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  1. Inuyasha estaba buscando ese arbol bicentenario donde habia quedado con Kikio .Aunque dudaba de ir o no , conocia a Kikio muy bien , y podia embaucarlo de nuevo con sus palabras(mentiras). pero necesitaba respuestas, por que sino, no se quedaria tranquilo , y necesitaba resolver este asunto de una vez para olvidarlo. Aunque le era muy doloroso.

    Kagome miraba de un sitio para otro intentando encontrar a Inuyasha, no sabia el por que se encontraba alli , y la tenia algo extrañada. Estuvo buscandolo durante un largo rato , hasta que se canso y decidió descansar en las raices de un sombrio arbol . Era inmenso, nunca habia visto un arbol tan grande . sus dimensiones eran espectaculares y estaba hermoso ya que debido a la epoca en la que estaban (primavera ) lucia con su gran esplendor .

    Inuyasha rodeo la casa buscando el lugar donde habian quedado y por fin encontro ese arbol . Vio que ya habia alguien esperando en el . Se acercó y cual fue su sorpresa cuando vio a Kagome apoyada en ese arbol , con lo ojos cerrados. Parecia como si estuviese dormida.
    Se veia hemosa con ese espectacular traje rosa sentada en ese arbol , parecia un angel descansando , pensaba mientras se acercaba a ella .

    - Asi, que esto es lo que no pudiste evitar .Le dice en tono burlon al verla alli de esa manera., recordando lo que ponia en la carta que le mandó Kagome.

    Recordatorio de la carta :

    ““Lo que paso ayer no cambia las cosas, prometi ayudarte y asi lo hare , pero… tendre que ausentarme unos dias. Intentaré volver lo antes posible . Lo siento, pero no pude evitarlo. Kagome .””


    Kagome al escuchar su voz, abrio sus ojos y se levantó al momento . No esperaba que la encontrase alli . Era un sitio un poco apartado de todos. Lo miro a esos ojos ambar que la volvian loca y se sonrojo .

    - Pero que estas haciendo aquí .??

    - Lo mismo que tu por lo menos no . y empezo a reirse.

    Kagome empezo a enfadarse...

    - Se puede saber de que te ries ¿?. Le dijo muy alterada.

    - Es que como te apoyaste en el arbol, tienes una ramita en el pelo. Y se acerca a ella y se la quita .

    Kagome al sentirlo tan cerca se le erizo la piel y se puso tan colorada que incluso Inuyasha se dio cuenta y empezo a sonreir.

    - Ves , eso te pasa por quedarte dormida en un arbol .

    - Pero si yo no dormia ¡!!

    - Bueno, como quieras.

    - Ahora si me vas a decir , como sabias que me encontrarias aquí ¿?, averiguaste algo ¿?

    - No mucho . La verdad. Pense que podria averiguar algo mas, pero no fue gran cosa , y respecto a que como sabia que te encontraría aquí , no lo sabia , es que conozco un poco al novio .

    - Ahhh, entiendo .

    Kikio estaba viendo todo lo que pasaba . Estaba que le comian los celos . El verlo con otra no lo soportaba y menos si era su hermana. A la que tanto odiaba . No aguanto mas ver esa situación y salio de alli y se dirigió hacia ellos .

    - Hola Kagome , veo que estas muy bien acompañada .

    - Ahhh, si. Inuyasha , esta es mi hermana Kikio .

    - Ya nos conociamos antes ,¿ verdad?, le dijo para ver como salia de esta.

    - Mmmm….. , si . Nos presento mi mama

    - Y tambien ….

    Kikio no sabia que decir , la estaba poniendo nerviosa ,y dijo :
    y tambien …. Naraku , hace un rato . dijo mas nerviosa .

    - Aunque yo diria que nos ……

    Pero no termino la frase cuando Kikio le corto y le dijo

    - Por cierto , Naraku le estaba buscando me dijo que lo esperaba en su despacho , tiene cosas que decirle antes de marcharnos , y le urge .

    - Esta bien , donde esta el despacho ¿?.

    - Esta en la primera planta , la segunda puerta a la derecha . Alli lo espera .

    - Esta bien , no tardo Kagome , te dejo con tu “hermanita “ y se fue a Kagome y le dio un fugaz beso en los labios , cosa que sorprendió a Kagome , y este le dijo - luego hablamos .

    Al irse Inuyasha de aquel lugar se quedaron ambas hermanas alli en silencio sin saber que decir . Kagome por el beso que le dio Inuyasha y no se esperaba . Y Kikio por que no le habian salido las cosas como hubiese querido .

    -¿ Que haces con un chico asi , Kagome ?

    -¿ Asi como , hermana?

    - Ese chico no te conviene , dejalo que no es para ti .

    - No te entiendo . Como que no es para mi , ya empiezas con tus aires de clase . Pues que sepas que heredó una fortuna , aunque para mi eso no es importante , no soy como tu .

    - Pero aunque tenga dinero , no sabe comportarse .

    - Y tu que sabes Kikio , acaso lo conoces mas que yo ¿?

    - Mejor , te dejo , por que veo que no podemos hablar en paz. Ahí te quedas, le dijo a Kagome mientras se iba de aquel lugar .

    Viendo que Kikio se dirigia a la casa, decidió seguirla . La notaba muy rara y eso no le gustaba y pensaba - que estara tramando ahora . Y se fue tras de ella , pero algo mas alejada para que no se diera cuenta que la seguia .
  2. La respuesta de Inuyasha estaba mucho más cargada de intención que la pregunta de Kagome. La joven se puso nerviosa, aunque no tanto como la noche anterior. En realidad, estaba deseando volver a hacer el amor con Inuyasha para experimentar el placer que él le había prometido.

    Cuando Inuyasha le había rodeado los hombros con un brazo, en el parque, había sentido un hormigueo en su interior. ¿Qué le había dicho Eri? Que advertiría cuándo deseaba a un hombre y que podía dar las gracias al cielo si aquél era el que la mantenía. ¿Era el deseo, entonces, lo que la hacía sentir como si se derritiera cada vez que Inuyasha la miraba con una media sonrisa en los labios? ¿O cuando su pulso se aceleraba al más leve roce de su mano?

    Su corazón latía desbocado, anticipando el placer que le aguardaba, pero Inuyasha no se le acercó de inmediato. Descorchó la botella de vino y sirvió una pequeña cantidad en cada copa. Cogió un racimo de uvas, se llevó una a la boca, y volvió a mirar a Kagome mientras masticaba.

    Con qué rapidez comenzaba a sentirse acalorada. A él debía de pasarle otro tanto, porque se quitó el abrigo y dijo:

    —Ven aquí, deja que te quite la capa.
    Kagome se aproximó con paso vacilante. Los cálidos dedos de Inuyasha le rozaron el cuello mientras desataban
    los cordones plateados de la capa, que enseguida arrojó sobre una silla, junto con su abrigo. Luego sus manos se deslizaron sobre la nuca de Kagome, no para atraerla hacia él, sino para masajearle los músculos. Era una sensación deliciosa, y así se lo hizo saber el suspiro de la joven.

    Cuando sintió que Inuyasha le ponía la copa en la mano, bajó la vista y vio el vino. Lo apuró de un trago e Inuyasha sonrió. Kagome comenzaba a ponerse nerviosa otra vez.
    —Me he divertido mucho esta noche... bueno, todo el día —dijo—. Gracias.
    —No tienes nada que agradecer, cariño —respondió él—. Yo también me divertí.

    Por extraño que pareciera, era la pura verdad. Inuyasha aún estaba ansioso por hacerle el amor, lo había deseado durante todo el día, y sin embargo también disfrutaba de la compañía de Kagome. Cosa poco habitual en él. Por lo general pasaba poco tiempo con las mujeres fuera del dormitorio, a menos que ellas fueran miembros de su gran familia.

    También le sorprendía cuánto le había molestado la intrusión de sus amigos en el Albany y cuánta razón
    había tenido Bakontsu al decir que estaba celoso. Se había puesto furioso al ver que Kagome miraba a Bakontsu con
    embeleso. Pero había dejado de mirarlo así enseguida, y era a él a quien sonreía, no a Bakontsu. Este último detalle había hecho que los celos se disiparan.

    —Tus amigos son muy graciosos —observó.
    —Más bien odiosos.
    Kagome sonrió.
    —Tú también reiste mucho —le recordó.
    —Supongo que sí —respondió Inuyasha encogiéndose de hombros.

    Volvió a coger el racimo de uvas, arrancó otra y se la ofreció a Kagome con la boca. Kagome la cogió, sonro-
    jándose. Era dulce y cálida, como el vino.
    —¿Un poco de queso? —preguntó él.
    —Preferiría que me besaras.

    Su rubor se extendió como un fuego incontrolado. No sabía de dónde habían salido esas palabras ni la audacia que la había empujado a decirlas. Pero a juzgar por su expresión, Inuyasha estaba encantado. Dejó las copas y las uvas sobre la mesa.

    —Esto me pasa por querer saborear el momento —dijo—. De todos modos, la impaciencia me estaba matando.

    ¿Qué quería decir? Kagome dejó de especular en cuanto los labios de Inuyasha tocaron los suyos. Se derretía por dentro. Le flaquearon las rodillas, pero no las necesitaba para sostenerse porque él la estrechaba con fuerza. De todas maneras le rodeó el cuello con los brazos simplemente porque le gustaba abrazarlo.

    Comenzaba a acostumbrarse a los besos. Claro que Inuyasha era un excelente maestro. Cuando reunió valor
    para mover la lengua, como hacía él, Inuyasha emitió un gemido de placer que acrecentó aún más su audacia.

    La cama estaba convenientemente cerca. Inuyasha se arrodilló sobre el colchón y la tendió con tanta suavidad
    que ella prácticamente no se dio cuenta de lo que hacía. Sí advirtió que la despojaba del vestido, y luego el calor de sus manos que la acariciaban desde el cuello a los muslos. Cerró las manos sobre los prominentes músculos de los brazos de Inuyasha, sintió cómo se contraían en la espalda. Su piel era suave y firme al mismo tiempo.

    Los labios de Inuyasha comenzaron a recorrer su cuerpo, trazando un caliente surco desde las mejillas al cuello. La lengua aleteó en el oído y Kagome tembló de placer. Luego descendió a los labios, y de ahí a los hombros, a un lado de un pecho, debajo de él y nuevamente arriba para capturar el pezón erecto y cubrirlo con el calor de la boca.

    Las sensaciones se arremolinaban en el vientre de Kagome, y aún más abajo, entre sus muslos, provocándole una tensión insoportable. Desaparecida la última de sus inhibiciones, Kagome arqueó el cuerpo en una súplica muda. Inuyasha la atrajo hacia él, vientre contra vientre, pero aún no dejó escapar el pezón de su boca.

    Las uñas de la joven se hundieron en la espalda masculina, dejando señales inadvertidamente.

    Después de unos instantes que a Kagome se le hicieron eternos, Inuyasha soltó un pezón para capturar el
    otro, y una nueva oleada de calor recorrió el invisible cordón que unía los pechos con el vientre y la entrepierna. La joven echaba humo y él parecía cocerse en su propio infierno. Cuando por fin Inuyasha deslizó una mano entre sus muslos, Kagome gritó de placer.
    Era insoportable, demasiado intenso. Pero él la besaba otra vez profunda, ávidamente, y su cuerpo se estrechaba contra el suyo, aplastándola con suavidad. Y luego ese caliente miembro se abrió paso, encontró la abertura con facilidad y se deslizó delicadamente hasta lo más profundo de las entrañas de Kagome.

    La tensión se desvaneció en el acto y el placer se apoderó de ella, extendiéndose como una corriente que
    llegaba incluso a los dedos de los pies. La sensación se repitió con la segunda y lenta embestida, con la tercera, hasta que surgió una nueva tensión, más poderosa, que se incrementó rápidamente hasta hacerla estallar en una oleada del más puro placer, del más puro éxtasis, que la envolvió durante un largo y dichoso momento.

    Unos minutos después, cuando Inuyasha la miró, Kagome sonreía. No podía evitarlo. Pero él también sonreía con expresión de orgullo.

    —¿Ha estado mejor esta vez? —preguntó en voz baja, aunque ya conocía la respuesta.
    —Mejor es decir poco —respondió ella con un largo y lánguido suspiro.
    La sonrisa de Inuyasha se ensanchó.
    —Sí, estoy de acuerdo. Pero lo mejor es que sólo acabamos de empezar.
    Kagome parpadeó, atónita. Pero, para su satisfacción, Inuyasha procedió a demostrarle que estaba en lo cierto.
  3. CAPITULO....

    Kagome se puso el camisón con manos temblorosas. Había sospechado que la haría sentirse incómoda, y así
    fue, pero de todos modos se negó a quitárselo. Era una prenda indecente, no por su transparencia, sino porque tenía dos tajos a los lados que llegaban hasta las caderas y dejaban al descubierto una superficie de sus piernas superior a la que nunca había enseñado a nadie. Estaba confeccionado en seda azul cielo, sin mangas, con un pronunciado escote en V y unas cintas a modo de tirantes que podían desatarse con facilidad.

    Si no hubiera sido por la bata, jamás se habría atrevido a usarlo. Pero la bata le cubría las piernas y los brazos. Incluso con el cinturón atado enseñaba un poco el pecho, pero suponía que en aquellas circunstancias era lo más indicado.

    Cuando Inuyasha llamó a la puerta estaba de pie junto al fuego, cepillándose el pelo. Quiso invitarlo a entrar, pero las palabras se negaron a salir de su garganta, aunque quedó claro que Inuyasha no las creía necesarias porque abrió la puerta y se detuvo en el umbral. Sus ojos la estudiaron con detenimiento, primero se dilataron un poco y luego oscurecieron...

    —Tendremos que hacer algo con esos rubores, Kagome —dijo con tono divertido.

    Ella bajó los ojos, y el calor en sus mejillas se le antojó más ardiente que el del fuego que flameaba su espalda.

    —Lo sé.
    —Estás... preciosa.

    Lo dijo como si ésa no fuera la palabra que quería usar, como si estuviera embelesado. Unos segundos después estaba delante de ella; le quitó el cepillo de la mano, lo dejó a un lado, se llevó un mechón del largo cabello de Kagome a la mejilla y enseguida dejó que volviera a caer hasta su cintura.

    —Absolutamente preciosa —repitió.

    Kagome alzó la vista, y la admiración en los ojos ambar de Inuyasha la sofocó todavía más. Pero su proximidad le producía otras sensaciones: un hormigueo en el vientre, una tensión en los pechos. Hasta su olor punzante excitaba sus sentidos. Y se sorprendió mirándole la boca, deseando que la besara, recordando cuánto mejor se había sentido antes mientras la besaba, cuando la timidez se había desvanecido y sus pensamientos habían volado, regalándole unos minutos de paz.

    El cinturón de la bata se desató... con la ayuda de Inuyasha. Kagome volvió a sonrojarse al sentir la fina seda cayendo a sus pies. Escuchó la respiración contenida de Inuyasha, sintió sus ojos recorriendo lentamente su cuerpo.

    Su voz sonó ronca cuando dijo:

    —Tendremos que comprarte más de éstos. —Señaló el camisón—. Muchos más.

    ¿Es necesario? Kagome pensó que lo había dicho en voz alta, pero las palabras se negaban a salir de su boca.

    Estaba demasiado tensa, aguardando... aguardando.

    Las manos de Inuasha le cubrieron las mejillas con ternura.

    —¿Sabes cuánto he deseado que llegara este momento? —preguntó con ternura.

    Kagome no supo qué responder. Pero tampoco necesitó hacerlo, porque él había empezado a besarla con pasión, a separarle los labios, a hundir la lengua en su boca, peleando con la suya, saboreándola. Se acercó más. Ahora los senos de Kagome rozaban el pecho de Inuyasha. La joven se sintió súbitamente débil y deseó apoyarse en él, hasta que al fin cedió a sus impulsos.

    Inuyasha gimió al advertir que había vencido su resistencia y la levantó en brazos, la llevó hasta la cama y la tendió con suavidad. Luego retrocedió para contemplarla mientras se quitaba la chaqueta y el corbatín. Los ojos de Kagome se encontraron con los de él y ya no pudieron volver a apartarse. Sus labios abiertos temblaban, pero no podía desviar la vista, pues la mirada de Inuyasha, intensamente sensual, la tenía hechizada.

    Kagome no había apagado las lámparas de la habitación y ahora deseaba haberlo hecho, pues se sentía avergonzada. También hubiera querido meterse bajo las mantas, pero no lo hizo. Recordó que Eri le había dicho que a los hombres les gustaba mirar a una mujer desnuda, y ya era como si lo estuviera, pues en aquella posición la seda suave se pegaba a su piel y dejaba entrever con claridad los contornos de su cuerpo. Pero era tan difícil permanecer allí tendida, esperando que él se reuniera con ella.

    No podía imaginar cuan provocativa estaba, con el cabello negro extendido sobre la almohada y las rodillas apenas flexionadas, enseñando una pierna delgada entre la seda azul. Con los gruesos labios entreabiertos parecía implorar el regreso de la boca de Inuyasha. Y las pestañas negras, los turbulentos ojos grises cargados de temor... o quizá no. Pero por alguna razón esos ojos hicieron que Inuyasha se sintiera como un sangriento espartano a punto de violar a una doncella aldeana. Un sentimiento extraño, que no moderó en absoluto su ardiente deseo.

    Desde el mismo momento en que había entrado en la habitación y la había visto con ese delicado atuendo,su cuerpo habia reaccionado.. Intentó pensar en otra cosa, pero no lo consiguió. La deseaba demasiado; ése era el problema. Y ni siquiera sabía por qué.

    Se había acostado con mujeres más hermosas, pero Kagome tenía algo especial, quizá su fingida inocencia o
    esos ridículos rubores que podía controlar a voluntad, o quizá fuera el hecho de que la había comprado... No
    lo sabía, pero quería arrojarse encima de ella y saborearla lentamente al mismo tiempo, lo cual, naturalmente, era imposible.

    Era una elección difícil, y no se hizo más sencilla cuando se reunió en la cama con ella y volvió a tocarla.
    Kagome era suave como la seda, tersa en los sitios precisos. Ya estaba casi desnudo cuando le desató los tirantes y bajó el corpino de seda para descubrir sus senos, que se tensaron de inmediato bajo su ardiente mirada. Una vez más, sintió la imperiosa necesidad de hundirse en ella de inmediato, y no se le ocurrió nada que pudiera enfriar su ardor aparte de un baño frío, cosa que habría sido ridicula en esas circunstancias.

    Debería haber bebido más vino con la cena. No. Ella debería haber bebido más, entonces no le habría importado que la penetrara de. inmediato. ¿Quizá le diera igual de todos modos? Demonios, a él sí le importaba. No era un adolescente sin experiencia, impulsivo, incapaz de controlarse. Se tomaría el tiempo necesario, aunque le costara la vida.

    Comenzó a besarla otra vez, despacio, concentrándose en sus movimientos. Pero no pudo evitar que sus manos se pasearan por el cuerpo de la joven. Sus pechos grandes y firmes le ocupaban toda la mano. No pasó mucho tiempo hasta que su boca se dirigió allí y el gemido de placer de Kagome fue como música celestial a sus oídos.

    Le acariciaba todo el cuerpo. Kagome tuvo que recordarse que tenía derecho a hacerlo. Y las sensaciones que desataba su boca... Temió que volviera a subirle la fiebre.

    La mano de Inuyasha trató de separarle los muslos, pero ella los mantuvo apretados. Inuyasha rió y volvió a besarla con tanta pasión que ella relajó los muslos y él deslizó una mano entre ellos. Kagome arqueó la espalda.
    Nunca había imaginado nada tan sobrecogedor ni tan excitante como lo que él hacía con sus dedos.

    Los pensamientos dejaron paso a las sensaciones, tan placenteras que no notó el anhelo que crecía en su
    interior hasta que se apoderó de ella. Dejó escapar un gemido desde lo más hondo de su garganta. Se arqueó
    hacia él. Tiró de él. No entendía lo que le pasaba.

    Y en ese momento Inuyasha perdió el control. Se movió entre las piernas de Kagome, las levantó, y un segundo después estaba dentro de ella. La penetración fue tan rápida que no tuvo tiempo de reparar en obstáculos. Aunque notó vagamente uno, pero no acabó de tomar conciencia de él, no cuando estaba rodeado de tanta estrechez, tan agradable calor, tan instintivo placer. Era una sensación tan maravillosa que estuvo a punto de acabar con la primera embestida, aunque lo hizo en la segunda.

    Cuando su mente nublada por el placer cedió nuevamente el paso a una semblanza de lucidez, Inuyasha suspiró. Creía haber dejado atrás sus primeras experiencias patéticas y desesperadas de adolescente, en las que sólo le preocupaba su propio placer y no era dueño de sus acciones. Se regañó para sus adentros. Bonita demostración de autocontrol acababa de hacer.

    Tan sumido estaba en sus propias sensaciones, que ni siquiera sabía si la querida joven había alcanzado su propio placer, pero no era prudente preguntar. Naturalmente, si no lo había hecho, estaba más que dispuesto a rectificar. La sola idea volvió a endurecer su miembro. Sorprendente. Claro que ella lo envolvía con una vaina increíblemente estrecha...

    —¿Puedes apartarte, por favor?

    Su peso. Vaya tonto, tendido allí saboreando su placer mientras aplastaba a la pobre chica. Se incorporó para disculparse, apartándose del pecho de la joven, aunque no del resto de su cuerpo. Pero se quedó sin habla cuando descubrió con horror sus lágrimas, su rostro compungido, y la certeza de que realmente había topado con un obstáculo que le había impedido penetrarla del todo. La barrera había cedido en un segundo, pero había estado allí.

    —¡Por todos los santos, eras virgen! —exclamó Inuyasha.
    —Si no me equivoco, lo anunciaron en la subasta —respondió ella sonrojándose.

    Inuyasha la miró con incredulidad.

    —Mi querida niña, nadie lo creyó. Al fin y al cabo, los proveedores de sexo son célebres por sus embustes.
    Además, te vendieron en un prostíbulo. ¿Qué demonios iba hacer una virgen en un prostíbulo?

    —Ponerse a la venta, como es obvio —dijo ella con aspereza—. Y lamento que Lonny no se ocupara de desvirgarme antes de la venta. No sabía que pudiera ser una molestia.

    —No seas ridicula —gruñó él—. Es sólo una sorpresa... un pequeño detalle que habrá que solucionar.

    ¿Un pequeño detalle? Todos aquellos rubores habían sido auténticos, no fingidos. Las miradas inocentes eran perfectamente lógicas.

    Una virgen, la primera de Inuyasha si no contaba aquella doncella de Haverston que había obsequiado con sus favores a todos los criados de la casa. No era de extrañar que Naraku la deseara tanto y que se enfureciera al no poder comprarla... Un poco más de sangre para añadir a sus enfermizos placeres.

    Una virgen. El significado de esa circunstancia desató en él un sentimiento de posesividad que no había experimentado antes. Era su primer amante, el único hombre que la había tocado; más aún, su dueño. Kagome le pertenecía.

    Le dedicó una sonrisa radiante.

    _.Lo ves? Ya está solucionado. —Tenía una nueva erección y estaba ansioso por volver a poseerla, pero se apartó lentamente—. Lo he hecho muy mal para ser tu primera vez. Te deseaba tanto, que me comporté como un jovenzuelo sin experiencia, y sin duda eso te lo habrá puesto más difícil. Cuando te recuperes, me encargaré de darte el mismo placer que tú me has dado a mí. Pero ahora mismo nos encargaremos de tus heridas.

    Sin darle tiempo a protestar, la levantó en brazos y la llevó al cuarto de baño. La dejó allí, envuelta en una toalla, mientras abría el grifo para llenar la bañera, añadiendo sales y perfumes al agua. Kagome evitaba mirarlo, pues Inuyasha había olvidado cubrirse y seguía completamente desnudo sin que eso pareciera turbarlo.

    Cuando se inclinó para meterla en el agua, Kagome lo atajó con una mano.

    —Ya puedo hacerlo sola.
    _Tonterías. —Le quitó la toalla, volvió a levantarla en brazos y la sumergió con cuidado en el agua humeante—. Ya me he acostumbrado a bañarte, y te aseguro que es un hábito muy agradable.

    Arrodillado a un lado de la bañera, la lavó por todas partes. La piel de Kagome permaneció rosada todo el tiempo, y no por el calor del agua. Luego volvió a levantarla en brazos, la secó y la llevó de vuelta a la cama, aunque esta vez la metió debajo de las mantas. Se acostó a su lado y la abrazó con fuerza.

    Por fin Kagome podía relajarse, sabiendo que aquella noche ya no volvería a sentir dolor... ni placer. La desnudez de ambos ya no la turbaba, sencillamente aumentaba el calor que inducía el sueño.

    Estaba casi dormida cuando oyó:

    —Gracias, Kagome Higurashi , por obsequiarme tu virginidad.

    Kagome no le recordó que no había tenido elección. Pero no había sido tan desagradable como podría haberlo sido con otro. Incluso había sentido placer... antes del dolor.

    Así que con el mismo tono solemne, aunque en medio de un bostezo, respondió:

    —De nada, Inuyasha Taisho.

    No lo vio sonreír, aunque sintió que la estrechaba con más fuerza. Su mano ascendió hasta detenerse en el
    pecho de Inuyasha, primero titubeante, luego más relajada. Ahora podía tocarlo cuando quisiera. Después de esa noche, tenía el mismo derecho de acariciarlo que él de acariciarla a ella y, sorprendentemente, se alegraba de que así fuera.

    Quién lo iba a imaginar.
  4. Por peticion del personal,
    al final me decidí en hacer un blog
    para esas contis "prohibidas", jejeje.
    Ya que , aunque para mi personalmente
    es una tonteria que te censuren por poner cosas asi.
    Tenemos que seguir las reglas de foro.
    Asi que aqui os dejo
    esos capitulos
    para la gente que esta empezando a leer mi fic
    LA AMANTE.
    espero y la disfruteis.
    besos Adara