Lubecita
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o como quieran llamarme
Un blog con una mezcla de todo un poco como Luchy.
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  1. El descubrimiento de Akame

    —O-yakata-sama —anunció la sirvienta del otro lado de la puerta—. La joven señora está aquí.

    —Déjenla pasar —ordenó con tono calmo a la guardia.

    Una de las damas de honor de Rin entró a las dependencias, enseñándole el camino a la asustadiza joven, que parecía perdida. Rin había insistido en prestarle uno de sus mejores vestidos y, a diferencia de la Dama perra, siempre se había mostrado muy entusiasmada por la llegada de Akame.
    Akame llevaba puesto un largo vestido claro de varias capas y corte chino, con un haori brillante, con dibujos en “hilo perla” y brocado de oro, todo en bonitos colores pasteles. Rin le había contado que ese era uno de sus vestidos favoritos y lo había usado a sus tempranos trece años, como signo de haberse convertido en la Dama y, sorprendentemente, aún conservaba su olor humano. Él estaba sorprendido, los olores mezclados de dos de las personas que más quería.
    Rin también había insistido en que no le aplicaran a la joven ningún maquillaje, ni de estilo youkai, ni de moda humana, para no opacar sus verdaderos rasgos bajo una máscara falsa. Creía que el youkai preferiría ver su rostro tal cual era.
    Y había acertado, porque lucía bellísima, aún siendo humana.

    Se quedó quieto en su lugar, mirándola en silencio cuando entró a su cuarto y, mediante señas, le indicó a la dama de honor que se marchara. Como ritual para las mujeres youkai y para evitar que le hicieran algún daño al maestro, se las enviaban desnudas y además las revisaban, pero él no creía que fuera necesario hacer pasar a Akame por semejante humillación, ya tenía bastante con entrar ahí siendo humana y con la indefensión que le era propia.
    Ella permanecía callada, con la mirada en el suelo y parecía temblar.

    —¿Estás asustada? —preguntó en tono frío.

    Ella no le respondió, pero aquello era más que evidente.

    —¿Sabes por qué estás aquí?

    Ella, quieta en su lugar, tragó saliva. Levantó por unos instantes la vista y luego, la bajó, como si acabara de cometer un enorme error.

    —Tu padre y yo compartimos un Lazo —una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios y permaneció allí—. Tu padre y yo crecimos juntos, compartimos pensamientos y emociones, somos como uno solo.

    Bokutachi wa hitotsu.

    Caminó lentamente hacia ella, dio una silenciosa vuelta completa a su alrededor y luego se le paró en frente, a unos cuantos pasos de distancia.
    —Quítate la ropa —le ordenó con un tono un tanto indiferente.

    Ella mostró gestos de pena ¿por eso le habían atado tan suelto el vestido? Con las manos temblorosas, obedeció. Primero se quitó el obi y, una a una, las capas de su vestido fueron cayendo. Había creído que sentiría frío, pero la habitación era muy cálida y hasta podía jurar que había un aroma agradable. ¿Sería ese el que llamaban el aroma de todas las tierras? Pero aún así estaba nerviosa.
    Él le volvió a caminar alrededor y ella se asustó más al sentirse observada.
    Cuando volvió a estar frente a ella, le puso las manos sobre la cintura e, inclinándose sobre uno de sus pechos, lo lamió y fue subiendo por su escote, hasta el hombro y el cuello. Volvió a pasar la lengua por el cuello una, dos veces.
    Ella se sorprendió, aquella caricia tan extraña había sido tierna, algo que no parecía posible, viniendo de un youkai tan frío. Mientras esa caricia seguía, ella comenzó a entrar en una especia de trance donde las cosas poco le importaban. Las manos de él fueron bajando, hasta sostenerla por las caderas con firmeza.
    De pronto, él se detuvo y puso la cara contra su hombro, permaneciendo allí por un buen rato. Ella pudo sentir su respiración cálida y se giró hasta apoyarse contra sus claros cabellos.

    —Cierra los ojos —le pidió él.

    Ella obedeció. Sintió en el acto un fuerte dolor punzante y no pudo contener el grito de sorpresa y susto. Su primer impulso fue separarse del youkai. Se puso ambas manos en el hombro y, cuando las retiró, las tenía manchadas de sangre. Su tío todavía la tenía sujeta por las caderas.
    Sin saber por qué, Akame iba a ponerse a llorar.

    Él hizo un sonido cortante para acallarla.
    —Lo peor ya pasó. Ahora, ven —la llevó hasta el borde de su cama—. Tiéndete.

    Obedientemente, ella se tendió de espaldas y, con la mirada fija en el techo, esperó. Sin embargo, no pudo evitar que sus ojos se movieran solos hacia donde estaba el youkai. Lo vio quitarse con movimientos lentos las fastuosas ropas que llevaba puestas y que en nada se parecían a sus trajes ceremoniales. Se dio cuenta también de que tenía un portentoso físico y era muy grande. De nuevo entró en pánico y tenía ganas de huir, pero su cuerpo no le respondía.

    Caminó hacia ella.
    —¿Lista? —le preguntó en un tono más amable.

    Ella volvió a tragar grueso.
    —O-yakata-sama…

    —Akiyoushi. Es el nombre que me puso mi madre y así quiero llamarme hasta que me muera —parecía sonreír, aunque su rostro seguía impasible como siempre. Ella siempre le había llamado por su nombre, había empezado con “O-yakata” desde que llegaran al Oeste y, por alguna razón, eso le molestaba. Acercó las palmas de las manos, como si estuviera sosteniendo algo pequeño—. De este tamaño eras cuando te vi por primera vez —ahora, lucía algo distinta.

    Akame permaneció en silencio, si le juzgaba por su apariencia y según parámetros humanos, él apenas parecía tener un par de años más que ella… a los sumo, unos veinte. Pero tenía bastantes más. Además, con sólo tocarla podía llegar a matarla si así lo quería, porque era de los fuertes. Akame se empequeñeció.

    Por el sólo hecho de mirarla, ahí, tan indefensa, su cuerpo se endureció y su miembro tomó vida, aumentando. Ella se asustó más y quería mirar en otra dirección, pero la verdad era que no podía.
    A él eso no parecía molestarle. Se colocó sobre ella, apoyándose en sus codos y la miró a la cara. Ella siguió su mirada con una expresión azorada en su rostro moreno. ¿Qué se suponía que le iba a hacer? ¿Qué se suponía que debía hacer? Y ese rostro frío no parecía cambiar nunca de expresión, aquello parecía un suplicio.

    Él la miró a los ojos, interpretando esa expresión de ciervo azorado.
    —Akame, no te asustes —murmuró— Yo fui abusado cuando tenía tu edad, mira —con la mano, se apartó el cabello que le caía por los hombros e hizo la cabeza a un lado, permitiéndole ver debajo de su cuello la clara cicatriz de una mordida hecha con violencia.

    Los ojos de Akame se abrieron cuan grandes eran. Levantó la mano, pero dudó unos instantes, sin embargo, no pudo evitar el impulso de tocar aquella marca que parecía haber sido dolorosa. Él permaneció impasible, en realidad, esa herida había sido menos dolorosa que la molestia de sentirse ultrajado.

    Frotó su mejilla contra la de ella de una manera tranquilizadora y luego, se levantó un poco para mirarla.
    —¿Lo ves? Sé cómo te sientes, no voy a lastimarte —le apoyó una mano en la frente, haciendo que echara la cabeza hacia atrás—. Sólo déjame encontrar tus pensamientos.

    Ella cerró los ojos y sintió con total claridad una intención externa a la propia. Sin duda alguna, su tío tenía una mente muy fuerte, al darse cuenta de eso, no opuso resistencia alguna en ser controlada por esa intención y cayó en un trance entre el sueño y la vigilia.
    Sabía que, en alguna parte externa, su diminuto cuerpo estaba sintiendo dolor al ser abierto, pero le pareció que era el dolor de otra persona. Sentía movimientos dentro de sí. Oyó leves gemidos de dolor, olió sangre, pero no los reconoció como propios.
    Sí era consciente de que la miraban unos fríos ojos claros que parecían negarse a soltarla y simplemente dejarla a la deriva. De pronto, sintió un fuerte pulso de energía entrar en su cuerpo y expandirse velozmente, así despertando. Al primer pulso, le siguió un segundo y un tercero. El inuyoukai sobre ella se movió lentamente y, cada vez que empujaba, ese pulso de energía parecía aumentar cada vez más y mezclarse con una sensación física que era agradable. Se movía por todas partes una llama viva. Gimió de placer.

    En un momento, él apoyó su mejilla contra la de ella, quedando la boca cerca de su oído.
    —Sostente de mí —la rodeó con ambos brazos y Akame hizo lo mismo, sujetándose de su espalda. Ella ocultó el rostro en el cuello de él y la sensación de su aliento cálido lo excitó más. Se movió más rápido.

    —O-yakata-sama… —las sensaciones que sentía la iban consumiendo como fuego interno, ella sintió que se perdería y buscó sostenerse también de su mente, para no quedar a la deriva. El youkai aceptó gustoso el contacto.

    Ella se sintió golpeada por una luz y se quedó un momento suspendida fuera de los límites de su pequeño cuerpo. Sabía que, en alguna parte, un youkai que la doblaba en tamaño la estaba abrazando de una manera cálida y tierna, impensable para un youkai.

    Cuando volvió en sí, aún estaba siendo cobijada. Ahora ya no le tenía miedo, apoyó su rostro contra el de él y suspiró por el cansancio. De pronto, fue consciente de algo.
    —Mi papá…

    —Tu papá está abajo con los otros —murmuró sin levantar la cara—, han estado hablando bastante de mí. Parecen tan chismosos y metiches como tu abuela Kagome. Pronto bajaremos a verles, no te preocupes —y todavía no la soltaba.

    Akame no iba a protestarle, según sabía, era cierto lo de su abuela. Volvió a suspirar, sentía que iba a caer dormida.

    —Duérmete si estás cansada —susurró el youkai.

    Se durmió pensando cómo sería tener un lazo con daiyoukai de semejante porte.

    Bokutachi wa hitotsu.

  2. Hace unos días, a raíz de haber “repasado” Iron Man, estuve mirando B’t X, que es de esas series que se te quedan grabadas en el cerebro por una u otra razón. En mi caso, por la violencia que contenía y la asombrosa perfección de la “Inteligencia artificial humanoide, de combate, funcionando a base de sangre” llamada Beta.

    De todas las series Mecha, esta es la única que realmente llamó mi atención. Lo que me sorprende de este curioso desprendimiento de la ciencia ficción es que no está tan lejos en la realidad como podría parecer. Hace quince años era increíble soñar con una cosa así. Pero actualmente hay en Japón y otras partes del mundo ingenieros en robótica que han creado robots humanos capaces de sentir y demostrar sensaciones, de reconocer personas y ubicarse especialmente mediante la vista y el tacto, entre otras maravillas. Lo escalofriante de estos robots humanos es precisamente que parecen verdaderos humanos. Si el Beta fuera creado, tal vez no nos llevaríamos demasiado bien con él.

    Para hacer un ejemplo simple de lo que podría ser la construcción de Beta, tomaré de ejemplo a X, que en la serie gozaba del lujo de darle el nombre y ser protagonista.

    La parte central del cuerpo sería, en forma, como las motocicletas tipo cross, con un motor complejo y un sistema de alimentación eléctrico en el lugar del “tanque”. Que tendría un circuito principal. El sistema estaría alimentado por “Break Heart” —la miniatura de corazón artificial—.

    Las patas tendrían cada una un eje independiente, con la fuerza y precisión de un brazo mecánico, capaces de hacer movimientos varios y calibradas con la fuerza suficiente como para sostener e impulsar todo el cuerpo.

    Tendría alas “tipo avión”, de cuatro metros de envergadura cada una, con motores incluidos. Beta sería de material lo suficientemente ligero como para vencer la fuerza de gravedad y, eventualmente, al igual que lo hacía en la serie, el cuerpo, ya dinámico en su forma, asumiría “forma de avión” al despegar. Las alas estarían unidas al cuerpo con una articulación capaz de moverse en todas direcciones e incluso girar sobre sí misma, como si se tratara de otro par de brazos, así, se adecuarían a diferentes velocidades y tipos de vuelo. Tendría radar y todo el vuelo estaría controlado por un sistema de navegación idéntico al de los aviones.

    El cuello tendría cualidades similares a las que permitiría mover las patas y sería la parte del sistema con más potencia y que más fuerza generaría. Las articulaciones serían como vértebras, por supuesto.

    La cabeza tendría forma aerodinámica y estaría sujeta al cuello por una articulación que se asemejaría a los ejes que sostienen las cámaras de vigilancia. El sistema respondería eventualmente al movimiento y al sonido. Tendría tres cámaras de alta definición, cañón proyector, scanner, visión térmica y capacidad de ubicarse en el espacio mediante la misma. Funcionaría en conjunto con un software capaz de calibrar un entorno virtual, semejante al que usaba Marc IV en Iron Man, sólo que este software no sería externo, sino que estaría dentro del mismo sistema.
    Tendría sistema de audio y micrófono, que harían las veces de oído, sintetizador de voz y un equipo capaz de producir ondas sonoras de alta frecuencia, capaces de desactivar circuitos eléctricos de otras máquinas. Obviamente Beta debería tener un sistema que le permitiera soportar su propio “ataque”.
    Sus “sentidos” podrían calibrarse para ser mucho más “sensibles” que los nuestros. La cabeza sería la zona más protegida. Me refiero a un potente blindaje.

    La cola. Debería estar construida para estabilizar el vuelo y que Beta no saliera por el aire como una bala sin dirección.

    Las armas serían: dispositivos inteligentes (misiles, los de toda la vida), a base de láser e incluso sónico.

    La computadora —cerebro artificial, estaría en la cabeza— debería ser capaz de un análisis eficiente, complejo, detallado y rápido en cualquier situación, tendría un software avanzado y conexión inalámbrica a Internet. Funcionaría en dos modos: automático y manual. El donante podría “controlarla” a través de visión, tacto y voz. Usaría PC Tablet. El software original en la serie se cargaba en CD, pero yo preferiría tarjeta de memoria.

    Beta tendría un complejo sistema de reconocimiento —scanner, voz, tacto, huellas digitales, ADN donante— que aseguraría la obediencia al jinete/destruye-a-cualquier-otro-que-quiera-montarte. Y sería capaz de una relación casi humana.

    LOS PROBLEMAS
    Pero aún no estamos lo suficientemente cerca para que sea exactamente igual.

    Break Heart. No creo que haya tecnología capaz de construir esta clase de motor. Y si existe, mis disculpas por mi ignorancia.

    Software. Construirlo sería complicado, debido a la cantidad de información con la que debería trabajar de modo simultáneo.

    Material. Debería construirse de un material que pudiera soportar las altas temperaturas de un volcán, la presión submarina y el congelamiento en el espacio. Tal vez el material para satélites sería útil, pero habría que analizar mejor este punto.

    Guard System. No creo que pueda construirse aún la aplicación virtual capaz de dar al jinete de Beta la misma protección física que a Beta.

    Los millones que demandaría el proyecto de construir Betas, ya que se deberían reunir especialistas bien preparados en diferentes áreas, especialmente en robótica y programación… y no hablemos de todo el material y herramientas que se necesitaría.
    Si construir uno sería ya difícil, ni hablemos de un ejército de Beta. No creo que ninguna fuerza armada estuviera dispuesta a pagar tanto por este arma.

    Conflictos. Si Beta realmente se creara, las guerras pasarían a un nivel que es mejor no imaginar.

    [FONT=&quot]El impacto[FONT=&quot]. Sí, sí, en la serie se veían perfectos y hermosos, pero sinceramente, si estuviera de pie junto a Beta, me sentiría en verdad aterrada. Sería demasiado humano. No creo que los humanos estemos lo suficientemente preparados para soportar algo así, del mismo modo en que nuestros antepasados se hubieran asustado del Internet. “Mírenme, de pie junto a un cosa no viva y a la vez ‘viviente’ lo suficientemente fuerte e inteligente como para matarme”.[/FONT][/FONT]

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  3. El reportero Asakawa Kazuyuki decide regresar a casa en taxi y el taxista que lo recoge le cuenta que, frente al cruce de la estación Shinagawa, un joven motociclista se desplomó sobre su taxi, retorciéndose e intentando arrancarse el casco. Cuando el taxista intentó auxiliarlo, lo halló ya muerto de paro cardíaco y con una terrible expresión de susto, cerca del 5 de septiembre, a eso de las 11 de la noche. Asakawa se sorprende, puesto que su sobrina política murió en circunstancias similares, sola en casa, en la misma fecha y hora.
    Asakawa, intentando convencerse de que no es sólo una coincidencia, comienza a buscar información en los archivos de periódico de su editorial y es así como halla otro caso extraño. Entonces va a otra ciudad a hablar con Yoshino, el colega y amigo que realizó dicha nota y que le cuenta que encontró a una pareja muerta “de miedo” dentro de un coche. Asakawa continúa recopilando información hasta deducir que los cuatro eran amigos y los considera víctimas de un virus causante de paro cardíaco.
    Días después, va a la casa de su cuñada para pasar el día y sube de fisgón a la habitación de su sobrina, donde encuentra un carné de socio de un club de un tal “Nonoyama”. Se mete el carné, baja a la cocina y descubre que su sobrina murió probablemente viendo su reflejo en la puerta de cristal. Con excusa de comprar cigarrillos, sale y llama al club Pacific Land, en Hakone y descubre que es un centro turístico, donde los chicos probablemente pescaron el virus… una semana antes de morir. Ayudado de su editorial, busca los registros de las últimas visitas a Pacific Land y encuentra los nombres de los cuatro chicos.

    Viaja a Hakone y se hospeda en la cabaña B4, allí no encuentra nada, sólo una amenaza escrita por los chicos en el libro de visitas “no lo vean a menos que tengan agallas”. Deduce que ese algo es una película de miedo de la recepción, así que regresa para pedirle una al encargado y encuentra un video sin rótulo. Se lo lleva, lo pone y encuentra la amenaza “míralo hasta el final o te comerán los perdidos”, entonces se suceden una serie de imágenes extrañas, entre ellas, cientos de palabras extrañas, un volcán en erupción, el carácter “Yama” (montaña), una mujer hablando en un dialecto extraño, un bebé recién nacido, dados en un cubo, miles de caras acusándole de farsante, una tv moviéndose por sí sola, mostrando el carácter “Sada” (casto), un hombre furioso con un corte en el hombro y una pantalla oscura, llena por un anillo que semeja un eclipse. Cuando la pantalla se pone negra, aparece el mensaje
    “Tú que viste este video morirás en siete días a esta misma hora. Si no quieres morir, lo que debes hacer es…” y el video se interrumpe con imágenes de un comercial. Al instante suena el teléfono, Asakawa atiende y la persona del otro lado no le habla, pero te transmite odio. Corta y va al baño a vomitar. Temeroso por su cordura, agarra el video y regresa a casa.

    Al día siguiente, habla con Ryuji Takayama, un amigo de la secundaria, médico y profesor de filosofía, además de parapsicólogo; temerario, sociópata, cuyas dos actividades favoritas parecen ser comer y dormir. Éste le insta a que le muestre el video para así poder ayudarlo. Lleno de dudas, Asakawa lo hace y sin temor alguno, Ryuji le pide una copia para estudiar el video, él presiente que el culpable es un espíritu maligno.


    Al día siguiente, sábado, Asakawa consigue que su jefe le remita de su trabajo por una semana, usando el video como medio de extorsión. Asakawa busca fotografías de montes que se comparen con el del video y encuentra al Mihara, en Izu Oshima. Descubre que el video pertenecía a la familia Kaneko y que las imágenes son una señal fantasma, de origen desconocido, grabada “por error”. Los cuatro chicos, al ver el video no se lo creyeron y por eso borraron el método para salvarse y lo dejaron como broma.


    El domingo, Asakawa le informa de todo a Ryuji, quien a su vez ha descubierto que el dialecto de la vieja proviene de la zona de Sashikiji, en Izu Oshima, pero el monte Mihara sólo entró en erupción entre 1950 y 1980. La vieja le decía a alguien que el año próximo tendría un bebé. Al revisar el video una vez más, descubren un telón negro que aparece por una fracción de segundo en algunas imágenes, Ryuji decide volver a investigar. Asakawa regresa a casa con la misma idea y encuentra el video a la mitad, siendo que él lo había rebobinado. Aterrado, discute con su mujer y descubre que ella y su hija de un año vieron la cinta.


    El lunes va a casa de Ryuji y, nervioso, le cuenta lo que aconteció a su familia. Ryuji le explica su conclusión: luego de dividir y estudiar las imágenes, según su longitud en segundos y la cantidad de cortes, descubre que se trata de parpadeos, por lo tanto, la imagen fue grabada por los ojos, los cinco sentidos de una mujer. Seguidamente, ambos hacen un viaje relámpago a Kamakura, llegando a un santuario hecho en memoria de un profesor de física e investigador científico de fenómenos paranormales. Ambos hablan con el hijo del profesor y éste los lleva al cuarto con miles de archivos sobre los psíquicos investigados. Empiezan a buscar a una mujer de Izu Oshima y dan con el expediente de Sadako Yamamura, una niña de Sashikiji.

    Mientras cenan, Ryuji le explica que, aunque todo parezca irreal, de hecho es real, hay muchas cosas que un ser humano no sabe, como el origen y el final de la vida. Además, le cuenta sobre la teoría del profesor Miura: las ideas son formas de vida y tienen energía propia. Asakawa envía a su mujer e hija a casa de sus suegros y se los encomienda a Ryuji si acaso muere.

    Un colega de la editorial lleva a Ryuji y a Asakawa hasta la casa de los Yamamura en Sashikiji, Izu Oshima. Mientras tanto, en Tokyo, Yoshino le sigue la pista a Sadako y a Shizuko. La madre de Sadako, Shizuko, había ido a Tokyo, donde conoció a Heihachiro Ikuma, un psiquiatra casado, con quien tuvo a su hija. La dejó en Sashikiji hasta los tres años y luego regresó a por ella. Cinco años después, los poderes psíquicos de Shizuko causaron un gran revuelo, luego de lo que Shizuko regresa y se arroja al volcán. Sadako se hizo famosa en la isla por predecir una erupción, pero luego negó tener tales habilidades. A los dieciocho años ingresó a una compañía teatral y luego se perdió su rastro. Los encargados de la compañía se refieren a Sadako como “aquella chica siniestra”, le a enseñan Yoshino una fotografía y le cuentan de su extraño comportamiento. Además, Shin uno de los fundadores le cuenta que una vez la vio usar el televisor… estando éste desconectado. Sadako dejó la compañía luego de que el fundador intentara violarla y falleciera de paro cardíaco.


    Al día siguiente, miércoles, Yoshino le envía toda la información a Asakawa. Ikuma y Shizuko habían hecho demostraciones de los poderes de ésta, volviéndose famosos, hasta que los medios comenzaron a cuestionarla y tratarla de fraude, por esto se suicida.

    Dicen que, cuando vas a morir, tu vida pasa rápidamente frente a tus ojos, de eso se trata el video, según la opinión de Ryuji.
    Asakawa está desesperado y llama a Yoshino pidiéndole que investigue sobre Pacific Land y le consiga planos de antes y después de la construcción.
    Yoshino descubre que aquel era un lugar casi desierto y sólo había un centro de tratamiento para tuberculosis, cerrado en 1972. Dan con la pista del Dr. Nagao, que trabajó en dicho sanatorio y luego enfermó de viruela, siendo el último en Japón con este mal. Si bien el virus estaba extinto, Ryuji cree que podría encontrar el modo de reaparecer, como si fuese el Diablo.

    El jueves, ambos van a la clínica del doctor Nagao, quien resulta ser el hombre violento del video de Sadako, Ryuji lo presiona hasta que el doctor confiesa que, bajo los síntomas de la viruela, viola a Sadako descubriendo que ella es en realidad hombre —tenía testículos—. Ante su amenaza de muerte, él la asfixia y la arroja por el pozo de una casa vieja, siendo ella la última persona con viruela. Al acabar de oír, ambos van a Pacific Land en Hakone, compran herramientas varias e empiezan a buscar alrededor de la cabaña B4, Asakawa está tan alterado que Ryuji le pone a dormir. Luego, le despierta en medio de la noche y se meten bajo de la cabaña, encontrando el pozo y debiendo abrirlo. Entonces, Ryuji baja con una cuerda para cavar pero, al darse cuenta de que Asakawa permanece en un estado de psicosis, lo hace bajar regañándolo, contándole que Sadako se convirtió en un yourei allá abajo y es deber de él intentar ayudarla para salvarse a sí mismo y a todos. Asakawa no consigue sostenerse de la cuerda y cae hasta el fondo del pozo, allí empieza a cavar hasta que encuentra los restos de Sadako y entonces se desmaya. Ryuji baja a buscarlo, creyéndole muerto.


    Asakawa y Ryuji despiertan en la cabaña al día siguiente, ambos dan todo por terminado, pero les sigue preocupando la frase de la anciana del video, ya que si Sadako era hombre, no podía tener hijos. ¿Qué había dado a luz entonces? El reportero les lleva los restos de Sadako a los Yamamura, en Sashikiji.

    En la noche, Ryuji despierta sobresaltado encima de su trabajo, sintiendo un miedo sobrenatural. De inmediato, calcula la hora predicha por el video, entonces, cae al suelo presa del dolor. Recupera la copia del video y descubre que es eso lo que Sadako “da a luz”. Entonces, va hacia el teléfono y llama a su novia. En el mismo instante, mira al espejo que hay sobre una cajonera, viéndose muerto-vivo, por lo que grita del susto.
    En ese último instante, desea decirle a Asakawa lo que ha descubierto.

    El sábado, Asakawa regresa a casa y registra toda la investigación sobre Sadako. Luego de cenar, recuerda a Ryuji, así que llama a su casa, pero le atiende su novia, contándole que él ha muerto. Asakawa va a verla y le pregunta sobre el video, pero ella dice no saber nada, entonces, regresa a casa y continúa buscando respuestas por el resto de la noche. Despierta a media mañana y ve a Ryuji parado cerca de él. Éste, en forma de fantasma, le cuenta el secreto de la cinta:
    reproducción.
    Entonces, llama a Shizu, dispuesto a ir a la casa de sus suegros y enseñarles dos copias del video para salvar a su esposa e hija, así tenga que sacrificar al resto de la humanidad con esa mezcla de onryou y viruela.
  4. Uno de mis pasajes favoritos de otro libro de la Serie Oscura (Celebración Oscura), el nacimiento del hijo de Shea. Es muy emotivo.


    Gregori pasó la mano sobre la cabeza de Shea en un gesto de afecto.


    —Así que, pequeña, al fin, vas a entregarnos a tu hijo.


    —Esperaba por ti.


    Él le sonrió.


    —Ya estoy aquí.


    —¿Podéis sentirle? ¿Estás tocándole, asegurándote de que está bien para respirar por sí mismo? —Miraba ansiosamente de Francesca a Gregori, sus manos aferraban firmemente a Jacques.


    A su alrededor podía oír el canto del nacimiento, y el hermoso sonido casi apagaba sus miedos... casi.


    —¿Le has examinado en busca de contaminantes, Gregori? ¿Estás seguro de que su sangre es fuerte?


    —Lo he hecho y todo va bien. Entréganoslo y después podrás descansar. Te has estado preocupando demasiado. Déjale venir para que puedas sostenerle entre tus brazos.


    La mirada fija de ella mantuvo la otra plateada, y él le dirigió otro asentimiento de ánimo.


    —Confía en mí,
    ma petite, confía en nuestra gente y en tu compañero. Suéltale.

    Ella giró la cabeza y levantó la mirada hacia Jacques.


    —Te amo. Pase lo que pase, no importa. Te amo y nunca lo he lamentado, ni un solo momento.


    Él parpadeó para contener las lágrimas y se movió para que ella pudiera seguir mirándole a los ojos. Mente con mente, se extendieron hacia su hijo. Tomaron aliento y ella empujó, sin apartar nunca la mirada de su ancla... de Jacques... el amor de su vida.


    —Alto. Eso estuvo bien. Solo respira, Shea. Está mirando alrededor, échale una mirada. Está excitado por ver su nuevo mundo —animó Francesca.


    —Aún no. Dime que está respirando y que está sano —jadeó Shea, todavía aferrada a la mente de Jacques, temiendo que si lo soltaba simplemente se derrumbaría de miedo por su hijo.


    —Empuja de nuevo —instruyó Gregori. El bebé resbaló hasta sus manos y acunó al niño contra él, abandonando inmediatamente su propio cuerpo para examinar concienzudamente al niño a la manera de su gente.


    Francesca pinzó el cordón umbilical y Jacques lo cortó, separando a madre e hijo.


    Un silencio cayó en la caverna. Las llamas de las velas titilaban sobre sus caras, mientras todos permanecían muy quietos esperando. De repente, un chillido hendió el aire.


    Gregori sonrió a Shea, sujetando en alto al bebé, hacia el príncipe.


    —Dad la bienvenida a nuestro mundo a nuestro miembro más reciente. Un hijo por todos apreciado.


    Mikhail se adelantó y posó su mano sobre la cabeza del niño.


    —Un chico muy saludable. No podía ser más hermoso. Bienvenido, hijo. Sobrino. Guerrero. Tu vida está ligada a nuestras vidas para siempre. Vivimos como uno y morimos del mismo modo. Cuando uno nace, es causa de celebración para todos, y cuando uno muerte, todos sentimos la pérdida. Eres hermano. Carpatiano. Es un honor y un privilegio darte la bienvenida.


    Gregori sostuvo al niño sobre su cabeza, y una alegría atronadora atravesó la cámara del parto. Giró y lenta y gentilmente, puso al infante en los brazos de su madre. Ella bajó la mirada a la cara de su hijo, con lágrimas en los ojos y una mano aferrada a la de Jacques.


    —Es tan hermoso. Mírale, Jacques, mira lo que hemos hecho.


    Jacques se inclinó para rozarle besos por la cara, probando sus lágrimas con los labios. Lágrimas de felicidad.


    —Es perfecto, Shea.


    Mikhail rodeó a Raven con el brazo y recorrió la caverna con la mirada, observando las caras felices de su gente. Incluso Dimitri había vuelto para lograr echar un vistazo al bebé. Muchos de los guerreros sin pareja se hacinaron más cerca, deseando ver aquello por lo que llevaban tantos siglos luchando. Estaban juntos de nuevo después de tantos años y tanta lucha. Besó a su compañera, la felicidad le atravesaba.


    —Tenemos mucho que celebrar, Raven. Y todo está aquí mismo, en esta cámara. No solo estamos celebrando la vida, sino la esperanza. De nuevo hay esperanza para nuestra gente.
  5. Algún propósito

    Pegué la cara al cristal de aquella vitrina en la que se exhibían libros de ciencias. Había aprendido a leer pronto y siempre había tenido acceso a todo tipo de textos, porque a mi madre le gustaba leer mucho, en especial durante sus viajes, de donde traía más y más textos. Ella disfrutaba de la historia antigua y contemporánea y de las leyendas de seres míticos. Yo sólo leía por simple curiosidad, aunque disfrutaba aprender sobre kyudo, mi pasión eterna.
    —¿Quieres que te compre algún libro? —me preguntó mi madre, mientras me tomaba de la mano.
    Yo negué con la cabeza mientras ella me introducía en aquella librería. Como siempre, fuimos hasta la sección de libros de historia. Ella era profesora de historia, mi padre también era docente. Ambos trabajaban bien y tenían una buena posición económica y ambos solían viajar mucho para realizar capacitaciones y participar de congresos.
    A veces, me llevaban con ellos, pero yo me aburría bastante en los aviones. A menudo mi madre me dejaba al cuidado de una niñera durante días, cuando pensaba que no podía llevarme con ella y me traía regalos y cartas. Yo trataba de comportarme de la mejor manera posible para no causar problemas a nadie. Es ese entonces, jamás se me había pasado por la cabeza que causar problemas podía ser divertido.
    Yo deseaba hacer las cosas del mejor modo posible, pasaba contando los días que me faltaban para ingresar a la escuela secundaria y al club de tiro con arco.
    Mi abuela se quedó esperando fuera de la librería y cuando me vio salir, me sonrió y me tomó de la mano. Ella había llegado de un país lejano hacía cosa de un mes y estaba en nuestra casa. Ella había sido docente, al igual que mis padres, así que me divertí preguntándole cosas.
    Poco después, vi llegar el coche blanco de mi padre, quien venía a recogernos, subí con mamá y la abuela y fuimos hasta el aeropuerto para esperar la hora del vuelo.
    —Regresaremos en una semana, cariño —me recordó mi mamá por trigésima vez y yo asentí.
    Si hubiera podido alargar el momento de la partida, indudablemente lo habría hecho.
    Mi padre le mostró un folleto de viaje, en el que se les explicaba el recorrido que seguirían una vez que llegaran a destino, pero yo no entendía nada de lo que decía.
    Mi abuela les dio algunos consejos y les pidió que visitaran por ella algunos lugares. También les pidió, aunque fuera tan obvio, que no se olvidaran de mí.
    Vi de reojo el avión en el que partirían y poco después, anunciaron por las bocinas que los pasajeros que tenían aquel vuelo pasaran a la sala correspondiente, para luego subir al avión.
    Me paré cerca de un pasamano, esperando allí a mi abuela, porque siempre las despedidas, aunque cortas, me habían parecido tristes e innecesarias.
    —Adiós papá y mamá —murmuré sin moverme.
    —¿Tus padres salen en ese vuelo? —preguntó una voz a mis espaldas.
    Volteé y me hallé junto a un muchacho vestido con un abrigo nuevo y en apariencia caro. También se hallaba observando el avión, se dio la vuelta a verme otra vez y me sorprendió al ver sus ojos. No eran ni azules ni verdes, más bien una tonalidad intermedia. El resto del mundo se me desdibujó.
    —Así que te han dejado completamente sola. Yo también estoy solo —se abrazó a sí mismo—, ¿por qué no vienes a hacerme compañía?
    Sin ser consciente de lo que hacía, me le fui acercando.
    —Satsuki, ven acá —me regañó mi abuela y desperté del trance.
    —No estoy sola… eh… mi abuela me está esperando —nerviosa, volteé para ir con ella y sentí que jalaban de mi abrigo. Asustada, huí para zafarme del agarre y volteé de nuevo a ver al muchacho, que me miraba con ojos muy abiertos.
    —Ven acá —dijo como si estuviera muy sorprendido.
    No lo pensé y corrí hacia mi abuela.
    —No volverás a ver a tus padres, no tienes por qué ser obediente —me gritó él.
    Tomé la mano de mi abuela y al girar, note que esa persona había desaparecido. Me obligué a creer que eso era producto de mi imaginación, así que no le dije nada a mi abuela.
    Pasé una tarde muy divertida y dormí en calma. Cuando desperté, noté que a mi abuela le pasaba algo extraño, le pregunté qué le ocurría y sólo me sonrió. Me sorprendió que pasara un día sin que mis padres llamaran a casa y me preocupó que me hubieran olvidado. Mi abuela me explicó que el avión en el que viajaban se había perdido. No comprendí, o tal vez, me negué a hacerlo.
    Pasaron dos, tres días y nadie me habló de ellos. Pasaron semanas, incluso meses, en que mis supuestos amigos me decían que ellos habían muerto y me fueron dejando. Muchas personas comenzaron a mirarme raro y a llamarme huérfana aunque no lo soy. Todos los días los veo en las fotografías, en las páginas de mis diarios, en las cosas que me dejaron.
    Cambiamos de residencia a algo más económico, ingresé al colegio secundario y en seguida llamé la atención por mi fascinación por el Kyudo, la cual uso de excusa para no pensar. Han pasado años y sigo esperando que el coche de mi padre aparezca frente a casa, me repito que hubiera hecho bien en viajar con ellos.

    ¡Carguen!

    No tienes por qué ser obediente, no volverás a verlos, me incita mi consciencia. Me incita a portarme mal como protesta hacia mi vida burda.

    ¡Apunten!

    Si dios existiera, yo le mataría, porque me olvidó. Pero dios no existe, nada existe, ni los cuentos de los libros, ni las mentiras de las estadísticas, ni siquiera la vida tiene propósito. ¿Cuántas veces en mis cortos años me he preguntado una y otra vez qué es la vida? ¿Qué es el bien y qué es el mal? ¿Por qué estamos aquí? ¿tenemos algún valor? ¿y si no lo tenemos, por qué seguimos aquí? Me he preguntado por qué cambiamos o por qué permanecemos iguales, por qué elegimos y por qué somos forzados a situaciones indeseadas. Y nunca he conseguido respuestas, por eso sé que no existen.

    ¡Disparen!

    La flecha cae en el rango diez y todos voltean a mirarme. ¿Mi valor se cuenta en la puntería que tengo? ¿en las calificaciones que obtengo o el dinero que llevo a casa? ¿Cuán poco valgo? ¿y por qué me enorgullezco?
    De repente, siento que el mundo cambia de frecuencia, como si el tiempo se ralentizara y el mundo se fuera desdibujando. Siento que me observan con fuerza, como si trataran de meterse a la fuerza en mi cabeza. Miro hacia la valla que separa la escuela del resto del mundo y una niña rica que nunca antes vi, me sonríe como si acabara de descubrirme, como si yo realmente tuviera un propósito.
  6. Historias de miedo, narración en prosa que trata de la calentura de unas adolescentes locas sucesos o seres sobrenaturales. En algunas baladas se habla de los fantasmas como si su existencia fuera un hecho demostrado: son igual de gays reales que los seres humanos a quienes hechizan. Los espíritus que entran al mundo de los humanos para follarse a las tías buenas exigir venganza, resultan aterradores sólo porque introducen un matiz de duda. La posibilidad de que no sean reales, de que la tía tenga un desequilibrio mental, o de que sean apariciones de Robert Pattinson del demonio en lugar de auténticos espíritus, confiere dinamismo y energía a la acción. El auge del escepticismo, que abolió la creencia en los seres fantásticos hasta hacerlos verse como gays de mierda, propició su tratamiento literario. El objetivo no era tanto asustar a la audiencia sino que reconociera que se babeaba por el monstruo con la pija más grande haberse sentido asustada.

    Así pues, desde un primer momento, las historias de miedo fueron escritas por y para gentes pervertidas y con desequilibrios mentales que en realidad no creían en las apariciones de espíritus. Su primera manifestación destacable es la novela CrepúsCulo gótica. Obras como estas, sentaron ciertas aberraciones bases que siguen siendo comunes a la literatura y el cine, el cual ha sabido facturar con la estupidez media femenina incorporar con gran éxito el género de miedo y terror. El elemento sobrenatural puede ser un fantasma con tipo de supermodelo, que lava cerebros de mocosas retrasadas para luego comérselas un esqueleto en el armario o un misterioso acontecimiento del pasado aún sin resolver como el paradero del que le hizo creer a Meyer que escribe muy bien. El escenario típico es un castillo remoto y medieval la casa de Amano y la sede del C o un cementerio en un paisaje desolado e inhóspito como el cerebro de Satsuki. Por lo general, la víctima del hechizo es una mocosa estúpida, patosa, con personalidad disociada, inestabilidad y dependencia emocional y calentura mujer solitaria.
    La excitación sexual fascinación que produce el ambiente del lugar y los peligros que acechan a la heroína se convirtieron en las claves de un género que, favorecido por el impacto del romanticismo, no tardó en adoptar cursilerías los elementos del horror y lo grotesco. Un clásico del género, sobrevalorado subestimado y ambiguo, es la saga Twilight a la que ochenta escritores pasaron por arriba Otra vuelta de tuerca
  7. Creo que soy levemente antisocial, siempre di muestras de ser diferente.
    -De pequeña, con esas grandes series con las que nos criamos, siempre simpatizaba con el malo, en especial con el malo que no demostraba serlo.
    -Cuando no me gustaba una persona, buscaba el modo de hacerle daño y luego hacerme la víctima, para que nadie sospechara de mí.
    -Me cuesta horrores tomar responsabilidades y seguir reglas.
    -Ciertas cosas están mal… pero no puedo evitar hacerlas.
    -Siempre tuve problemas para relacionarme con los demás y las pocas veces que lo hice, lo hice con gente poco agradable.
    -Me enamoré de hijos de puta.
    -En muchas oportunidades me he dibujado como víctima de la sociedad que me rodea.
    -No son pocas las veces que herí la sensibilidad de gente que me apreciaba mucho… y no sentí culpa.
    -A veces me siento sola, pero mi madre acaba de sacar a la luz que soy yo la que alejo a las personas con mis maneras hirientes, que muchas veces me han generado problemas. Esas maneras hirientes surgieron en mi adolescencia y en verdad intento controlarlas…
    -Le grité a mi madre para no matarla a golpes. (¿Le grité a mi madre para no matarla a golpes? ¿Desde cuando una persona “normal”, piensa eso?)
    -Amo el gore.
    -He fantaseado con la idea de pasarme al bando de los malos, porque ellos “la pasan mejor”.
    -Muchas veces he pensado que ad báculum es la mejor manera de solucionar las cosas, incluso he soltado la broma de que “al que piensa diferente de nosotros hay que destriparlo”. Era una broma ¿pero por qué la hice, si no había necesidad?
    -Pongámosle la cereza al helado. Me identifico con el mejor/peor personaje que he hecho hasta el momento… yo creía que me identificaba con la víctima de este personaje, pero ahora me doy cuenta: soy ÉL.
    Simpatizo con el personaje oprimido y con el que tiene la idea de que somos libres de cualquier opresión… pero a mi Hitler canino lo disfruto cien veces más…
  8. Era una tarde como cualquier otra y aún había pocas personas en el edificio de la organización. Amano estaba expectante, como si algo interesante fuera a ocurrir en cualquier momento.

    —Amano-sama, le gustará saber esto —le susurró un miembro que trabajaba como espía, mientras le pasaba una carpeta.

    Él tomó la carpeta y fue con el hombre a una habitación apartada. Allí, encontró fotografías y datos de una mujer de pelo castaño y veintisiete años, que llevaba varios meses en la organización… robando datos suyos.

    —¿De cuando son estas fotografías? —inquirió.

    —De hace una semana. Aparentemente a otros miembros de mi división se les pasó por alto “accidentalmente”.

    —¿Y el accidente ocurrió sólo en tu división?
    El hombre negó. Aparentemente estaban organizados… dentro de la misma organización.

    —Bien, lárgate. Ascenderás un rango.
    Él hombre le entregó un paquetito de papel madera y salió de espaldas a la puerta, bajando la cabeza una y otra vez hacia donde estaba Amano, en una muestra de profundo agradecimiento.

    Amano se saltó la línea jerárquica y habló con un miembro inferior del servicio de inteligencia, ordenando que rastrearan a esa persona. Nadie opuso resistencia y comenzaron de inmediato con el procedimiento habitual.

    Cuando salió de la habitación, fue a sentarse en su sofá del rincón como si no ocurriera nada. Poco después, una muchacha vestida con un prolijo y caro traje negro se sentó en uno de los brazos del sofá cruzando las esbeltas piernas.

    —Hay dos razones para mostrar tanto interés en mí —murmuró él—. Primera opción: quieres acostarte conmigo para subir de rango. Segunda opción: estás muy interesada en mi vida privada.

    —Ambas son elecciones muy tentadoras —se reclinó sobre el respaldo del sofá, invadiendo el espacio personal de Amano.

    —¿Quieres aprender a descuartizar ratas de alcantarilla? —ofreció él.

    —Encantada —afirmó mientras con una mano le acariciaba el cabello, con movimientos lentos y suaves, para luego frotarle la nuca.

    —Satsuki. Si sigues con esto, no respondo de mí.

    Todos los presentes volteaban a mirar con ceños fruncidos en señal de incomodidad. En seguida abandonaron la sala para ir a otro recinto donde no hiciera tanto calor.

    —Ven mañana a media noche cuando mi séquito cace a la rata —le pasó un papel con su número telefónico—. Si te gusta lo que ves, llámame después del trabajo.

    —Podría enviarte un mensaje telepático —lo rodeó por detrás con los brazos.

    —Si no puedes escuchar mi voz, no funciona.

    Ella tomó el papel, le dio un beso en la cabeza y se fue a paso rápido. Antes de salir, volteó a verlo.
    —Estaré aquí mañana a las doce en punto.

    —Estaré esperándote.


    Cuando llegó a casa, Satsuki se quitó el saco y un paquetito de papel madera cayó al suelo. Al abrirlo, encontró un extraño aparato. También encontró un mensaje de voz en su móvil. Lo abrió y escuchó.

    “Hoy en la mañana un grupo de policías y guardias de seguridad ingresaron a mi salón de clases e intentaron sacarme a la fuerza. Alguien dentro de la organización me ha entregado y permitido el acceso a mi información a una rata. A la media noche de hoy estaré en una prisión de máxima seguridad. Ralentizaré mis signos vitales para fingir estar dormido y, en la madrugada, destrozaré la celda, escaparé y haré mierda a todo el que se meta en mi camino. Espérame despierta, le daré un buen susto al maestro. Cuando recibas mi señal, usa el número que te he dado y el sintetizador de voz que metí en tu bolsillo y llama con una tarjeta para decirle a este viejo que escapé y estoy cerca de él. Mañana a la misma hora, la rata me dirá quienes me entregaron y yo me haré cargo. Si te da el pellejo, ven a festejar conmigo cuando acabe”.

    Y el mensaje acabó. A Satsuki le excitaba saber que él confiaba en ella. Tenía información muy valiosa, pero no podía hacer nada con ella y no podía ni quería traicionarlo. Con ser su ayudante era más que suficiente. Y también le gustaba tener poder suficiente como para asustar al maestro. Le diría algo como:
    “Alguien de la organización traicionó a Asurama, pero se equivocan si creen que con eso se han desecho de él. Porque en este momento está en tu casa”


    La joven mujer despertó en una extraña habitación en penumbra, amarrada fuertemente a una silla. Frente ella, había otra silla, como si fueran a entrevistarla. También había una mesa en un rincón. El cuerpo le dolía, recordó que dos personas la habían agarrado de atrás y, luego de golpearla, le habían puesto un pañuelo en la nariz. Sus siguientes recuerdos eran borrosos, confusos.

    Miró a su alrededor. La rodeaban nueve personas que parecían guardias, pero una de ellas era pequeña, una niña vestida con un prolijo traje negro.

    —Yo sólo vine a observar —dijo la chica.

    —¿Quién te envió aquí? —le preguntó con brusquedad uno de los hombres—. Contesta.

    La mujer ni siquiera parpadeó y uno de ellos comenzó a golpearla.

    Pasados unos veinte minutos, otro de los hombres hizo una llamada.
    —No, señor, no responde a los golpes —murmuro—. Sí, como ordene.

    Los hombres salieron y la dejaron a solas con la muchacha.
    —¿Eres hija del maestro?

    La chica se rió a carcajadas.
    —Nunca debiste haber venido aquí —le dijo mientras observaba con atención los golpes en la cara de la mujer.

    Los ocho hombres irrumpieron en la habitación de manera brusca y se pararon alrededor de ella, como en un principio.

    —Alguien vendrá a interrogarte y te conviene responder —le dijo uno—. Los golpes que recibiste allá afuera no son nada comparado con lo que te espera, perra.

    —Son unos tontos, no saben lo que están haciendo. Son como marionetas bien pagas, dejándose engañar por algún hijo de puta que los utiliza a tod… —otro la calló de una bofetada.

    Ella no sabía qué pensar, ni qué esperar. Ese lugar oscuro y asfixiante la confundía y le causaba nauseas. Después de mucho tiempo, la puerta se abrió y, para su sorpresa, entró un muchacho alto que usaba gafas oscuras y llevaba una botella de agua tónica en la mano. Se puso las gafas sobre la cabeza y la miró.

    —Konbanwa —dijo en tono amable— ¿No estás cómoda? —pero ella siguió sin responderle —descuida, esto no tardará mucho.

    Bebió de la botella y le invitó con un gesto, pero ella ni siquiera parpadeó. Estaba muda de la sorpresa. Él era muy joven.

    —Parece que hoy no tengo suerte, ¿no, chicos? —bromeó él con los hombres, pero ellos no le contestaron.

    Él dejó la botella sobre la mesa y la miró.
    —Eres linda, incluso más que en las fotografías, hasta me acostaría contigo, pero me temo que has causado algunos problemas. Ah… no, no te molestes en negarlo —todo el tiempo usaba un tono amable, dulce.

    —¿Tú quién eres? —preguntó consternada.

    —¿Yo? Me dicen Amano, pero tú puedes decirme, a ver… —caminó lentamente hacia ella—. “El hijo de puta que los utiliza a todos”. No te preocupes por eso, me caes bien, ¿entiendes? Así que… sólo debes contarme quién te envió aquí.

    —Nadie me envió.

    Él puso una cara de decepción muy bien actuada.
    —Parecías un poco más inteligente. Aquí no sirve hacerse el valiente. —dio vuelta la silla, se sentó en ella, cruzó los brazos sobre el respaldo y apoyó el mentón—. Podemos hacerlo del modo fácil o difícil. Hagámoslo fácil y terminaremos rápido con esto o pónmelo difícil y esta será la noche más larga de toda tu vida ¿entiendes?

    —¿Crees que me asustas?

    Él suspiró.
    —Creo que me subestimas un poco —se levantó y caminó hacia ella lentamente, se inclinó hasta que su rostro quedó casi pegado al de ella—. Tengo más de treinta fugas de prisiones de máxima seguridad y maté a más de doscientos guardias en el proceso. Fui miembro de una organización yakuza y robé suficiente dinero como para sostener esta secta por varios años —le mostró sus manos— y tengo diez dedos —regresó a su tono dulce, mientras le tocaba el cabello—. Ahora, ¿me vas a contestar?
    Ella temblaba de miedo, pero negó con la cabeza.

    —Eso pensé —le dio un golpe en la sien y ella gritó de sorpresa y dolor—. Contéstame.

    Ella volvió a negar y recibió otro golpe.
    Él la golpeó cinco veces más y logró que escupiera sangre, pero ninguna palabra.

    —Me dijeron que no respondías a los golpes —comenzó a caminar a su alrededor—. Me hubiera gustado hacerlo de la forma fácil.

    De inmediato, le ordenó salir a todos los hombres y ellos obedecieron. Satsuki se arrodilló y apoyó la frente en el suelo.

    —Déjame salir, ya vi suficiente.

    —Conque ya viste suficiente. Ok, no levantes la cabeza.

    Satsuki se quedó muy quieta en esa posición y cerró fuertemente los ojos. Escuchó los gritos de la mujer una y otra vez.

    —Por favor, detente —lloró la rehén—. Me envió la policía.

    —¿Le diste información?

    —Sí. Les he dado nombres y direcciones.

    —¿En dónde lo han archivado?

    —Juro que no lo sé.

    —Me serviste por tres segundos. ¿Quién te dejó entrar?

    —Un hombre que se hacía llamar “maestro”. Por favor, déjame ir, te he dicho todo lo que sé.

    —No puedo hacer eso.

    Satsuki levantó la cabeza y vio a la mujer con grandes jirones de piel colgando de sus brazos y piernas.

    —Dijiste que me dejarías si te contestaba —lloró la mujer.

    —No. Dije que acabaría rápido con esto —y la decapitó de un golpe.

    Satsuki no pudo contener el grito.

    Los hombres entraron de inmediato.
    —Creímos que también estaba sacrificando a la mocosa —dijeron consternados.

    —No hizo nada malo. Ahora vengan acá, desaten eso y pónganselo al maestro en las narices, con todo y cabeza. Díganle que es un humilde obsequio de Asurama-san. ¡Ya!

    Ellos obedecieron y salieron corriendo atolondradamente, con el cuerpo envuelto en una lona.

    Satsuki se paró y caminó hacia él.
    —Pero los informes…

    Él buscó en sus jeans una hojita que llevó a la boca.
    —No me costará encontrarlos, esta era sólo la excusa para vengarme.

    A pesar de lo morboso de la situaci´çon, ella o pudo evitar esbozar la sonrisa.
    —Eres un genio —y le dio una palmada en la espalda.

    —Lo sé —él le dio una palmada tan fuerte que la tiró al suelo, luego, se le arrojó encima y la rodeó con los brazos en candado.

    —¡Déjame! ¡Déjame ir! —luchaba por liberarse mientras reía a carcajadas.

    —No.

    Comenzaron a hacerse cosquillas y ella se quedó en blanco cuando sintió que él le pasaba la lengua por la mejilla.
    Amano se puso de pie en un solo movimiento y caminó hasta la puerta, en algún momento, volteó a verla y sus miradas se cruzaron. Ella se levantó y lo siguió con una notable confusión en la sesera.

  9. Mente
    Rikichi lo había pasado muy bien con ella. Satsuki era divertida, graciosa y ocurrente cuando se lo proponía y era tan enérgica como parecía. De a ratos, no podía evitar fantasear y se quedaba callado, a la espera de que fuera ella quien dijera las siguientes palabras. Sin embargo, a pesar de lo encendida que era, tenía una apariencia inocente y aún era menor de edad, no podía proponerle algo indecoroso o de seguro tendría problemas.
    Ella iba hablándole de una historia de su salón de clases cuando se detuvo a mitad de la calle.
    —¿Escuchaste eso? —preguntó con una expresión azorada, mirando rápidamente en todas direcciones.
    Él se quedó quieto, guardó silencio y afinó el oído.
    —No escucho nada.
    —¿Cómo no lo oyes? ¿De dónde viene ese sonido? —asustada, le apretó la mano.
    —Oye, ¿te sientes bien? —repentinamente comenzó a actuar como una loca y él no sabía qué hacer, más que intentar calmarla.
    De pronto, se escuchó el ruido de madera rota. Ambos miraron hacia atrás y vieron cómo dos enormes rottweilers saltaban el cerco de una casa, salían a la calle y se les abalanzaban encima, entre gruñidos y ladridos.
    Satsuki jaló la mano del chico y lo obligó a correr. Ambos gritaron.
    —Golpéalos —le gritó él.
    —¡No! ¡Tenemos que correr!
    —Solo son perros.
    —Nos van a comer vivos.
    —No van a hacerlo, solo son perros.
    —¡Tú no entiendes, están poseídos!
    Corrieron hasta llegar a una esquina, en donde doblaron de súbito en un intento de confundir a los animales. Cuando estaban llegando a la esquina siguiente, tres perros callejeros les salieron al paso.
    Satsuki y su cita giraron sobre sus pasos para regresar, pero vieron que los rottweilers se les venían encima. El muchacho hizo volar de una patada a uno de los perros callejeros, agarró a Satsuki del brazo y la obligó a correr calle abajo, mientras la jauría aún los perseguía.
    Siguieron corriendo hasta que vieron un callejón y decidieron escapar por allí.
    Al llegar al otro lado, respiraron. Estaban a salvo.
    —Estuvo cerca —se rió Satsuki.
    De pronto, un enorme perro negro salió a través del cristal de una ventana y les gruñó.
    —¡Bakeinu no Ouji! —Satsuki cazó del brazo a Rikichi para volver a correr calle abajo, gritando a todo pulmón.
    El Bakeinu les seguía a menos de un metro de distancia, mientras ellos intentaban huir.
    Pero la jauría los encontró y les cerró el paso. Los animales saltaron y Satsuki sólo atinó a arrojarse al suelo.
    Cuando levantó la vista, vio cómo el muchacho era despedazado y devorado por los feroces animales. Satsuki quería gritar, pero se mordió la lengua.
    De pronto, los cinco perros y el Bakeinu voltearon a mirarla con los ojos encendidos y la baba ensangrentada cayendo.
    Ella no conseguía ponerse de pie y comenzó a arrastrarse hacia atrás.
    —No me coman, mi carne es magra, no les voy a gustar.
    El monstruo volteó de súbito y ahuyentó a los perros. Satsuki se le quedó mirando con ojos como platos y el corazón en un puño.
    De pronto, lo tenía más y más cerca, tanto que podía sentir su respiración en la cara.
    —Yo ni siquiera lo conocía —dijo en su defensa, cerrando fuertemente los ojos y apretando la mandíbula.
    El bakeinu le enseñó los dientes y luego se fue corriendo calle abajo.
    —Estuvo cerca —se creía a salvo, hasta que notó que estaba manchada con la sangre de Rikichi. Tenía que huir de ahí antes de que alguien la encontrara y la culpara—. ¡Hijo de puta!

    Satsuki despertó sobresaltada, agitada, bañada en sudor y con algo de fiebre.
    —Otro puto sueño —refunfuñó mientras cerraba sus libros, pues se había quedado dormida mientras estudiaba. Eso no le pasaba a menudo. El clima lluvioso era perfecto para dormir, sí, pero Amano no iba a dejarla, gustaba de torturarla todo el tiempo, incluso cuando dormía, incluso con las apariciones estelares de personas que ella ni siquiera conocía, ni conocería, sólo para burlarse.
    No sabía si quería matarse o si primero quería matarlo a él.

    La mente de Satsuki era un caos. Cuando no estaba pensando en matar, pensaba en morir… y no le importaba cometer alguna estupidez que le ayudara a cumplir con su cometido, aún cuando lo hiciera de manera inconsciente. Un poco masoquista, un poco sádica. Un poco animal y un poco humana. Pero no era ella un caso aislado. Era algo que estaba muy generalizado, había una vibración densa. Algo perverso y morboso que provocaba que todos ellos se hicieran daño. Ese algo era…
    …él, por supuesto.
    Estaban tan acostumbrados a que él se metiera en sus pequeños cerebros, que ni siquiera se percataban de cuando lo hacía. En un segundo, reinaba el caos y, al segundo siguiente, la paz. Él no sentía la presión de ser coherente, ni de respetarlos. Lo único que importaba era que lo adoraran. Cuando decidían dejar la religión o las costumbres o cometían alguna otra blasfemia, sentía que deliberadamente lo estaban abandonando, ¡lo estaban ofendiendo! ¡A él, que les favorecía en tantas cosas! y no estaba dispuesto a tolerarlo. Si había algo que lo reventaba, era la gente mal agradecida. Debían sufrir, sufrir mucho y lentamente. Y él les iría absorbiendo hasta dejarlos en la nada. Se puede decir que era un “amor absorbente”. Aunque no sabía qué era el amor, ni le interesaba. Era un invento humano ¿sí? Vale.
    Las palabras y los razonamientos eran gastos de energía que él no podía permitirse. Cuando estaba escribiendo el punto final del informe de Estadística, la punta del lápiz se partió. Cerró el cuaderno y lo hizo volar por ahí. Sacó una hoja de las tantas que tenía en una cajita sobre el escritorio, la metió en la boca y se inclinó hacia delante, para poder mirar por la ventana. Estaba acostumbrado a ver la lluvia, pero siempre le había causado la misma curiosidad. Dibujaba figuras con las gotas de agua que chocaban contra el cristal, escribía historias con ellas. El agua del Cielo lo trasladaba a otros mundos, mundos acogedores en los que él no era nadie.

    —Ábreme la puerta. Ábreme la puerta, Amano o la echaré abajo —le gritaba la mujer.
    —Pues ábrela entonces, puta de mierda.
    La puerta se abría y la mujer entraba furiosa, creyendo que él la había engañado con alguien más. Estaba dispuesta a golpearlo por el insulto, pero él le sostenía el brazo y se lo partía con un golpe limpio. En el acto, la tomaba por la espalda y le partía la columna como a un palillo de madera. Las personas tenían derecho a pedirle cosas. Pero no había derecho a exigirle y mucho menos a reclamarle.
    Algunas mujeres llegaban a perseguirlo hasta hartarlo, lo había recordado porque Satsuki era igual, pero esta vez él disfrutaba de la situación.

    Y regresó al presente.
    Las gotas de lluvia seguían dibujando fantasmas en la ventana. La ventana se abrió sola, pero ni una sola gota de agua se coló al interior. La cortina de Viento se lo impedía. En el aire se percibía el olor a tierra mojada y a sangre humana, sangre de personas que iban por la calle. Era un olor dulce y tentador. Un perro aullaba lastimeramente en la otra cuadra, atado a una cadena, mojándose bajo la lluvia. Él cortó mentalmente la cadena con un golpe limpio, el perro fue a refugiarse bajo techo y le ladró, como sabiendo que había alguien ahí. Él no se molestó en contestar. Soltó un aullido largo y sintió cómo ponía histéricos a los vecinos, porque ellos no podían ver a la criatura que producía el sonido. Y lo desconocido les asusta como pocas cosas.
    Se paró junto a la ventana, llamó a Satsuki y ella le contestó.
    —¿Disfrutas de las historias de fantasmas? —dijo a propósito, sabiendo que ella detestaba las historias.
    —Di lo que tengas que decir.
    —Caminemos bajo la lluvia.
    —Estás enfermo —colgó y buscó la manera de salir.
    Inventó unos apuntes que necesitaba urgentemente y que había olvidado en su lugar de trabajo. Discutió con su abuela, que no quería dejarla salir, pero luego de un largo rato, consiguió que la anciana cediera. Se colocó un abrigo negro y, cuando bajó a la calle, se sorprendió al ver el auto de Amano.
    —Tu auto, tu hermoso y caro auto se está mojando —comentó mientras ocupaba el asiento del acompañante, asustada por la posibilidad de que su abuela la viera.
    —No me lo recuerdes —comentó él, mientras se ponía en marcha.
    —¿Dónde vamos?
    —Sin rumbo.
    —Di la verdad ¿vas a comerme?
    Él la miró y no le contestó.
    Satsuki tuvo la impresión de que él quería compañía nocturna.
    —Me hablaste de historias de fantasmas.
    —En mi familia siempre hubo muchas leyendas. Todo lo que aprendo, lo guardo y no lo muestro a nadie.
    Él miró hacia atrás.
    Las largas y frías paredes, decoradas con motivos mitológicos en oro y plata, cobraban vida con el aire siniestro que lo invadía todo, con el fuego que hacía bailar, temerosas, a las sombras. El agua hervida era traída en una tetera de porcelana cuidadosamente decorada y colocada sobre la mesa junto a los delicados recipientes. El olor a hierbas para infusión se levantaba y se extendía por todo el recinto.
    Las velas eran preparadas en un círculo, tantas velas como cantidad de participantes había. Con cada historia, una vela debía apagarse. Cuando la habitación quedaba a oscuras, la verdadera función comenzaba. Él se devoraba a los ingratos participantes que no llevaran en la muñeca izquierda la dichosa cinta. Si el hambre acuciaba, se devoraba a cualquiera, tuviera o no pretextos para ello. Las ceremonias de armonización eran inútiles contra el ambiente diabólico que usaba para sumir en la locura y la desesperación a las presas.
    Ese momento era perfecto para tragarse entera a una persona como Satsuki.
    La tradición del juego había cambiado en unos siglos, con una ceremonia al aire libre, no dentro de un círculo de velas, sino alrededor de una fogata. Pero lo demás era igual, porque las presas eran iguales de tontas e ingenuas, tan fáciles de atrapar como siempre. El olor de hierbas le revolvía el estómago, así que se dejaba ver solo después de acabada la larga ceremonia. Entonces, reinaba el silencio.
    Ese era el tipo de ambiente que él traía a su memoria y le ayudaba a relatar de forma realista.
    —Es común que oigas hablar de maldiciones, las lanzo a menudo. Los espíritus vivimos separados de los humanos, pero en el pasado éramos muy temidos porque vivíamos entre ellos, alimentándonos de ellos, de sus temores, sus anhelos, sus emociones y también de su carne y su sangre.
    Satsuki tragó saliva. Se miraron por un instante eterno.
    —Lo que te contaré ocurrió hace unos setecientos años. Cuando las guerras civiles dieron inicio, muchas familias salieron de la capital y alrededores y la vida se constituyó en el campo. La gente vivía en pequeñas aldeas y poblados, comerciando con otros grupos urbanos, cultivando sus propios alimentos, criando ganado y pescando. A pesar de que la época era negra y sangrienta, la nobleza vivía bien, se pudrían en sus propias riquezas y en sus grandes extensiones de tierras. Yo era samurai y me habían enviado a atacar un poblado lejano, pero una danza nocturna de luces extrañas en el cielo me impidió llegar a destino.
    —¿Y qué eran esas luces?
    —Almas con sed de venganza. Verás, yo no era el primero que había ido a atacar. Su propio señor había enloquecido y mandado a matar a varias familias que se negaron a entregar a sus hijos e hijas como esclavos.
    —¿Era él un bakemono como tú?
    —¿Se necesita ser un bakemono para actuar como monstruo? —dobló lentamente en una esquina donde había un semáforo—. Esos espíritus sentían que, si no podían vivir en paz, nadie lo haría. Y lo que se cuenta de ellos es que asesinaron a sus propios familiares, persiguiéndolos por la espesura y destazándolos hasta que su sangre tiñó los campos. Un auténtico ejército de espíritus humanos invadió la casa del señor, lo descuartizaron y repartieron sus pedazos por las aldeas. Otra familia tomó su lugar. Se cree que muchos de esos espíritus no quedaron satisfechos y siguieron rondando.
    —Alguien que muere en esas circunstancias… —ella dudó— ¿puede volverse como tú?
    Él paró en una esquina y la miró en silencio por un rato.
    —¿Lo deseas?
    Ella volvió la cara en otra dirección, horrorizada de sus propios pensamientos.
    Un relámpago iluminó el cielo y los ojos de Amano parecieron resplandecer. ¿Acaso también tenía pensamientos lascivos?
    —¿Qué pasaría si tuvieras el poder de joderles la vida a las personas que odias, manejarlas a tu antojo y jalarles las patas?
    —¿El precio es perder los sentimientos y la conciencia? No es muy elevado —se burló de sí misma—. Pero no es ese el tipo de poder que quiero.
    Aunque sí se trataba de la concepción de poder de Amano. Un poder vacío, que no había sido hecho para las personas. Al no recibir más respuesta, él puso el auto en marcha nuevamente. Ella seguía engañada por el poder de los humanos.
    —Cuentas buenas historias —fingió una sonrisa—. Lograste que me asustara de mí misma —reconoció a pesar de que seguía odiando las historias.
    Antes de él, Satsuki no creía en nada y aquel no era un buen momento para que empezara a creer. Todos sus humanos alguna vez se cuestionaban sobre la razón de que la brecha entre la vida y la muerte fuera tan corta. Tanto que podía rodearles la muñeca en forma de pulsera, recordándoles que ambas eran extremos de la misma cosa.
    —Es muy extraño cómo la vida transcurre y cambia sin que nos percatemos. La vida parece lenta, pero en realidad, va muy rápido y sólo se detiene al final —le explicó él—. Sólo cuando estás en peligro de muerte notas cuánto tiempo desperdiciaste. Mato rápido para que no tengan que acarrear el peso de sentirse intrascendentes e incompletos. Al morir, lo que dejas atrás pierde importancia, por eso debes vivir el momento con tanta intensidad como puedas.
    Él repetía mucho esas palabras y, aún siendo asura, tenía razón en algo.
    —De nuevo dices eso. Si mi vida es tan insignificante, me pregunto qué hago aquí contigo, con un criminal. Puedes obtener casi cualquier cosa y no te hacen nada.
    —Soy el rey de los poderes, sabes lo que les pasa a los que me desafían. Y también a los que revelan mi modus operandi.
    —Nadie me creería —quiso parecer cínica.
    —Te cortaría la lengua antes.
    —La necesito —se cubrió la boca.
    —Yo creo que no —él pasó la lengua por el borde de los labios en un gesto sensual.
    Ella sabía que, de ser descubierto, él le sacaría algo más que la lengua. Había probado el alcance de sus poderes ya cuando era su tutelada. Tenía habilidades superiores, pero para engañar a la gente, le bastaba una: podía leer la mente y controlarla. Ella no creía que existiera alguien capaz de pelear contra eso.
    —Pareces una cámara de vigilancia andante.
    —También soy como un tanque blindado de calibre cincuenta.
    —Oye. Más respeto. Soy virgen.
    —¿Por cuanto tiempo? —y volvió a lamerse los labios, luego, se metió una hoja en la boca.
    —Deja tus pensamientos lascivos de lado —dijo indignada.
    —Ídem —retrucó él.
    Ella no pudo contra eso y escondió la cara, roja de la vergüenza.
    —Entre los míos, esto tiene nombre —comentó él.
    —No me interesa saberlo.
    —Qué oigo. Akemi Satsuki ha perdido su curiosidad.
    —No es eso…
    El ladeó la cabeza y la miró fijo, pero no consiguió sacarle una sola palabra.
    —Cuando finges algo que no eres, te destruyes a ti misma.
    —Es por tu culpa que vivo en una mentira. Me he dividido en dos personas y a veces no sé ni quién soy, me miro al espejo y no me reconozco. Y tú, Príncipe, eres el que me ha hecho esto.
    —Es muy fácil echarme la culpa y no darte cuenta de que eres tú quien me llamó, porque obedeces a tus deseos bajos, esos que no puedes confesar porque la sociedad te aplastaría —y le susurró—. Yo libero a mis humanos de ese peso.
    —Pero les quitas lo demás.
    —Todo tiene un precio.
    —No puedes comprar la vida.
    —Pero negocio con ella. Es divertido hacer usura con las almas que tú crees que son tan valiosas. Los humanos desean tener control, pero cuando lo pierden, creen perderlo todo. Por supuesto que a todos les gustaría ser como un bakemono portentoso e invencible.
    —Pero yo sé que no podemos, sin importar cuánto lo deseemos —ella parpadeó, intentando ocultar sus lágrimas—. A veces, me gustaría tener el poder para matar a los irresponsables que dejaron que mis padres se fueran, pero eso no cambiará nada, no les devolverá la vida.
    —Sólo te falta enterrarlos y podrás voltear la página. Olvida el amor y no volverás a sufrir nunca.
    —No me pidas eso.
    —Te lo ordeno.
    —No me lo ordenes. No sin saber lo que siento.
    —A veces, es mejor no saber.
    Ella asintió en silencio. El coche volvió a doblar y se hallaron frente a una cafetería humilde pero acogedora.
    —No puedo creer que tú, con tu exclusividad, te metas en este agujero —la sonrisa regresó a su rostro, pero era tenue.
    Él le dio un paraguas y ella bajó del coche y entró a la cafetería. Él cerró las puertas y la siguió. Le compró una malteada, se sirvió café hirviendo y ambos fueron a sentarse en el lugar más alejado.
    —¿Por qué razón me trajiste aquí?
    —¿Necesito una razón?
    —¿Pretendes seducirme con tus palabritas, con la esperanza de que me vaya contigo a la cama…? ¿O sólo me quieres en el postre? ¿Eres pedófilo ahora? ¿Es lo único que te falta?
    Él se pasó la mano por el cabello.
    —Si no estuviéramos en un local, ya te habría puesto mi opinión en la cara. Pero podría decir que sí a todo.
    Ella se concentró en su malteada.
    —Ah, hace mucho que perdí las esperanzas de que alguien decente se fijara en mí. No es que tenga muchas opciones.
    —No sé si tomarlo como un halago o un insulto. Ocupo mi mente en muchas cosas: el rol, el trabajo, el estudio, la organización. A veces, pienso en ti, no como miembro de la organización, sino como persona.
    Ella sintió que el corazón iba a detenérsele, pero se controló.
    —Me complaces incluso cuando haces idioteces—prosiguió él—. Sin embargo, no puedo controlar mis impulsos de hacer daño. Te imagino desnuda y destazada en el cuarto de atrás.
    Unas enormes lágrimas rodaron por las mejillas de Satsuki.
    —Satsu, delante de ti no pretendo fingir algo que no soy.
    —Eso me alegra ¿no es extraño? ¿Significa que soy especial? —ella secó sus lágrimas y trató de pensar en otras cosas—. Háblame de otras historias. De lo que les sucede a los que ingresan en la organización, háblame de mi futuro, aún cuando éste pueda no llegar demasiado lejos.
    —Eres valiente.
    —No lo soy.
    —Tal vez hayas escuchado que, en una fiesta de año nuevo, una de los nuestros asesinó a mucha gente, al punto de ser comparada conmigo.
    —Te la comiste.
    —No. La incineraron poco después. Era una muchacha de unos veintitrés años que había huido una noche de su casa, puesto que su madre padecía de inestabilidad mental y, durante una fiesta, había asesinado a su esposo e hijos con un cuchillo de cocina. La muchacha escapó por la puerta de atrás en medio de la confusión, corrió y se escondió dentro de un sajón lleno de agua sucia y lodo. Permaneció allí por horas y su madre no la encontró. La joven llegó aquí a la ciudad y fue captada en seguida. Como no tenía nada más en el mundo, se aferró a mí como un náufrago a una tabla en medio del océano vacío. Ella padecía de fobia social, así que se aisló por mucho tiempo y comenzó a corromperse y a perder el juicio. Leyó sobre mí. Llegó a creer que era yo. Influenciada por los recuerdos de su familia y su cabeza enferma, apareció con armas en una fiesta. Disparó al aire y mató a un gran grupo de personas. Saltó encima de algunas de ellas y las desgarró con la boca, para luego comerse piezas de su carne. Persiguió a los niños, que eran los más débiles, consiguió ocultarse de la policía y desapareció por días. Un grupo de trabajos especiales salió de inmediato en su búsqueda. Era un dolor en el culo para los maestros. Nadie descansó en esos días. La encontraron escondida detrás de una mueblería que había cerrado. Estaba sucia, parecía una demente y llevaba una larga capa negra. Decía que yo le había ordenado matar a todas esas personas. A sus veintisiete años, murió desangrada y sus restos fueron reducidos a cenizas. Sentenciada a muerte sin previo juicio.
    —¿Tú se lo ordenaste?
    —No. Pero ella realmente lo creía así. Se creía una bestia sedienta de sangre que obedecía a sus instintos y no pensaba por sí misma. Lo disfruté, claro. Ella nunca me conoció, pero no hubiera vivido demasiado.
    —Quiero pedirte que me mates antes de que me convierta en eso. Es como vivir con cáncer.
    —Puedo salvar a una persona de una enfermedad, pero no de sí misma.
    —Pero tú sí nos enseñas a salvarnos por nuestra cuenta. Creo que las personas pueden salvarse a sí mismas. He oído que, en algunos lugares, se llevan costosas y largas investigaciones para crear microorganismos capaces de limpiar la contaminación y crear vacunas, entre otras cosas.
    Él resopló.
    —El humano sueña con usar “magia” para limpiar la mierda en la que se ha caído.
    —Son avances científicos —le espetó ella.
    —No es eso a lo que me refiero —aclaró él en su tono parco y cortante—. Los bakemono nacimos con la capacidad de controlar la naturaleza a placer, independientemente de lo que eligiéramos hacer luego. Los humanos no nacieron así, no nacieron para eso.
    —Lo están intentando —aunque les costara mucho, ya que aún no podían crear vida.
    —Todo ser intenta evolucionar para sobrevivir. Alguno lo consigue —razonó él.
    A ella le entró curiosidad
    —¿Qué pasaría si, algún día, lograra crearse algo superior a ti?
    Para Amano, la sola idea era ridícula. Para Satsuki, de algún modo, era factible.
    —Intentaría sobrevivir, como se hace ante el más fuerte o el más apto. Esa cosa, consciente o inconscientemente, intentaría destruirme. Pero también a ustedes.

    Esa cosa, buscaría su supervivencia y perpetuación, así tuviera que reemplazar a las criaturas más débiles para imponer su dominio por encima de las otras especies. Siempre era así. Por otra parte, la tierra, el universo, iba cambiando, no era estático. “Hoy” y “mañana” eran dos etapas completamente diferentes, aunque no independientes de la relación causa-efecto. Sólo quien se adaptara mejor a ese cambio sobreviviría. Pensar no servía de nada; quejarse, menos; intentar revertir el cambio, menos todavía. Había que fluir como unidad. Había que cambiar como el mundo requiriera —por eso había tenido que disfrazarse con la burda forma humana— y ya “mimetizado”, buscar el modo de sacarle provecho a ese cambio para salir indemne, incluso favorecido. La otra opción era morir por inadaptado. El era un “inadaptado” con suerte ya que, ante cualquier eventualidad, le bastaba con sacar a la luz su verdadera naturaleza, para defenderse con las armas que ésta le había dado —los clásicos jamás pasaban de moda—.

    —Ese tipo de investigaciones intentan conseguir algo bueno para ayudar. No para destruir—refutó ella—. De seguro, no cooperarías.
    —Por supuesto que no lo haría si me fuera inútil o perjudicial. No busco ayudar, ni crear algo bueno. Me ayudo a mí y destruyo lo demás. Muchos de ustedes, quieran o no, hacen lo mismo. Es la ley.
    —Ley —refunfuñó ella en voz baja—. No puedo creer que te atrevas a llamarle ley, si ni siquiera se aplica un juicio a quienes reciben condenas… y hasta usan la tortura para sacar confesiones —seguía pensando en esa mujer que, de acuerdo a procedimientos normales, no podía ser juzgada debido a inestabilidad mental.
    —Todo traidor muere tarde o temprano, así haya confesado o no. Mato rápido —trató de suavizar la verdad—. A no ser que me molesten demasiado.
    Satsuki comprendía. La tortura la mataría pero no quebraría su fidelidad para con él.
    ¿Y si usaban métodos que la hicieran hablar en contra de su voluntad? ¿Drogas, por ejemplo? Obviamente pensaba en la posibilidad de revelar el “secreto” de Amano. Traería más problemas que soluciones, como la muerte de varios testigos, la atención exagerada hacia la organización y un exagerado odio-adoración hacia él.
    —¿Parece que tengo ganas de que medio mundo sepa por tu boca lo que no saben por la mía? —dijo él con hambre—. Utilizamos ese tipo de métodos poco ortodoxos, pero…
    —¿Pero? —ella lo miró con un claro signo de interrogación en la cara.
    —Pero a ti te protegería contra él. Qué ironía ¿no?
    —Sí, sí, gran ironía.

    “Te protegería contra él”
    Era
    “Te mataría antes de que lo intentaran”, en la jerga Asurama Amano.
    Porque los muertos no hablan.

    Amano valoró sus posibilidades ¿Cuánto tiempo había transcurrido ya? Había nacido cerca de 1280, había crecido en la espesura durante una época turbulenta en el país y había matado a su padre mucho antes del período Muromachi. Había permanecido dormido por años y, cuando despertó, como en 1340, nuevamente había turbulencias entre los humanos. De no haber sido así, su sed de sangre se habría aplacado y él se habría vuelto “bueno” como su padre. Pero como prefería matar antes que morir, la guerra humana solo lo reivindicó como asura.
    Entonces, ellos, causantes de su maldad, no podían culparlo, aún si así lo quisieran.
    Las sospechas sobre Amano existían, aunque nadie tuviera evidencia contundente o ideas claras sobre lo que pasaba.
    En el pasado, la gente era más supersticiosa. La mayor racionalidad en los tiempos actuales lo habían ayudado a esconderse fácilmente. Qué ironía. Hacer magia en un mundo donde nadie creía en ella era fácil, porque podían pasar como accidentes o coincidencias.

    —¿En qué piensas? —Satsuki lo sacó de sus pensamientos.
    —En lo fáciles que son de engañar.
    —¿Y qué tal si sólo fingieran ser engañados?
    —¿Eso cambia las cosas? No mientras siga vivo.
    —¿Realmente crees que tu control y tus engaños continuarán para siempre?
    —Insolente. Sé que nada trasciende en el tiempo y cuando esto se acabe, cambiaré de juego y seguiré viviendo —sonaba como una amenaza.
    —Pero no soportas la presión de ocultarlo, necesitas decírselo a alguien y me escoges a mí.
    —Cuando yo me haya ido, tú continuarás aquí.
    Ella se sorprendió. ¿En verdad la estaba eligiendo?
    —¿En verdad?
    Él mostró una risa sin emoción.
    —Por supuesto que no. Morirás.
    Ella bajó la vista lentamente e intentó fingir una sonrisa.
    —Mientes bien.
    —¿Lo ves? Los humanos son engañados… —la tomó por el mentón y le levantó el rostro— por sus sentimientos.
    —No deberías jugar con los sentimientos de las personas.
    —¿Cuándo fue la última vez que hice algo que debería?
  10. Carne


    —Tu crueldad no tiene límites —se inclinó hacia delante y abrazó sus rodillas mientras lloraba con fuerza, siendo opacadas sus quejar por los truenos—. El ansia de sangre jamás podrá volverse justicia. No quiero perder todo lo que tengo, no puedes obligarme, no puedes amarrarme. No es justo.
    —Perdona, Satsu.
    Ella levantó la vista, no supo en qué momento él había tomado forma humana.
    Él desvió la mirada por unos segundos.
    —Yo no sabía lo que estaba diciendo —su disculpa sonaba sincera—. Lo siento —aunque estuviera mintiéndole, si eso hacía que ella dejara de llorar, para él sería más que suficiente.
    Ella permaneció en silencio.
    —¿Me perdonas? —preguntó al aire y uno de sus vientos rodeó a ambos, como una pared que no dejaba sentir la lluvia ni los ruidos que acompañaban a ésta.
    Ella lo abrazó con fuerza y lloró en silencio.
    Él la miró inmóvil e impasible por un buen rato. Luego, la abrazó para cobijarla de la tormenta externa… y la interna también.
    —Nunca dañaría a tus seres queridos —mintió de forma convincente—. No quiero que sufras —era la primera verdad que había pronunciado en horas.
    Ella levantó la vista y lo abrazó con más fuerza. Sonaba real, quería creerle, parecía estar protegiéndola todo el tiempo. Amano levantó una mano hasta su mejilla y recorrió el borde de su rostro de forma lenta, grabándose su forma y su olor, la cobijó más. Aún bajo el ruido de la tormenta, ambos se hallaron con las almas en silencio.
    —Satsu, cierra los ojos —le dijo en susurro.
    Ella los cerró fuertemente y sintió cómo su espalda se pegaba al frío y mojado respaldo del viejo banco de aquel solitario parque. El frio de hielo se convirtió en fuego de infierno al segundo siguiente, sintió la boca de él contra la suya. Ardía terriblemente, cual llama viva. El corazón de Satsuki saltó con violencia y su estómago de encogió, jamás había sentido algo tan placentero y doloroso a la vez. Jamás la habían besado.
    Soltó un opacado grito de dolor al recibir en la boca una enorme y dolorosa herida, sintió el filo de sus colmillos y el sabor de su propia sangre tibia. Quiso apartarse de él, pero la fuerza con que la sujetaba era tremenda e hiriente, incluso ejercida con un solo brazo.
    Sobrepasaba el límite del humano.
    Sintió pánico cuando la mano libre de él pasó de la base de su espalda a hurgar en su entrepierna y luego en su sexo. Quiso oponer resistencia, pero Amano la aplastó con el peso de su cuerpo contra el respaldo del banco, impidiéndole cualquier movimiento. La boca insistente, pegada a la suya, no le dejaba gritar. Ni en sueños podría huir. No podía evitar sentir la mano de él entre sus piernas, sintiéndose mal. Estaba excitándose, y en contra de su voluntad. No se atrevió a abrir los ojos, no dejaba de lamentarse ni de derramar lágrimas ocultas por la helada lluvia.
    No te asustes —susurró sorpresivamente el eco de la voz de Amano dentro de su cabeza, sonaba como una orden, se oía enojado—. Estás con un dios youkai, nada te sucederá.
    Esa sí no se la podía creer, a todas luces era mentira ¿qué iba a ser de ella si no podía salir de esa lluvia? Pensaba abusar de ella. Gimió entre dolor y placer. Sus manos eran toscas y le había dejado heridas en todo el rostro con la fuerza de sus mordidas.
    —¡Me haces daño! —soltó finalmente como si hubiera podido salir a la superficie de una asfixiante corriente de agua.
    Él se separó apenas de ella.
    —¿En serio? —dijo sin emoción en la voz mientras le arrancaba la falda, rompiéndola de un tirón— ¿en serio? —repitió mientras le rasgaba las bragas sin darle tiempo a decir una letra—. Cuanto lo siento —su tono sin emoción denotaba lo contrario. De un tirón se bajó los pantalones y la embistió, arrinconándola contra el banco, sin darle tiempo a reaccionar.
    Ella soltó un agudo grito de dolor que fue opacado por una de las manos de él. Sintió que se desgarraba por dentro, incluso sintió su propia sangre correr. Era enorme.
    Él escuchó impasible la queja de dolor de Satsuki, ahora sí podía quejarse con motivos. Se inclinó sobre ella y la cubrió con su cuerpo, protegiéndola de la lluvia y el frío. Volvió a pegar su mejilla contra la de ella y le puso una mano en el rostro.
    —Intenta fingir que no deseabas eso —le dijo mientras pensaba en el placer que su entrada le había provocado. Poco le importaba que ella hubiera sentido dolor. Si no había solución, simplemente no le importaba.
    Él tenía razón, ella había soñado estupideces tantas veces, pero jamás había imaginado algo tan violento y doloroso. Era horrible. Se odiaba a sí misma, de algún modo u otro, ella era quien había provocado aquello. Así como podía mantener un vínculo telepático, seguramente había leído más de una vez sus pensamientos, quizás hasta la tenía calcada. No podía quejarse.
    —¿Te vas a callar? —dijo de forma brusca.
    Fue como si las lágrimas se le congelaran y la voz se le hubiera ido. Satsuki abrió los ojos y lo miró a la cara. Estaban unidos, ella se había puesto toda roja y no solo de tanto llorar.
    —¿Es suficiente? —preguntó él en susurro, acercándose a su rostro y daba una primera envestida.
    —Es suficiente —contestó apenada y adolorida, también en voz baja y apenas audible por la lluvia. Había perdido la voluntad de luchar contra él, contra su fuerza y contra sus decisiones. Bien, que hiciera lo que quisiera, ese era el principio del fin.
    El continuó moviéndose de forma lenta sobre ella, aunque no por eso menos brusca. Apretó sus senos y su caja torácica con las manos debajo de la fina blusa de Satsuki, la cual terminó desgarrando al igual que la falda para permitirse mayor libertad. Sintió cómo ella se estremecía con el toque de las frías gotas de lluvia. Se veía bien. Se le hacía agua la boca, muchas mujeres humanas se le habían muerto así, heridas, desangradas y destruidas por dentro, cuando no terminaban dentro de su estómago. Si Satsuki moría, no importaba, pero prefería que no. La cosa le estaba gustando y quería conservarla por algún tiempo más.
    —Duele —murmuró para sí misma. Ella gemía entre un placer y un dolor de enorme intensidad, era como si fuera a partirse.
    —Aguanta —le respondió él antes de aumentar la velocidad de sus embestidas. Alternaba entre movimientos lentos y segundos de desenfreno, se asía a ella de forma brusca, la tocaba por todas partes, la mordía.
    Ella había perdido la voluntad de quejarse y se quedó allí con los ojos cerrados, mientras su voz templada parecía cantar.
    —Siempre había pensado que mi padre se suicidó al meterse entre los humanos y aliarse con ellos —aumentó la fuerza y la velocidad de sus movimientos. De repente, sentía que no era él y que se perdería devorado por llamas candentes que salían de su sexo unido al de ella y del centro de su corazón, la sensación era aumentada por el adictivo olor de Satsuki, por su sabor, por el sonido de su voz, su imagen—. Qué lástima —dijo sin sentirlo. Se le nublaba la vista.
    Se sentó sin separarse de ella y la levantó por el torso, mientras buscaba con los labios y la lengua el valle entre sus pequeños senos.
    Me perteneces —gritó el eco de su mente dentro de la de ella, al tiempo que le clavaba a fondo los colmillos en el pecho hasta hacerla sangrar. Ni siquiera la oyó gritar antes de que se desmayara. Se aunó a su mente desfalleciente y se corrió dentro de ella.
    Se quedó en silencio debajo de la lluvia mientras la contemplaba como un objeto adquirido.
    —Ahora no te puedes separar de mí, Satsu, te he atado —estaba confiado en que ahora no podría escapar del clan ni aunque quisiera. Los humanos atados por lazos sentían dolor al separarse de las criaturas mágicas. Ese dolor, a veces, acababa en agonía. Ella no iba a tener las agallas para arriesgarse—. Te quedas, Satsu, te quedas para siempre —suspiró de modo imperceptible, clavando la mirada azul a la chica pálida y desmayada—… o al menos hasta que tu tiempo de humana llegue a su fin.


    Despertó algo confusa, viendo borroso. Primero, sintió un fuerte dolor de cabeza, como si le hubieran clavado un cuchillo en medio de la frente. Luego, sintió un dolor punzante en el cuello y finalmente, todos los músculos de su cuerpo se agarrotaron y se resintieron del dolor. Tardó un rato en darse cuenta de que estaba desnuda, llena de golpes, moretones, rasguños y mordidas, toda manchada de sangre. Parpadeó varias veces, intentando no perder la conciencia y notó que se encontraba dentro de una enorme habitación blanca. Solo había una lámpara incandescente, una puerta y nada más. El lugar era silencioso, frío y vacío y una extraña neblina blanca parecía elevarse desde el suelo.
    —¿En dónde estoy? —el dolor no le permitía levantarse. De pronto, su estómago rugió.
    —¿Tienes hambre? —preguntó Amano, sentado en el suelo a su izquierda. Antes no lo había visto.
    Sin importarle su dolor, la jaló de un brazo, arrastrándola hasta el suelo una habitación contigua, tan fría que helaba hasta los huesos.
    Satsuki se apoyó en sus manos para incorporarse, levantó la vista y gritó a todo pulmón. El suelo de la enorme habitación era un río de sangre, repleto de cadáveres, algunos de los cuales estaban completamente destazados. Creía reconocer algunos.
    —Come —le ordenó él y le arrojó un cadáver al que le faltaba una pierna.
    Ella volvió a gritar y sostuvo el cadáver sin saber qué hacer. Estaba paralizada.
    Él tomó el cuerpo de una mujer que estaba en posición fetal en un rincón y le arrancó de una mordida un enorme trozo de muslo, comiéndoselo en tres bocados. La carne era fresca y el rostro se le manchó de rojo. Inmediatamente, arrancó otro pedazo hasta acabar con el muslo completo, entonces, le arrancó la otra pierna para seguir comiendo. Luego, le arrancó la cabeza de un solo movimiento y le sacó los ojos, la lengua, las orejas y los sesos, incluso se comió el cráneo.
    Satsuki no lo soportó y vomitó, volviendo a ensuciarse. Lloró desconsoladamente, porque no podía salir de allí, porque nadie vendría en su rescate por mucho que gritara y porque, en cualquier momento, estaría igual que esos cadáveres. Mordió el cuello del que estaba entre sus manos y, cerrando fuertemente los ojos, masticó la carne cruda. Era picante y sabía bien. Siguió llorando, consciente de que se estaba comiendo a un igual. Sin embargo, tenía que sobrevivir y ese era el único modo. Se comió todos los músculos de la cara y la cabeza y luego siguió con el muslo. En cierto momento, no lo soportó y volvió a vomitar, entonces, se arrojó en el suelo y siguió llorando hasta que le ardieron los ojos. Ni siquiera se dio cuenta del momento en que él salió, dejándola sola. Temió que la encerrara allí hasta que muriera, para comerla de postre. Y lloró más. Las caras de todos esos muertos bailaban dentro de su cabeza y parecían acusarla.
    Sabía que Amano le había mentido: con tal de conseguir que ella se quedara, le había dicho que era incapaz de hacerle daño, pero era libre de hacerla pedazos cuando quisiera. No cumpliría sus promesas a una chiquilla inútil y tonta. Él le había pedido perdón, pero a sus palabras se las había llevado el viento. Confiar en él era peligroso, pero en ese lugar desconocido, Amano era lo único que tenía. No sobreviviría si él la dejaba sola.
    En alguna parte de su mente, ese lado violento que quería destazar y comerse a las personas, deseaba morder a Amano como represalia, pero el miedo era mucho más fuerte.

    Amano ya estaba harto de “algunos” en la organización. Había más de veinte llamadas perdidas y muchos mensajes de texto y de voz en el buzón de su teléfono móvil, pero él no había contestado a ninguno. No quería ser molestado, no en ese momento. Tomó el teléfono con toda la intención de aplastarlo entre los dedos cuando, repentinamente, sonó por segunda vez en esa noche.
    —Amano —le dijo Takeshi en el tono más amable posible—. Ya hacen dos días y sabemos que Satsuki está en tu casa. Si aún está viva, haz el favor de devolverla y, si está muerta, devuelve por lo menos su cadáver. Tienes dos horas.
    —Akemi-san no está aquí —respondió él tranquilamente.
    —O la devuelves en dos horas o enviaremos efectivos a tu casa.
    —Hagan lo que quieran. Akemi-san no está en mi casa —y dicho esto, cortó.
    Entonces, bajó al piso subterráneo en el que había llevado a Satsuki y la encontró intentando acabar de comerse el cadáver que él le había ofrecido.
    —Deja de llorar —le ordenó bruscamente—. Vas a quedar como una pasa.
    —¡No me importa! —contestó histérica, mientras seguía llorando y comiéndose el cadáver que la dejaba tan sucia.
    Él buscó el cadáver más grande que encontró y lo levantó para devorarlo por piezas. El único sonido audible en la habitación era el de sus colmillos desgarrando la carne y triturando huesos. Mientras tanto, la chica seguía comiendo y vomitando.
    Con el paso de las horas, el silencio y la quietud se adueñaron del lugar. Satsuki no sabía si era de día o de noche, ni siquiera estaba segura de saber qué día era. Solo sabía que se hallaba encerrada con un montón de cadáveres en una horrorosa habitación de la laberíntica casa de Amano.
    Entonces, una presencia extraña interrumpió la quietud. Amano se puso de pie y, sin dar explicaciones, salió. Ella ni siquiera intentó moverse, de todos modos sería inútil y aún estaba adolorida.

    Amano abrió la puerta y se encontró frente a cuatro miembros jóvenes, de rango medio, pertenecientes a la división de trabajos especiales. Estaban fuertemente armados. Realmente creían que encontrarían a Satsuki en su casa y esos maestros la codiciaban tanto como él mismo.
    —¿En dónde está Akemi Satsuki-san? —preguntó secamente el que venía a la cabeza.
    Él los dejó pasar y los llevó a través de la intrincada casa. Esos ingenuos no tenían modo de saber que la puerta principal se había cerrado bajo llave, por sí sola, a sus espaldas.

    Cuando vio entrar a las cuatro personas, Satsuki se quedó paralizada. Los segundos se hicieron eternos. Ella pudo comprenderlos y ellos la miraron a los ojos y la comprendieron súbitamente. Gritaron de dolor al sentir cómo eran atravesados sus cuerpos. De un solo jalón Amano los desgarró a la mitad y les extrajo las vísceras para arrojarlas hacia donde estaba Satsuki, manchándola completamente de sangre, grasa y excrementos.
    —Come para reponer energías —le dijo mientras oía los gritos de agonía de sus víctimas—. Las necesitarás —sonaba tan perverso...
    Ella volvió a gritar y a llorar y comió tan rápido como podía, mientras veía cómo él amontonaba los cadáveres en un rincón.
    —Tengo sed —se quejó con voz áspera, con la garganta ardiendo.
    Él tomó el cadáver de uno de los cuatro sujetos, le rebanó la cabeza con un golpe seco y lo llevó cerca de la boca de Satsuki, permitiéndole beber la sangre fresca.
    —Mi sangre es muy venenosa —le dijo en un tono suave y tranquilo—. Te mataría en segundos.
    Él no parecía querer hacerle daño alguno, por el contrario, le estaba dando alimento, el único que tenía. Finalmente, cuando hubo saciado su sed, se separó del cadáver con asco.
    Él ladeó la cabeza y se le quedó mirando.
    Satsuki levantó entonces la vista y se halló con los fríos ojos de Amano.
    Abrió la boca para soltar una pregunta, pero él la arrojó al suelo de un golpe y le saltó encima, como un depredador a una presa indefensa. Le sostuvo las muñecas contra el suelo y, rasgando su propia ropa con un brusco movimiento, se pegó a ella y empujó en su interior.
    Ella se agitó, en un vano intento de salir de debajo de él, pero el dolor que sentía le impedía hacer algo racional, sólo podía gritar y retorcerse mientras él la embestía con violencia y brusquedad, cada vez a una velocidad mayor.
    Sus sueños se destrozaron y sus sentimientos encontrados dolieron. Estaba empapada de sangre, sudor, lágrimas y vómito, unida en contra de su voluntad a la única persona que le quedaba, a alguien que la destruía moral y físicamente. ¿Cómo podía estar deseando aquello? ¿En qué clase de engendro se había convertido? Continuaba llorando mientras él le gruñía.
    Ella no se callaba y él le enseñó los colmillos, exigiéndole sumisión. Satsuki explotó.
    —¡Suéltame, hijo de puta!
    Él la embistió con tanta fuerza que la golpeó contra el suelo.
    —¡¿Qué me dijiste?! —le gruñó con una voz ronca, que nada tenía de humana.
    —¡Que eres un hijo de puta!
    Él le soltó una de las muñecas y le dio un puñetazo en el medio del rostro. Ella gritó de dolor y odio, se incorporó a medias y le vomitó encima.
    —¡Te odio! —le gritó cuando los interminables espasmos de su estómago se detuvieron y a cambio, recibió una bofetada. Las negras marcas de los dedos de Amano quedaron como surcos en su mejilla.
    Él miró insatisfecho mientras ella seguía vomitando sangre y porquerías sobre sí misma y sobre él. Odio. Él le daba refugio y comida y destruía todo lo que alteraba sus emociones… ¿y ella le pagaba con odio?
    —¡Deja de mirarme, animal! —le gritó con furia, mientras la baba le caía a un costado— ¡Deja de mirarme, eres un hijo de puta!
    Iba a darle una bofetada, pero él volvió a sujetarla contra el suelo, sin dejar de embestirla.
    —¡Maldito! —ella continuó insultándolo.
    Él volvió a golpearla y ella volvió a insultarlo. Mientras más la golpeaba, ella lo insultaba más, como si deseara que él siguiera hiriéndola.
    La mente de Satsuki era un mar de confusión y, para protegerse, se desconectó de sus emociones. Entonces comprendió cómo se sentían las bestias. El dolor y el placer se mezclaron, se confundieron, volviéndose una sola cosa.
    Al no poder hallar las emociones humanas de Satsuki, Amano perdió la conexión con ella y no pudo seguir manipulándola. Pero ella aún se sentía como víctima y no pudo defenderse.
    —Te odio… te amo… te odio… —pero esas eran sólo palabras. Su cabeza entró en cortocircuito y, entre espasmos y dolor, tuvo un orgasmo y un río caliente fluyó desde su interior. Quiso hablar o gritar, pero no encontró su voz.
    Deseaba seguir siendo golpeada y violada por ese animal, quería morir así, porque quería llegar aún más lejos y se sentía demasiado limitada y pequeña como para llegar por sí sola al mundo que estaba oculto tras el velo de la muerte.
    Se agitó, incómoda, y comenzó a tener convulsiones, pero él la arrojó a un lado con brusquedad y cayó al suelo con la mirada perdida.
    Ella lo miró callada y notó que estaba medio transformado, con el morro ancho, las orejas puntiagudas y una fina capa de pelo medio blanco, medio negro le cubría el rostro.
    Quiso levantarse, pero su torturado cuerpo no respondió. Intentó hablar, pero su boca cortada y ensangrentada sólo soltó un sonido gutural, semejante al de un animal. Su garganta estaba medio desgarrada a mordidas y aún así seguía viva. Tenía los pechos hinchados y los pezones duros y sensibles. Su abdomen subía y bajaba, intentando tomar el aire que le faltaba a sus pulmones, todo su cuerpo sufría fuertes espasmos y un terrible fuego invisible la envolvía, pero no eran aquellas llamas infernales que desprendía el cuerpo de Amano y la cubrían de llagas, no. Se trataba de un insoportable calor que la consumía por dentro, como si tuviera alcohol en las venas en lugar de sangre.
    Amano seguía tirado, inmóvil a pocos centímetros de ella. Sabía que él sólo fingía para perturbarla, porque estaba insatisfecha. ¡Él tenía unas energías monstruosas! ¿Cuánto podría costarle levantarse? Que la golpeara, que la violara, que la matara, que se la comiera viva, pero que no la dejara así. Le transmitió mentalmente sus sensaciones.
    De no estar tan inmóvil e indefensa, ella misma se levantaría e intentaría violarlo para satisfacer esas ansias que la torturaban. Saciaría su hambre, apagaría el fuego que quemaba su sangre… tendría a Amano sólo para ella, como muchas veces había soñado. Todos sus sueños y sus pesadillas se estaban volviendo reales.
    Decenas de ojos de cadáveres destazados miraban su desnudez, su cuerpo cubierto de inmundicias. Sintió esa extraña hambre y su vista se nubló, mientras crecía el deseo de arrancarles los ojos para que no siguieran mirándola.
    Miró al cuerpo desnudo de Amano y notó que tenía la verga medio erguida. Se le hizo agua la boca y sintió deseos de levantarse, correr hasta él e introducírsela toda en la boca. Sin embargo, era más grande de lo que ella había pensado. Con razón la desgarraba… pero aún así deseaba sentir esa enorme cosa por todas partes. Hizo un esfuerzo sobrehumano para intentarlo, pero el dolor le ganó y se desmayó.

    Despertó sola en la habitación de antes, sucia y adolorida.
    —Este hijo de puta me violó mientras dormía —murmuró mientras sufría de una molestia en la entrepierna.
    Estaba toda abierta y su cuerpo aún no le respondía, por lo cual no podía cambiar de posición. La siguiente sensación fue el frío, al que ya se estaba acostumbrando. Y el hambre. La enorme habitación fue haciéndosele más pequeña y se puso a buscar la manera de salir, aunque la puerta estaba cerrada bajo llave. Con lo que le había costado arrastrarse hacia ella.
    De repente, un golpe en la cara la arrojó hacia atrás.
    —¿Así que intentabas escapar de mí? —la hizo volar de una patada— Te he dado refugio ¿y así me lo agradeces?
    Cerró la puerta de un golpe y la levantó del cabello ¿Acaso le arrancaría la cabeza? ¿Importaba?
    —¡Hijo de puta violador y asesino! —le gritó a boca de jarro y su cabeza se estampó contra la pared.
    —Puta de mierda, por tu culpa perdí mis clases en la universidad.
    —¡Te lo mereces por desgraciado!
    Y él nuevamente la golpeó contra la pared.
    —¿Cómo te atreves?
    —Maldito animal.
    —¿Qué me dijiste? —y volvió a golpearla.
    —¡Que eres un maldito animal! —y nuevamente fue golpeada— golpéame de nuevo!
    Y él la golpeó.
    —¡Golpéame más!
    Y él continuó. Pero mientras más la golpeaba, se sentía más inferior y ella se sentía mejor y más fuerte.
    —¡Mátame a golpes, maldito hijo de mil padres!
    —¿Te gusta que te golpee?
    —¡Me encanta!
    —¿También te gusta que te folle?
    Ella iba a gritarle que sí, pero no lo hizo.
    —¡No, porque eres un puto de mierda!
    Él la arrojó al suelo, la levantó por las caderas y le metió un puño por los genitales.
    Ella gritó de dolor, se puso a insultarlo mientras escupía sangre y lo provocó, gritándole que npo era capaz de hacer algo mejor que eso.
    —Te voy a reventar toda
    —¡Hazlo, que me gustaría! —le gritó furiosa y adolorida.
    Pero muy en el fondo, realmente deseaba que él la utilizara como le viniera en ganas. Para eso había querido ser suya. Ahora, realmente era una esclava y por muy malo que eso fuera, empezaba a gustarle.

    Durmió por algún tiempo y el dolor fue mitigado, dándole respiro y permitiéndole sentarse en la… “su” habitación. Su estómago protestó.
    —¿Tienes hambre? —preguntó una voz a su lado.
    Miró de reojo y vio la pálida cara de Amano manchada de sangre. Era injusto que comiera antes que ella.
    —Tengo hambre.
    Él se levantó y la llevó a las rastras hasta el cuarto de cadáveres. Le arrojó el cuerpo decapitado de un niño, ella cerró los ojos con fuerza e intentó comer recordando que aquello no era ya un ser humano, sino sólo carne, carne que la ayudaría a sobrevivir y a fortalecerse para soportar el maltrato de Amano. Comió sin detenerse y sin darse cuenta de que el bakemono la miraba.
    —Deja de desperdiciar agua y sal.
    Hasta ese momento, ella no se había dado cuenta de que estaba llorando.
    —¿Nunca lloras? —le preguntó con la voz quebrada— ¿No piensas que estos pueden ser los cadáveres de personas que amas?
    —Calla y come —no le gustaba que le hablaran del amor, esa cosa tan inútil, ilusoria, abstracta.
    Ella terminó de comer y en seguida le sobrevinieron arcadas. Volvió a mancharse de sangre y vómito.
    —Eres una cerda.
    Se le volvió a quebrar la voz.
    —No es mi culpa.
    —¿No puedes comer sin vomitar? —y le pateó la cara—. Zorra, puta. Si te dieran de comer una verga, de seguro no vomitarías tanto —le dejó en claro que había leído sus lascivos pensamientos.
    Ella no se dejó amedrentar y se levantó.
    —Sí, soy una zorra y una puta. Y te la comería sin chistar y con mucho gusto.
    —¿Aunque te destrozara la cara?
    —Por supuesto que sí —lo provocó.
    Él la arrojó al suelo de un empujón y se le abalanzó encima. Ella quedó de bruces, con todo el peso de Amano sobre sus espaldas y no podía verlo ni moverse, pero esta vez no intentó resistirse, ni se quejó ni lo insultó. Más bien parecía como si, sumisa, lo estuviera invitando a entrar.
    Sintió que su cuerpo se estaba volviendo de algún modo más resistente La energía de Amano no parecía quemarle tanto como antes, su respiración en su cuello le gustaba, incluso disfrutaba de la fuerza de su mordida y del olor de su propia sangre. El dolor en su interior le resultaba placentero.
    De fiesta con un perro, estaba follando con un perro. Ja, ja, ja. Quería sentir toda una jauría en su menudo cuerpo. Quería que él siguiera mordiéndola y embistiéndola con violencia, quería seguir sangrando hasta quedarse seca y ser golpeada hasta no tener fuerzas. Y no se molestaba en ocultar que lo estaba disfrutando. Por el contrario, gemía con fuerza, confundiendo el dolor con el placer y haciendo que él se moviera cada vez más rápido, aplastando con sus duras manos cada parte de su cuerpo.
    —¡Jódeme! ¡Jódeme más! ¡por favor! ¡Sácame todo lo que tengo dentro! —jadeaba entre gemidos e ininteligibles sonidos guturales.
    Por momentos, parecía tan bestia como él y eso lo encendía más.
    —¡Sí, sí! ¡No! ¡Sí! —ella apretaba las manos contra el suelo con tanta fuerza que acabó por lastimárselas, pero parecía no importarle en lo más mínimo. Le pedía que la apretara con más fuerza, que la mordiera, que la golpeara, que la jalara del cabello, que la embistiera más rápido y más fuerte. Cuando se detenía, le pedia que continuara, si no lo hacía, gritaba de dio, asentía a los insultos que recibía y se rebajaba a sí misma.
    —Sí, lo soy. Soy una puta. Jódeme más
    Había perdido toda vergüenza y todo respeto por sí misma. Todo en ella era instinto, hambre y deseo. Había dejado salir la parte más bestial y destructiva que se ocultaba en su interior y ambos se complacían en ello. Realmente había dejado de sentirse humana y se sentía más cerca de Amano, a tal punto que creía que perderlo significaría la muerte misma. Sin aquel bakemono de ojos azules, ella ya no existiría.
    Antes que eso, prefería que la devorara allí mismo, mientras mantenían esa cópula animal, para así morar dentro de él. Y de perdió a tal punto que dejó de considerarse un individuo… creyó que había dejado de existir. Y toda conciencia propia desapareció para convertirse finalmente en un ente sin alma propia.
    Él acabó dentro de ella y se tiró a un lado. Ella sintió que su cuerpo se volvía blando y volteó, viendo su entrepierna manchada del semen de él y de su propia sangre. Matió la mano entre los labios de su vulva y la sacó empapada de esa mezcla. Sin pensarlo, llevó la mano a la boca y la saboreó. Haciendo caso omiso al dolor de su cuerpo, se arrastró hasta el bakemono, sujetó su miembro con una malo, lo lamió un par de veces y se lo introdujo en la boca, hasta el fondo de su garganta, tal y como se lo había prometido. Él no se movió y no soltó un solo ruido pero a ella no le importó y siguió jugueteando con esa enorme verga hasta conseguir que tuviera una erección. Iba a montársele encima, pero él se volteó y le gruñó.
    Ella retrocedió y se quedó sentada en el suelo en silencio, con las piernas abiertas y los genitales expuestos, hinchados, enrojecidos y húmedos. Volvió a tocarse y a probar de sus fluidos, como incitándolo, al tiempo que ponía na expresión ingenua e inocente. Con la otra mano se apretó los senos, excitada por el solo hecho de que él la mirara., aunque sus ojos claros no expresaran nada, ni repulsión ni deseo. Se masturbó a pocos centímetros del bakemono hasta que su cuerpo no lo soportó y cayó desmayada.

    Despertó confundida y sola en la habitación de los cadáveres. Se orinó encima y seguidamente, defecó. Antes, también lo había hecho a falta de un baño, pero con remordimiento y temor de cer castigada por ello. Ahora, ya no. Le parecía normal, incluso los golpes e insultos eran normales., incluso las violaciones lo eran. No se imaginaba estando con alguien que no la maltratara.
    Notó que estaba completamente sucia, pero no le importó ya que, curiosamente, esa capa la aliviaba del frío. Vio las marcas de las mordidas y éstas le agradaron. Se miró a sí misma y vio que estaba un poco gorda. Eso era bueno, allí no le faltaba comida. Incluso comer de sus propios excrementos le parecía normal ya. Comenzó a perderle el asco a la carne y la sangre humana, comenzó a disfrutarla, aún cuando no era tan fácil de comer con sus dientes débiles. Pronto ya no sentía arcadas ni necesitaba cerrar los ojos.
    Ahora que estaba allí presa, era libre de todas las ataduras humanas. Ahora que era libre, no parecía haber cosas prohibidas.
    Se tiró de espaldas al suelo y se masturbó sin preocuparse. Era más, si Amano hubiera entrado en ese mismo momento, le habría agradado que apreciara la escena e incluso lo habría invitado a acercarse. Y no sentía culpa, ni vergüenza, ni ninguna molestia. Porque se había dado cuenta de que “lo bueno” y ”lo malo” eran inventos humanos. Y también se había dado cuenta de que Amano se aprovechaba de eso y de la ignorancia de muchos. Pero nada de eso importaba ya. Porque ella estaba libre de todo eso. Podía ser inocente o sádica con la misma facilidad… y estaría bien.
    Imaginó que é podía verla en ese momento y se lo disfrutó. Cansada de los ojos de los cadáveres, se los arrancó a todos y se los comió. Se preguntó qué podría hacer hasta que Amano llegara y la sacara de allí. Deseó beber la sangre fresca que él solía traer y creyó que enloquecería si no lograba refrenar ese deseo y pensar en otra cosa.
    Vio el cadáver tieso de un hombre bien dotado y le arrancó su miembro. Lo mojó con su saliva y, sin pensarlo mucho, se lo metió en la vagina y se masturbó con fuerza, al tiempo que clavaba la cabeza en el suelo, se imaginab a Amano y lo llamaba por su nombre.
    Claro que no notó que éste se le había quedado mirando en silencio desde la puerta por un largo rato. La escena le provocó hambre y excitación a la vez.
    —Satsu, levántate o te reviento.
    Ella entró en confusión al no poder decidir entre levantarse o no. Pero esta vez, intercedió el instinto de conservación y se puso de pie, dejando caer la verga muerta al suelo.
    —Cómete eso.
    Ella obedeció callada.
    —Ponte a gatas —en verdad quería probar hasta donde podía llegar la obediencia de la chica.
    Ella dándole la espalda, se puso “en cuatro patas” abriendo exageradamente las piernas e inclinándose hacia delante y ofreciéndole una buena vista de su cuerpo. Él se dio cuenta de la provocación y se acercó lo suficiente como para que ella pudiera sentirlo.
    Esa mocosa zorra, en un intento de proteger su mente, había bloqueado sus recuerdos y había olvidado que él había matado a sus padres. Y tampoco parecía tener intenciones de escapar, había perdido la voluntad de hacerlo. En cambio, era buena esclava en todo el sentido de la palabra. Todo estaba saliendo mejor de lo que había esperado.
    La provocó poniendole un pie en la entrepierna.
    —Muy bien, estas siendo obediente —la pateó haciéndola caer de lado—. Te ves mejor en el suelo.
    Ella estaba haciendo lo que él le pedía ¿entonces por qué la golpeaba?
    —Hace unas horas dijiste que te gustaban los golpes.
    —¿Sí? —se levantó de un salto e intentó empujarlo para hacerlo caer al piso, pero fue como querer mover una pared.
    Él se le arrojó encima, haciéndola caer de espaldas y lastimándola, pero ella bloqueó la sensación de dolor y se atrevió a forcejear con él. Amano le golpeó el rostro, pero ella no pareció sentir el golpe, no emitió sonido alguno y no cambió de expresión.
    —Eso no me ha dolido —usó una voz sin tono y un rostro tan inexpresivo como el de una estatua.
    De algún modo, consiguió quedar encima de él y golpearlo. Él se separó de ella unos pasos y la observó intentando entender lo que pasaba, puesto que no encontraba pensamientos humanos en esa cabeza. Ella emitió un sonido gutural monocorde, aún con el rostro inexpresivo y con los ojos vidriosos. Él le gruñó y ella se hizo hacia atrás, empequeñecida y emitiendo un sonido similar. La hizo retroceder más, buscando que se sometiera como antes y ella efectivamente retrocedió hasta una pared, pero sin quitarle los ojos de encima y aún gruñéndole.
    Amano saltó y la mordió en el hombro y ella se dejó caer al suelo, pero se agitó tal y como hacen los animales y logró separarse de su agarre y soltar una mordida sobre la muñeca de Amano. ¿Cómo podía obtener tanta fuerza en sólo horas? Ambos comenzaron a forcejear intentando morderse y someterse. Entonces, él comprendió que ella ya no era la chica humana que había dejado en la mañana. Cansado del jueguito, la aprisionó contra una pared. Ella no le gritó, ni lo insultó como otras veces: le ladró.

    Satsuki abrió sus negros ojos de vidriosa mirada. Veía las cosas de un modo diferente, de otro color, lo veía todo en una candente tonalidad roja. Sus entrañas se retorcieron de dolor y su garganta le ardió. Invadiéndola con fuerza, sintió venir el hambre.
    —Carne —pidió en tono claro.
    No había dicho que tenía hambre o que quería comida. Había dicho que quería carne.
    Amano abrió los ojos de una manera similar y poniéndose de pie con un movimiento fluido, se llevó a Satsuki hasta el lugar en el que depositaba la carne. Ella ya no los veía como seres humanos, ni siquiera como cadáveres. Ya llevaban tiempo muertos. Solo eran trozos de carne. Eran comida. Esta vez, no la arrastró, sino que ella le siguió el paso y entró en la fría habitación antes que él. Ni siquiera sintió frío. Sus ojos estaban fijos en la carne. Sus entrañas se retorcieron nuevamente y la boca se le hizo agua. Realmente quería comérselo todo.
    Amano fue hasta un rincón, levantó el cuerpo de una mujer pulposa y se preparó para comérsela, cuando Satsuki corrió hasta él y sujetó el cuerpo de la mujer por un brazo, jalándola hacia sí, intentando quitársela. Ambos se encontraron forcejeando, luchando por el mismo trozo de carne.
    —Suelta —le exigió él, al tiempo que un fiero gruñido se levantaba en su garganta—. Es mía —y golpeó a Satsuki, haciéndola volar contra una pared.
    Ella ni siquiera sintió el golpe, ni tampoco el impacto con la pared o el suelo y se levantó en el acto, corriendo nuevamente hasta él y volviendo a jalar el cadáver con una fuerza sobrehumana, ya no solo con las manos, sino también con los dientes. Tiraron con tanta fuerza que terminaron partiendo el cuerpo a la mitad. La sangre aguada y las tripas se desparramaron en el suelo y ambos se abalanzaron para intentar recuperarlas. Naturalmente, Amano ganó y terminó golpeándola.
    Ella le dedicó un sonido muy similar a un gruñido. Él le correspondió con un gruñido grave y amenazador, al tiempo que le enseñaba los ensangrentados colmillos.
    Ella ingirió vorazmente su parte de la carne pero se contrarió al ver que él se había quedado con una de las mejores partes: la cabeza. Aún no había acabado con su mitad, pero se lanzó sobre Amano y lo empujó con una fuerza muy semejante a la de él. Ambos comenzaron a forcejear por la cabeza, tanto que ésta salió volando y rebotó contra la pared, antes de caer a un rincón, con la castaña cabellera extendida cual abanico. Ambos corrieron casi con la misma velocidad, la cazaron al mismo tiempo y comenzaron a pelear, golpeándose con fuerza. Esta vez, fue Satsuki la que ganó. Amano, enfadado, comenzó a ladrarle, recordándole quien estaba al mando, pero ella no le dio importancia, mientras devoraba el cerebro de la humana.
    Satsuki ya veía a esos humanos como algo totalmente ajeno a ella. No le importaba si eran mejores o peores que ella, si eran buenos o malos, inteligentes o estúpidos, afortunados o desgraciados. Tampoco le importaba cual fuera la verdadera naturaleza de los humanos, solo le importaba que tenían buen sabor y le ayudaban a calmar su hambre.
    —Sangre —le espetó de repente—. Sangre, sangre…
    Amano lo comprendió, le estaba pidiendo sangre. Y parecía desesperada. Las únicas entidades capaces de sentir tanta necesidad por la sangre, aún sin necesitarla…

    …eran los asuras.

    —¡Sangre! —le exigió ella, sin comprender qué era lo que le estaba sucediendo, al borde de un ataque de histeria.
    Él, sin decir nada, salió, mientras ella corría por todos lados, intentando inútilmente derribar a los golpes las paredes la tenían presa. Solo consiguió hacerse moretones y raspones, pero no sentía el dolor. Él regresó en cuestión de minutos. Regresó trayendo sangre.

    Cuando terminó de beber. Se dejó caer al suelo y se encogió sobre sí misma. No vomitó como otras veces, su cuerpo había aceptado la tan ansiada carne y la sangre, sin que se le hiciera una pelota en el estómago. Pero todavía sentía la necesidad de la sangre. Quería más, quería verla, olerla, tocarla. Sangre fresca, de seres que estuvieran aún con vida. Quería comerlos vivos, tal y como él hacía. Después de todo, ella era como él. Se veía como un reflejo de él.
    Él caminó hasta ella y se inclinó a su lado.
    —Vamos a derramar mucha sangre —le prometió.
    De algún modo, le agradaba tener cerca de alguien que lo comprendiera por el hecho de sentirse igual. Y por primera vez, no sentía que compitieran con él. Ella no estaba compitiendo con él, sino que se sometía. Entre enojos y peleas, se sometía al de mayor jerarquía.
    Ambos permanecieron por un largo rato en silencio, inmóviles y sin mirarse.
    —Cuando los humanos mueren, devoro sus almas y su carne. Pero tú me simpatizas. ¿Qué quieres ser en tu próxima vida?
    Ella lo miró sin comprender.
    —¿Quieres ser asura? —le preguntó él— ¿O quieres ser un bakemono? ¿O un animal?
    Ella permaneció en silencio por un largo rato.
    —No quiero ser humana —respondió al fin. Los humanos tenían razón lógica, sentimientos, moral, aspiraciones y sueños, lenguaje… pero vivían de manera difícil. A menos que las personas vivieran de una manera menos difícil y menos autodestructiva… no quería ser humana.

    Y el silencio se prolongó por varios minutos más.
  11. ByW

    Johnnakan sentía que estaba pasando con Stephan más tiempo del que debía, sentía como si el mundo de ambos se fusionara y no deseaba que, debido a todo aquello, terminara involucrándole en algo peligroso, pero la curiosidad que tenía por Stephan era incluso más fuerte que sus miedos y dudas, como si intintivamente supiera que el muchacho era capaz de darle seguridad.
    No, esa no era una obliga´ción de Stephan.
    Y Jhonnakan entendió que había caído en una encricijada.

    Stephan miró de reojo al muchacho que caminaba a su lado, algo encorvado, con la vista fija adelante, la respiración entrecortada y muy tenso. No quería incomodar más al chico, así que decidió no preguntar.

    -Steph... -murmuró el chico.

    -Dime.

    -Si tienes tiempo ¿podrías ayudarme con los exámenes de la próxima semana? -preguntó luego de un largo silencio, pero seguía evidentemente nervioso.

    -No hay problema.

    -¿Sabes? Eres muy inteligente y hábil, no deberías perder el tiempo en alguien como yo. Aquí debe haber muchas personas más interesantes.

    -Me agradas y me alegras y no siento que pierdo el tiempo contigo.

    -Me gustaría que pasáramos juntos algún tiempo más.

    -A mí también -sonrió tímidamente.

    -No... no me digas que piensas marcharte.

    -Tal vez lo haga pronto.

    -¿Por qué? -John se sintió contrariado y confundido, deseaba poder evitarlo, aún sabiendo que no podría hacer nada desde su posición.

    -Tal vez mi familia consiga empleo en otra ciudad y debamos marcharnos pronto.

    -Tal vez eso tenga algo de bueno, así no te meterás en problemas...

    -¿Qué dices? -cuestionó Stephan al oír a Johnnakan murmurar.

    -Hay algo que no te he dicho aún -reconoció el chico, mientras ambos llegaban lentamente a la esquina.

    -¿Qué cosa?

    De repente, estaban rodeados por más de diez muchachos de la edad de Johnnakan.

    -Me molestan mucho aquí en el colegio.

    -Me lo hubieras dicho desde un principio.

    Pero estaban rodeados.

    -Vaya, vaya, Johnny, no sabía que eras tan cobarde que trajiste a alguien más grande para que te defienda -se burló el que parecía el cabecilla del grupo.

    -Los cobardes son ustedes, que se juntan en grupos para atacar a uno solo -le espetó Johnny

    -¿Así que te crees muy listo? ¡Ahora verás!

    -No se atrevan a tocarlo. Se los advierto -Stephan se puso a la defensiva.

    De inmediato, uno de los muchachos le sujetó de los brazos por detrás y otro le dio una fuerte patada en el estómago.
    Steohan se encogió mientras recuperaba el aire y Jhonny quiso correr en su ayuda, cuando también lo agarraron y lo tiraron al suelo, listos para darle una paliza.

    Stephan se agitó con fuerza y tres de los muchachos salieron volando a un par de metros. Stephan levantó al chico del brazo y le obligó a correr.
    Pero la pandilla se recuperó en el acto y comenzaron a perseguirlos.

    -No, nos siguen -se desesperó el más joven.

    -Sigue corriendo, no mires atrás -le pidió Stephan, mientras seguía jalándolo del brazo para que el jovencito no perdiera el paso-. No podemos pelear contra ellos, tenemos que salir de aquí.

    De pronto, pasaron junto a una sucia muralla de poco más de dos metros y, sin pensarlo, subieron por ella y saltaron del otro lado. Los de la pandilla, a pesar de sus fuerzas, no eran tan ágiles y cuando lograron pasar al otro lado de la muralla, Stephan y Johnnakan estaban lejos y no dejaron de correr hasta llegar a un viejo depósito, cuya puerta se había derrumbado, por lo cual pudieron entrar soin problemas y ocultarse.

    -¿Cómo lograste quitártelos de encima? -preguntó Johnnakan, que se había quedado con la impresión de que el muchacho los había empujado con "algo"

    -Te responderé eso más tarde.

    -Hazlo ahora -le exigió el jovencito.

    -Si tanto insistes... -y de inmediato, se desnudó.

    -¿Qué haces? -balbució el chico al ver aquello.

    -Estoy respondiendo a tu pregunta -contestó tranquilamente mientras terminaba de desvestirse. Lo último que se quitó fue una cadena que llevaba al cuello y de inmediato, su apariencia cambió. Su piel palideció notablemente y su rostro se "desfiguró".

    Stephan no tenía nariz, sus ojos eran claros, oblicuos, sus orejas eran pequeñas, casi invisibles, donde debía haber cejas, había un par de cuernos de unos veinte centímetros. Y justo encima de sus orejas, crecía otro par de "cuernos" ramificasos, del doble de largo que sus "cejas".

    -Steph... tú... éstás...

    -Esta es mi verdadera apariencia. Somos peta-nuri, "extraterrestres" para los de aquí.

    -¿"Sómos"?

    -Sí, tú también.

    Johnnakan negó categóricamente.
    -No, eso no es verdad. Tal vez tú, pero yo no... -se deprimió al acto-. Entiendo perfectamente por qué tú y tu familia se marcharán, pero no entiendo qué hacías aquí...

    -Me matriculé en la universidad para encontrar a mi hermano menor.

    -Y tu hermano está... -Johnny se quedó sin voz y se miró a sí mismo- ...tu hermano... tú crees que yo soy tu...

    Stephan le tendió la mano y algo inseguro, el chico la tomó. Ante su sorpresa, la forma de su cuerpo cambió a una muy parecida a la de Steph, pero con la piel algo verdosa y unos "cuernos" un poco más pequeños.

    -¿Y estos cuernos? -se sorprendió y se asustó.

    -No son cuernos. Sirven para comunicarnos y para sentir aromas.

    -¿Tu sistema respiratorio? Me sorprendes.

    -No te asustes.

    -Es inútil, estoy asustado... mis padres son humanos, yo no puedo ser "esto"

    No se dio cuenta de que había levantado la voz hasta que Stephan lo calló.

    -Ellos no son tus verdaderos padres. Esos seres humanos no son más que huéspedes que ayudaron a que crecieras. Y no eres el único, en esta ciudad hay muchos como tú y tú eres mi hwermano, por eso pude encontrarte y por ello vine hasta ti.

    -No entiendo. Y aunque tus padres fueran lso míos, me abandonaron.

    -No, John, eso no es cierto.

    -¿Entonces qué es lo que pasó? -con lo que ahbía visto, estaba dispuesto a oír cualquier cosa que su "supuesto hermano" le dijera.

    -Vinimos a paras aquí por accidente y no teníamos comida. Encontramos algo de comida aquí, pero estaba contaminada y no en estado puro, como en nuestro hogar de origen. Al comer de esa comida contaminada, muchos quedaron estériles e incapaces de cumplir un período completo de gestación... -guardó un largo silencio, como si se lamentara mucho de algo.

    -¿Tú también? -se compadeció Johnnakan.

    Stephan asintió cabizbajo.
    -Lo único que podían hacer muchos fue optar por huéspedes. Esos son tus "padres".

    Johnnakan estaba confundido, pero intentó ocultarlo.
    -¿Así que tengo cuatro padres?

    Stephan, intentando no asustarlo más, volvió a asentir en silencio.
    -¿Quieres conocer a tus padres verdaderos?

    Pero el chico estaba en shock.
    -No lo sé.

    -Ahora, regresarás a tu casa y volveremos a hablar en otro momento acerca de esto.
    Y sorprendentemente, ambos volvieron a una forma más "humana"
  12. Anoche, te tuve dentro de mí. Te abracé y te besé con un amor enorme, como jamás había hecho a nadie. Por primera vez en mucho tiempo, no experimenté dolor ni miedo de ninguna clase. No sentí confusión, ni sufrimientos, ni tampoco ganas de llorar. Anoche, en mi sueño, todo era cálido, sereno, todo estaba en el lugar que debía ocupar y sólo se oían nuestras voces en el silencio. Acepté lo que sentía y lo integré en mí. Mi personalidad dividida regresó a ser una y las voces lascivas callaron, ya no hubo agresividad salvaje y suelta, ya no hubo pesadillas de muerte. Todo lo que era oscuro desapareció de mi mente y sólo hubo luz. Anoche, me di cuenta de por qué Dios es Uno. Pero desperté y sólo fue un sueño.
    Esta noche, antes de la lluvia, salí de compras y me detuve frente al edificio, como si algo me llamara. Al regresar sobre mis pasos, te encontré y supe que no era una casualidad. Lamenté que siguieras enojado conmigo, lamenté que nos hubiéramos herido el uno al otro, lamenté no ver lo que sentíamos el uno por el otro, todo debido a un juego inmaduro. Te amé en el silencio y hasta quise beber de esa boca que me besó el rostro con delicadeza. Sigo esperando que Dios, el Uno, decida que estemos juntos de nuevo y cerremos todas esas heridas, mientras escucho el eco de nuestras voces en el silencio.


    Para my love! Te amo y perdóname!
  13. Silencio en mi despertar...

    Arde un deseo en mí, tan fuerte
    Que mis pensamientos lleguen hacia ti
    Con toda la fuerza de mi corazón...

    Soy incapaz de acortar
    la distancia que hay entre tú y yo
    Paso los días junto a ti,
    pero sigues lejos de mí.

    Ya no sé cómo reaccionar
    quisiera saber que hay en tu interior
    Toda esta angustia y dolor
    va cubriendo mi corazón.

    Si...
    existe algo en lo que creer
    esa eternidad,

    Quiero tener fe aunque sé muy bien que es duró caminar.

    Y...
    si en mi torpeza me vuelven a herir
    pronto se sanará.

    No pienso parar,
    no voy a ceder,
    Ahora quiero luchar
    Voy a luchar...

    Pienso tan solo en ti
    por eso,

    ya hay lágrimas de mi dolor
    Con cada recuerdo me pongo a llorar

    Solo a la vida pedí
    tan fuerte
    Que mis sentimientos lleguen hacia tí
    Con cada latido de mi corazón.

    Ante esta duda pretendí
    siempre proteger a mi corazón
    Pero hace tiempo ese temor,
    esta duda se disolvió.

    Hay...
    tantas cosas que te quiero mostrar,
    tantas palabras que...

    Quisiera saber todo sobre ti,
    si lloras... o ríes...

    Si...
    me abres tu alma ella me calmará
    y no sufriré jamás.
    Dejar de esperar,
    dejar de soñar
    Una oportunidad,
    al fin tendré.

    Pienso tan solo en ti
    y creo
    Que ya me cansé
    de estar así
    Volviendo de acero a este corazón.

    Solo a la vida pedí,
    tan fuerte
    Que mis sentimientos lleguen hacia ti
    Con cada latido de mi corazón.

    Pienso tan solo en ti,
    por eso
    Ya hay lágrimas de mi dolor
    Con cada recuerdo me pongo a llorar
    Lejana mi voz gritará
    Pero sé muy bien que al fin llegarás a mí
    Y así podrás creerme siempre...

    Cuando creas...
  14. Hermano mío, te amo, te amo, te amo.
    Jamás he amado tanto a nadie. Te quiero y te extraño y me refugio en tu recuerdo.
  15. Hace cuatro años está ahí, en la estantería de libros de mi habitación. Paso y lo miro y el libro parece llamarme. Pero yo soy reacia a escuchar sus llamados.

    Sinceramente, jamás he oído a una sola persona hablar mal de la Divina Comedia. Por el contrario, tiene unas críticas excelentes, a mi parecer, tanto de críticos como de lectores comunes. Incluso un muchacho llegó a decirme que sería una excelente trama para hacer un manga. De hecho, lo hay: la Saga de Hades, de Saint Seiya está basada en este clásico libro (y después dicen que los mangas no son educativos). De hecho, fue esta historia japonesa la que me impulsó a desear leer el libro. La Divina Comedia sigue mirándome desde la estantería, como si me tuviera tanta curiosidad a mí como yo a ella.

    Yo, que he pasado por libros tan diversos como El Principito, Brida, Harry Potter, Mi planta de Naranja Lima, Crepúsculo, Siddharta, Colmillo Blanco, Pet Sematary y Del Amor y Otros demonios, me acojono con éste. Tampoco me he terminado Cien Años de Soledad, que también duerme en el estante. Me odio. Creo que sigue ahí, mirándome desde la estantería.

    Ayer me dolía el estómago, caminé hasta la estantería, tomé el libro y le quité su bonito papel de envoltorio.

    Me la quedé mirando por un rato, su fina tapa de cuero, su listón rojo brillante. Me leí algunos versos del primer canto… pero me acojonó el grosor del libro. Sin embargo soy testaruda. Juro que un día me siento y no me levanto hasta haber alcanzado el nirvana… ah, no, esa era de Buda. No me levanto hasta haber leído todo el libro.