de todos nosotros. Lo que pasó enseguida fue excepcional, pero no sabíamos que era sólo el principio de una serie de actos que se escabullen de la descripción más informática, literaria, asrtística o simbólica: LA CHICA RUBIA PARECIÓ ACALORARSE Y SE QUITÓ LA BLUSA | nosotros estábamos boquiabiertos comentando y bromeando que se quitara lo demás, LUEGO SIGUIÓ CON LO DE ABAJO DE LA BLUSA | nosotros cerramos la boca para tragar saliva, sus senos eran hermosísimos, mejores de lo que lo mejor de cada imagen de sus senos en nuestra cabeza pudieran formar, volvimos a abrir la boca y ya no pedimos más con nuestras seguramente temblorosas voces, SE BAJÓ EL SHORT Y EL RESTO DE SU TRAJE DE BAÑO, LOS TIRÓ AL SUELO A UNOS CUÁNTOS METROS UN POQUITO IMPULSADOS POR SU PIERNA DERECHA | ... SE APOYÓ EN LA MESA CON SUS PALMAS Y SE SUBIÓ | la mesera sirvió un plato al hombre, incompleto; ELLA DEFECÓ EN EL PLATILLO ACOMPLETANDO EL QUE A LO LEJOS PODÍA PARECER UN MANJAR.
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