Desde el 11 de julio de 2010 hasta no se que día lo dedicaré a Zero Kiryuu.

:3
Color
Color de fondo
Imagen de fondo
Color del borde
Fuente
Tamaño
  1. Domingo, 11 de julio de 2010

    Quien me diría a mi, que estaría escribiendo un diario a mis edades. “No lo escribía ni con diez años, como para escribirlo ahora”. Eso sería lo que pensaría en una ocasión normal. Con ocasión normal me refiero a un día cualquiera descansando en casa, cosa que hago frecuentemente, o un día de salida, cosa que pasa muy pocas veces.

    Pero esto no es para hablar de mi, bueno, un poco sí. Vale, dejémoslo entre comillas: “Esto no es para hablar de mi”.

    ¡Zero! ¡Muak! *Poner labios de besugo* La verdad es que cuando te ví en Vampire Knight, me quedé como… Omg… ¿Esto es real? Y claro, real, lo que es real, no eres. Ya me dirás tu, un dibujo y encima vampiro. Es como… “Mama, me he enamorado de un dibujo japones” y la otra responde “bien hija, bien, mañana llamo a psiquiátrico mas cercano” Es por eso que lo llevo en secreto, en lo mas hondo de mi corazón, muy adentro, muy muy muy adentro.

    Podría decirse que solo lo sabéis vosotras, si, las que me estáis leyendo. Las mismas que ahora estarán diciendo, ¿De que habla esta tía?

    Es simple, queridas, tengo que demostrar que soy una fangirl empedernida, como no tengo posters de Zero, ni los mangas de la serie ni nada de Zero así lo que se dice sólido, no me queda otra que escribir.

    Todo esto no tiene sentido, me voy de las castañas a las nueces como si fuesen lo mismo… en fin, ¿Esto no era para hablar de Zero? Sii

    ¡Zero! Zero es la persona que mas amo en el mundo, muy frágil en realidad. Esooo me vuelve loca, por que adoro los hombres frágiles asdasdada. Además que decir madre mía, que es un dibujo muy sexy, lo que me extraña, es no haber soñado con el de momento. Si lo viese en la calle, creo que me desmayaría delante de sus narices para que me salve, o le pondría mi cuello enfrente *o* que sensación debe de ser esa…

    Oh T_T Debéis estar pensando que estoy mal de la cabeza, que me falta algún tornillo. No lo niego, no señor.

    ¿Sabéis? Me gustaría comprarme posters de Zero, no se si existan. Pero claro, mi padre (Y eso que tengo 18 años) no me dejaría gastarme el dinero en esas cosas… Es muy frustrante solo poder observar al guapo de Zerito solo en el ordenador. ¡Dah!

    Me he ofuscado T_T, hasta aquí el día de hoy. Mañana más señores *O*
  2. La primera y la ultima…

    -¿Me estas diciendo, - pude avistar una pequeña sonrisa. – que no eres tu el amor verdadero de mi nieta?
    -No sabría decirlo mejor. – Bajó la mirada hacia el suelo, lo notaba muy triste, aunque, parecía tranquilo por algo.

    Prefería no hablar, estaba muy afectada por el hecho de que no fuese con Yamato con quien compartiría el resto de mi vida, no era mi príncipe azul como ponía en esos cuentos que nos inculcaban desde pequeñas.

    La noche comenzó a llegar y Yamato decidió irse a su casa en lugar de cenar con nosotros. Aún no sabía donde vivía; era lo único que no me había dicho. Miré el reloj nerviosa, eran las doce de la noche y el sueño no parecía llamar a la puerta, estaba en el salón tirada en el suelo y mirando un programa del corazón. No era que fuese una fanática empedernida de aquellos programas. Simplemente, no había nada para ver.

    Fuera de nuevo, como la noche anterior, escuche algunos ruidos. No me preocupé ya que parecían ramas golpeando las ventanas del cuarto de Sota. Un estruendoso aleteo me hizo tiritar, parecía que fuera había alguna bandada de pájaros alterados. A cada segundo que pasaba me sentía mas pesada, pero no quería quedarme dormida en el salón. Por desgracia no pude evitarlo y caí rendida.

    Hacía ya muchos años, siete en concreto, que no soñaba nada, tampoco era capaz de afirmar que no recordaba lo que soñaba.

    -Rin, – Me habló una voz angelical – cariño… - Un par de manos me zarandearon.
    -¿Yamato? – Pregunté adormilada.
    -No cariño. – Poco a poco fui visualizando a mi madre – Soy mama.
    -Ah… - Musité.

    Mi estado anímico no era el mejor, no había razones para explicarlo pero parecía que no hubiese dormido. Que hubiese estado de fiesta toda la noche. ¡Ja! Yo de fiesta… me daba risa solo de pensarlo. Me levanté a regañadientes del suelo y anduve moribunda hacia la mesa de la cocina. Sobre ella había unas cuantas tostadas y un bote de mermelada.

    -Que rico – Comenté mientras cogía una de las tostadas. Con delicadeza unté la mermelada en ella y le dí un bocado.

    -“Um…” – Pensé, movía la pelota de pan dentro de mi boca de un lado hacia el otro. – “mora” – Tragué y devoré el resto sin a penas respirar.

    -Cariño, ¿vas a cambiarte de uniforme? – Mama estaba lavando los platos, el agua corría y en ningún momento se dio la vuelta para mirarme.
    -No – Aquella mañana no me iba a duchar y menos a cambiar de uniforme. Podría resultar asqueroso pero no lo iba a hacer.
    -Al menos péinate.
    -Si. – Lógicamente, me tenía que peinar.

    Pasé el peine por mi melena una y otra vez hasta que la note perfecta. Cogí la mochila, en su interior solo tenía un estuche y dos libros – libros de los que desconocía la materia -. Los demás libros y cuadernos estaban en clase.

    -“A clase” – Pensé.

    Caminaba arrastrando los pies. Me sentía perezosa, sin ganas de nada. Probablemente habría dormido mal. Mientras pasaba por al lado de un contenedor, este cayó al suelo. Estaba vacío pero, me asustó. Iba tan ensimismada que no me había percatado del fuerte viento que hacía. Los mechones de pelo se movían a merced del viento.

    -¿Rin? – Una chica de pelo oscuro, tez blanquecina y estatura media se acercó a mí a toda velocidad. La reconocía por el nombre de Kikyo.
    -¿Si? – La miré recelosa, instintivamente llevé mi mano hacia el fragmento de mi cuello.
    -¿Puedo ir contigo? – Me sonrió, tenía los dientes blancos como la nieve.
    -No hay problema. – Por una vez en mi vida no había problema. ¿Estaba sufriendo un colapso mental? ¿O a caso estaba perdiendo las pocas neuronas que me quedaban? Fuese como fuese… a día de hoy Rin Higurashi no era la misma de siempre.

    Habíamos andando pocos metros, no llevé la cuenta pero me lo parecía.

    -Lo siento mucho Rin… - El rostro de Kikyo cambió radicalmente, parecía estar dándome las condolencias.
    -¿El que sientes? – Fruncí el ceño y elevé una ceja.
    -Sí, lo de Yamato… - Comenzó a dar vueltas en busca de la palabra perfecta. – Lo de… ya sabes… que se va…

    Paré en seco en la calle. ¿Se va? ¿Se va? ¡¡¿Por qué no me ha dicho nada?!! ¿No le importo? ¡Definitivamente! Me hice un completo lío.

    -¿N-no… lo sabias? – Sin duda se dio cuenta de su metedura de pata.

    -“Al mal tiempo buena cara” – Pensé – “Y una mentira tampoco esta de mas”

    -Si… - Estaba dolida por la noticia, tan dolida que el sufrimiento que intenté fingir fue el que realmente sentía. Derramé varias lágrimas en silencio.
    -Lo… siento… - Me abrazó.
    -No pasa nada… - ¡Si pasaba! Me encontraba a punto de entrar en un ataque de histeria, lo necesitaba… no podía hacerme esto. ¿Qué pasaría conmigo después? Era como si el mundo se fuese a acabar, se acabaría…

    Sequé mis lágrimas y le pedí a Kikyo que continuásemos andando. Ella a diferencia de Sango y Kagome respetaba mi intimidad, pero las echaba muchísimo de menos. ¿Cuánto tiempo seguirían así? Sin hablarme… sin mirarme… La cosa se había puesto tan fea, que hasta Kagome había recurrido a hablar con Sesshomaru cuando se aburría. Lógicamente solo recibía una mirada fría y poco más. En varias ocasiones Kagome había llamado a Sesshomaru “idiota”, esto me provocaba ganas de reír, pero lograba evitar expulsar una de mis sonoras carcajadas.

    Habíamos cambiado algunas horas por problemas personales de los profesores, nos tacaba hacer gimnasia. Decidí junto a Kikyo no acudir a la clase. Lo cierto era que no me apetecía explicarle al profesor lo que me ocurría. Aun que de todas formas lo sabía todo el instituto, yo había sido la ultima en enterarme, como siempre.

    Sonó la campana de entrada, nos tocaba japonés. Sabía que la gente tardaría en subir así que me lo tomé con calma.

    -Veras como todo sale bien – Me decía Kikyo. De vez en cuando me daba palmaditas en la espalda.

    No me quedaba otra que asentir, tenía buena voluntad y quería ayudarme. Pero no podía negar, que por muy buena voluntad que tuviese todo lo que me decía no era cierto. No tenía idea de cómo afrontar la situación, ¿hacer como si nada o no dirigirle la palabra? ¿Qué debía hacer? Ya no me quedaba tiempo, teníamos que ir a clase. Respiré hondo y me encaminé al lado de Kikyo mientras pensaba en una estrategia, que probablemente, sería inservible.

    Entré a clase, cabizbaja. Todos estaban sentados y Yamato en la pizarra, de espaldas a la clase. Como en todas las clases en las que estábamos el y yo nadie hablaba y nos observaban como esperando algo, pero hoy notaba algo diferente en el ambiente. Una tensión insoportable, tensión que me producía unas ganas irrefrenables de gritar, patalear y rebelarme.

    Yamato me miró, nos mantuvimos las miradas durante minutos; o eso me pareció, hasta que alguien carraspeo y nos hizo reaccionar.

    -Vamos… - Kikyo me empujaba con delicadeza.
    -Pagina ciento ochenta y siete. – Dijo dejando la tiza en la pizarra y yendo hacia el libro. - ¡Los diez ejercicios! – ordenó.

    El silencio se rompió por la quejas de la gente, nadie quería hacer el trabajo.

    -¿Tengo que repetirlo? – Cerró el libro de golpe e hizo callar a todos. – Rin… - Su forma de hablar cambió radicalmente, en lugar de ordenar me rogaba.

    Me di cuenta de que la gente hacía los ejercicios sin sentido, no prestaban atención al libro.

    -Puedes venir… - Su mirada se volvió triste, melancólica.
    -No – Dije tajante.

    Cogí el libro del estante y saqué el estuche de la mochila.

    -Necesito hablar contigo. – Agarró un lapicero y comenzó a jugar con el entre sus dedos mientras esperaba mi respuesta.
    -Exactamente… ¿Qué es lo que no entiendes de “no”? ¿La N? ¿La O? ¿Las dos letras? – Le miré echando chispas por mis ojos. El me retiró la mirada.

    Se levantó de su mesa y fue hasta la puerta.

    -Si vas a decirme algo… ¡Dímelo aquí! Creo que todos saben lo que hay entre nosotros, no hay nada que esconder… ¿O sí?
    -Uuhh… - Dijeron varios chicos de las filas centrales.
    -Esta bien… ¡Todos a trabajar! – Anduvo hasta mí y se agacho enfrente de mi mesa. Con una de las manos me obligó a mirarle.

    Como antes la gente dejó de prestar atención a los libros. Los de delante se giraban y los de atrás simplemente miraban para el lado correspondiente.

    -Es precioso… - Escuche a algunas chicas de las filas delanteras.

    Poco a poco fui notando como la temperatura de mi cuerpo subía, estaba colorada, podía notarlo. El corazón me palpitaba rápidamente, como la primera vez… como la primera vez que nos besamos. Necesitaba amueblar mis ideas, tranquilizarme y recordar que estaba enfadada con el, bueno… hacía un intento de estarlo.

    Probablemente, no fue buena idea hablar con el dentro, pero no quería contradecirme pidiéndole que saliésemos fuera. Así era el orgullo…

    -Tengo que decirte algo… - Comenzó.
    -Dime.
    -Es difícil para mí… - Susurraba, la gente empezó a acercar mas la cabeza para escuchar mejor. – decirte esto. El mismo día en que la gente supo lo que había entre nosotros, el director tomó una decisión junto a los profesores.
    -¿Y bien? – Aguanté las ganas de levantarme a abrazarlo, de decirle que me iba con el al fin del mundo.
    -Me han dado dos opciones, dos opciones drásticas, difíciles de escoger. O dejo el trabajo, o me traslado a otro lugar a impartir clases. – Me sujetó las manos, no quería caer… no podía caer… separé mis manos de las suyas muy despacio y mirándolas. – Entiendo…
    -¿Y que has elegido? – Continué mirando mis manos.
    -Me voy…

    Me preparé para hablar.

    -Pero espera, déjame explicártelo… - Con uno de sus dedos cerró mis labios. – Cuando me dieron a elegir supe sin duda lo que haría. Sabía que quería estar todos los días de mi vida contigo, no necesito nada más…
    -Ya… - Quise decir su nombre pero volvió a cerrar mis labios.
    -Cuando… cuando quise comprobar lo más importante, si era tu futuro estar conmigo o no… la esfera me respondió lo que yo mas temía. Al no volverse negra… me respondió que no.
    -¿Piedra? – Decían algunos.
    -¿Cambiar de color? – Decían otros.
    -¡Shh! – Les hicieron callar algunas chicas.
    -¡A trabajar! – Murmuró Yamato.
    -¿Y por eso te vas? – El alma se me rompió en pedazos.
    -Rin, si me quedo… tarde o temprano romperemos. No es tu futuro… no es el mío… la esfera…
    -¡La esfera no importa nada! ¿Vas a guiarte por un pedazo de piedra al que todos sobrevaloráis? ¡No te entiendo! ¿Tú me quieres? – Solté sin importarme nada la gente de mí alrededor.
    -Sería mejor que saliesemos Rin… - Normal, el ambiente empezaba a caldearse. Me sujeto del brazo y me obligo a levantarme.
    -¡No! – Estábamos en medio del pasillo que había entre dos de las filas de mesas.

    Yamato no retiró la mano de mi brazo y yo no aparté el brazo, simplemente nos mirábamos. Noté como algunas lágrimas descendían por mi rostro. Como siempre silenciosas. No pude controlar la siguiente reacción de el. Me tiró hacia el, sujetó mi rostro y me besó. Un beso más sincero que los demás, un beso puro. Muchas de las chicas estaban emocionadas y aplaudían con nerviosismo. Cuando retiró sus labios de los míos, me abrazó con fuerza, no pude hacer nada más que llorar.

    No quería que se fuese… el era todo lo que necesitaba… el daba sentido a mi vida. ¿Por qué tenía que hacerlo? Para mi desgracia, tenía que aceptar que no se iba a quedar… creía demasiado en los cuentos de la esfera como para hacerlo y yo no podía irme con el, allí tenía toda mi familia.

    -Nunca… - musité.
    -Calla. – Me pidió.

    El día acabó mejor de lo que cualquier otro. La gente entendía que lo que había entre nosotros dos era amor, puro amor. Un amor que pronto se rompería por la distancia.

    -¿Me acompañas? – Tenía mi mano agarrada mientras íbamos camino a casa.
    -¿A dónde? – Tenía que pasar los últimos mejores momentos con el.
    -Va siendo hora de que veas donde vivo. – Me sonrió dulcemente, la primera sonrisa en dos días.
    -¿Sí? – Fingí emoción, no podía olvidar que mis horas con Yamato estaban contadas.
    -Por supuesto.

    Llegamos en pocos minutos, era un inmueble muy alto, tendría aproximadamente quince pisos. Abrió la puerta metálica de color verde oscuro y me dejó pasar primero. No era un inmueble en muy buenas condiciones, al menos exteriormente. Las paredes de enfrente del ascensor estaban grisáceas y la puerta del ascensor descolorida. El color rojo de la puerta a penar llegaba a rojo, se quedaba en un rosa ridículo.

    -Se que no es lo que esperabas… - Se disculpó.
    -No me importa donde vivas. – Entré al ascensor después de el.

    Marcó el piso once y esperamos pacientemente a la llegada. Yo iba abrazada a el, disfrutaba con eso. Salimos del ascensor y abrió la puerta con las llaves. Era una puerta de madera maciza, más cuidada que las otras que estaban en su piso. Sobre la puerta había un G dorada.

    Me llamó la atención el gran hall que apareció nada mas abrir la puerta. Estaba muy vacío, solo había un armario negro. El suelo era de madera y el salón se veía por un gran cuadrado agujereado en la pared que separaba el hall del salón. Sobre la pared de ese hueco habían algunos marcos de fotos, era Yamato con lo que me parecieron algunos amigos.

    -Ve a sentarte. – Señaló al salón y le hice caso. El se fue pasillo adelante. Me senté en el sofá, estaba cansada y comencé a sentir sueño. Me quedé con la mente en blanco mientras miraba un punto fijo en la pared, mis ojos empezaban a cerrarse poco a poco. Segundos después lo único que reconocía era la oscuridad, me había quedado dormida.

    Sentí como unos brazos rodeaban mi cuerpo. Me abracé a uno de ellos y sonreí, estaba muy cómoda.

    -¿Has dormido bien? – Me preguntó con una sonrisa en la cara.
    -Si…- Respondí mientras estiraba los brazos y rodeaba su cuello. Dormir me había servido para olvidarme de algunas cosas, aunque seguían estando en mi cabeza procuraba darles poca importancia. - ¿Puedo usar la ducha? – Pregunté después de besarle.
    -No hay problema. Al final del pasillo. – Dejé atrás el salón, amplio e iluminado por la lámpara, la persiana estaba bajada por lo tanto pude llegar a la conclusión de que era de noche.

    Entre al cuarto de baño y cerré la puerta. Me desprendí de la ropa, encendí el agua y esperé algunos segundos a que se calentase. La bañera era blanca, con los azulejos color crema, al igual que toda la pared. Había un WC y un lavabo. Luego en una esquina se encontraba un armario blanco. Y Sobre el lavabo un espejo enorme.

    Entre a la bañera, el agua cayó sobre mi. Con las manos me lavé el pelo y jaboné mi cuerpo rápidamente. Era suficiente con cinco minutos de ducha. Me quedé bajo el agua caliente con los ojos cerrados.

    La puerta se abrió, asomé la cabeza y vi a Yamato mirándome.

    -Voy a… - Dijo mientras señalaba el WC.
    -Está bien – Me reí.

    Pocos segundos después le dio al agua y cerró el WC. No escuche como salía del cuarto pero no le di importancia. Estaba relajada, al parecer los cinco minutos irían para diez. Terminé en la ducha y cogí la toalla. La enrosqué en mi cuerpo, algunas gotas se deslizaban por el hacia la toalla. Cuando estuve fuera apagué el agua.

    -¿Yamato? – Grité con la puerta abierta.
    -¡En mi habitación! – La voz me llegó perfectamente.

    Fui hacia el lugar por el que provenía su voz y me lo encontré metiendo la ropa a su armario, estaba en calzoncillos. Eran negros y pegados a su cuerpo.

    -Y-ya… - tragué saliva – me he duchado. – Le retiré la mirada.
    -No pasa nada por que me mires – Se rió. Una vez estuvo a mi lado sujeto mi cabeza y me beso en la frente. - ¿Quieres algo de cenar?
    -Voy a decirle a mi madre que me quedo contigo. ¿Un teléfono? – Le pedí.
    -En el salón. – Corrí hacia allí y llamé a mama.

    Le dije que me quedaba en casa de Yamato a dormir y no me puso ninguna pega.

    En la cocina Yamato cocinaba unas pechugas de pollo. Además de inteligente, maduro y guapo sabía cocinar. Me era imposible pedir más. Desgraciadamente aquella felicidad que sentía se me nubló de repente por el recuerdo de que se iba a ir.

    -Olvídate de todo hoy. – Me pidió mientras ponía la mesa.
    -De acuerdo…

    Le ayudé a terminar de poner la mesa, seguía con la toalla envuelta al cuerpo.

    -Voy a ponerme la ropa.
    -Usa una camisa mía para dormir. – Me ofreció.
    -¿Cualquiera?
    -Sí.

    Me fui a su cuarto de nuevo y abrí el armario en el que había metido la ropa. Había muchas camisas blancas, otras a cuadros azules y blancos y otras negras. Los pantalones eran vaqueros, aun que habían unos pocos de traje. Cogí una camisa negra, me la até y me miré al espejo. Me sentía sexy, por una vez en a vida… me sentía sexy.

    -¿Qué tal estoy? – Aparecí de un salto en la cocina y me puse delante de él, la cena ya estaba servida.
    -Perfecta. – Me guiñó un ojo.

    No tardamos nada en cenar, no era como la cena de mama, pero estaba bien. Dieron las diez y me quedé ayudándolo a limpiar los dos platos que había manchado.

    -Si estás cansada vete a dormir. – Comentó amablemente. – Yo te haré compañía hasta que te duermas.

    No tenía sueño pero me entusiasmaba el hecho de que me hiciese compañía. Le dije que si y nos fuimos los dos al cuarto. Estaba recostada sobre el y el me tenía abrazada como anteriormente en el sofá. Me encontraba en la gloria.

    Noté la boca de Yamato cerca de mi oreja, sentía su respiración. Besó mi oreja y fue bajando poco a poco hacia el cuello. Con una de sus manos y sin yo esperármelo desabrochó el primer botón de la camisa que llevaba puesta.

    -¿Qué intentas? – Le pregunté recelosa.
    -Lo siento… - Se disculpó y volvió a su ser.
    -No te he dicho que pares, te he preguntado que intentas. – Lo sabía de sobra, pero me sentía con ganas de preguntárselo.
    -Quería… - Empezó a buscar las palabras exactas, del mismo modo que hacía siempre.
    -¿Acostarte conmigo?
    -Ah… podría ser…

    Me aparté de el, me miraba fijamente y me giré para verlo mejor. ¿Si no era hoy cuando iba a ser?

    -Pero… yo nunca… - Era virgen, en la vida me había acostado con nadie.
    -No pasa nada, si no quieres no importa. – Acarició mi pelo suavemente. – Respeto tu decisión. – Se levantó de la cama – Voy a por algo de beber. – Salió del cuarto bajo mi expectante mirada.
    -¡Vamos Rin! – Susurré – tú puedes, animo, sabes que quieres… pero no se si lo haré bien… ¿Y si hago el ridículo? ¡Da igual! ¡Vamos! – Me levanté de la cama con gran agilidad y anduve sigilosamente por el pasillo hasta la cocina, Yamato estaba en la nevera bebiendo agua a morro de la botella.

    Cuando dejó la botella en la nevera y la cerró lo agarré por la cintura y tiré de el hacia atrás, le hice dar la vuelta y lo callé con un beso. Nuestros labios se movían muy acompasados y notaba la lengua de Yamato dentro de mi boca. Me sujetó la cintura con mucha fuerza, y me sacó de espaldas de la cocina. Entre la pasión y la lujuria a penas podíamos reconocer lo que teníamos delante, ni las paredes… ni nada…

    Me empotró contra la pared del pasillo y me aprisiono contra ella. Podía sentirlo nervioso y eufórico. Su corazón latía con furia mientras me besaba con un descontrol increíble. Me hizo andar de espaldas otra vez, mientras recorría mi cuello con los labios, entramos al cuarto de dormir, justo delante de la puerta estaba la pared y volví a chocar contra ella. Me daba igual, en esos momentos no sentía dolor ni aun que me clavasen una aguja.

    Me abracé a el y apreté mis dedos contra su espalda, pretendía agarrarla. Buscó con nerviosismo los botones de la camisa y desabrochó los dos primeros. Volvió a besarme en los labios, esta vez con mas suavidad.

    Puse mis dos manos entre la goma de la zona trasera y lentamente le bajé los calzoncillos. Sonreí mientras me besaba, esto le hizo sonreír a el también y volver a enloquecer. Como antes, volvió a besarme con fiereza, descendió por el cuello y llegó hasta mi hombro izquierdo. Me desabrochó la camisa de un solo tirón y todos los botones cayeron al suelo.

    -Luego los tendrás que coser. – Objeté mientras gemía levemente, un gemido poro audible.
    -No importa… - Sonaba nervioso, casi ansioso.

    Me elevó con los brazos y enrosqué mis piernas a su cintura, continuó besándome mientras me llevaba a cuestas hasta la cama. Me dejó caer en ella y se fue tumbando sobre mí lentamente. Extendió una de sus manos hacia una mesilla con cajones que teníamos a nuestro lado y abrió el cajón, de el sacó un cuadrado de plástico, de color plateado. La lógica me decía que era un condón. Entonces fue cuando el miedo de la inexperiencia se apoderó de mí.

    -Espera… - Rogué.
    -¿Qué te ocurre? – Me miró con una mano apoyada a un lado para estar a la suficiente altura en la que podía verme bien.
    -Tengo… miedo… - Comenté tímidamente.
    -Entiendo… - Aquella euforia desapareció de repente. – No pasa nada. – Se retiró de encima de mí y se quedo mirando al techo. - ¿Quieres que te cuente algo?
    -¿El que? – Los dos continuábamos desnudos, mirándonos el uno al otro.
    -La primera vez que lo hice con alguien, mi novia, no la dejé satisfecha. – Se rió a mandíbula batiente.

    Había escuchado que, el hombre tenía la mayor responsabilidad en esos casos. Tenían que dejar satisfecha a la mujer y lograr que esta sintiese el orgasmo de verdad. Claro que, de lo que había escuchado a lo real… probablemente había una buena diferencia.

    -No sabía muy bien donde me había metido y tenía miedo de defraudarla, y fíjate tu, que al final la defraudé. Después de aquello me dejó, no me quería tanto como decía.
    -¿Y cuando fue?
    -A los quince. Pero hazme caso, no por mucho madrugar amanece más temprano. – Me sonrió. – Yo no he sido un santo, de los veinte a los veintitrés tuve varios días locos, días en los que no conoces el nombre de la persona con la que te acuestas. Por suerte una vez pasada esa etapa senté cabeza.
    -¿Por qué me cuentas eso? – Fruncí el ceño.
    -No quiero que pienses que soy un santo, he tenido mis más y mis menos. Lo menos que quiero es que pienses que soy el príncipe azul de toda princesa – Me piropeó. – Y tampoco quiero que pienses que tú eres la única persona que no sabe como actuar en su primera vez. Ni tampoco la única que tiene miedos.

    Ha decir verdad, sus palabras me habían servido de algo. Habían anulado una parte pequeña de mis miedos. Respiré silenciosamente, Yamato sujeto mi mano con la suya y la agarró con fuerza. Giré hacia el y me situé sobre su cuerpo.

    -¿Estas segura?
    -Sí.

    Me hizo apartarme para colocarse la protección, mas tarde fue él el que se puso sobre mí. Comenzó besándome en la parte delantera del cuello, cerca de la mandíbula y descendió hasta el centro de mis pechos. Abracé su espalda con fuerza y cerré los ojos. El momento de la penetración estaba llegando, estaba segura a su lado, y no pensé en ningún momento en mis miedos. Abrió mis piernas con las dos manos y dejó el hueco suficiente para su cintura. Pasaron muy pocos segundos después de aquello, probablemente no fueron ni dos cuando noté como me penetraba.

    Gemí suavemente, mientras movía mi cintura muy despacio. El movía la suya hacia delante y hacia atrás, primero lo hacia despacio mientras me besaba con pasión. Mis gemidos cada vez iban a mas, esa fue la señal que le avisó para aumentar la velocidad de movimiento. Giramos fieramente y quedé yo sobre el. Sujetó mi cintura con sus dos manos y yo apoyé las mías en sus abdominales. Mi cintura se movía con un descontrol total, me era imposible parar aquello. El placer que en aquel momento sentía era lo único que la movía.

    Gemía, gemía y gemía. Cuando se fue acercando el final grité del placer que sentía y me dejé caer sobre el. Estaba claro, había obtenido mi primer orgasmo, con el, con Yamato, con la persona a la que amaría aunque estuviese a kilómetros de distancia. Los dos respirábamos sonoramente, estábamos sudando. Nos abrazamos y lo único que pude hacer fue sonreír y dejar caer una lágrima por que aquella sería la primera y la última vez.

    -Espero… - Dijo entre jadeos – no haberte defraudado.

    Seguíamos unidos el uno con el otro, Yamato abrazó mi cuerpo con más fuerza y nos quedamos así probablemente durante minutos. Había sido fácil… fácil y precioso, no era como hacerlo sin sentir nada, no era como en aquellas series con personas que tenían las hormonas revolucionadas. Era algo precioso, magnifico y mágico, imposible de describir con muchas palabras.

    Me sentía feliz, muy feliz.