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  1. MI QUERIDO DIARIO

    Capítulo 1: “No quiero vivir contigo pero no me queda otra”

    Diario de Sakura


    Martes 03 de enero:

    Estoy muy cansada, el viaje desde New York hasta Tokio es increíblemente largo y agotador, sobre todo si una se la pasa todo el viaje pensando en alguien en quien no debe pensar. ¡Y todo para asistir a la Universidad de Tokio! Bueno, todo sea por seguir mi sueño: ser una gran médica como mis papás.

    Mi papá cree que es la mejor decisión por eso me mandó aquí, porque cree que tengo muchas más oportunidades en esta universidad, también porque aquí conoció a mamá y además aquí viven los Uchiha, los mejores y más antiguos amigos de mi padre, con quienes voy a vivir a partir de ahora. Por eso, debo estar aquí… aunque no quiera.

    Es que, aunque esta ciudad me vio nacer también vio los más tristes episodios de mi vida. En fin, como dije voy a vivir con los Uchiha desde hoy. Mmmm ¿qué podría decir sobre ellos?

    Para empezar viven en una gran y hermosa mansión que podría albergar a unas cien personas al mismo tiempo sin problema alguno. Están la Sra. Mikoto Uchiha, una persona increíblemente dulce, agradable y atenta; su esposo Fugaku, un hombre bastante serio y con expresión de aburrimiento pero bastante amable; Itachi, el hijo mayor de éstos, es mi gran amigo desde que yo era una mini yo. Él es realmente agradable ¡no como su odioso y olvidadizo hermano menor Sasuke!

    Este chico Sasuke es realmente fastidioso, todo un cubito de hielo, tan serio y arrogante, y terco… y guapo…y lindo. Obviando lo último es un completo IDIOTA…

    ¿Por qué lo digo? ¡¡¡POR QUE COMPARÓ A MI LINDA PUPPIE CON UNA RATA MORADA!!! Y porque no recuerda lo que pasó, en lo más mínimo; y eso me causa un dolor insoportable.

    Flash Back

    Todos habían salido a darme la bienvenida y Mikoto-san fue la primera en acercarse.

    -Sakura-chan, mira cuanto has crecido; te has convertido en una hermosa mujer.

    -Muchas gracias Mikoto-san, parece que los años no pasan por usted – y era en serio cualquiera diría que esa mujer tiene veinti tantos años en vez de los 40 y algo que debe tener - Bah, bromeas. – me dijo haciendo un ademán con la mano.

    -No, claro que no, mamá – interrumpió Itachi – pero si que es una despistada que ya no saluda a los amigos- me dijo con cierto aire de resentimiento.

    - Lo siento Ita-kun- me apresuré a darle un abrazo.- Te extrañé mucho.- Es cierto lo extrañé mucho pero entonces Sasuke tuvo que malograrnos el momento.

    -Hmph, par de cursis. Francamente Itachi, no sé como puedes ser amigo de una molestia. – ¡Molestia su abuela! – y pensar que ahora tengo que ver su cara todos los días me da ganas de ir a buscar un antiácido – imbécil ¿por qué me hace esto?, pero eso no se iba a quedar así como así.

    - ¡Ay, pero que lindo y amable eres! – le dije con la voz más dulce que tengo y guardé mi coraje en un rincón bien profundo. – Te vas a encargar del dolor de estómago de mi linda Puppie – Sobra decir que me miró con una cara de what pero antes de que pudiera hacer algo le puse a mi perrita en brazos, porque sé que no le gustan los perros, y entré a la casa detrás de todos, que raramente ya habían entrado dejándonos solos.

    Luego de eso subí lo más rápido que pude a mi cuarto, el mismo en el que me quedaba cuando era niña. Una amplia habitación de color fresa con flores negras y blancas, con una enorme ventana que daba al jardín.

    La suave brisa que se colaba por la ventana me tranquilizó, mi corazón se calmaba y yo me relajé. Ya no tenía que fingir que odio a Sasuke, estaba a salvo. Y en eso casi se rompe mi puerta con los toques del mencionado, así que abrí antes de que la derrumbara.

    -¡¿Qué?!- pregunté fingiendo fastidio.

    -¡Toma tu rata morada! Mira que orinarse en mi brazo no es algo que se perdone tan fácilmente- dijo y casi me la tiró, estaba tan molesto y yo tratando de no reírme en su cara y de mantenerme seria.

    - Mira no es una rata, es una poodle lila de las más finas. Si no hay más que decir. ¡Adiós! – y pues lo siguiente que hice fue tirarle la puerta en la cara, que creo que le dio un golpe en plena nariz, pero bueno así es la vida.


    Fin del Flash Back


    Me pregunto aún porque nos dejaron solos. ¿Será que la familia de Sasuke cree que se lo diré? Están locos si creen que eso pasará.

    No me gusta estar a solas con él después de lo que pasó. Me pone mal tenerlo cerca, porque sé que él ni siquiera recuerda lo que pasó entre nosotros hace tantos años, y en el fondo creo que lo que pasó ese día es completamente mi culpa.

    Antes de ese día Sasuke era alguien tan dulce y amable, pero después de eso se convirtió en el idiota que es, un idiota que no sabrá nunca lo que pasó entre nosotros. Porque sé que yo no tengo el valor de decirle que hace tanto éramos mucho más que amigos.

    Es por eso que cuando mis padres insistieron a que venga me negué rotundamente. Pero al final ellos ganaron la contienda.

    Tal vez algún día, él se entere. Hasta entonces, voy a seguirle el juego en esto de detestarnos y molestarnos mutuamente. ¡Ja, sí que lo voy a hacer rabiar!

    Pensando en eso me metí a la ducha y como siempre me puse a cantar mi canción favorita, la que le dediqué a mi primer y único amor cuando más me necesitaba. Aquella que describe mi sentir.

    Ayer, en esta hora,
    [/center]

    En esta misma mesa,

    Tu sentado justo enfrente

    Donde ahora se sienta tu ausencia

    Me dijiste que te vas


    Dos docenas de mis años

    Veinticuatro de tus horas

    Atraviesan como balas

    Una detrás de otra

    Mi existencia

    Me muero si no estás


    Y ahora que ha vuelto

    el ansia del primer día sin ti

    y el presagio es tan oscuro

    que te juro que el futuro

    se presenta como un muro

    frente a mí


    Sin tu compañía, tu calor,

    Tu sonrisa, tu mirada traviesa

    Tus palabras sencillas

    Pronunciando te quiero

    Regalándome un beso

    Que inundaba de luz mis mejillas


    Sin tu telepatía, tus enfados,

    Tus risas, un poquito de todo

    Lo mejor de esta vida

    Se me escapa volando

    En dirección al espacio

    Que dejaste al marchar aquel día


    Ayer al marcharte

    Por aquella puerta

    Te siguieron por la espalda

    Futuras reservas de sonrisas

    Y de felicidad


    Hoy me sobran las palabras

    Mis besos y mis miradas

    Los minutos de mis horas

    Cada gesto de mi cara

    y de mi alma

    eran por y para ti

    Y ahora que ha vuelto

    el ansia del primer día sin ti

    y el presagio es tan oscuro

    que te juro que el futuro

    se presenta como un muro

    frente a mí


    Sin tu compañía, tu calor,

    Tu sonrisa, tu mirada traviesa

    Tus palabras sencillas

    Pronunciando te quiero

    Regalándome un beso

    Que inundaba de luz mis mejillas


    Sin tu telepatía, tus enfados,

    Tus risas, un poquito de todo

    Lo mejor de esta vida

    Se me escapa volando

    En dirección al espacio

    Que dejaste al marchar aquel día


    Sin tu compañía, tu calor,

    Tu sonrisa, tu mirada traviesa

    Tus palabras sencillas

    Pronunciando te quiero

    Regalándome un beso

    Que inundaba de luz mis mejillas


    Sin tu telepatía, tus enfados,

    Tus risas, un poquito de todo

    Lo mejor de esta vida

    Se me escapa volando

    En dirección al espacio

    Que dejaste al marchar aquel día



    Estaba cantando cuando el grito de un Sasuke terriblemente enojado llegó a mis oídos seguido de la sonora risa de Itachi y… un minuto ¿de cuando a acá Itachi Uchiha se ríe?


    Continuará... Qlindo
  2. Bueno, este es un pequeño cuento que escribí para un concurso, me gustaría saber su opinión.

    El milenario can y el joven mozuelo

    Era un día común y corriente, sin nada en especial que yo pudiera notar. Parecía estar nublado, incluso siendo un perro de vista blanquinegra, no podría equivocarme, pues, yo conozco este cielo y este clima como a mi propia pata.

    Sé cuándo va a llover y cuando el dios Inti nos alumbrará, sin necesidad de ver el firmamento ni utilizar sofisticadas máquinas como hacen las personas. Me da gracia pensar en cómo es la gente ahora, pide un día lluvioso o nublado cuando está el Sol en su más alto punto, reniegan de la lluvia que los moja y del Astro que no sale, cuando tienen lo que piden.

    Total, ¿Quién los entiende?

    Antes, la gente agradecía lo que tenía. No reclamaban por las lluvias ni por el Sol, al contrario, aclamaban a los dioses por darles la lluvia para los cultivos y el calor de los rayos luminosos que los abrigaban y les permitían sembrar.

    Así es la gente actual, siempre descontenta, avara y egoísta. Nunca les alcanza con lo que tienen; insistentemente buscan tener el oro y el moro, sin haber trabajado por él, y, cuando al fin obtienen lo que quieren, lo guardan todo para sí mismos.

    Son realmente pocos los que algo dan a cambio de lo que reciben.

    No importa ya, lo que un viejo tuso piense sobre la muchedumbre, ésta no cambiará y tampoco lo hará su pensamiento.

    En ese momento, lo único significativo era conseguir algo para echarle al estómago. Fue así que llegué hasta una pequeña fonda, de esas que albergan y alimentan a la gente más común, más pueblerina, que baila al son de un estridente sonido, que ellos llaman música mientras cada uno de ellos se embriagaba hasta hacer el ridículo frente a los otros.

    No importaba cuantas veces se repitiera la imagen ante mis ojos, no me parecía menos vulgar. Me resigné, no estaba en ningún palacio como antes. Busqué entre las mesas y las desocupadas sillas, buscando un sobrante de comida caído.

    ¡Qué patético y humillado me sentía! De comer en platos de oro, repletos de la comida más deliciosa; pasé a ingerir el alimento en el suelo, como si yo fuera cualquiera. De haber sido el acompañante fiel del poderoso Atahualpa, pasé a tener la misma condición de un roedor.

    Hurgando en el piso, pude encontrar unos pequeños residuos de lo que parecía ser pollo y unas cuantas papas sucias y polvorientas, que ingerí al instante. Uno de los comensales se dio cuenta de mi presencia, y encolerizado sin ningún motivo, me gritó:

    -¡Zafa pa´ya, perro feo! – Y mientras su mano agitaba con ira y fastidio hacia mí, yo retrocedía asustado, tratando de huir del seguro y certero golpe que me propinaría ese hombre si no cumplía con su mandato.

    Aunque pude retroceder a tiempo, mis patas traseras no me respondían por culpa del miedo, impidiéndome salir del lugar.

    Para mi suerte, aquel hombre distrajo su atención de mí, momento que yo aproveché para salir del recinto a toda prisa. Así, indignado y atemorizado, corría por el frío pavimento de la calle.

    Yo no tenía por qué ser tratado de ese modo, yo no hice nada malo, mas a nadie le importaba, nadie se preocupaba de los problemas de un perro “calato”, como llaman ahora a los de mi raza, desvalorizándonos, comparándonos con ratas.

    Y, a nadie le importa lo que sufren los demás, cada uno se encierra en su mundo y sólo ve lo que no está más allá de su nariz.

    Ninguno da si no recibe algo a cambio de lo que dio.

    En medio de mis deliberaciones internas llegué por inercia a un barrio, que denotaba un no muy alto nivel social. Sucedió entonces que divisé a un muchacho que comía una guaba deliciosa y provocativa.

    Se me hizo agua la boca, en mi caso, el hocico. Aún tenía mucha hambre, después de todo el pequeño trozo de carne en el suelo había sido mi único alimento en varios días.

    El chico se dio cuenta de cómo me provocaba el blanquecino fruto que se llevaba a la boca, y en un arranque de generosidad me lo acercó. Al principio, temí que fuera como el hombre de la cantina y como tantos otros que me maltrataban sin razón, pero no fue así. Se acercó a mí dejando el pequeño y dulce fruto en el suelo, de donde instintivamente lo tomé; se puso de cuclillas para poder estar a mi altura, me acarició la cabeza y me sonrió.

    Después de mucho, fue que al fin sentí aprecio de parte de alguien, y por un momento, abandoné mi orgullo y me dejé querer por ese desconocido.

    Minutos después de que el joven sostuviera un “diálogo” conmigo, llegó a la conclusión de que al no tener placa debía ser un callejero solamente.

    - Pobre perro, mal nutrido y mal cuidado. Supongo que no te vendría mal un hogar, ¿Cierto? – Y sin esperar una respuesta de parte mía, me tomó en sus brazos y me llevó hasta su morada, que quedaba tan sólo a unos cuantos metros de nuestra posición.
    La vivienda no era ni muy grande ni muy pequeña, ni fea ni bonita, era una casa más, tan igual a las miles que poblaban la ciudad. Sucedió, que cuando entramos sólo estaba su madre en la cocina.

    - Mamá, mira lo que me encontré. – Dijo algo tímido. Ella volteó y clavó sus ojos cafés en mi persona, me examinó detenidamente por unos cuantos segundos para luego mirar nuevamente a su hijo.

    -Es muy chusco, ¿No crees? – Respondió. La rabia inundaba mis venas, ¿Cómo podía esa señora, atreverse a compararme con un perro chusco? Pero que se podía esperar de alguien sin cultura como ella. No hice nada, pues, esa era mi única oportunidad de tener un hogar fijo, con comida limpia y saludable, además de un lugar seguro done dormir.

    Y si para eso debía comportarme como un perro zalamero, aún contra mi voluntad, lo haría.

    Gracias a Dios, no fue necesario, pues el jovencito la convenció usando todo tipo de argumentos a mi favor.

    La conversación terminó con una respuesta afirmativa de parte de la señora y una sonrisa del peque. Y así, siendo parte ahora de una nueva familia, las semanas pasaron volando.

    Cada vez le cogía más cariño al chiquillo este, que por cierto casi nunca estaba en su casa. Siempre en la escuela o con los amigos o con Jenny, una muchacha que lo traía bobo desde hace rato pero que él llamaba su mejor amiga y sólo eso.

    Si algo había aprendido en todo este tiempo es que, cuando dos personas del sexo opuesto sin parentesco pasan tanto tiempo juntas, nunca son sólo amigos.

    Ella era poseedora de una gracia maravillosa: la de hacer sonreír, era realmente agradable, con razón tenía loquito al muchacho. Me la había presentado una vez, mientras paseábamos “por casualidad” por una plazuelita llamada “El Recreo”, bastante lejos en realidad de nuestra casa, pero realmente cercana a la de la niña.

    Lo único que parecía atormentar la felicidad de mi amigo y la mía, era la horrible tos que el primero padecía.

    Me aterraba sobremanera oírlo toser, pues, temía perder a mi único amigo en años. Así que tomé una decisión, que aunque no era fácil, era lo correcto.

    Un día, fuimos sólo los dos a la ribera. Sentados en la arena, disfrutando de las últimas luces
    del día reflejadas en las tranquilas aguas del mar de Huanchaco, mientras unas cuantas gaviotas surcaban lo alto del cielo y la brisa nos mecía. Me recosté sobre una de sus piernas, mientras él me acariciaba el pelillo de mi cabeza, en silencio. Su estrepitoso carraspeo fue minorando poco a poco, mientras que mis fuerzas se iban lentamente.

    Y, cuando el día se volvió noche, él estaba ya sano… y sólo. Pues mi tibio cuerpo ya no estaba junto a él. Lo vi, intentando buscarme con desesperación sin lograr nada.

    De seguro pensó que había escapado de su lado, aunque eso no era cierto. Yo era mar y mar sigo siendo desde ese día. Su enfermedad desapareció con mi forma material, y así, él era libre y yo también.

    Él, de su enfermedad y yo, de ver lo que la sociedad hacía.

    FIN