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Publicado por veta en el blog // vetaventuras. Vistas: 106

Quieren cambiarse de casa, me acaban de soltar cenando que están pensando en cambiarse de casa, justo hoy. Claro, ellos no saben que hoy era un día horrible en el que creía que había tocado fondo, pero no, me faltaban por descubrir unos cuantos metros bajo tierra.

Tal vez os pregunteis por qué es tan traumático cambiarse de casa, pero es que yo con 13 años había cambiado 11 veces de casa. Mi padre y mi madre, por separado, parece que no se sentían a gusto en ningún sitio. Por esa razón nunca sentí que tuviera un hogar, tan sólo cuatro paredes frías donde dormía.

Pero por una vez en mi vida había pasado más de 8 años, cada día, en una casa, en un hogar. Conozco a los vecinos y hasta tengo algún amigo. Eso para mi era impensable. Y ahora quieren hacerme perder el único hogar que he tenido.

Recuerdo bien cada una de las casas. La primera, con mis padres juntos, donde nací, en el barrio donde siempre he estudiado, en Barcelona. Se mudaron a otro cercano, los dos juntos. Ahí se separaron y mi padre alquiló un piso en el mismo barrio, al cual tenía mucho cariño, aunque era frío, tengo muchos recuerdos. Mi madre se fue a una casa vieja y triste, a la que yo llamaba "la casa fea", en otro barrio de Barcelona, por suerte casi no tengo recuerdos de esa época.

Ya después mi madre se mudó a un pueblo cercano a Barcelona, a un barrio poco agradable, pero el piso era bonito, lo malo era el hombre con el que estaba. Mi padre después se juntó con mi actual madrastra y nos fuimos a vivir cerca del barrio de siempre en una casa de tres pisos, es la más grande que he tenido pero era igual de fría que todas. Con mi madre nos fuimos las dos solas a mi actual pueblo, pero en el centro, cerca de mis tíos, era extremadamente frío. Con el nacimiento de mi hermana nos fuimos a otro piso dentro del barrio, frío, muy frío. Mi madre se fue a un antiguo pero restaurado piso en el centro de Barcelona, era bonito pero solitario.

Ya mi padre se casó y compraron, por fin, un piso y lo restauraron completamente; es muy pequeño, pero a mi me gustaba, aunque las cosas allí fueron un auténtico infierno. Mi madre se compró, también, este piso donde estoy ahora, cálido, en un barrio donde todos se conocen y donde puedo pasear tranquilamente con mi perra.

Y ahora lo voy a perder de nuevo, el único sitio donde me he sentido integrada... Creo que nunca en la vida podré olvidar este febrero.
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