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  1. "Anyway, it was December and all, and it was cold as a witch's teat, especially on top of that stupid hill. I only had on my reversible and no gloves or anything. The week before that, somebody'd stolen my camel's-hair coat right out of my room, with my fur-lined gloves right in the pocket and all. Pencey was full of crooks. Quite a few guys came from these very wealthy families, but it was full of crooks anyway. The more expensive a school is, the more crooks it has- i'm not kidding. Anyway, I kept standing next to that crazy cannon, looking down at the game and freezing my ass off. Only, I wasn't watching the game too much. What i was really hanging around for, I was trying to feel some kind of a good-by. I mean I've left schools and places I didn't even know I was leaving them. i hate that. I don't care if it's a sad good-by or a bad good-by, but when I leave a place I like to know I'm leaving it. If you don't, you feel even worse"

    J. D. Salinger: The catcher in the Rye
  2. "Mattia era deliberadamente muy silencioso en todos sus movimientos. Aunque sabía que el desorden del mundo no puede sino aumentar, que el ruido de fondo crecerá hasta cubrir toda señal coherente, creía que si ejecutaba con cuidado todos sus actos tendría menos culpa en esta lenta desintegración."

    Paolo Giordano: "La soledad de los números primos"​
  3. "En última instancia, una vida no es más que la suma de hechos contingentes, una crónica de intersecciones casuales, de azares, de sucesos fortuitos que no revelan nada más que su propia falta de propósito"

    Paul Auster: "La habitación cerrada"​
  4. "Pero eso fue hace mucho tiempo. Crecimos, nos fuimos a sitios distintos, nos distanciamos. Nada de eso es muy extraño, creo yo. La vida nos atrrastra de muchas maneras que no podemos controlar y casi nada permanece con nosotros. Muere cuando nosotros morimos, y la muerte es algo que nos sucede todos los días"

    Paul Auster: "La habitación cerrada"​
  5. Curiosamente, la parte que más me gustó del libro, no incluye al protagonista.


    "Cronista despertó y notó algo blando apretado contra su cara. La habitación estaba completamente a oscuras. El escribano se retorció, más por un reflejo instintivo que por el impulso de huir. La mano que le tapaba firmemente la boca amortiguó su grito.
    Tras el pánico inicial, Cronista se quedó quieto y dejó de oponer resistencia. Se quedó tumbado, respirando por la nariz, con los ojos muy abiertos.
    —Soy yo —susurró Bast sin retirar la mano.
    Cronista dijo algo, pero no se le entendió.
    —Tenemos que hablar. —Bast se arrodilló junto a la cama contemplando el oscuro bulto de Cronista, retorcido bajo las sábanas—. Voy a encender la lámpara, y tú no harás ruido. ¿De acuerdo?
    Cronista asintió. Al cabo de un instante, se encendió una cerilla que llenó la habitación de una luz rojiza e irregular y del acre olor del azufre. Entonces se encendió la lámpara, que proyectó una luz más uniforme. Bast se chupó los dedos y apagó la cerilla.
    Cronista, un poco tembloroso, se incorporó en la cama y apoyó la espalda en la pared. Llevaba el torso desnudo; con timidez, se ciñó las mantas alrededor de la cintura y miró hacia la puerta. La pesada cómoda seguía en su sitio.
    Bast le siguió la mirada.
    —Eso es una muestra de desconfianza —dijo con aspereza—. Más vale que no le hayas rayado el suelo. Esas cosas lo ponen furioso.
    —¿Cómo has entrado? —preguntó Cronista.
    Bast agitó las manos ante la cara de Cronista.
    —¡Silencio! —susurró—. No podemos hacer ruido. Tiene orejas de halcón.
    —¿Cómo...? —empezó a decir Cronista, en voz más baja; pero se interrumpió y dijo—: Los halcones no tienen orejas.
    Bast lo miró sin comprender.
    —¿Qué?
    —Acabas de decir que tiene orejas de halcón. Y eso no tiene sentido.
    Bast arrugó la frente.
    —Ya sabes a qué me refiero. No quiero que sepa que estoy aquí. —Se sentó en el borde de la cama y se alisó los pantalones con afectación.
    Cronista agarró las mantas alrededor de su cintura.
    —¿Por qué has venido?
    —Ya te lo he dicho. Tenemos que hablar. —Bast miró a Cronista con seriedad—. Tenemos que hablar de por qué has venido.
    —Me dedico a esto —dijo Cronista con fastidio—. Recopilo historias. Y cuando tengo ocasión, investigo extraños rumores y compruebo si encierran algo de verdad.
    —Y ¿qué rumor fue el que te trajo aquí? Por curiosidad.
    —Por lo visto, te emborrachaste, te pusiste sensiblero y le constaste algo a un carretero. Tuviste un descuido muy tonto, dadas las circunstancias.
    Bast miró a Cronista con profundo desprecio.
    —Mírame a la cara —dijo como si hablara con un niño—. Y piensa. ¿Crees que un carretero podría emborracharme? ¿A mí?
    Cronista abrió la boca y volvió a cerrarla.
    —Entonces...
    —Él era mi mensaje en la botella. Uno de tantos. Y tú fuiste la primera persona que encontró uno y vino a fisgar.
    Cronista se tomó su tiempo para asimilar esa información.
    —Creía que estabais escondidos los dos.
    —Sí, claro que estamos escondidos —repuso Bast con amargura—. Estamos sanos y salvos, y él se está convirtiendo en un mueble más.
    —Entiendo que esto te agobie —dijo Cronista—. Pero la verdad, no entiendo qué tiene que ver el malhumor con el precio de la mantequilla.
    Los ojos de Bast emitieron un destello de rabia.
    —¡Tiene mucho que ver con el precio de la mantequilla! —masculló entre dientes—. Y es mucho más que malhumor, ignorante y maldito anbautfehn. Este sitio lo está matando.
    Cronista palideció ante el arrebato de Bast.
    —Yo... Yo no...
    Bast cerró los ojos y respiró hondo; era evidente que trataba de calmarse.
    —Tú no entiendes nada —continuó Bast, como si hablara consigo mismo además de con Cronista—. Por eso he venido, para explicártelo. Llevo meses esperando que aparezca alguien. Cualquiera. Incluso si vinieran viejos enemigos a ajustarle las cuentas, sería mejor que ver cómo se consume. Pero he tenido más suerte de la que esperaba. Tú eres perfecto.
    —Perfecto ¿para qué? —preguntó Cronista—. Ni siquiera sé dónde está el problema.
    —Es como... ¿Conoces la historia de Martin, el fabricante de máscaras? —Cronista negó con la cabeza, y Bast dio un suspiro de frustración—. ¿Y alguna obra de teatro? ¿Has visto El fantasma y la pastora, o El rey del medio penique?
    Cronista frunció el ceño.
    —¿No es esa en la que el rey le vende su corona a un niño huérfano?
    Bast asintió.
    —Y el niño se convierte en un rey mejor que el verdadero. La pastora se disfraza de condesa y todo el mundo queda asombrado por su encanto y su elegancia. —Titubeó, buscando las palabras que necesitaba—. Verás, existe una conexión fundamental entre lo que uno parece y lo que uno es. Todos los niños Fata lo saben, pero vosotros, los mortales, no lo veis. Nosotros sabemos lo peligrosas que pueden resultar las máscaras. Todos nos convertimos en lo que fingimos ser.
    Cronista se relajó un poco, pues pisaba terreno conocido.
    —Eso es psicología elemental. Si vistes a un mendigo con ropa lujosa, la gente lo trata como a un noble, y el mendigo está a la altura de lo que esperan de él.
    —Eso solo es la parte más pequeña —replicó Bast—. La verdad es mucho más profunda. Es... —Bast se atascó un momento—. Todos nos contamos una historia sobre nosotros mismos. Siempre. Continuamente. Esa historia es lo que nos convierte en lo que somos. Nos construimos a nosotros mismos a partir de esa historia.
    Cronista arrugó la frente y despegó los labios, pero Bast levantó una mano.
    —No, escúchame. Ya lo tengo. Conoces a una chica tímida y sencilla. Si le dices que es hermosa, ella pensará que eres simpático, pero no te creerá. Sabe que esa belleza es obra de tu contemplación. —Bast se encogió de hombros—. Y a veces basta con eso.
    Sus ojos se iluminaron.
    —Pero existe una manera mejor de hacerlo. Le demuestras que es hermosa. Conviertes tus ojos en espejos, tus manos en plegarias cuando la acaricias. Es difícil, muy difícil, pero cuando ella se convence de que dices la verdad... —Bast hizo un ademán, emocionado—. De pronto la historia que ella se cuenta a sí misma cambia. Se transforma. Ya no la ven hermosa. Es hermosa, y la ven.
    —¿Qué demonios quieres decir? —le espetó Cronista—. Solo dices tonterías.
    —Lo que digo es demasiado profundo para que lo entiendas —dijo Bast con enojo—. Pero estás a punto de captarlo. Piensa en lo que ha dicho él hoy. La gente lo tenía por un héroe, y él interpretaba ese papel. Lo interpretaba como si llevara una máscara, pero al final se lo creyó. Su ficción se convirtió en realidad. Pero ahora...
    —Ahora la gente ve a un posadero —dijo Cronista.
    —No —dijo Bast en voz baja—. La gente veía a un posadero hace un año. Él se quitaba la máscara cuando salían por la puerta. Ahora él se ve a sí mismo como un posadero, y lo que es peor: como un posadero fracasado. Ya has visto cómo se ha transformado esta noche cuando han entrado Cob y los demás. Has visto esa sombra de un hombre detrás de la barra. Antes era una interpretación...


    Patrick Rothfuss: "El nombre del viento"​
  6. -¡Rosas! Todos los hombres sacáis vuestro romanticismo del mismo libro trillado. Las flores son bonitas; no niego que sean un buen obsequio para una dama. Pero es que siempre regaláis rosas, siempre rojas, y siempre perfectas. De invernadero, si podéis conseguirlas. -Se volvió y me miró-. ¿Tú piensas en rosas cuando me ves?
    La prudencia me hizo sonreír y negar con la cabeza.
    -A ver, si no son rosas, ¿qué ves cuando me miras?
    Estaba atrapado. La miré de arriba abajo una vez, como si intentara decidirme.
    -Bueno... -dije-, no deberías ser tan dura con los hombres. Verás, escoger una flor que le vaya bien a una chica no es tan fácil como parece.
    Denna me escuchaba atentamente.
    -El problema es que cuando le regalas flores a una chica, tu elección puede interpretarse de diferentes maneras. Un hombre podría regalarte una rosa porque te considera hermosa, o porque le gustan su color, su forma o su suavidad, que le recuerdan a tus labios. Las rosas son caras; al elegirlas, quizás quiera demostrarte que eres valiosa para él.
    -Has defendido bien a las rosas -dijo Denna-. Pero resulta que a mí no me gustan . Elige otra flor que me pegue.
    -Pero, ¿qué pega y qué no pega? Cuando un hombre te regala una rosa, lo que tú ves quizá no sea lo que él pretende hacerte ver. Tal vez te imaginas que te ve como algo delicado y frágil. Quizá no te guste un pretendiente que te considera muy dulce y nada más. Quizá el tallo tenga espinas, y deduzcas que él piensa que podrías rechazar una mano demasiado rápida. Pero si corta las espinas, quizá pienses que no le gustan las mujeres que saben defenderse ellas solas. Las cosas pueden interpretarse de muchas formas -concluí-. ¿Qué debe hacer un hombre prudente?
    Denna me miró de reojo.
    -Si ese hombre fueras tú, supongo que tejería palabras inteligentes y confiaría en que la pregunta quedara olvidada. -Ladeó la cabeza-. Pero no va a quedar olvidada. ¿Qué flor escogerías para mí?
    -Está bien, déjame pensar. -Me volví y la miré; luego miré hacia otro lado-. Vamos a hacer una lista. Quizá diente de león: es radiante, y tú eres radiante. Pero el diente de león es una flor muy corriente, y tú no eres una persona corriente. De las rosas ya hemos hablado, y la hemos descartado. ¿Belladona? No. ¿Ortiga? Quizá...
    Denna hizo como si se enfadara y me sacó la lengua.
    Me di unos golpecitos en los labios, fingiendo cavilar.
    -Tienes razón, solo te pega por la lengua.
    Dio un resoplido y se cruzó de brazos.
    -¡Avena loca!- exclamé, y Denna soltó una carcajada-. Es salvaje, y eso encaja contigo, pero es una flor pequeña y tímida. Por esa y por otras... -carraspeé- razones más obvias, creo que descartaremos también la avena loca.
    -Una lástima- dijo Denna.
    -La margarita también es bonita -proseguí sin dejar que Denna me distrajera-. Alta y esbelta, y crece en los márgenes de los caminos. Una flor sencilla, no demasiado delicada la margarita es independiente. Creo que te pega... Pero continuemos. ¿Lirio? Demasiado llamativo. Cardo: demasiado distante. Violeta: demasiado escueta. ¿Trilio? Hmmm, podría ser. Una flor bonita. No se deja cultivar. La textura de los pétalos... -realicé el movimiento más atrevido de mi corta vida y le acaricié suavemente el cuello con dos dedos- es lo bastante suave para estar a la altura de tu piel. Casi. Pero crece demasiado a ras del suelo.
    -Has compuesto todo un ramillete -dijo ella con dulzura. Inconscientemente, se llevó una mano al cuello, al sitio donde yo la había tocado; la dejó allí un instante y luego la dejó caer.
    ¿Buena o mala señal? ¿Estaba borrando mi roce o reteniéndolo? La incertidumbre se apoderó de mí y decidí no correr más riesgos. Meparé y dije:
    -Flor de selas.
    Denna se paró también y se volvió para mirarme.
    -¿Tanto pensar y eliges una flor que no conozco? ¿Qué es una flor de selas? ¿Por qué?
    -Es una planta trepadora, fuerte, que da flores de color rojo intenso. Las hojas son oscuras y delicadas. Crecen mejor en sitios umbríos, pero la flor capta los pocos rayos de sol para abrirse. -La miré-. Te pega. En ti también hay sombras y luz. La selas crece en los bosques, y no se ven muchas, porque solo la gente muy hábil sabe cuidarla sin hacerle daño. Tiene una fragancia maravillosa. Muchos la buscan, pero cuesta encontrarla. -Hice una pausa y escudriñé el rostro de Denna-. Sí. Ya que estoy obligado a elegir, elijo la selas.
    Denna me miró; luego apartó la vista.
    -Me sobrevaloras.
    Sonreí.
    -¿No será que tú te infravaloras?
    Denna atrapó un trozo de mi sonrisa y me lo devolvió, destellante.
    -Te has acercado más antes. Margaritas: dulces y sencillas. Las margaritas son la clave para conquistar mi corazón.
    -Lo recordaré. -Seguimos andando-. Y a mí, ¿qué flor me regalarías? -le pregunté con la intención de pillarla desprevenida.
    -Una flor de sauce -contestó ella sin vacilar ni un segundo.
    Cavilé un buen rato.
    -¿Los sauces dan flores?
    Denna miró hacia arriba y hacia un lado, pensando.
    -Me parece que no.
    -Entonces, es un regalo muy raro -dije riendo-. ¿Por qué una flor de sauce?
    -Porque me recuerdas a un sauce -respondió ella con naturalidad-. Fuerte, bien enraizado y oculto. Te mueves con facilidad cuando llega la tormenta, pero nunca vas más lejos de donde quieres llegar.
    Levanté ambas manos, como si rechazara un golpe.
    -No me digas palabras tan dulces -protesté-. Lo que quieres es que ceda a tu voluntad, pero no lo conseguirás. ¡Tus halagos no son para mí más que viento!
    Denna se quedó mirándome como si quisiera asegurarse de que había terminado mi diatriba.
    -De entre todos los árboles -dijo esbozando una sonrisa con sus elegantes labios-, el sauce es el que más se mueve según los deseos del viento.


    Patrick Rothfuss: "El Nombre del Viento"
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  7. DÍA 11

    08.00 Todavía sin noticias de Gurb. Intento de nuevo establecer contacto sensorial. Percibo la voz colérica de un individuo que en nombre de los ciudadanos de a pie, cuya representación ostenta, exigen plena responsabilidad a un tal Guerra. Renuncio al contacto sensorial.

    08.30 Abandono la nave y convertido en somormujo echo un vistazo a la región desde el aire.

    09.30 Doy por concluida la operación y regreso a la nave. Si las ciudades son tortuosas e irracionales en su concepción, del campo que las rodea es mejor no hablar. Ahí nada es regular ni llano, sino al contrario, como hecho adrede para obstaculizar su uso. El trazado de la costa, a vista de pájaro, se diría la obra de un demente.

    09.45 Después de un examen detenido del plano de la ciudad (versión cartográfica de doble eje elíptico), decido proseguir la búsqueda de Gurb en una zona periférica de la misma habitada por
    una variante humana denominada pobres. Como el Catálogo Astral les atribuye un índice de mansedumbre algo inferior al de la variante denominada ricos y muy inferior al de la variante denominada clase media, opto por la apariencia del ente individualizado denominado Gary Cooper.

    10.00 Me naturalizo en una calle aparentemente desierta del barrio de Sant Cosme. Dudo que Gurb haya venido a instalarse aquí por propia voluntad, aunque nunca ha brillado por sus luces.

    10.01 Un grupo de mozalbetes provistos de navajas me quitan la cartera.

    10.02 Un grupo de mozalbetes provistos de navajas me quitan las pistolas y la estrella de sheriff.

    10.03 Un grupo de mozalbetes provistos de navajas me quitan el chaleco, la camisa y los pantalones.

    10.04 Un grupo de mozalbetes provistos de navajas me quitan las botas, las espuelas y la armónica.

    10.10 Un coche-patrulla de la policía nacional se detiene a mi lado. Desciende un miembro de la policía nacional, me informa de los derechos constitucionales que me asisten, me pone las esposas y me mete en el coche-patrulla de un capón. Temperatura, 21 grados centígrados; humedad relativa, 75 por ciento; viento racheado de componente sur; estado de la mar, marejadilla.

    10.30 Ingreso en el calabozo de una comisaría. En el mismo calabozo hay un individuo de porte astroso al que me presento y pongo al corriente de las vicisitudes que han dado conmigo en aquel
    lugar inicuo.

    10.45 Disipada la desconfianza inicial que los seres humanos sienten por todos sus congéneres sin excepción, el individuo con quien la suerte me ha unido decide entablar diálogo conmigo. Me entrega su tarjeta de visita que dice así:

    JETULIO PENCAS
    Agente mendicante
    Se echa el tarot, se toca el violín, se da pena
    Servicio callejero y a domicilio

    10.50 Mi nuevo amigo me cuenta que lo han trincado por error, porque él en su vida ha abierto un coche para llevarse nada, que pidiendo se gana la vida muy bien y muy honradamente, y que los
    polvos que la policía le decomisó no son lo que dicen ellos que son, sino las cenizas de su difunto padre, que Dios tenga en su gloria, que precisamente ese día se proponía aventar sobre la ciudad desde el Mirador del Alcalde. A continuación añade que todo lo que acaba de contarme, sobre ser mentira, no le servirá de nada, porque la justicia en este país está podrida, por lo cual, sin pruebas ni testigos, sólo por la pinta que tenemos los dos, a buen seguro nos mandan al talego, de
    donde saldremos ambos con sida y con pulgas. Le digo que no entiendo nada y me responde que no hay nada que entender, me llama macho y añade que la vida es así y que la madre de un cordero es que la riqueza en este país está muy mal repartida. A modo de ejemplo cita el caso de un individuo, cuyo nombre no retengo, que se ha hecho un chalet con veintidós retretes, y agrega que ojalá le sobrevengan cagarrinas a dicho sujeto y los encuentre todos ocupados. A continuación se sube encima de un catre y proclama que cuando vengan los suyos (¿sus retretes?) obligará al citado individuo a hacer sus deposiciones en el gallinero y repartirá los veintidós retretes entre otras tantas familias acogidas al subsidio de paro. De este modo, sigue diciendo, tendrán con qué entretenerse hasta que les den un puesto de trabajo, como prometieron hacer. A continuación se cae del catre y se abre la cabeza.

    11.30 Un miembro de la policía nacional distinto del miembro antes citado abre la puerta del calabozo y nos ordena seguirle con el objeto aparente de comparecer ante el señor comisario. Amedrentado por las admoniciones de mi nuevo amigo, decido adoptar una apariencia más respetable y me transformo en don José Ortega y Gasset. Por solidaridad transformo a mi nuevo amigo en don Miguel de Unamuno.

    11.35 Comparecemos ante el señor comisario, el cual nos examina de arriba abajo, se rasca la cabeza, declara no querer complicarse la vida y ordena que nos pongan en la calle.

    11.40 Mi nuevo amigo y yo nos despedimos a la puerta de la comisaría. Antes de separarnos, mi nuevo amigo me ruega le devuelva su apariencia original, porque con esta pinta no le va a dar limosna ni Dios, aunque se ponga unas pústulas adhesivas que le dan un aspecto realmente estomagante. Hago lo que me pide y se va.

    11.45 Reanudo mis pesquisas.

    14.30 Todavía sin noticias de Gurb. A imitación de las personas que me rodean, decido comer. Como todos los establecimientos están cerrados, menos unos que se denominan restaurantes, deduzco que es ahí donde se sirven comidas. Olisqueo las basuras que rodean la entrada de varios restaurantes hasta dar con una que despierta mi apetito.

    14.45 Entro en el restaurante y un caballero vestido de negro me pregunta con displicencia si por ventura tengo hecha reserva. Le respondo que no, pero que me estoy haciendo un chalet con veintidós retretes. Soy conducido en volandas a una mesa engalanada con un ramo de flores, que ingiero para no parecer descortés. Me dan la carta (sin codificar), la leo y pido jamón, melón con jamón y melón. Me preguntan qué voy a beber. Para no llamar la atención, pido el líquido
    más común entre los seres humanos: orines.

    16.15 Me tomo un café. La casa me obsequia con una copa de licor de pera. A continuación me traen la cuenta, que asciende a pesetas seis mil ochocientas treinta y cuatro. No tengo un duro.

    16.35 Me fumo un Montecristo del número dos (2) mientras pienso cómo salir de este aprieto. Podría desintegrarme, pero rechazo la idea porque a) eso podría llamar la atención de camareros y
    comensales y b) no sería justo que sufriese las consecuencias de mi imprevisión una gente tan amable, que me ha invitado a una copa de licor de pera.

    16.40 Pretextando haber olvidado algo en el coche, salgo a la calle, entro en un estanco y adquiero boletos y cupones de los múltiples sistemas de lotería que allí se expenden.

    16.45 Manipulando las cifras por medio de fórmulas elementales, obtengo la suma de pesetas ciento veintidós millones. Regreso al restaurante, abono la cuenta y dejo cien millones de propina.

    16.55 Reanudo la búsqueda de Gurb por el único método que conozco: patearme las calles.

    20.00 De tanto caminar, los zapatos echan humo. De uno de ellos se ha desprendido el tacón, lo que imprime a mi paso un contoneo tan ridículo como fatigoso. Los arrojo de mí, entro en una tienda y con el dinero que me ha sobrado del restaurante me compro un nuevo par de zapatos menos cómodos que los anteriores, pero hechos de un material muy resistente. Provisto de esos nuevos zapatos, denominados esquís, inicio el recorrido del barrio de Pedralbes.

    21.00 Concluyo el recorrido del barrio de Pedralbes sin haber encontrado a Gurb, pero muy gratamente impresionado por lo elegante de sus casas, lo recoleto de sus calles, lo lozano de su césped y lo lleno de sus piscinas. No sé por qué algunas personas prefieren habitar en barrios como San Cosme, de triste recuerdo, pudiendo hacerlo en barrios como Pedralbes. Es posible que no se trate tanto de una cuestión de preferencias como de dinero. Según parece, los seres humanos se dividen, entre otras categorías, en ricos y pobres. Es ésta una división a la que ellos conceden gran importancia, sin que se sepa por qué. La diferencia fundamental entre los ricos y los pobres parece ser ésta: que los ricos, allí donde van, no pagan, por más que adquieran o consuman lo que se
    les antoje. Los pobres, en cambio, pagan hasta por sudar. La exención de que gozan los ricos puede venirles de antiguo o haber sido obtenida recientemente, o ser transitoria, o ser fingida; en resumidas cuentas, lo mismo da. Desde el punto de vista estadístico, parece demostrado que los ricos viven más y mejor que los pobres, que son más altos, más sanos y más guapos, que se divierten más, viajan a lugares más exóticos, reciben mejor educación, trabajan menos, se rodean de mayores comodidades, tienen más ropa, sobre todo de entretiempo, son mejor atendidos en la enfermedad, son enterrados con más boato y son recordados por más tiempo. También tienen más probabilidades de salir retratados en periódicos, revistas y almanaques.

    21.30 Decido regresar a la nave. Me desintegro ante la puerta del Monasterio de Pedralbes, con gran sorpresa de la reverenda madre que en aquel preciso momento salía a sacar la basura.

    22.00 Recarga de energía. Me dispongo a pasar otra velada en solitario. Leo una entrega de Lolita Galaxia, pero esta lectura, tantas veces hecha en compañía de Gurb, a quien siempre debía explicar los pasajes más picantes, porque a bobalicón no había quien le ganara, en lugar de distraerme, me entristece.

    22.30 Harto de dar vueltas por la nave, decido retirarme. Hoy ha sido un día cansado. Me pongo el pijama, rezo mis oraciones y me acuesto.

    Eduardo Mendoza: "Sin noticias de Gurb"​
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  8. "A la mañana siguiente desperté con esfuerzo después de dos horas de sueño, me metí en uno de los carromatos y procedía pasar el resto de la mañana dormitando. Era casi mediodía cuando reparé en que la noche pasada, en la posada, habíamos aceptado a otro pasajero.

    Se llamaba Josn, y había pagado a Roent para que lo llevara a Anilin. Era simpático y tenía una sonrisa sincera. Parecía un hombre honrado. No me cayó bien.

    Mis razones eran sencillas. Josn se pasó todo el día viajando al lado de Denna. La adulaba de forma escandalosa y bromeaba con ella diciendo que iba a convertirla en una de sus esposas. A Denna no parecía haberle afectado lo tarde que nos habíamos acostado la noche pasada, y estaba tan fresca y lozana como siempre.

    El resultado fue que me pasé el día irritado y celoso, y fingiendo indiferencia. Como era demasiado orgulloso para unirme a su conversación, me quedé solo. Pasé el día pensando cosas tristes, tratando de ignorar el sonido de la voz de Josn y, de vez en cuando, recordando la imagen de Denna la noche anterior, con la luna reflejada en el agua detrás de ella."

    Patrick Rothfuss. "El nombre del viento"​
  9. "Se hacía llamar Kote. Había elegido ese nombre cuidadosamente cuando llegó a ese lugar. Había adoptado un nuevo nombre por las razones habituales, y también por algunas no tan habituales, entre las que estaba el hecho de que, para él, los nombres tenían importancia".

    Patrick Rothfuss: "El nombre del Viento"
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  10. "Míster Blank se pregunta si no ha llegado por fin el momento de investigar personalmente el asunto. Por mucho miedo que llegue a tener, ¿no sería mejor enterarse de la verdad de una vez para siempre en lugar de vivir en un estado de perpetua incertidumbre? Puede que sí, dice para sus adentros. Pero también puede que no. Antes de que decida si tiene valor para desplazarse finalmente hasta la puerta, se presenta de improviso otro problema, más urgente; lo que con mayor precisión podría calificarse de necesidad imperiosa. Míster Blank vuelve a sentir una creciente opresión en su organismo. A diferencia del episodio anterior, que se localizaba en la zona general del estómago, éste aparece en un punto situado varios centímetros más abajo, en la región más meridional de su vientre. Por su larga experiencia en tales asuntos, el anciano comprende que tiene que mear. Considera la posibilida de desplazarse en el sillón hasta el cuarto de baño, pero sabiendo que no cabe por la puerta, y consciente además de que no podrá realizar esa operación sentado, de que inevitablemente llegará el momento en que tenga que levantarse (aunque sólo sea para volver a sentarse en la taza del retrete en caso de que lo asalte otro súbito desfallecimiento), decide recorrer el trayecto a pie. Con lo cual se levanta de la silla, contento de observar que no pierde el equilibrio al incorporarse, que no hay señales del vértigo que antes lo asediaba. Lo que ha olvidado, sin embargo, es que ya no calza las zapatillas blancas de deporte, por no hablar de las anteriores chancletas negras, y que ya no lleva nada en los pies salvo los calcetines blancos de nailon. Debido a que los calcetines están hechos de un tejido muy fino, y a que la superficie del entarimado es bastante escurridiza, al dar el primer paso descubre que puede avanzar sin esfuerzo alguno; no como cuando iba arrastrando las chancletas con aquel áspero sonido, sino como si estuviera patinando sobre hielo.

    Otro nuevo placer se le ha revelado, y al cabo de dos otres deslizamientos experimentales entre la mesa y la cama, concluye que no es menos divertido que mecerse y dar vueltas en el sillón; incluso más aún. La presión le aumenta en la vejiga, pero Míster Blank retrasa su expedición al cuarto de baño para prolongar durante unos instantes sus evoluciones por el hielo imaginario, y mientras patina por el cuarto, levantando primero un pie del suelo, luego el otro, o desplazándose, si no, con ambos pies a la vez sobre el parqué, vuelve de nuevo al pasado remoto, a una época no tan lejana como la de Whitey, el caballito de madera, ni como la de aquellas mañanas en que su madre lo sentaba sobre sus piernas para vestirlo, pero nada próxima de todos modos: Míster Blank justo antes de la adolescencia, a los diez años más o menos, quizás once, pero sin llegar de ningún modo a los doce. Es un frío sábado por la tarde de enero o febrero. Se ha helado el estanque de la pequeña ciudad donde ha crecido, y ahí tenemos al joven Míster Blank, a quien entonces llamaban Master Blank, patinando de la mano con su primer amor, una chica pelirroja de ojos verdes, con una larga melena alborotada por el viento, las mejillas encarnadas de frío, su nombre ya olvidado, aunque empezaba con la letra S, dice Míster Blank para sí, de eso está seguro, Susie, cree, o Samantha, Sally o Serena, pero no, no se llamaba así, y en realidad no importa, porque habida cuenta de que era la primera vez que cogía a una chica de la mano, lo que recuerda más vívidamente ahora es la sensación de haber entrado en un mundo nuevo, en un universo donde el hecho de tener cogida de la mano a una chica constituía un regalo más deseable que cualquier otro, y tal era su fervor por aquella joven criatura cuyo nombre empezaba por la letra S que cuando dejaron de patinar y se sentaron en un tronco de árbol a la orilla del estanque, Master Blank fue lo bastante atrevido para inclinarse hacia ella y darle un beso en los labios. por motivos que lo dejaron tan perplejo como dolido en aquellos momentos, la señorira S. soltó una carcajada, apartó la cara y lo reprendió con una frase que no se le ha olvidado nunca, ni siquiera ahora, en sus lamentables circunstancias, cuando la cabeza no le marcha muy bien y tantas otras cosas que se le han borrado de la memoria: No seas bobo. Y es que el objeto de sus afectos, con apenas diez u once años, no entendía nada de esas cosas, aún no había crecido lo suficiente para apreciar las insinuaciones amorosas de alguien del sexo opuesto. De manera que, en vez de corresponder al beso de Master Blank, se echó a reír.

    Tardó días en encajar el desaire, con tanto dolor en el alma que una mañana, al observar su abatido aspecto, su madre le preguntó qué le pasaba. Míster Blank aún era muy joven para tener reparos en confiarse a su madre, de modo que le contó todo. A lo que ella respondió: No te preocupes por esa renacuaja, hay otras muchas entre las que elegir. Era la primera vez que oía una expresión así, y le pareció curioso que comparasen a las chicas con renacuajos, cosa a la que, a su juicio, no se parecían en modo alguno, al menos por lo que él sabía. A pesar de todo, entendió la metáfora, pero aún comprendiendo lo que su madre quería decirle, no estaba de acuerdo con ella, porque la pasión es ciega y siempre lo será, y en lo que se refería a Míster Blank, en el mundo de las renacuajas sólo había una que contara, y en caso de que no pudiera quedarse con ésa, las demás no le interasaban para nada. Con el tiempo cambió de opinión, claro está, y a medida que pasaban los años fue viendo lo acertado de la observación de su madre. Ahora, mientras continúa deslizándose por la habitación con sus calcetines blancos de nailon, se pregunta cuántas renacuajas habrá habido desde entonces. No está seguro, porque la memoria le falla más que otra cosa, pero sabe que hay docenas, hasta centenares, quizás: más renacuajas en su pasado de las que puede recordar, contando e incluyendo a Anna, la chica perdida hace tantísimos años, redescubierta aquel mismo día en la inacabable orilla del amor.

    Esos pensamientos revolotean por la cabeza de Míster Blank en cuestión de segundos, quizás doce, tal vez veinte, y durante ese intervalo, mientras el pasado va aflorando en su interior, no deja de patinar por el cuarto, procurando mantener la atención para no perder el equilibrio. Por breves que puedan ser esos segundos, sin embargo, llega un momento en que los días pretéritos se apoderan del presente, y en vez de recordar e impulsarse de manera simultánea, olvida que se está moviendo y se centra exclusivamente en sus cavilaciones, con lo que no tarda mucho, menos de un segundo, dos segundos todo lo más, en perder la estabilidad y caer al suelo.

    Por suerte, no aterriza con la cabeza, pero aparte de eso la caída puede considerarse como una buena costalada. Sale despedido hacia atrás mientras agita en el aire los pies descalzos, desesperado por encontrar un agarre en el resbaladizo entarimado, echando luego las manos hacia atrás con la vana esperanza de amortiguar el impacto, pero de todas maneras se da un tremendo porrazo en la rabadilla, lo que le envía una oleada de volcánico fuego por las piernas y el torso, y como ha absorbido parte del golpe con las manos, siente que también le arde las muñecas y los codos. Míster Blank se retuerce en el suelo, demasiado aturdido incluso para sentir lástima de sí mismo, y mientras lucha por asimilar el dolor que lo atenaza, olvida contraer los músculos de alrededor del pene, cosa que ha estado haciendo durante los últimos minutos mientras patinaba por la superficie de su pasado. porque tiene la vejiga hasta los topes, y a menos que ahga un verdadero esfuerzo para que no reviente, por así decir, no tardará mucho en originar un incidente molesto y vergonzoso. Pero el caso es que no aguanta más. El dolor se ha apoderado de su mente y no puede pensar en nada, de manera que en cuanto empieza a relajar los mencionados músculos, siente que la uretra cede ante lo inevitable y un momento después se mea en los pantalones. Igual que un niño pequeño, dice para sí mientras la cálida orina fluye libremente de la vejiga y le chorrea por la pierna. Y añade: Una criaturita lloriqueando y vomitando en los brazos de la niñera. Luego, una vez que ha cesado el diluvio, grita a pleno pulmón: ¡Idiota! ¡Viejo chocho! ¡Pero qué coño te pasa!"

    Paul Auster: Viajes por el Scriptorium
  11. "Ella volvió muchos años después. Había transcurrido tanto tiempo, que el olor a almizcle del cuarto se había confundido con el olor del polvo, con el seco y minúsculo tufo de los insectos. Yo estaba solo en la casa, sentado en el rincón, esperando. Y había aprendido a distinguir el rumor de la madera en descomposición, el aleteo del aire volviéndose viejo en las alcobas cerradas. Entonces fue cuando ella vino. Se había parado en la puerta con una maleta en la mano, un sombrero verde y el mismo saquito de algodón que no se ha quitado desde entonces. Era todavía una muchacha. No había empezado a engordar, ni los tobillos le abultaban bajo las medias, como ahora. yo estaba cubierto de polvo y telaraña cuando ella abrió la puerta y en alguna parte de la habitación guardó silencio el grillo que había estado cantando durante veinte años. Pero a pesar de eso; a pesar de la telaraña y el polvo, del brusco arrepentimiento del grillo y de la nueva edad de la recién llegada, yo reconocí en ella a la niña que en aquela tormentosa tarde de agosto me acompañó a coger nidos en el establo. Así como estaba, parada en la puerta, con la maleta en la mano y el sombrero verde, parecía como si de pronto fuera a ponerse a gritar, a decir lo mismo que dijo cuando me encontraron boca arriba entre la hierba del establo, todavía aferrado al travesaño de la escalera rota. Cuando ella abrió la puerta por completo, los goznes crujieron y el polvillo del techo se derrumbó a golpes, como si alguien se hubiera puesto a martillar en el caballete, entonces ella vaciló en el marco de claridad, introduciendo después medio cuerpo en la habitación, y dijo con la voz de quien está llamando a una persona dormida: <<¡Niño! ¡Niño!>> Y yo permanecí quieto en la silla, rígido con los pies estirados."

    Gabriel García Márquez: Alguien desordena estas rosas.