Color
Color de fondo
Imagen de fondo
Color del borde
Fuente
Tamaño
  1. En el cuarto no hay persianas, espero a las seis y media y ya es de noche en la ciudad. Me siento a tocar el piano, que huele a polilla y a viejo, y entonces se aparece tras de mí, lívida y sublime, como el humo de un cigarro. Ya me encuentro sosegada: ella es mi causa, que me cuida desde fuera. Vuelvo a fa menor mientras el aire cobra cada vez más sentido; desearía girarme y mirarla por un rato pero me ciño a la partitura y cierro los ojos con fuerza. La siento en mis mofletes y en mi tráquea, todo el vello se me eriza y hasta el estómago ruge: ella está conmigo y me ampara cada vez que sufro por las guerras. Mis dedos siguen acertando cada nota mientras, en otro sitio, unos mueren por dentro y otros por hambre, y llego a la parte más estremecedora de la sinfonía envuelta en lo inhumano, lejos del positivismo y de la lógica mundana, protegida por un manto eterno: yo le toco el piano a oscuras, y eso, ignorantes, es mejor que cualquier cosa.